𝑙𝑒 𝑑𝑖𝑗𝑒 '𝑠𝑜𝑦 𝑒𝑙 𝑝𝑎𝑝𝑎́ 𝑑𝑒 𝑙𝑜𝑠 ℎ𝑒𝑟𝑚𝑎𝑛𝑜𝑠 𝑍𝑢𝑙𝑒𝑡𝑎'.
𝑌, 𝑒𝑛 𝑒𝑠𝑜, 𝑠𝑒 𝑚𝑒 𝑝𝑟𝑒𝑠𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑢𝑛 𝑚𝑢𝑐ℎ𝑎𝑐ℎ𝑜 𝑒𝑚𝑏𝑜𝑙𝑎𝑑𝑜𝑟
𝑦 𝑚𝑒 𝑑𝑖𝑗𝑜 '𝑠𝑖́ 𝑠𝑒𝑛̃𝑜𝑟, 𝑢𝑛𝑎 𝑒𝑚𝑏𝑜𝑙𝑎𝑑𝑎 𝑏𝑎𝑟𝑎𝑡𝑎'
𝑃𝑒𝑟𝑜 𝑦𝑜, 𝑠𝑖𝑛 𝑑𝑎𝑟𝑚𝑒 𝑐𝑢𝑒𝑛𝑡𝑎 𝑞𝑢𝑒 𝑚𝑒 ℎ𝑎𝑏𝑖́𝑎𝑛 '𝑟𝑜𝑏𝑎𝑜' 𝑙𝑎 𝑝𝑙𝑎𝑡𝑎…
Por John Acosta
La mochila de fique llegaba amarrada en los cachos traseros de la angarilla, colgando al lado de la anca del burro. Los colores de la cabuya se veían opaco por la humedad que brotaba del contenido: mi niñez, alborotada por el evento distinto de ese día, esperaba ansioso a que mi primo Beto bajara del animal y desenvolviera esa mochila enmudecida para que mamá (la vieja Aba) nos repartiera a cada uno la porción de frutas silvestres que la primavera traía para todos. ‘nariz’, guayabita de perro, peregüétano, en fin; sin embargo, la más apetecida para mí era la rebiacana: es una bolita de pulpa jugosa color morado brillante que tiñe de ese color la boca y los dedos de quien la come. Esta frutica recibe indistintamente el nombre de rebiacana y también el de queriquita. En algunas regiones se conoce con el nombre de luangarrote”, la define Consuelo Araújonoguera, La Cacica, en su libro Lexicón del Valle de Upar.
Más de medio siglo después de esa mañana sublime, se me volvió la boca agua al abrir el grupo de WhatsApp de mi familia paterna y me encuentro de entrada con la foto de más de 15 rebiacanas, rebosantes de madurez, sobre una mano abierta. “No me pidan porque no son mías”, remató Beto (sí, el que llegaba en burro con la mochila de frutas) y remataba la frase con un emoticón de tristeza. “¿Eso es candunga, Beto?”, le preguntó, desde Medellín, tía Tey. “Rebiacana”, corrigió Beto en formas de respuesta. Y aclaró: “Eso lo mandó un hijo de Goyo Gutiérrez en otro grupo juntero”. Y, entonces, tía Tey, compungida por la nostalgia que la abruma a cada rato en la lejanía de esa ciudad enclavada en una de las montañas de los Andes, dejó salir sus recuerdos: “Ay, vee: años sin ver rebiacana. Lo mismo con la candunga”.
Valledupar se prepara para vivir una de sus noches más deslumbrantes. Los Upar Awards, la gala que cada año premia la excelencia y el talento en la música vallenata está lista para regresar con una edición que promete ser histórica. El centro de eventos Crispín Villazón, corazón cultural de la ciudad, volverá a abrir su telón para recibir a los grandes del folclor, a los artistas del momento, a los de siempre y a miles de fanáticos que celebran con orgullo su identidad caribe.
La alfombra roja ya tiene fecha y destino. Como es tradición en esta ceremonia de reconocimiento, los galardonados, artistas nominados y personalidades del mundo cultural desfilarán por el emblemático corredor carmesí que se tira a las puertas del Crispín Villazón, convirtiendo las calles aledañas en una pasarela de elegancia, acordeón y mariposas amarillas. Fotógrafos, periodistas y admiradores se congregarán para capturar cada momento de una noche que, sin duda, quedará grabada en la memoria colectiva de los vallenatos.
«El Crispín Villazón volverá a brillar con la magia de los Upar Awards, reafirmando su lugar como el escenario más importante del folclor colombiano.»
Por John Acosta
Por John Acosta
Una de las tradiciones que se han mantenido en la relación intensa del santo Ecce Homo con Valledupar, es la de quienes dicen que, según le ven el rostro al Hombre en su procesión, así le irá a la ciudad. Si está triste, por ejemplo, a la ciudad no le irá bien el resto del año. O, por el contrario, si está alegre y sonriente, a la ciudad le irá excelente en el transcurso de los próximos 365 días. “Pienso que esto hace más parte de la devoción, de la oración personal, del encuentro personal con Jesús; de hecho, cada uno tiene un testimonio de lo que ha vivido con el Ecce Homo”, le dijo al Semanario La Calle James Enrique Romero Ramos, Vicario General de la Diócesis de Valledupar.
Por John Acosta
Hoy, hay cuatro grupos de cargueros del Ecce Homo
El padre Íver de la Cruz Santiago, de la catedral Ecce Homo, le contó al Semanario La Calle que, en la actualidad, “tenemos cuatro grupos de cargueros constituidos. El grupo 1, liderado por Edgardo Ferreira Arias, carga la imagen desde el antiguo Telecom hasta la proto catedral: parroquia del Rosario; ahí, asume el grupo 2, liderado por el garante de Los Caballeros de Ecce Homo, doctor Rodolfo Campo Soto, reciben la imagen en la proto catedral hasta el Cementerio Central. Cuando la imagen pasa por la casa de los Villazón, un grupo de 15 miembros de esta familia asume parte del carguío hasta la carrera novena; en esta, asume un grupo de la Hermandad de Jesús Nazareno de Valledupar hasta el hotel Sicarare. Ahí le entregan el santo Ecce Homo a un grupo de oficiales y suboficiales de la Policía Nacional, quienes cargan con el uniforme de grado, el más lujoso que tienen; al llegar a la carrera octava, le entregan al segundo grupo liderado por Edgardo Ferreira, y estos, en la sexta, le pasan nuevamente al grupo liderado por el doctor Rodolfo Capo Soto, quienes le entregan a los Caballeros y a la Hermandad de Jesús al subir a la plaza Alfonso López”.
| La iglesia de La Junta, tierra del cacique Diomedes Díaz |
Por Luis Adolfo Payares
Dicen en los pueblos calientes
del Caribe que hay muchachos que no nacen del vientre de una mujer, sino del
eco de un acordeón, de ese soplo que hace el fuelle cuando salen las notas. A
uno de esos conocí yo, hace muchos años, en una iglesia pequeña donde el sol
entraba por las rendijas como si también quisiera persignarse. Le decían
Jhoncito, y era monaguillo desde antes de aprender a caminar, incluso antes de
amarrarse bien las sandalias.
Jhoncito tenía una rara costumbre: cada vez que sonaban las campanas de las seis, se quedaba mirando la puerta del templo como si esperara a alguien. No a un santo, ni a un difunto, ni a una novia escondida, sino a un hombre de voz recia y tristeza cantada, uno que todavía no había llegado, pero que ya parecía andar rondando en el aire como un presagio, como una brisa que jalona el destino.
En la segunda sesión del segundo periodo de sesiones extraordinarias de 2026 de la Asamblea Departamental del Cesar, el diputado Jesús Javier Suárez Moscote se refirió a lo que él llamó ‘una preocupación colectiva’: la puesta en marcha del Centro Cultural de la Música Vallenata.
Diputado Jesús Suárez solicita hacer el debate en la
Asamblea departamental a la energización del
Centro Cultural de la Música Vallenata
Los 200 mil millones de la energización del Centro Cultural de la Música Vallenata
El corporado Jesús Suárez recordó que en enero “hace, exactamente, un mes fue muy evidente la discusión de falta de energización del proyecto, que cuesta más de 200 mil millones de pesos Y se dieron todo tipo de explicaciones. Y una de las explicaciones (muy válida, por cierto) es que desde el año 2022 Afinia tiene conocimiento que debe entregarse una carga de energía para el funcionamiento eficiente de esta infraestructura cultural”.
Por John Acosta
Mi abuela no podía dormir esa noche. Se revolcaba de un lado a otro en su hamaca, se sentaba con sus pies colgando, se volvía a acostar con la cabeza ahora para otro lado. Me hacía el dormido para ahorrarle a ella la angustia que le causaba el hacerme preocupar por su insomnio. A veces, le sentía su chancleteo cuando iba hasta la sala a servirse un vaso de agua de la jarra que ella ponía en la mesa para no tener que salir a media noche hasta la cocina, que quedaba en la mitad del patio. La música entraba nítida por las soleras de la casa. Venía desde la Caseta Comunal, como llamábamos en La Junta, el pueblo del alma, el sitio amurallado donde se hacían las verbenas. Yo estaba seguro de que no era el concierto en vivo, que llegaba a todo timbal hasta el aposento, lo que la trasnochaba. Sabía, además, que hasta que no botara lo que la atragantaba, mi abuela no podría conciliar el sueño. Entonces, lo soltó, sin ningún pudor, en voz alta, pero para sí misma, pues los únicos que estábamos en casa éramos los dos y ella me hacía fundido. “No sé qué tanto le verán a un hombre que lo único que hace es gritar”, pudo decir, al fin, con rabia. Esa noche cantaba Diomedes Díaz (que, a propósito, el 22 de este mes cumple 12 años de su muerte) y mi abuela se refería a él. Con que era eso. Yo tenía diez años de edad. Diomedes tenía 18 y acababa de grabar su primer álbum musical.
De espantapájaros a cantante
Diomedes Díaz Maestre pasó de espantar pájaros en los maizales de su paisano, el juntero Teodoro Vega, allá en Potrerito, vereda cercana a La Junta, junto con su amigo de adolescencia José Ángel Hinojosa, mi primo, a ser mensajero en Radio Guatapurí, de Manuel Pineda Bastidas, en Valledupar: nuestro paisano Gustavo Eugenio “Geño” López era el mensajero en esa estación radial y, como el cobrador había renunciado, “fui hasta donde el señor Manuel Pineda Bastidas a pedirle que me ascendiera a cobrador. Y él me dijo que sí, pero que yo tenía que llevarle mi reemplazo como mensajero. Recomendé enseguida a Diomedes”, me contó Geño para La Calle. Al joven Diomdees, no le resultó difícil trabajar recogiendo cables y ajustando el sonido de los micrófonos de la afamada agrupación de Los Hermanos López. Hasta que grabó su primera Larga Duración con Náfer Durán en 1975. En 1976 grabó con ‘El Debe’ el LP Tres canciones, que está entre los éxitos de su carrera artística.
| Israel Romero |
El acordeonero Rafael Romero Ospino no podía creer lo que estaba presenciando en ese momento. Ese niño que tenía al frente tocaba el acordeón de forma magistral. No tenía por qué sorprenderse, ya que el padre y el abuelo del pequeño fueron excelentes intérpretes de ese instrumento musical; incluso, los cuatro hermanos mayores del infante (que, en ese momento, tenía fascinados a todos los que estaban presenciando el espectáculo del niño halando, con un compás preciso, el ‘arrugao’ que tenía en su pecho) también era músicos. “Yo soy el mayor de nueve hermanos y ese niño es el quinto. Y nosotros, desde que nacimos, no veíamos más nada en la casa sino acordeón porque mi papá, aparte que era acordeonista, reparaba y afinaba acordeones. Entonces, nosotros, desde niñitos, viendo acordeón en casa, pues tocamos acordeón y fregamos, y molestamos con el acordeón; sin embargo, para mí, Israel estaba como muy muy pequeño y resulta que yo sí veía a todos mis hermanos tocando acordeón, menos a él. Yo nunca lo veía tocando acordeón. Fue muy lindo cuando lo vi por primera vez tocando acordeón ese día, pero magistralmente: desde entonces, creí que él nació ya tocando acordeón, porque yo nunca lo vi ensayando”, le contó Rafael Romero al Semanario La Calle sesenta años después.
Ya en la terraza del frente de la casa, el operario de Emdupar que hizo la revisión del medidor de agua, le preguntó el nombre completo. “José Agustín Daza Díaz”, le respondió el profe, sentado en la silla donde atendía al periodista. Cuando lo llamaron en la mañana del Semanario La Calle para la entrevista, Daza Díaz dijo que vinieran, pero advirtió que estaba esperando al personal de la empresa pública de Valledupar. El operario llegó en mitad de la conversación y el profe interrumpió el diálogo en la terraza para atenderlo. Al abrir el medidor, el empleado público comparó con las cifras que llevaba en su libreta: “aumentó de 13 a 23 metros cúbicos el consumo de agua. Por eso, llamamos porque creíamos que era una fuga”, le dijo al profe. “Es que llegó la nuera con dos nietos y uno tiene que bañarse. Imagínense, con estos calores”, justificó el profesor José Agustín Daza. Una vez terminado el chequeo, regresaron a la terraza, que fue cuando el operario le solicitó el nombre. Cuando escuchó a su esposo responder, Inírida Lucila Fontalvo de Daza se asomó a la ventana y le aclaró al trabajador de Emdupar. “Tin Daza”, dijo. “Ahhh, el famoso Tin Daza. Ahora sí”, dijo feliz el operario.
Por John Acosta
No hubo forma de convencer a Enriquito Orozco de que no echara a pelear a ‘La Mecedora’ esa noche. La razón era más que evidente: las cuerdas gallísticas de Valledupar y Villanueva estaban saladas, como se dice en el argot de estos encuentros de competencia avícola. A esa hora de la noche, nueve y media, no habían ganado ni una sola pelea en la feria internacional que se disputaba en Sincelejo, pero Enriquito estaba decidido a doblarle el cuello al cisne y revertir para el Cesar y La Guajira aquella mala racha de pérdidas sucesivas. Celso ‘Checho’ Castro Castro, que lideraba el grupo de visitantes vallenatos, tenía razones suficientes para estar convencido de que no había manera de quitarse la saladera que esa fatal noche cubría a los gallos de sus coterráneos y a los suyos propios; no obstante, herido en su orgullo por los gritos de los asistentes al coliseo gallístico (sabaneros, en su mayoría), Enriquito Orozco, contra la insistencia de ‘Checho’ y demás compañeros de faenas, alzó su bravía ave de corral. “Se lo juego al más bravo de estas tierras para que lo venzamos enseguida”, desafió, con su voz alta y ronca ya por el esfuerzo realizado al avivar cada pelea de esa jornada en contra.
Su experiencia de exitoso gallero le decía a ‘Checho’ Castro que ya no habría manera de enderezar la suerte torcida de esa noche sincelejana. Él, más que nadie, conocía la calidad de ‘La Mecedora’, pues había salido de las entrañas de su brava cuerda de gallos finos: el propio ‘Checho’ se lo regaló a su afectuoso amigo Enriquito, como muestra de su cariño. Y fue tremendo regalo porque ese gallo hizo historia, no sólo en el Caribe colombiano, sino, además, en toda Colombia por su imbatible forma de pelear.
| Dinastía Zuleta: el viejo Emiliano Zuleta Baquero, el tronco del clan; Emiliano Zuleta Díaz, hijo Zuleta Baquero; e Iván Zuleta Barros, nieto y sobrino de los dos anteriores |
Esa noche del 29 de abril de 1968, se hizo el primer llamado a Emiliano Zuleta Baquero para que subiera a tarima a demostrar por qué era el ganador anticipado del primer Festival de la Leyenda Vallenata: para ello debía tocar para dirimir el empate que había declarado el jurado entre él y Alejo Durán. El público no se preocupó al principio porque era la merecida corona para el padre de una gran dinastía del folclor; sin embargo, cuando ya la gente escuchó el segundo llamado, la enorme expectativa se expandió por todo el lugar. Y, entonces, vino la eliminación del favorito con el último de los tres llamados. “Alejo Durán sabía que su compadre y amigo de miles de parrandas Rafael Escalona quería que quedara en la historia del Festival Emiliano Zuleta por siempre y para siempre como el primer ganador”, expresó el periodista barranquillero Rafael Sarmiento Coley.
Escalona pesaba, pero La Cacica impuso el reglamento
Sarmiento Coley asegura que Escalona pesaba en la junta organizadora. “Y era un peso en oro, pero no contaba con una tigra que defendería los reglamentos a dentelladas: La Cacica Consuelo Araujo Noguera. Cuando Zuleta no se presentó al tercer llamado porque no se había podido levantar de la hamaca después de tres días con sus noches celebrando el triunfo por anticipado, fue declarado ganador, merecido, por cierto, Alejandro Durán Díaz”, terminó diciendo Rafael Sarmiento.
Desde tiempos inmemoriales, a los niños del sur de La Guajira y del norte del Cesar les ha rondado un fantasma que los atemoriza en cada Semana Santa: no deben bajar a bañarse al río porque se vuelven pescado. Los pueblos de esta zona tienen el privilegio de estar ubicados en un extenso valle que se desprende de dos enormes fabricantes de agua cristalina: la Sierra Nevada de Santa Marta y la Serranía del Perijá; de manera que no hay una sola población de estas que no esté cercana a un río, en cuyo lecho se hace en invierno un pozo profundo en donde los infantes aprenden nadar. Casi siempre, la Semana Mayor coincide con las primeras lluvias de abril; es decir, la tormenta espiritual que sienten los muchachos de estos pueblos al ver ese pozo natural recién hecho y no poder lanzarse a disfrutar de esas aguas profundas porque justo o es Jueves o Viernes Santo y nadie quiere volverse para siempre una criatura acuática, con aletas de colores y escamas brillantes; sin embargo, ya le sucedió a una niña desobediente en la ciudad de los Santos Reyes, Valledupar.
La primera versión la escuchó el hoy periodista del Semanario La Calle, cuando era un adolescente. La contó Libardo Gutiérrez: resulta que Diomedes Díaz llegó a desayunar al restaurante que la esposa de su paisano Libardo, Marina Moreno, tenía en Casacará, corregimiento de Codazzi (Cesar). Es de suponerse que el cantante de La Junta (La Guajira) vendría de regreso de alguna presentación en algún pueblo cercano y se acordó que el también juntero Libardo tenía esa venta de comida en ese lugar; entonces, el marido de Marina le espetó a Diomedes la pregunta que le carcomía el alma. “Vee, Cacique, ¿y tú de aonde sacaste esa canción?”, le dijo.
Libardo Gutiérrez le contó al adolescente que Diomedes le había dicho que la compuso en el vuelo hacia Barranquilla, a mediados de febrero de 1984; por supuesto, había una imprecisión en lo de ‘el vuelo’, pero lo sustancial era que El Cacique de La Junta había sacado esa composición en un corto trayecto. Joaco Guillén, el gran amigo del cantante juntero, entregaría, después, más detalles. Habían salido ese día en bus, de Valledupar a Barranquilla, a cumplir con seis compromisos en el Carnaval de ese año. No tenían previsto presentarse en el Festival de Orquesta y Acordeones para ganarse el codiciado Congo de Oro porque “no tenía música nueva”, según cuenta Guillén que le dijo el Cacique, mientras disfrutaba el jugo en la frutera de Ciénaga donde siempre se detenían cada vez que pasaban por ahí.
Por John Acosta
Churo Díaz y su padre, Adaníes
Las dos fechas históricas que publican en internet los biógrafos de ambos, no coinciden con lo que afirma categóricamente el famoso cantante vallenato Jorge Iván Díaz Lafaurie, el gran ‘Churo Díaz’: mientras él afirma que era un bebé de brazos, cuando su padre, Adaníes Díaz falleció, los biógrafos del difunto dicen que la muerte de Adaníes se dio cuando estaba en la cúspide de su vida musical (era la voz melancólica del género del Valle del cacique Upar), en un lamentable accidente de tránsito, ocurrido el 9 de febrero (a propósito, Día Nacional del Periodista) de 1983, cuando la camioneta en que viajaba chocó con una pila de escombro de asfalto que estaba sobre la vía, a escasos tres kilómetros para llegar a su destino, Riohacha. Y el talentoso Churo Díaz, su hijo, nació el 29 de mayo de 1983.
De acuerdo a esas dos fechas, que nadie aún les ha refutado a sus biógrafos, Churo Díaz era un gestante cuando Adaníes Díaz, su progenitor, murió. Si se atiene a los datos históricos que aparecen en los textos, consultados constantemente en internet, Miriam Lafaurie, madre del Churo, aún estaba en embarazo cuando el padre de su hijo falleció en ese fatal accidente.
Por John Acosta
Margarita María Movil Chinchía, hija del famoso compositor Máximo Movil, murió a los 35 años en Casacará, Cesar; entonces, su esposo, Damián Julio Valdés (pariente del famoso campeón de boxeo Rodrigo Valdés) decidió entregar a su pequeña hija huérfana de madre a su media hermana Dorina del Socorro Rodríguez Valdés. La niña tenía los nombres invertidos de su mamá fallecida: María Margarita Julio Movil. Y su tía Dorina era tan especial para Damián, que, incluso, a su primera hija con Margarita Movil le puso el nombre de su media hermana: Doris (como exigía Dorina que la llamaran porque le parecía horrible el que le pusieron sus padres) Janeth. De manera que no habría mejor hogar sustituto para la pequeña María Margarita que el de su tía ‘Doris’. Además, era muy cierto el argumento con que Damián Julio terminó convenciendo a su hermana ‘Doris’ para que le recibiera a María Margarita: tuvo ocho hijos varones, ni una sola mujer. Damián terminó yéndose para Venezuela con sus otros dos hijos, Doris Janeth y Abel Damián.
Por John Acosta
La que parecía ser la abuela le tomó la última foto, guardó el celular en su bolso y dio media vuelta. “Sigamos”, le dijo; entonces, el niño se puso de pie, abrazó la estatua de Diomedes Díaz (que permanece sentada en una silla), y le dio dos besitos en la mejilla izquierda. Regresó hasta la escultura de Martín Elías (que está de pie, al lado de la butaca de su padre) y lo abrazó. La señora, que ya estaba en la otra orilla de la glorieta (lista para cruzar hasta la placita donde están los monumentos de otros artistas de la música vallenata), volteó su mirada tierna hacia el pequeño. “Vamos, papi”, le insistió. El chico corrió y alcanzó a la señora. En la plazoleta adyacente los esperaban los que parecían ser los padres, tomándose las fotos en la imagen de Carlos Vives, quien seguía en su montada eterna en la bicicleta sin Shakira: el hombre se posó en la parrilla y la que debía ser su esposa se sentó en la barra.
En la calle ovalada, que separa a la Glorieta de Los Juglares con la placita de Carlos Vives, se estacionó una camioneta, de donde se bajó un señor, cuyas piernas desnudas (con la piel enrojecida por los rayos solares) delataban su procedencia andina. Su caballerosidad ancestral lo hace abrirle la puerta a sus dos hijas, que venían en la silla de atrás y a su señora, que estaba de copilota. Cruzan la plazoleta, en medio de la intensidad del sol de las diez de la mañana, y la familia se toma la foto en la estatua de Jorge Oñate. Siguen hasta donde permanece Iván Villazón en su parada infinita y, después de fotografiarse con él, el hombre aprovecha a la señora que llega a ofrecerle el menú del día a la orilla del río para preguntarle lo que le inquieta. “¿Y dónde está Diomedes Díaz?”, indaga. “Se pasó: está con su hijo Martín Elías allá en la rotonda de los juglares”, le contesta ella, mientras le señala el monumento del acordeón.
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| En la Plaza Alfonso López, de Valledupar, se conmemora todos los años la Leyenda Vallenata |
1. La Leyenda
Era una carrera desesperada contra el fuego que caía del cielo en partes del convento y trataba de extenderse hasta la iglesia. El joven indígena iba al patio del claustro religioso y venía hasta el altar de la iglesia con sus dos peroles de agua para vaciarlos encima de la imagen sagrada de la Virgen del Rosario, cuya mirada fija hacia abajo daba la apariencia de resignarse ante aquel ataque brutal con flechas encendidas. El nativo adolescente no se conformaba con tratar de salvar a la Madre de Dios hecho hombre, sino que también le echaba a los dos hombres piadosos que estaban al lado y lado. Nadie puede determinar aún cuántos viajes cortos hizo el “indiecito”, como lo llaman los cronistas de aquel momento esencial en la vida de la naciente Valledupar; sin embargo, ese esfuerzo colosal sería borrado de la historia por el cataclismo extraordinario que provocó.
Las tres imágenes divinas se salvaron del incendio, gracias al esfuerzo del joven indígena. En medio de su cosmología aborigen, no pudo ni siquiera suponer que ese acto conmiserativo causaría una grandiosidad providencial, preludio de la más importante fiesta de acordeones del mundo. Una guaricha (doncella) y dos piaches (ayudantes) empezaron a quitar de las manos las flechas en llamas que los indígenas disparaban. Ante la fuerza de esa determinación prodigiosa, los nativos, místicos de nacimiento, sintieron un temor terrible: desistieron del ataque y huyeron.
Por John Acosta
Roberto Geles llegó ese día a su casa con un acordeón para su hijo Juan Manuel porque estaba seguro de que su retoño sería un excelente acordeonero. Sabía que Omar Antonio, su otro hijo, podría enojarse por el detalle que el papá había tenido con su hermano: fue precavido y le llevó a Omar un tambor. De nada sirvió esa prevención de padre zorro, pues Omar no disimuló su ira por semejante despropósito. Él llevaba tiempo soñando con tocar el “arrugao” de la música vallenata. De manera que no estaba dispuesto a dejársela pasar fácil al autor de sus días. Menos mal porque el género del Valle del Cacique Upar se hubiese perdido la oportunidad de tener a uno de los más grandes intérpretes del aparato musical alemán, además de un prolífico compositor y un admirable empresario de este folclor.