18 abr 2012

Historia del Cerrejón (Última parte): Hechos sobresalientes en la historia del proceso


Por John Acosta
1975

Octubre: El gobierno colombiano invitó a 17 firmas para que participaran en le licitación que abrió para la explotación de las 38 mil hectáreas que componen a la Zona B o Zona Norte de los carbones de Cerrejón. Sólo cinco firmas se presentaron. Y de ellas, únicamente tres cumplieron todos los requisitos exigidos.
 
La International Colombia Resources Corporation -Intercor-, filial de la Exxon, fue la escogida. Su oferta de regalías duplicó a la compañía que le seguía.



1976

Junio: El gobierno nacional adjudicó a Intercor la explotación de la Zona Norte de El Cerrejón.

12 abr 2012

Historia del Cerrejón (9): Así penetró Cerrejón en el mercado mundial del carbón



Por John Acosta

El 27 de diciembre de 1984 arribó a La Florida el buque La Guajira, transportando 26 mil toneladas de carbón procedentes de La Guajira. Era el primer embarque que se hacía del mineral producido en El Cerrejón Zona Norte. Y era el ingreso de Colombia al grupo de países abastecedores de carbón.
Ese primer embarque no se hizo a través de Puerto Bolívar. Ni se transportó hasta el mar en el ferrocarril. Puerto Zúñiga, un muelle carbonífero de la compañía colombiana Prodeco, ubicado cerca al aeropuerto Simón Bolívar de la ciudad de Santa Marta, es el que ostenta el trofeo de ser el puerto donde se enviaron al mundo las primeras toneladas de carbón extraídas en la Zona Norte. El mineral fue llevado hasta Puerto Zúñiga en camiones de 35 toneladas de capacidad.

Historia del Cerrejón (8): Así fue el proceso de exportaciones anticipadas en el Cerrejón


Por John Acosta
Una mujer wayuu estaba colgando su ropa sobre la cerca de yotojoro del corral de chivos. Su marido afilaba el machete en la piedra especial que tenía debajo del palo de trupillo, sembrado en el frente del rancho. Una anciana gorda lavaba los platos sucios del desayuno, sentada en la mitad del patio. Tres niños correteaban a pleno sol una pollina por los alrededores de la ranchería.

27 mar 2012

Historia del Cerrejón (7): Así se construyó el único ferrocarril de trocha ancha de Colombia


Por John Acosta

Ubicación del Cerrejón
Eran las diez de la mañana. El campero había llegado a la ranchería después de su transitar tortuoso por las trochas intrincadas y resecas de la alta Guajira. Los negociadores de tierra estaban acostumbrados ya a enfrentar la dureza del clima árido de la región. Y al paisaje de trupillos y cactus que se levantaba entre los arenales brillantes de esa tierra desértica. El polvo, el calor y la brisa seca eran los fieles compañeros de entonces. En invierno eran los zancudos, el barro y las atolladas inmisericordes que los hacía amanecer en medio de la soledad tenebrosa de algún monte casual. Así se adquirieron las tierras de la mina, de la carretera y del puerto.

Historia del Cerrejón (6) Los silos, una curiosa historia en cifras


Por John Acosta

Ahí están. Erguidos e imponentes. Desafiando los vientos que merodean con insistencia. Con una altura de 72 metros, forman parte del sistema de manejo de carbón de la mina, cuya construcción se terminó en el último trimestre de 1984. Se trata de los silos.

Cuatrocientos hombres se necesitaron para levantar las dos torres gemelas que se alcanzan a ver desde cualquier punto del área de la Mina. Estructuras de alambre y de hierro, vigas de acero, talleres de carpintería, decenas de metros cúbicos de concreto. Polvo, sol, ruido de maquinaria, pliegos de planos. Ese fue el ambiente de trabajo que se vivió en las 24 horas diarias de labores.

También hubo lluvias. Pocas, pero quedaron grabadas para siempre en las personas que participaron de aquellas titánicas jornadas: la intensidad de los aguaceros provocó más de un estrago en la etapa de construcción. Rafael Rangel, un ingeniero eléctrico que estuvo de lleno en los trabajos de levantamiento de los silos y que ahora es un codueño de una de las empresas contratistas que le sirven a Cerrejón, nunca olvidará un caso insólito, increíble de verdad, que presenció en una de esas arduas batallas de construcción.

Historia del Cerrejón (5): La carretera Mina-Puerto Bolívar: una vía para el progreso


Por John Acosta

La cuchilla del buldócer D-6 se movilizaba imponente sobre el ardiente suelo guajiro. Un chivo extraviado miraba con sus orejas paradas, desde la parte alta de una loma de arena, el avance de fuerza de esa máquina prodigiosa. El polvo, levantado por el andar majestuoso de ese monstruo mecánico, se esfumaba entre la brisa seca de la región. Tres pequeños wayuu observaban admirados cómo caían los trupillos y cardones para darle paso a aquel aparato extraño.

Detrás iba quedando, limpio y majestuoso, un hilo blanco de cinco metros de ancho que los niños pisaban envueltos en el derroche de alegría propio de la infancia que galopea libremente por la inocencia de los campos. Era el primer vestigio de una carretera que se desprendía debajo de las llantas de oruga de aquel buldócer para convertirse en la recta del futuro promisorio de una región abandonada a su propia suerte. Ese sería el inicio de la arteria terrestre que se instauró como el medio de transporte de equipos, materiales y recursos para construir la infraestructura del complejo carbonífero más grande de Suramérica.

25 mar 2012

Historia del Cerrejón (4): Comiendo chivo y queso de cabra en Puerto Bolívar


Por John Acosta

Dibujo de Javier COVO Torres
Eduardo Gutiérrez llegó a Media Luna cuando sus moradores todavía miraban pasar los barcos contrabandistas sin ninguna esperanza. Lo único que existía en el sector eran las rancherías regadas por los arenales del desierto. Allá fue a parar el grupo de hombres encargado de realizar los trabajos en el mar. Todas las mañanas debían levantarse temprano. Se bañaban debajo de un trupillo, al aire libre. Desayunaban con los alimentos típicos de la región. Y enfrentaban las aguas saladas montados en los remolcadores.

Historia del Cerrejón (3): Puerto Bolívar, la sorpresa de su hallazgo


Por John Acosta

Media Luna era un caserío de indígenas condenado a ver pasar los años  en los barcos de contrabandistas que transitaban por el canal  natural de aguas profundas, originado desde el océano hacia Bahía Portete por los designios sagrados de la naturaleza. Sus habitantes estaban destinados a dejar transcurrir los días en el sopor del sol tropical, acostados en un chinchorro bajo la sombra de su enramada de yotojoro (especie de madera que tiene el cardón por dentro y que los indígenas guajiros utilizan en el cercado de sus corrales y en el techo de sus viviendas), mientras la embarcación cruzaba con su carga de mercancías.

Historia del complejo carbonífero Cerrejón (2): Así fue la etapa de exploración


Por John Acosta

Era de madrugada. Los primeros cantos de los pájaros silvestres invadieron el campamento. Una brisa seca y fría inundaba el ambiente. Detrás de la serranía, el cielo era rojizo: iba a salir el sol. A lo lejos se escuchaba el bramido de los terneros encerrados en los corrales: estaban ordeñando las vacas. Por las rendijas de las ventanas de las barracas se escapaban rayos de las luces recién encendidas.

Los más madrugadores estaban metidos ya en los baños. Los demás, se desperezaban en sus camas. Pacho, el cocinero chino que los tenía cautivados a todos por su destreza en las artes culinarias y por su jerga de oriental novato, había preparado el desayuno.

A las siete salieron. Con sus cascos de ingenieros y sus botas de mineros en potencia. A esa hora, el sol empezaba a calentar. El cielo estaba más despejado que nunca. Y la brisa perdía poco a poco su capacidad de enfriamiento.

Historia del complejo carbonífero Cerrejón (1): Así llegaban los pioneros a La Guajira


Por John Acosta

Aspecto del campamento de Tabaco. Al fondo, la pista de aterrizaje,
 con el avión que viajaba los jueves Bogotá-Tabaco-Bogotá
Hacía mucho frío. La brisa helada de esa mañana glacial ponía a temblar a cualquiera. A esa hora, el ambiente en el aeropuerto era como la atmósfera de esa ciudad: siempre gris. La gente llegaba atrasada. Se bajaba del taxi a toda prisa. Confirmaba su tiquete y entregaba su equipaje. Sólo entonces sonreía feliz: no la había dejado el avión.

Mujeres con sus abrigos de paño y sus caras recién maquilladas. Hombres con sus sacos y corbatas o sus chaquetas de cuero fino. Policías caminando con sus manos enlazadas hacia atrás, entumidos por el frío. Maleteros con sus uniformes de porteros de taberna y sus carros de tubo ofreciendo sus servicios. Y la voz de la dama que anunciaba, por los altoparlantes invisibles, la salida y llegada del último vuelo, con la característica de siempre: nadie entendía qué decía.

23 mar 2012

La última carrera de cangrejo fue por un pan


Por John Acosta

Duraban hasta ocho horas metidos en el mar. El de ese día, había sido el ejemplar más grande que cogía el niño Robinson José. Lo que él ni los demás niños llegaron a pensar, entonces, era que sería el último cangrejo que Robinson cazara en su vida. En la carrera de cangrejos que los muchachos acostumbraban a realizar a diario en la playa, los animales de Robinson José casi siempre ganaban. Era obvio que ese día, con semejante ejemplar tan grande, no tenía por qué ser distinto. Ya los otros niños habían cazados sus cangrejos. En medio de gritos de jolgorio, empezaron la competencia. Poco a poco, la torpeza y la grasa del gran cangrejo de Robinson José lo fueron dejando relegado hasta quedar completamente atrás. Fue la última carrera de cangrejo que Robinson José Pérez Ruiz perdió en su vida.

17 mar 2012

El Cantor de Fonseca es un carpintero feliz


Por John Acosta

Nací en Fonseca, en el departamento de La Guajira, el 22 de febrero de 1944. Aquí mismo hice la primaria y llegué hasta tercero de bachillerato. Por ese entonces, andaba con mi mamá p'arriba y p'abajo. Hasta que en 1966 me fui pa' Venezuela, por plena vía, con permiso fronterizo y todo. Allá me quedé hasta el 69. Trabajé duro y parejo en una finca.

Recuerdo que manejaba un tractor. Pero me vine otra vez pa' Fonseca. Llegué a atender un negocio de billares que mi papá había alquilado. Ahí tuve un fracaso, problemas de peleas que no vale la pena mencionar ahora. Entonces, me tocó irme pa' Caracolicito.

Me fui comprometido con Mariela Figueroa, la mujer que hoy en día es mi esposa. Allá la cosa se puso tesa. Vi que no era mi medio. Y regresé a Caracas. Después, con el tiempo, cuando ya estuve más o menos ubicado, se fue Mariela. Se llevó a las dos niñas que nos habían nacido: Maríena y María Nella.

11 mar 2012

Mi vieja compuso un verso para la vida


Por John Acosta

Los muchachos traían la algarabía de siempre. Allá arriba, en el firmamento, la luna brillaba en todo su esplendor. Las nubes de polvo que levantaba el camión, en su andar tortuoso por la carretera sin pavimento, se posaban en los montículos que estaban a los lados de la vía. Esa noche, la gente estaba más feliz que de costumbre porque les había ido bien en los campos algodoneros. Eran las nueve pasaditas. Y la mayoría de los pasajeros venía sin almorzar todavía.

Sin embargo, estaban contentos. No sólo era lo habitual después de que regresaban del trabajo, sino que, además, ese día no llovió y el carro pudo bajar sin atollarse en los barriales que se formaban. Antes de llegar al Batallón, algunas de las mujeres que venían en el camión les advirtieron a los muchachos que se callaran, pero ellos siguieron con su gritería de adolescentes.

9 mar 2012

La ranchería Aulaulia, de los wayuu, ha cambiado


Por John Acosta

Por eso, siempre van a la granja. El tío Efraín es el que más trabaja la tierra.   El pequeño Jean Carlos lo ve desde la sombra de un palo de corazón fino. Así, con sus pantaloncitos cortos, sus costillas al aire y sus pies descalzos, Jean Carlos acompaña a Teresa Ipuana, su madre, cuando en las tardes ella pasa por los cultivos y arranca un tallo de cebolla larga o una berenjena o un ají, en fin, lo que está dispuesto para la comida de la noche.

En la ranchería Aulaulia, todos los sembrados están bonitos. El único problema que deben afrontar es el de los pájaros ociosos: no pueden ver que un pimentón está rojo porque vuelan a comérselo. Alexandra Navarrete, coordinadora del programa de ayuda a los indígenas de la fundación que hace préstamos a estas comunidades indígenas, espera solucionarlo con un gavilán disecado que pondrá en la mitad de la huerta. Con los ajíes no se meten: las aves le tienen pánico al picante.

6 mar 2012

Las artesanías de Colombia tienen un sello en La Guajira

Por John Acosta

El frente del negocio de María del Carmen Castaño tiene piso nuevo. Se lo construyó su marido hace poco. Por eso, hubo que regresar al día siguiente para tomarle las fotos: toda la mercancía estaba guardada adentro. Pero la entrevista sí se hizo esa tarde. María del Carmen estaba haciendo la siesta. Sugey Alcira, su hija, la despertó para que atendiera la visita que acababa de llegar.

Empezó hablando poco. Después, sí se soltó. De vez en cuando se interrumpía para preguntarle a Eulises Díaz algún detalle que había olvidado. Su marido detenía su oficio momentáneo de albañil novato y le añadía a la historia los remiendos que se le quedaban a la esposa.

Llegaron a Riohacha en 1990. Se habían venido de Barranquilla en busca de la ayuda que les ofreció un hermano que Eulises tiene en la Asociación de Artesanos de La Guajira. No tuvo más remedio que ponerse a ayudar al hermano en los menesteres de aquel quehacer de paciencia. María del Carmen Castaño también empezó a trabajar con otro cuñado suyo para poder levantar el sustento diario. Ambos, María y Eulises, soñaban con laborar juntos en un negocio propio. Ya tenían dos hijos para sostener y esa situación de incertidumbre los atormentaba todas las noches, cuando podían compartir, por fin, después de una larga jornada, las penas y desdichas de no tener nada.

4 mar 2012

Mi carisma me sacó del proletariado


Por John Acosta

Arlem Alvarado no esperaba que la entrevista fuera esa tarde. Cuando llegamos con el andamiaje de cámara fotográfica, grabadora, papel y lápiz, se sorprendió. "Ay, y yo en esta facha", dijo. Estaba en su tienda, acomodando unas bolsas de arroz sobre los estantes de un armario de madera. "Déjenme ir un momentico a cambiarme". Y salió.

La calle estaba sola. En la esquina unos hombres jugaban billar amparados en la sombra de una terraza. El sol era interrumpido por las nubes que surcaban el cielo gris. Sin embargo, en la tierra hacía calor. El suelo permanecía húmedo por el aguacero que cayó el día anterior.

26 feb 2012

Dios quiera que llueva en la ranchería


Por John Acosta

El sol parecía un gran bombillo intermitente que pendía de la mitad del cielo. Una nube gigante y oscura surcó el espacio aéreo, tapó de nuevo, por unos cuantos segundos, los rayos solares y desapareció después en el horizonte lejano. Luego, pasó otra y otra: ninguna se detenía. Sin embargo, la amenaza de un aguacero permanecía latente. En el tercer hilo del alambre de púa que cercaba aquel pedazo de tierra desértico, un pajarito inquieto, llamado "Sangre e Toro" por su color rojo, cantaba con insistencia. Una lagartija se arrastró con soltura sobre la arena reseca. Hacía calor. En realidad, cada nubarrón que pasaba mitigaba un poco el bochorno de las dos de la tarde.

Más allá, debajo de la pequeña enramada del vivero, Francisco Ipuana inspeccionaba los alrededores de la granja con su mirada de preocupación. Hacía muchos días que no llovía y, aunque siempre regaban los sembrados, la tierra necesitaba con urgencia el agua de lluvia. Afuera, una anciana indígena lavaba unos trapitos al lado de la alberca que les construyó alguna fundación de beneficencia. Quizás eran sus nietos, pero niños en todo caso, los que disfrutaban con el baño. La inocencia de sus escasos cinco u ocho años no les permitía imaginarse siquiera lo valiosa que era para sus padres la escasa agua que lograba succionar el molino de viento en la aridez del suelo.

21 feb 2012

Maicao atrapó al tapicero aventurero

Por John Acosta

Fueron días terribles.  Llenos de soledad, de sol, de brisa, de polvo, de ansiedad. Lo peor de pasar por situaciones difíciles, es, precisamente, el momento en que se viven. Porque, después, queda el orgullo inmenso de haberlas superado a todas y la satisfacción de poder mostrarlas a los hijos como el más grande trofeo ganado en las duras batallas de la vida.

De aquel palo de trupío no queda nada. Sólo los recuerdos perversos se asoman a la mente, de vez en cuando, por la ventana siniestra de ese pasado cruel. Hernando Edgar Hernández Atehortúa lo sabe. Y, por qué no decirlo, siente nostalgia por el palo que le cobijó la vida durante los tiempos duros en que él tuvo la osadía de lanzarse a construir su propio sueño: trabajar para sí mismo.

Maicao ya era, entonces, la aldea persa que se cocinaba a fuego lento bajo el calor de negocios de toda índole, en el departamento de La Guajira. Hernando Hernández había llegado allí por la misma razón que los centenares de colombianos que arriman diariamente a ese municipio fronterizo: de compras. Su intención, como la de todos, era regresarse el mismo día. No se regresó nunca.

15 feb 2012

Un policía de profesión que tiene el oficio de hacer reír a los niños


Por John Acosta

Al contrario de la mayoría de los niños de su edad, William Murillo nunca soñó con ser policía. Ni siquiera le quedó tiempo para acariciar la posibilidad de un futuro esperanzador. Su infancia se le quedó a retazos por los vericuetos de la geografía colombiana, durante un recorrido interminable que inició en el instante mismo en que su madre se vio sola ante el mundo, sin un marido que le ayudara a sostener los siete hijos que le habían quedado después de su fracaso matrimonial.

William Murillo Zamora tenía apenas cinco años. Y le tocó, entonces, abandonar al Tuluá, municipio del departamento del Valle, ubicado en el suroriente de Colombia,  que lo vio nacer para acompañar a su vieja en ese viaje sin destino. La costa norte fue la región en donde perduraron más tiempo. Su madre había montado un restaurante en Becerril, un pueblo del departamento del Cesar, en donde empezaba a insinuarse la fiebre algodonera. Hasta el día en que ella descubrió que sus hijos se estaban quedando ignorantes. Entonces, la nostalgia la hizo regresar al Valle de sus entrañas para quedarse en Cartago.

Fabiola Remedios amasa la vida para que los demás coman el pan


Por John Acosta

Es una casa antigua. Está ubicada en la Riohacha vieja, de calles angostas. A través de la ventana grande que da al frente, se ve la vitrina con los panes exóticos. No es una panadería cualquiera. Tampoco lo es la dueña: Fabiola Remedios Weber manifiesta a los cuatro vientos que ella es naturista por excelencia. Es riohachera de pura cepa. Y si se metió al negocio de los panes integrales fue porque al llegar a su tierra, después de tres años de trabajar con la gente de un barrio de invasión en el lejano departamento del Caquetá, se encontró completamente desubicada. No encontró trabajo. Sus ahorros se fueron acabando poco a poco.

14 feb 2012

Isolina pudo comprar su máquina de coser nueva


Por John Acosta

Isolina Teresa López de Daza comenzó a vivir su destino desde muy temprano. Distracción era un pueblo de calles ardientes y sin pavimentar, por donde corrían felices los niños que jugaban el chusaleco, la lleva y el escondío. Isolina comenzó su primaria en la Escuela Oficial de Niñas, que en esa época era de doble jornada, hasta que un chofer de camión, hechizado por los encantos físicos de aquella adolescente recién entrada al exclusivo mundo de las mujeres hermosas, se dio a la tarea de rescatarla para siempre del universo infantil del juego de muñecas: no perdía ocasión para enamorarla.

12 feb 2012

El sastre inicia su imperio


Por John Acosta


El sastre no había advertido la presencia del joven. Estaba concentrado en el oficio de su vieja máquina de manigueta. Azotado por el calor que se le metía a raudales por la puerta que daba a la calle, el hombre le pegaba la cremallera al primer pantalón del día. Tenía el clásico metro de tela colgado en el cuello. Sobre El Copey, municipio del departamento del Cesar, no asomaba ninguna nube que apaciguara en algo la intensidad de los rayos solares.

El joven no sabía si carraspear para hacerse notar o saludar o decir de una buena vez a qué había ido. No esperó más. Su decisión inquebrantable de buscarle horizonte a su vida, le dio las fuerzas suficientes para enfrentar aquella realidad momentánea, aunque decisiva. "Buenas", dijo. El sastre levantó la vista sin interrumpir su labor. "Sí, ¿a la orden?", dijo. Armando Sierra Gutiérrez no supo qué responder en ese momento. Sintió el recorrido lento que hizo la fría gota de sudor desde su cuello hasta donde termina su espalda.

Soy profesora por devoción y negociante por oficio


Por John Acosta

Siempre era así. Su hermano venía ocasionalmente de Medellín con las últimas modas de la fábrica textil de la capital de Antioquia. Trabajaba en esa empresa antioqueña y, cada vez que tenía la oportunidad, le traía a Juana Isabel Brito Molina, la hermana consentida, mercancía para que ella pudiera complementar con esas ganancias su frágil sueldo de profesora.

Cuando lo veían bajar del taxi con las dos o tres cajas de ropa nueva, abrumado por el calor al que ya se había desacostumbrado, irrumpían en manada a la casa. Llenaban la sala, miraban con avidez las prendas olorosas a nuevo y se medían en los cuartos las que creían les quedaban más bonitas. Hasta que Juana Isabel Brito Molina tomaba de nuevo las riendas de su negocio fluctuante y ponía orden a la euforia de sus clientes. Agarraba su libreta de apuntes y anotaba los nombres de quienes fiaban la mercancía.

10 feb 2012

La conocida del estudiante sí fue la esposa del profesional


Por John Acosta


Se conocieron en la universidad. Entre el murmullo de estudiantes que deambulaban por los pasillos afanados por llegar a tiempo al inicio de la clase del día o, simplemente, comentando las últimas incidencias del curso, mientras llegaba la hora de asistir a la próxima lección. O entre la humarada de cigarrillos lanzada al mundo académico por los clientes eternos de la cafetería universitaria.

Siempre se vieron así: de lejos. Cada uno con las ansias propias de sus sueños de adolescentes, ocupados con el trajín de una carrera que exigía dedicación desde antes de ejercerla: la odontología.

7 feb 2012

Mientras los pescados esperan en el patio


Por John Acosta

La entrevista fue corta. Cuando llegamos a la tienda, Vicente Gutiérrez atendía con afán a uno de sus clientes. Tenía prisa: en el patio lo esperaban dos docenas de pescado para escamar. Al ver las caras conocidas de los dos funcionarios de la Fundación que me acompañaban, sonrió. "Buenas", dijimos.

-Yo no estoy atrasado en ninguna cuota- dijo, en son de broma, antes de contestar el saludo.

Por fin encontré la felicidad


Por John Acosta
  

A los 14 años de edad, me fui de San Juan del Cesar, mi pueblo. Mi papá se mudó para El Molino, una población cercana, en busca de una tierra para poder cultivar el maicito y la yuquita. Con él, nos llevó a todos: a sus quince hijos y a mi mamá. Sumida, entonces, en el candor de mi adolescencia, jamás imaginé las muchas necesidades que me deparaba el destino.

En El Molino me puse a trabajar en una casa de familia. La pobreza de mis padres no permitió que ellos educaran a sus hijos. Y los hermanos mayores tuvimos que laborar en cuanto oficio decente nos saliera. La señora donde yo trabajaba me daba repasos de lectura en las cartillas con que sus hijos iban al colegio. Después, me puse a estudiar por mi cuenta. Con lo que me ganaba, colaboraba en el sostenimiento del hogar de mis padres y pagaba mis estudios. Creo que hice hasta segundo año elemental, no recuerdo exactamente. Pero en la escuela de la vida aprendí a sumar y a restar. Ahora saco cuentas de millones, cuando me llegan a la tienda.

31 ene 2012

Un domingo feliz, todos los días de la semana


Por John Acosta


Domingo Pino, en compañía de su esposa Beatriz y de sus hijos
Mariana Milena y el gran David  Hernando
EI profesor Pablo Antonio Pino Gómez leyó sin sorpresa el papel en manuscrito en el que el rector del colegio oficial Francisco José de Caldas le solicitaba el favor de que le informara al joven David Hernando Pino que fuera al colegio en una fecha establecida a recibir la distinción Andrés Bello, con la que el Ministerio de Educación Nacional premia a los estudiantes de cada departamento del país que obtengan el máximo puntaje en las pruebas del ICFES.

Otro tío hubiera saltado de la alegría al leer semejante noticia sobre su sobrino. Pero Pablo Antonio estaba acostumbrado a las felicitaciones de sus colegas profesores por la inteligencia de David Hernando. El muchacho le había entregado a su familia la satisfacción anual de ocupar siempre el primer puesto en su curso, desde que hizo su primer año en la Escuela 27 para Varones, en el barrio Rebolo. El mismo tío había sido profesor suyo de física y cálculo y no dejó de sorprenderse nunca con el rendimiento académico de David. El único sentimiento que experimentó, entonces, mientras se guardaba el papel doblado en el bolsillo de su camisa, fue el de tener la enorme felicidad de llevarle personalmente la gran noticia al sobrino de su orgullo.

30 ene 2012

Le robé al Divino Niño la plata para mi vicio


Por John Acosta



Infinidades de veces me vi llorando frente a la imagen del Divino Niño que tengo en mi casa. Le encendía la vela que permanecía al frente, echaba una o dos monedas en la alcancía de vidrio que mi mujer había colocado allí con el fin de recoger para el pago de las misas al Hijo de Dios, me santiguaba más esperanzado que nunca y le soltaba a Él, con todo el resto de fuerza que aún tenía mi alma enferma, la petición de siempre: 'Ayúdame a salir de esto, Señor", decía con los ojos inundados en lágrimas.

Vivo con la procesión de San Rafael en mis recuerdos


Por John Acosta

Para ella, las fiestas de San Rafael ya no son las mismas. "Antes venían los mejores acordeoneros", dice, con ese dejo nostálgico característico de los ancianos. Este año, la altura del nuevo parque no le permitía ver lo que pasaba al otro lado de la calle. Aunque, de todas maneras, no le Importaba mucho: sus pupilas habían sido cubiertas poco a poco por una mancha negra que le impedía mirar más allá de sus propios pesares. Imágenes borrosas, difusas, sombras que se movían, conocidas ya, más por su olor característico, que por su nitidez. Además, ese día tampoco le favorecía mucho el estado del tiempo: una tarde nublada, semioscura, con serias amenazas de caer un fuerte aguacero. Con el sol en pleno esplendor, se le facilitaba distinguir mejor las masas deformes que pasaban por su alrededor.

Ahí estaba ella, sin embargo, sentada en su mecedora de siempre, a un lado de la sala, frente a la puerta que da a la calle, con el trapo blanco amarrado en la tira de su refajo y que empezó a usar cuando sintió que sus ojos le lagrimeaban mucho. Sola en la casa, en medio del bullicio de la gente, que esperaba afuera de la iglesia a que sacaran el santo para la procesión.

Ya no somos alcohólicos



Por John Acosta

La avenida iniciaba su día con la misma rutina de siempre. Trabajadores apresurados que se amotinaban en la acera, con el cabello mojado por el baño reciente, a tratar de subirse en el primer bus urbano que les hiciera la caridad de detenerse para guindarse como pudieran en la puerta repleta de pasajeros. Voceadores de periódicos anunciando a gritos en los semáforos la noticia con que abrió la primera página el periódico local. Automóviles y camperos conducidos por empleados atrasados que buscaban la oportunidad de robarle el carril al auto del lado y la mezcla fascinante de olores de pefumes y colonias de todas las marcas, echada a las carreras en la alcoba, tres minutos antes de sentarse a desayunar a toda prisa. Era un lunes normal de trabajo.

Y, precisamente, en la acera estaba un hombre que trataba de disimular su borrachera de tres días (o de un mes, quizás de cuatro años) recostado al poste de concreto del alumbrado eléctrico. Con su barba de una semana y su camisa por fuera del pantalón sucio, se creía el dueño del mundo. El cigarrillo encendido estaba a punto de caérsele de los labios resecos por la intemperie de varias amanecidas. Desde ahí, sosteniéndose como podía sobre sus piernas temblorosas, descubrió en la acera del frente a dos hermosas mujeres que esperan con impaciencia el colectivo que las llevara al trabajo.

29 ene 2012

El aguinaldo llegó en verano


Por John Acosta

Ya el pequeño Lisandro Aplaya estaba acostumbrado a la misma cantaleta decembrina con que su padre lo mortificaba todos los años: "En esta navidad sí es cierto que el Niño Dios no se va a aparecer por aquí porque no tiene maneras". Y, sin embargo, en la mañana de todos los 25 de diciembre, Lisandro encontraba su aguinaldo debajo de la hamaca y sobre el piso sin cemento. Entonces lo cogía sobresaltado, aturdido todavía por el despertar reciente, buscaba afanosamente a Jesucristo bebé entre la claridad que se colaba por la solera del rancho con la esperanza de que el personaje divino se encontrara todavía por ahí, abría la puerta del patio y le entregaba a la inmensidad del monte humedecido todavía por el rocío mañanero, su felicidad sin límites.

Pero ese año, por primera vez, su padre no lo había mantenido en vilo con su acostumbrada frase de desaliento. Fue peor: el pequeño Lisandro Aplaya tuvo que deshacerse a la fuerza del candor y la inocencia de sus ocho años para poder entender la gravedad del asunto en el desencajado rostro de su progenitor.

Le torcí el pescuezo al destino


Por John Acosta


Aunque a cada rato el destino le demostraba lo contrario, Guillermo Enrique Zabaleta Cabarcas sabía de sobra que él no había nacido para quebrarse el espinazo en los duros jornales de las fincas ajenas. Desde que quedó huérfano de padre, a los 13 años de edad, se dedicó a trabajar en una parcela que su abuelo materno tenía en Turbaco, allá en el departamento de Bolívar. No le quedaba otro remedio: a duras penas había aprendido a medio leer y a medio escribir en los dos años de primaria que alcanzó a cursar. Desde muy temprano, supo que para poder subsistir había que arañar duro sobre la tierra. Y ahí, mientras tiraba machete abrazado al sol tropical, se dio cuenta de que no iba a pasar el resto de su vida metido en el monte.

Por esa época, a los pueblos de Bolívar llegaban agricultores de los departamentos del Cesar y sur de La Guajira para buscar cogedores de algodón. Guillermo Enrique se embarcó en una de esas expediciones de muchachos varados y vino a parar a Fonseca, en La Guajira. Después de esa cosecha, regresó a su tierra. Pero ya la magia de la provincia de los acordeones había penetrado en su espíritu. Y cada vez que volvía para enfrentar de nuevo el bochorno de los campos sembrados, algo nuevo le revelaba que su futuro estaba en La Guajira.

El carbón tiene su fiesta en Barrancas, La Guajira


Por John Acosta

Ese lunes presagiaba ser un día más de trabajo. El capataz José Nicolás Estrada llegó a los socavones con sus 19 trabajadores, dispuesto a seguir escarbando la tierra para extraer el carbón. Pero desde lejos divisaron el humo negro que provenía de la mina incipiente. Era el socavón número 4 que había ardido todo el fin de semana, desde que el viernes dejaron por descuido una vela encendida, antes de bajar hasta la natal Barrancas a gozar de las delicias del descanso merecido. Ese día, taparon la entrada con una carpa para que la falta de oxígeno ahogara el fuego y regresaron al día siguiente: un humo débil salía por la parte de arriba del túnel y José Nicolás se metió gateando para apagar en el fondo los últimos vestigios del incendio.

20 oct 2011

La alegría provinciana en la mina a cielo abierto más grande del mundo

Por John Acosta
Eran las tres de la tarde. Los junter0s no se reponían aún del sopor de esa hora del día. Había caído en aguacero a las once de la mañana. Pero el calor era superior a cualquier artificio de la naturaleza. Algunos burros trataban de pastar en las sabanas del pueblo. Las jovencitas, recién levantadas de la siesta obligatoria, se asomaban por las ventanas de sus casas. Miraban la soledad de la calle de arriba a abajo. Y se volvían a acostar esperando un rato más propicio para sentarse, arregladas, en el sardinel de sus viviendas. La última camioneta que llevaba pasajeros a San Juan del Cesar empezó a pitar por las calles. Tres visitantes casuales se subieron. La gente salía a las puertas a ver quién iba a viajar. Al pasar frente a su casa, José Jaime Daza Hinojosa chifló al chofer. La camioneta se detuvo. "¿Ya vas saliendo?", preguntó José Jaime. "Claro. Súbete", respondió el conductor. José Jaime vio a los tres pasajeros. Sabía que el carro no salía hasta que no estuviera con el cupo completo. "No, yo no me voy a emborrachar dando vueltas contigo. Cuando vuelvas a pasar me subo", dijo. "Entonces te vas a quedar", sentenció el chofer. José Jaime Daza Hinojosa se subió. La camioneta siguió levantando polvo por las calles. Recogió dos pasajeros más. Cruzó el río que divide al pueblo. Llegó a la casa de Chave Torres, la curandera que hace volver maridos escapados. Había una mujer de aspecto sombrío. Una de las hijas de Chave Torres salió a la puerta. "Todavía no han terminado de hacerle el trabajo a la señora. Date otra vueltica", dijo. La camioneta arrancó.

Parrandeé con Francisco El Hombre

Por John Acosta
Debían ser las diez de la mañana porque la sombra del palo de guayabo llegaba hasta la piedra de afilar. Sentado en la silla de estacas que tenía clavada en la pared del frente de su rancho de barro, Sebastián Demetrio Hernández limpiaba una vez más su querida escopeta. Casi medio siglo después de aquella mañana, acompañado por las ráfagas de recuerdos brumosos que lo sorprendían a cada rato en el reposo de sus 100 años de vida a punto de cumplir, don Sebastián habla del susto aquel como el más grande de su existencia.

La explosión se sintió por toda la península, no porque fuera de muchos kilos, sino porque el mundo guajiro estaba sin estreno y hasta las ondas propagadoras del ruido eran vírgenes. Sebastián Demetrio no podía controlar todavía el latir desesperado de su corazón asustado, cuando oyó la segunda y después la tercera. Su única reacción de supervivencia fue coger el burro, angarillarlo, terciarse la escopeta y salir a toda prisa hacia Los Remedios, el caserío más cercano a su parcela, porque no le daba la gana de quedarse y morir solo. “Déjate de alboroto, hombre. Esa es la Troco, que anda por ahí, buscando petróleo", le dijo alguien en el pueblo.

La letra, con sangre, no entra

Por John Acosta

Hacía calor. Por los calados del curso se escurrían los gritos de los estudiantes rezagados que se habían quedado en los pasillos después del timbre que anunció el final del recreo. El salón de Décimo grado estaba de espaldas al mar de Riohacha y los alumnos debían conformarse con el aire cálido que brotaba de los dos abanicos eléctricos que pendían del techo. Todos tenían el cuaderno de química abierto sobre sus pupitres. Querían aprenderse de memoria, en aquellos últimos segundos de desespero, lo que no les permitió la negligencia juvenil en los ocho días que tuvieron de plazo para prepararse antes de presentar la prueba decisoria del segundo bimestre académico.

Se lanzaban preguntas que corrían de un extremo al otro del aula de clases y que eran acaparadas en el aire por cualquier destinatario que las tropezaba. Entonces, salían las respuestas entrecortadas, envueltas en un "carajo, se me olvidó" o en un "espérate y me acuerdo". Hasta que un silencio repentino fue opacando, como una onda concéntrica, la bulla que reinaba en el ambiente. Los muchachos miraron hacia la puerta. Ahí, de pie, con la lista de estudiantes debajo de su brazo izquierdo, las dos manos ocupadas con las tres tizas nuevas y el borrador de tablero, estaba el profesor de química, mostrando, como siempre, su sonrisa intimatoria. Entró. Los muchachos lo siguieron con la mirada hasta que el hombre llegó a su escritorio de maestro. Abrió la lista y empezó a llamar, en orden alfabético, al estudiante de turno para que hiciera su ejercicio en el tablero.

Fabriqué mi propio carro

Por John Acosta

Isidro Antonio Romero Suárez tenía 12 años cuando se le ocurrió manejar un carro por primera vez en su vida. Su padre había cambiado la finquita de la familia por un viejo "volkswagen". Y el pequeño Isidro Antonio se levantaba todas las mañanas con las ansias de ver aquel aparato desafiante. Hasta que no aguantó más: convidó a su hermanito, Cenón José, que siempre lo acompañaba con admiración de niño en todas sus actividades, y arrancó en el automóvil sin más lecciones que las que le robaba en silencio al viejo Antonio Romero, cuando el hombre sacaba a pasear a sus dos hijos. Isidro Antonio y Cenón José pasearon felices por las polvorientas calles de El Molino. Cuando regresaron al hogar, el mayor de los hermanos descubrió en una puerta delantera del carro el rayón fatal. 

El último disparo de Año Nuevo

Por John Acosta


Carlos Rosellón Brlto no tenía nada programado para el 31 de diciembre de 1995. Trabajó hasta el medio día en los talleres de Mantenimiento de Camiones, de Intercor, en la mina de carbón de Cerrejón, en La Guajira colombiana. Llegó a su casa envuelto por ese hálito misterioso que cubre a todos los humanos el último día de cada año y se dio un baño tonificante que lo dejó como nuevo. Salió después de almuerzo, con la pinta "treintaiunera" y bien emperfumado, con la idea de encontrarse algún compañero de trabajo por la calle para despedir el año al compás de unos tragos. Luz Melvis, su mujer, lo vio alejarse y todavía no se explica cómo no tuvo el más leve presentimiento de que algo muy grave sucedería horas más tarde.

Carlos Rosellón no se encontró con ninguno de sus amigos de parranda en la ronda de inspección que hizo por toda Fonseca, el municipio de sus entrañas. Entonces, fue a la casa de su cuñado Felipe Amaya, el esposo de su hermana Luz Mary, a recordarle que pasara por él en la madrugada, después de las felicitaciones de Año Nuevo, para que lo llevara a Cañaverales, un corregimiento de San Juan del Cesar, de donde era oriundo y a donde acostumbraba ir siempre a darle el feliz año a sus padres. Ese año, sin embargo, el destino le tenía preparada una mala jugada.

Primo, préstame pa’l bus

Por John Acosta

Lo que más odió en su niñez fue lo que más tarde le dio para pagar su primer semestre en la universidad: la lectura. Y la detestó porque, desde el principio, lo suyo fueron los números y no las letras: cuando del corregimiento de Tigreras se fue para Riohacha a hacer su segundo de primaria, Alifredis Flórez López no sabía leer. En cambio, nadie le ganaba en suma, resta, multiplicación y división, las cuatro operaciones básicas de las matemáticas. Pero eso no le bastaba para enfrentarse al difícil mundo de la escolaridad de entonces.

El señor José, su padre, lo llevaba todos los lunes en la mañana a la casa de la abuela, en Riohacha, refundido entre las tinas de leche que el papá iba a vender a la capital de La Guajira, en la vieja camioneta de placas venezolanas. Y regresaba a Tigreras los viernes en la tarde, entre las canecas vacías, a someterse al suplicio de las lecciones que la señora Avis, su madre, le daba en la cartilla abecedario: fueron los peores fines de semana de su vida, donde el único respiro eran los cortos ratos en que se escapaba a jugar con los amiguitos del pueblo y sus cinco hermanos.

17 oct 2011

La vida, en un metro cuadrado

Por John Acosta
Los indígenas miraban los cuadros con incredulidad. No lo podían creer: era imposible que en esos pequeños espacios de un metro cuadrado, cupiese con tanta precisión y belleza su mundo de aridez y sol. Pero, era cierto. Ahí estaba plasmado sobre el papel: la ranchería, la arena, el sol, los chivos, el molino de viento y hasta podía sentirse sobre el rostro el azote constante de la brisa reseca.

Colgados sobre las paredes de la Casa de la Cultura Glicerio Pana, de Uribia, estaban expuestas las pinturas de David Hernández Martínez, un ingeniero químico que una vez salió de su Fonseca natal a estudiar Arquitectura en Barranquilla.

Corría el año 1979 y David estaba cansado de renovar a su grupo de amigos cada seis meses porque siempre ellos salían del pueblo a buscar un mejor futuro en las aulas de una universidad. En Barranquilla vivió en la casa de Mirna Barros, una prima que llevaba mercancía de Maicao. Mientras ella viajaba, David Hernández le cuidaba los hijos. Por esa misma época, un hermano del futuro pintor también estudiaba Arquitectura.

La obsesión de un escultor

Por John Acosta

Desde que empezó su labor gratificante de creador solitario en La Guajira, a Manuel José Rincón Pico lo ha perseguido siempre un sueño: hacer una escultura grande para regalársela a cualquier población de la península. Y no se ha quedado con los brazos cruzados en espera de que las condiciones se le den como por arte de magia. Lo que pasa es que su locura de genio no le ha alcanzado todavía para convencer a la dirigencia cultural sobre sus nobles propósitos.

"Yo no pido ninguna contraprestación económica. Sólo que se me suministre el apoyo logístico para poder hacer las cosas. La satisfacción más grande para mí sería que, una vez concluida mi gran obra, la gente se acercara a reconocerla", dice. Entonces, se acomoda en su silla, mira fijamente al periodista y lanza su dardo certero con una sinceridad que convence: "Sólo con eso, gano más que cualquier cantidad de plata".

Bajo el amparo de un nuevo hogar

Por John Acosta

La larga espera se evidencia de inmediato en su cabeza: tiene el cabello recogido en varias vueltas, sostenidas con ganchos. No obstante, ella lo reafirma con sus propias palabras. "Yo pensé que ya no iba a venir", dice. Lleva puestos unos shorts y una blusa roja. Sus dos hijos varones, cambiados ya para la ocasión, se asoman por la puerta de uno de los tres cuartos de la casa. "Acabo de venir de la esquina a donde fui a esperarlo para que no se perdiera", agrega con su sonrisa tímida de ama de casa feliz. Su hija menor entra a la sala por la puerta del patio. La señora Georgina García los presenta a todos. "Falta la mayor, que debe estar por ahí, en la casa de una amiga".

La luna engendró a su hijo entre los wayuu

Por John Acosta



Apenas lo vi bajar por primera vez del carro, descubrí que era un hombre alegre. Su sonrisa no reflejaba la timidez del novato que llega a enfrentar un mundo desconocido, sino la seguridad de quien desea ser amigo. Por esa época, ya me acercaba a los 75 años de estar lidiando con una vida difícil por estos parajes áridos de mi Guajira legendaria. En ese entonces, no me pasó por la cabeza que catorce años más tarde yo sería el gestor de una ceremonia que enmarcaría el sentir sincero de mis hermanos indígenas hacia ese señor que acababa de descender de su vehículo mostrando su dentadura brillante de hombre pacífico y a quien Raquel, mi sobrina, bautizó enseguida. "Kasukish", dijo ella. Y con ese nombre, que significa Cabeza Blanca, se quedó entre nosotros.