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29 abr 2026

Rebiacana: homenaje a esta fruta silvestre

Por John Acosta

La mochila de fique llegaba amarrada en los cachos traseros de la  angarilla, colgando al lado de la anca del burro. Los colores de la cabuya se veían opaco por la humedad que brotaba del contenido: mi niñez, alborotada por el evento distinto de ese día, esperaba ansioso a que mi primo Beto bajara del animal y desenvolviera esa mochila enmudecida para que mamá (la vieja Aba) nos repartiera a cada uno la porción de frutas silvestres que la primavera traía para todos. ‘nariz’, guayabita de perro, peregüétano, en fin; sin embargo, la más apetecida para mí era la rebiacana: es una bolita de pulpa jugosa color morado brillante que tiñe de ese color la boca y los dedos de quien la come. Esta frutica recibe indistintamente el nombre de rebiacana y también el de queriquita. En algunas regiones se conoce con el nombre de luangarrote”, la define Consuelo Araújonoguera, La Cacica, en su libro Lexicón del Valle de Upar.


Más de medio siglo después de esa mañana sublime, se me volvió la boca agua al abrir el grupo de WhatsApp de mi familia paterna y me encuentro de entrada con la foto de más de 15 rebiacanas, rebosantes de madurez, sobre una mano abierta. “No me pidan porque no son mías”, remató Beto (sí, el que llegaba en burro con la mochila de frutas) y remataba la frase con un emoticón de tristeza. “¿Eso es candunga, Beto?”, le preguntó, desde Medellín, tía Tey. “Rebiacana”, corrigió Beto en formas de respuesta. Y aclaró: “Eso lo mandó un hijo de Goyo Gutiérrez en otro grupo juntero”. Y, entonces, tía Tey, compungida por la nostalgia que la abruma a cada rato en la lejanía de esa ciudad enclavada en una de las montañas de los Andes, dejó salir sus recuerdos: “Ay, vee: años sin ver rebiacana. Lo mismo con la candunga”.

15 dic 2025

Diomedes Díaz: a 12 años de su partida, el legado del Cacique de La Junta sigue intacto

Por John Acosta

Mi abuela no podía dormir esa noche. Se revolcaba de un lado a otro en su hamaca, se sentaba con sus pies colgando, se volvía a acostar con la cabeza ahora para otro lado. Me hacía el dormido para ahorrarle a ella la angustia que le causaba el hacerme preocupar por su insomnio.  A veces, le sentía su chancleteo  cuando iba hasta la sala a servirse un vaso de agua de la jarra que ella ponía en la mesa para no tener que salir a media noche hasta la cocina, que quedaba en la mitad del patio. La música entraba nítida por las soleras de la casa. Venía desde la Caseta Comunal, como llamábamos en La Junta, el pueblo del alma, el sitio amurallado donde se hacían las verbenas. Yo estaba seguro de que no era el concierto en vivo, que llegaba a todo timbal hasta el aposento, lo que la trasnochaba. Sabía, además, que hasta que no botara lo que la atragantaba, mi abuela no podría conciliar el sueño. Entonces, lo soltó, sin ningún pudor, en voz alta, pero para sí misma, pues los únicos que estábamos en casa éramos los dos y ella me hacía fundido. “No sé qué tanto le verán a un hombre que lo único que hace es gritar”, pudo decir, al fin, con rabia. Esa noche cantaba Diomedes Díaz (que, a propósito, el 22 de este mes cumple  12 años de su muerte) y mi abuela se refería a él. Con que era eso. Yo tenía diez años de edad. Diomedes tenía 18 y acababa de grabar su primer álbum musical.

De espantapájaros a cantante

Diomedes Díaz Maestre pasó de espantar pájaros en los maizales de su paisano, el juntero Teodoro Vega, allá en Potrerito, vereda cercana a La Junta, junto con su amigo de adolescencia José Ángel Hinojosa, mi primo, a ser mensajero en Radio Guatapurí, de Manuel Pineda Bastidas, en Valledupar: nuestro paisano Gustavo Eugenio “Geño” López era el mensajero en esa estación radial y, como el cobrador había renunciado, “fui hasta donde el señor Manuel Pineda Bastidas a pedirle que me ascendiera a cobrador. Y él me dijo que sí, pero que yo tenía que llevarle mi reemplazo como mensajero. Recomendé enseguida a Diomedes”, me contó Geño  para La Calle. Al joven Diomdees, no le resultó difícil trabajar recogiendo cables y ajustando el sonido de los micrófonos de la afamada agrupación de Los Hermanos López. Hasta que grabó su primera Larga Duración con Náfer Durán en 1975. En 1976 grabó con ‘El Debe’ el LP Tres canciones, que está entre los éxitos de su carrera artística.

11 may 2025

Tradiciones de la vieja Aba, la mamá de los Acosta en La Junta

Por John Acosta 

Aura Elisa Mendoza Acosta (la vieja Aba) profirió la sentencia con tal determinación que su nieto, el pequeño John Javier, no tuvo duda esa noche de que se cumpliría a cabalidad: “Mañana, apenas te levantes, te doy tu muenda por callejero”, le dijo la abuela. “Estas no son horas para que un niño ande dando lidia por ahí, como si no tuviera doliente”, agregó con ira. “Vaya a acostarse, carajo”, finalizó, mientras trancaba la puerta que daba hacia la vía destapada. El pequeño se durmió con la preocupación por los chancletazos que recibiría al despuntar el día; por eso, apenas se despertó, se bajó de la hamaca enseguida, obnubilado por el veredicto reciente que pesaba en su contra: tanto, que sus pies se mojaron en el hilo de su propia orina que se secaba en el piso, pues olvidó el lastre nocturno que habría de perseguirlo todas las madrugadas hasta los 15 años de edad. 

Somnoliento por la levantada rápida, atravesó la cortina que separaba la sala del cuarto y salió por la puerta del patio. Quería salir de una vez de la condena de anoche. Muerto del susto, parado en el sardinel, vio a la abuela que barría con su escoba de ramas verdes. Cuando lo vio, ella tiró el escobajo a un lado y se le abalanzó al niño. Como lo hacía siempre, cada vez que sus travesuras infantiles merecían un castigo de esa magnitud, él no salió corriendo para huir de lo inevitable, sino que se quedó petrificado, en espera de los primeros sandaliazos de caucho. Y, entonces, su alma ingenua pasó del infierno al paraíso en un santiamén. “Feliz cumpleaños, hijo de mi corazón”, le dijo la vieja amada al tiempo que lo abrazaba y se lo comía a besos. Más de medio siglo después, lo disímil de esa escena seguía intacta en la memoria de sus entrañas. 

23 sept 2024

Medio siglo después, Soño revivió en Bruno

Por John Acosta 

La primera (y, quizás, única) vez que habló del perro de su infancia, lo hizo a los 40 años. Fue en Barranquilla, cuando dos estudiantes universitarias de su clase de redacción, le preguntaron si le gustaba las mascotas. “No me disgustan, la verdad”, respondió, en ese momento; entonces, ellas fueron más directas y le preguntaron si alguna vez él había tenido un perro. “Sí, claro: cuando era niño”, volvió a contestar. “¿Y cómo se llamaba?”, insistieron las dos aprendices. Y el profesor no pudo evitar remontarse a los albores de su vida, allá en La Junta, donde había sido criado por su abuela paterna. No encontró, en los recovecos de su memoria, mayores episodios al lado de ese animalito que olvidó por completo en el transcurrir de su existencia.

18 jun 2024

Eduardo Zedán Acosta, el artista que dibuja las costumbres de Codazzi

Por John Acosta

El matrimonio de Eduardo de Jesús Zedán Acosta e Iris Rocío Gómez Joiro auguraba todo para no durar nada: estaba destinado al fracaso. Esa noche del 12 de diciembre de 1980, Iris Gómez se quitó el vestido y se encerró a llorar en su cuarto porque no entendía por qué la vida le conspiraba para que no se casara ese día con su amado Eduardo. El apocalíptico aguacero que se desgajó esa tarde sobre Codazzi sobrepasó la hora destinada para el inicio de la boda y se extendió 120 minutos más allá. Lo peor era que el sacerdote José Joaquín Jiménez Gaviria no aparecía por ninguna parte y los invitados habían desafiado las torrenciales aguas que caían y esperaban ya dentro de la iglesia.  Ante la ausencia del cura, los más allegados recomendaban decidirse pronto por algunas de las dos únicas opciones que quedaban: irse a casar en alguna de las poblaciones más cercanas, que, de todas formas, quedaban lejos: San Diego (hacia el norte) o Becerril (hacia el sur). La novia no quiso ninguna y se despojó de su ajuar matrimonial; definitivamente, la futura esposa no podría descubrir e impulsar el talentoso pintor que yacía oculto en el impaciente novio que sentía ahí, encajado en su vestido de saco y corbata, cerca al atrio, cómo cada segundo se demoraba una eternidad en pasar.

24 abr 2022

Tío Jose: la nobleza en pasta

Por John Acosta

Tío Jose me regaló la flauta que yo quería en diciembre de 1975.  Y, ese mismo día, me la robó un muchacho más grande que yo. El instrumento de pasta lo expendían en la droguería que Héctor Paz tenía en el cuarto de la esquina que Jorge Zedán, el esposo de tía Vila (Elvira Mercedes), le había arrendado de su enorme casa esquinera. Apenas me bajé del bus a conocer a Codazzi, vi la flauta en la vitrina y me gustó. Tenía menos de 10 años de edad y Omar Hernández, el esposo de tía Tey (María Esther), me dio ese viaje de La Junta, La Guajira, (donde me criaba la vieja Aba, mi abuela) a Codazzi como regalo por haber sido el primero de la clase del segundo de primaria que acababa de culminar. Tío Jose trabajaba en Cofrasu (Colombo-Franco-Suizo), un enorme taller de maquinaria pesada. Apenas recibí la flauta, me puse a tocarla con mi primo Fabio en el muro que quedaba donde tía Tey, pegado a Cofrasu. Y el muchacho apareció ahí: me pidió el aparato musical prestado dos veces; se lo prestaba y me lo devolvía; mi inocencia de entonces me impidió inferir que me estaba cebando. A la tercera prestada, salió corriendo con mi flauta y se perdió entre el monte de la pista de aterrizaje de avionetas de fumigación que quedaba al costado de Cofrasu. Fabio y yo salimos detrás a perseguirlo, pero se nos perdió entre el follaje espeso. Tío Jose nunca me recriminó por haber perdido su regalo.

28 oct 2021

“La enganchá”: 14 años del Grammy Latino a Diomedes Díaz

Izquierda, Luz Consuelo Martínez Salazar
(última compañera de Diomedes Díaz) muestra el
Premio Grammy Latino que recibió Diomdes Díaz.
Derecha: Emiro Manuel (Mime) Martínez, autor
de La enganchá
Por John Acosta

La noche en que Franco Mejía se sacó a Toña Martínez de su casa y se voló con ella, a mí me tocó amanecer en Funda (Fundación, la finca de mi familia): allá fue a buscar refugio Franco con su novia (y, desde esa noche, mujer), después de media hora de subida por una trocha pedregosa y polvorienta, desde La Junta (el pueblo del alma) hasta Funda. De manera que había motivos suficientes para que la levantada esa madrugada para la ordeñada de las vacas fuera diferente. Había en el ambiente un aire de incertidumbre por la reacción del papá y de los hermanos de Toña. Lo cierto es que era frecuente que, en esa época, el hombre convenciera a su pretendiente a que se fuera con él bajo el amparo y complicidad de las calles oscuras; sobre todo, si los padres de la joven no eran gustosos del noviazgo. El mismo tío Ito (Manuel Nicolás Acosta Mendoza), a quien Franco fue a pedirle apoyo y amparo, se había sacado así a Carmen Mejía, su señora, hermana de Franco.

11 oct 2021

“Beto”, la droguería que no se aprovechó de la pandemia

 

Norberto Duarte Acosta, propietario de
Beto Droguería, 1 y 2

Por John Acosta

Fue, por supuesto, una inocentada de niño grande. Y la vieja Aba (Aura Elisa Mendoza de Acosta, nuestra abuela) lo sabía, pero no podía dejar pasar por alto ese acto indelicado sin dejar una lección (como debía hacerse en La Junta –el pueblo delalma- de entonces) a los tres nietos que ella criaba en esos momentos. Se quitó su pantufla derecha de caucho, le propinó sus buenos chancletazos y lo amarró en uno de los colgaderos de hamaca que estaban en la sala de la casa. Lo soltó una o dos horas después de cantaleta filosófica sobre la decencia, la honestidad y las sanas costumbres: justo para que mi primo Beto (Nolberto Duarte Acosta) cogiera su burro y se fuera para Fundación (Funda, la finca familiar) a apartar los terneros y a ayudar a tío Ito (Manuel Nicolás AcostaMendoza) en el ordeño de las vacas en la madrugada siguiente para regresarse en la mañana con la leche y la yuca sacada por él al morir la tarde anterior: se cambiaba, desayunaba y se iba a la Escuela Rural de Varones de La Junta, donde cursaba su primaria. El delito: haber cogido, sin consultar, 20 centavos de una de las gavetas de la máquina de coser, donde la abuela guardaba el dinero de su oficio de costurera, para comprar confites en el recreo.

24 ago 2021

El Tone: recuerdos de mi complicidad con el abuelo

Luis Miguel Acosta Acosta, el Tone
Por John Acosta

Fuimos cómplices en la corta vida que conllevamos, siendo yo un niño y él, un anciano ya. En las mañanitas, le llevaba el cepillo dental con su porción de crema aplicada, el jarro de agua y la ponchera de peltre; entonces, él se sentaba en su hamaca, se ponía la ponchera en los muslos de sus piernas, tomaba el cepillo con la mano derecha y el jarro con la izquierda. Y se lavaba los dientes ahí, en medio de la penumbra del aposento que compartíamos todos, iluminados apenas por la luz del sol naciente que se colaba entre las soleras y las hendijas de la ventana de la calle y la puerta del patio: ambas cerradas todavía.

16 jul 2021

El día en que la Virgen del Carmen le devolvió el carro robado a mi papá


En primer plano, la Virgen María; y, al fondo, la iglesia
 de La Junta, en La Guajira
Por John Acosta

Mi primo Omar había cumplido el compromiso diario de llevar los estudiantes al ingenio, a unos cinco kilómetros del pueblo (por la vía hacia Bucaramanga) y se disponía a rebuscarse con las carreras habituales en el casco urbano de Codazzi. “Ahí me hacía lo de la gasolina del carro”, me contó más de 40 años después. En esas andaba, transitando por la vía principal (carrera 16) y, por el hotel Acapulco, le salieron dos tipos y le pidieron que les hiciera una carrera hasta el, entonces, nuevo barrio La Antillana. Ambos se subieron adelante, pues, en esa época, la silla delantera de los carros era larga, como un sofá de sala, y cabían tres personas en ese puesto. Cuando llegaron al destino, el que se había sentado en la mitad sacó una pistola del maletín negro que cargaba y encañonó a mi primo por las costillas derechas. “Esto es un atraco: siga por la trocha a Verdecia, como si nada”, le dijeron.

2 jul 2021

El tío Migue que la muerte no me dejó conocer

Por John Acosta

Lo asesinaron dos años antes de que yo naciera. Y la imagen sobre él, que me ha acompañado desde niño, fue una que me contó la vieja Aba (Aura Elisa, su madre y mi abuela), cuando yo tenía unos ocho años: Beto (Nolberto Duarte Acosta, su nieto), con apenas tres años de edad, cogió la poncherita de plástico que mamá Aba ponía debajo del tinajero para parar las gotas de agua que pudieran salir, se fue caminando hasta donde estaba ella, destrozada por la pérdida de su hijo, y empezó a untarle los pies con su manito mojada en el perol para que mamá dejara de llorar, mientras el cadáver de tío Migue (Miguel Luis Acosta Mendoza) yacía en su ataúd. Esa escena tierna e inocente, sucedida en La Junta, el terruño del alma,  es lo único que me ha quedado grabado del tío que no alcancé a conocer. Beto me contó después otra anécdota de ese momento triste, que mamá Aba le había contado a él: al ver que las palmaditas con agua en los pies no le funcionaban, el inocente Beto buscó el plato de fique de la mochila que la vieja Aba tejía esa semana y se la llevó a ella, con la aguja y el rollo de cabuya. 58 años después de ese hecho trágico, los hermanos vivientes de tío Migue recordaron en el grupo de WhatsApp de la familia ese tormento espiritual que los ha martirizado por décadas.

20 may 2019

Tío Fano, el único profesional entre 12 hermanos

Afranio José Acosta Mendoza, tío Fano

Por John Acosta

Entré al aposento y vi a tío Fano dormitando en la cama de mi abuela. Para no despertarlo, me acerqué con cuidado al estante en forma de L, en donde estaban los cinco baúles de madera: abrí el preciso y encontré lo que buscaba. Destapé la cajetilla de betún y miré su contenido por breves segundos. La voz de tío Fano, detrás de mí, me sacó del ostracismo en el que había caído en esos instantes porque, como suponía que el hermano de mi papá estaba dormido, me creía solo en el cuarto. “Sí, señor, tiene razón. Su betún no está por donde usted lo dejó porque yo me tomé el atrevimiento de embetunar mis zapatos con él. En todo caso, lo felicito: se parece a mí: yo también sé por dónde dejo mis cosas”, me dijo.

Yo tendría apenas unos diez años y, para entonces, tío Fano se había convertido en la admiración de todos, pues era el único de sus once hermanos que se había atrevido a desafiar al destino, al salir de La Junta, el pueblo del alma, al interior del país a arañarle a la vida una carrera profesional. De hecho, ese día estaba recostado en la cama porque apenas había llegado hacía dos días a pasar vacaciones, después de cerca de 30 horas de viaje. De modo que compararme con él, era el más grande elogio que yo podía recibir, pues todo el enjambre de primos míos quería ser como tío Fano.

8 may 2019

Álvaro Gómez Hurtado: la primera derrota política de mi niñez

Álvaro Gómez Hurtado

Por John Acosta

Julio Oñate terminó haciéndome el camioncito de madera que mi niñez de ocho años tanto añoraba en La Junta de entonces, en el sur de La Guajira. A esa corta edad, me tocó aterrizar a la fuerza al mundo de la política pueblerina, tras el torcijón de ojos que me pegó mi abuela, en la mitad de la sala de la casa, el mediodía del 15 de septiembre de 1973. El día anterior, la Convención del Partido Conservador había proclamado a Álvaro Gómez Hurtado como el candidato de esa colectividad a la Presidencia de Colombia para el período 1974-1978. Viví con intensidad esa, mi primera campaña política y, con ella, hube de indigestarme con el amargo sabor de la derrota y sobreponerme a la burla de mis vecinos mayores de edad porque Alfonso López Michelsen, el contrincante del Partido Liberal, le había ganado a mi aspirante.

Cada vez que me le escapaba a mi abuela para ir hasta donde Julio Oñate, siempre lo encontraba ocupado en la carpintería que había montado en el patio: hacía una mesa para el comedor de una pareja recién ajuntada, o una cama para una quinceañera que dejaría su hamaca de niñez, o arreglaba algunas bancas de la caseta comunal. Entonces, me le sentaba al frente con mi cara de muchachito desesperanzado hasta que los gritos mal humorados de mi abuela, llamándome por mi nombre, me hacían regresar asustado a la casa. Mi muda insistencia y la murga que mi prima Yolanda Acosta le montaba a su marido para que se apiadara de “ese pobre pelaíto, carajo, mirando lelo para que le hicieran su carrito” terminaron doblegando la obstinación de Julio Oñate e interrumpió una media mañana su trabajo y le dedicó una hora a complacerme con mi regalo: fue el camioncito de madera más hermoso que niño alguno ha podido tener.

13 jun 2018

El Chiche Maestre, homenaje a una amistad que ha sobrevivido al olvido

El Chiche Maestre, un poco más joven

Por John Acosta

Más de 45 años después, recuerdo aquel momento como si fuera ahora: el niño tocaba el acordeón en la tarima, mientras su hermano (o primo hermano, no sé: eran iguales en todo caso) cantaba. El público delirante aplaudía el coraje de aquellos infantes que le sacaban notas y sentimientos a la caja, guacharaca y acordeón. Era, por su puesto, un espectáculo digno de admirar por todos, que se desarrollaba en una media mañana del mes de julio, que era cuando se realizaba el Festival Folclórico del Fique, en la muy amada población de La Junta, allá en La Guajira indomable de Colombia. Yo presenciaba ahí, entre el público, la gallardía en tarima de aquellos muchachos de mi edad. Me evoco en pantaloncito corto, a pies descalzos y sin camisa, que era la única manera como me le podía escapar de la casa a mi abuela sobreprotectora. Se trataba del pequeño José Alfonso El Chiche Maestre y su conjunto, integrado por niños de la vecina población de Patillal, en el departamento del Cesar, así sin tilde en la e. Esa mañana, obviamente, me fui para la casa sin saludar personalmente a los ídolos de mi edad porque los adultos se los llevaron, seguramente a amenizar parrandas en sus patios traseros. Hubo de pasar más de 10 años para volverme a encontrar con El Chiche y hacernos amigos de compincherías universitarias.

6 dic 2017

El origen de los Acosta en La Junta y algunos aspectos históricos sobre esta población

Dos vistas aéreas de La Junta (fotos cortesía de Fabián Acosta)

Por Afranio Acosta Mendoza

No se tiene conocimiento de la fecha exacta de fundación de La Junta. Se cree que fue a partir de 1700 y sus primeros moradores fueron las familias Acosta, Maestre y Daza, todas de origen español.

Entre las anécdotas de la época, una de ellas cuenta que doña Isabel Acosta, una rica hacendada del caserío, tenía tanto ganado que podía vender hasta cien novillos de un mismo color y del que el comprador escogiera.

En el último decenio correspondiente a la primera mitad del siglo XIX (diecinueve), residían en La Junta, además de los descendientes de los primeros moradores del pueblo a partir de 1700, varias familias también de origen español, como los Cuello, los Gutiérrez, los Hinojosa, los Sarmiento, los Romero y los antepasados de los Sierra, estos últimos moradores del caseríos a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

19 jun 2017

Oda para que tío Ito vuelva a ser el de antes

Por John Acosta

Carmen y tío Ito, en sus viejas época
 de enamorados
Yo sentía el cosquilleo en mi cabeza y abría los ojos somnolientos aún por la desadormecida reciente y veía la claridad tenue de la linterna, que intentaba inundar la sala con su luz amarillenta por las pilas viejas: era tío Ito que me despertaba, como de costumbre, con la yema de sus dedos como escarbando entre mi cabello ensortijado. Mientras él prendía la lámpara de querosén que colgaba en la parte superior del umbral de la puerta que comunicaba las dos únicas habitaciones de la casa de barro, yo me estiraba en mi hamaca para tratar de alejar rápidamente los últimos vestigios de flojera que me quedaban por el despertar abrupto. Me sentaba con los pies colgantes y me ponía los zapatos que dejaba en la noche debajo de la dormilona colgante. Tío Ito destrancaba la puerta del patio, que era el tronco partido a lo largo por la mitad de lo que fue un grueso árbol, y el frío de la madrugada se acentuaba dentro de la vivienda artesanal. Después de descolgar mi hamaca,  iba trastabillando hasta la tinaja que estaba en un rincón y sacaba el agua en una totuma para lavarme la cara y enjuagarme la boca en el patio. Todo eso me llega a la mente hoy, más de cuarenta años después, cuando tío Ito no es ni la seña de lo que fue, a pesar de que todavía le quedan fuerzas físicas de sobra para volver a ser el toro de lidia que todos admirábamos.

15 may 2017

Catarsis para querer a mi madre

Dorina del Socorro Rodríguez Valdez
Por John Acosta

Conocí a mi mamá cuando yo tenía nueve años. Recuerdo que mi papá había ido por mí, del corregimiento de Casacará al municipio de Codazzi, en el departamento del Cesar (así, sin tilde en la e, como hablamos en el Caribe colombiano), en ese entonces a más de media hora de distancia por una carretera destapada, a la que la desidia oficial la había alzado con piedras mucho años atrás y la dejó, después, al garete hasta quedar en una trocha difícil, en donde los carros dejaban regados los tornillos y tuercas. Yo llegué a Codazzi una semana antes, procedente del corregimiento de La Junta, en el departamento de La Guajira, en esa época a más de cinco horas de distancia por una carretera pavimentada muchos años atrás, pero que la falta de mantenimiento la había convertido en algo peor que un camino de herradura. Me trajo el esposo de mi tía Tey (María Esther), Omar, en el primer viaje de mi vida como premio porque ese año había sido el primero de mi curso. Estaba bajado en la casa de ellos y hasta allá llegó mi papá con su esposa, Amparo, a llevarme a conocer a mi mamá a Casacará.

Yo no quería ir, la verdad. Tenía un miedo enorme, pero
Poso con mi madre
no me atrevía a decirle nada a mi papá porque le tenía terror. Yo estaba siendo criado por mi abuela, la vieja Aba (Aura Elisa), allá en La Junta. Y era inmensamente feliz: a pie descalzo, con las costillas al aire y mis pantaloncitos cortos, correteando por las calles polvorientas de ese pueblo del alma. Era un niño tremendo, no lo niego. Y la vieja Aba, incapaz de corregirme con su cariño de madre consentidora, cada vez que yo hacía una pilatuna (que era a cada rato) me lanzaba la sentencia de siempre: “¡Perate, que cuando tu papá venga se lo voy a decir para que te dé tu buena muenda!”. No recuerdo cada cuánto iba mi padre a La Junta, pero cuando llegaba sentía un  pánico terrible, pues temía lo peor: nunca me pegó por eso; sin embargo, sentía un alivio enorme cuando ya cogía el transporte público de regreso. Ese día que fue por mí a Codazzi, yo no quería ir a conocer a mi mamá; no obstante, no fui capaz de decírselo a mi papá.

Mientras empacaba mis corotos, Fabio Zedán, un primo codacense contemporáneo conmigo, me insistía que le dijera si yo estaba contento con ese viaje a Casacará. De mil amores le hubiese respondido que no, que yo no quería ir, pero el terror que le tenía a mi papá me lo impedía. Ante su reiterada pregunta de “¿Está contento, primo?” y ante mi impotencia de no poder contestarle con la verdad, me desahogué con una frase expresada con toda la ira del mundo: “¡Usted sí jode, primo!” Los que estaban ahí tuvieron que haber quedado sorprendidos con mi reacción. Mi papá tuvo que haberse muerto de la vergüenza porque su reacción fue inmediata: “¡Carajo, pero qué tanto es que le digas que sí estás contento y listo!”, me dijo. Me tocó decirle a mi primo que sí estaba feliz con ir a conocer a mi mamá.

21 mar 2017

Tía Ñuñe, la santa no canonizada de los Acosta

María Nurys Acosta Mendoza, tía Ñuñe
Por John Acosta @Joacoro

Doblábamos la esquina que queda cerca de la casa de tía Ñuñe, cuando mi papá lanzó la expresión que yo siempre había sentido, desde muchos años atrás, en lo más profundo de mi alma: “Esa mujer es un ángel de Dios”, dijo. Se refería a su hermana María Nurys Acosta Mendoza, por supuesto, que acabábamos de dejar en la puerta de la calle de su casa, adonde salió a despedirnos. Eso hace más de 30 años, poco antes de que mi padre falleciera. Y hoy sé que esa misma impresión la tenían mis otros tíos; incluso, tío Néstor, que falleció hace poco, me dijo en un paseo que estuvimos en el municipio de Manaure: “Esa mujer era una Santa en vida”, mientras me mostraba la casa donde vivió tía Ñuñe con su esposo.

A propósito de este texto, llamé a tío Jose (así, sin tilde en la e, como llamamos en el Caribe colombiano a los José) a su celular y le pedí que me describiera a tía Ñuñe, su hermana: “un alma bendita de Dios. Pura abnegación. Dedicada a su hogar”, me dijo. También llamé al menor de todos, tío Jorge: “era la más noble de mis hermanas, un mujer callada, recta, era puro sentimiento”. No podía dejar de marcarle al único profesional de todos ellos, tío Fano, ingeniero agrónomo: “era una mujer virtuosa, muy dedicada a su hogar, que amaba su vida, prudente, sufrida. Valiente para afrontar las duras embestidas del destino, las contingencias de la vida. Era, prácticamente, una santa”. Tío Ito es el callado de todos ellos: reservado, tímido, fue el único que se quedó en La Junta, el pueblo natal y no salió a buscar una mejor vida en otros lugares. Cuando le hice la misma petición por teléfono, no vaciló un instante en responder: “era una mujer buenísima, calmada. Una mujer de su casa. Sí, claro, era una santa”.

11 feb 2017

El Pluma Blanca dejó a los Acosta solos por siempre

Tío Néstor (q.e.p.d.), ahora y antes
Por John Acosta
Me sorprendió la noticia de su muerte. Tenía unos cinco meses de estar luchando contra la terquedad de algunos de sus órganos, los cuales se negaban aceptar que él no estaba viejo. Supe, incluso, que se agravó en la última semana de su vida. Estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de una clínica de Valledupar, la capital del Departamento del Cesar (así, sin tilde en la e). La noche en que lo ingresaron, esperábamos lo peor. Todos sus sobrinos, hijos, primos y hermanos, que vivían en la ciudad, aguardaron en las afueras del recinto hospitalario los reportes médicos. Quienes vivíamos lejos de la ciudad, leíamos tristes, en el grupo de whatsapp de la familia, los informes de quienes estaban cerca. Yo lo había visitado en su casa una semana antes y me contagié de su optimismo y de la cantidad de planes que él tenía para el futuro.
Siempre disfrutaba al lado de su madre, hermanos, sobrinos y cuñados
Hoy se cumplen las nueve noches de su partida final. Los que viven cerca asistirán a la misa y, luego, acompañarán a su esposa y a sus hijos en la que fue su casa. Fue bastante gente a su sepelio: personas de sus dos pueblos del alma, La Junta, donde nació y pasó su niñez y adolescencia, y Casacará, donde vivió la mayor parte de su vida. A las cuatro y media de la tarde del martes de la semana pasada, sus órganos enfermos pudieron más que su férrea voluntad de vivir. Yo, ocupado con los vaivenes cotidianos de la inminente entrada a clases de los estudiantes en la querida universidad donde trabajo, no había leído los últimos mensajes en el grupo de la familia. Hasta que una hora después me llamó mi prima Arlett a contarme. No lo esperaba todavía, insisto.

29 nov 2016

Guillermo Curiel: la vieja forma de hacer política honesta en La Guajira

Por John Acosta

Esa tarde esperaba encontrarme con un anciano de más de 80 años, con su caminar pausado, ayudado con dificultad por su bastón, y me topé con un corpulento hombre que demostraba mucho menos de sus 74. Apenas lo había visto en tres oportunidades en un  año y medio, hace mucho más de un cuarto de siglo, cuando los avatares de la vida tuvieron la sensatez de ponérmelo en mi camino en una etapa de mi vida en que necesitaba asirme con urgencia de un alma caritativa que me ayudara con el peso de sacar mi carrera adelante. Mi padre había muerto el 25 de febrero de ese año y yo andaba con el recibo de pago de mi matrícula en la mano, desesperado porque se vencía el plazo y así no podría iniciar semestre en junio. Hasta que, guiado quién sabe por qué afortunada coincidencia, fui a parar a la oficina de ese señor que entonces rondaba los cuarenta y tantos años: pude pagar completo ese y el siguiente semestre. En los cerca de 30 años que han pasado después de esa ayuda desinteresada, no había vuelto a saber más nada de ese buen hombre, pero un colega mío me hizo el favor de localizármelo en Riohacha, la capital de nuestro departamento. Hasta allá fui esa tarde a mostrarle que, en aquella ocasión, él no había arado sobre el inmenso mar Caribe que baña nuestra amado terruño.