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El viejo Rafael María Díaz, papá de Diomedes, ¿fue mujeriego y contrabandista?

El Rafa real con su hijo real
Por John Acosta

El viejo Rafael María Díaz llega montado en su burro, después de haber enfrentado sol, arena y brisa en medio del camino serpenteante, a la parcela donde su hijo Diomedes Díaz se esconde de la justicia colombiana, que lo busca por el asesinato de Doris Adriana Niño, una de sus fans. La escena de ese hombre humilde, encima de su bestia doméstica, es lo que muchos consideran más ceñido a la realidad que han podido apreciar en la novela que el canal de televisión RCN ha producido sobre el llamado Cacique de La Junta. Contrasta, por supuesto, con la del hombre mujeriego, bebedor y contrabandista que, al inicio de la trama televisiva, habían dibujado sobre el padre del cantante guajiro. Fallecido también en la novela, ya es hora de averiguar un poco sobre la vida real del viejo Rafa.


En los primeros capítulos de la ficción, el grupo que hemos creado en WhatsApp con mis paisanos junteros casi colapsaba de la cantidad de mensajes que nos  cruzábamos sobre las escenas que no cuadraban con la realidad: “En La Junta nunca se salió a vender limones en racimos, como muestran al niño Diomedes: se vendían desgranados de los gajos”, “En el pueblo nunca hemos usado la palabra cachaca ‘quebrada’ para referirnos a nuestro río”, “Jamás hemos visto en la población un carro de mula, ni siquiera alquilado de otras partes, mucho menos para una mudanza, como lo hizo la familia Díaz Maestre en la novela para irse de La Junta”, “Nunca ha habido en La Junta plaza de mercado, ni siquiera de vendedores de frutas y verduras ambulantes, como la que muestran a donde Lucía Arjona y su madre van a hacer compras”. En fin. Ya a estas alturas, no hay un solo comentario en el grupo sobre la novela. En el capítulo reciente en donde muere el viejo Rafa, pregunté qué opinaban del manejo que le habían dado al tema. Nadie me respondió. A los diez minutos, Cildana Gutiérrez envió un mensaje de buenas noches. Y a los veinte, la lingüista María Judith López me respondió con el lenguaje propio de los junteros: “El único que ha quedao viendo ese mentirón eres vo”.

El Rafa de la novela y el real
Lo que más nos conmocionó a los junteros del principio de la novela fue el tratamiento dado a la vida del viejo Rafa. Incluso, una vez estaba yo con mi colega periodista Belinda García, que le había hecho una entrevista a la vieja Elvira, madre de Diomedes Díaz, y le entró una llamada de una de las hermanas del cantante juntero para quejarse por la novela. Belinda me la pasó. “Le cuento que mi mamá está furiosa: apenas un 10% de lo que dicen ahí es cierto”, me dijo. Una amiga mía, me insistía por mensajes de textos que le dijera si era cierto que el viejo Rafa “le había pegado cacho a su mujer porque ya lo estoy odiando”.

Sus hijas y su viuda dicen que el viejo Rafa nunca contrabandeó, ni fue un empedernido mujeriego. “Mucho menos vaciló con la mujer de un comandante de policía”, me dijo en esa oportunidad la hermana de El Cacique de La Junta. Tampoco andaba conduciendo un campero, como en la novela. “Creo que ni siquiera manejó bicicleta”, escribió mi primo Yordan Acosta. Incluso, para mí, la imagen que tengo del viejo es la del hombre humilde que circula en un video, en donde Diomedes le interpreta la canción que le compuso: la humildad en pasta.

El Rafa infiel de la novela
Sin embargo, he hablado con varios amigos cercanos a Diomedes. “Vea, el viejo Rafa no hablaba mucho, pero cuando se destapaba, había que tenerle miedo: el hombre era terrible, sí mujereaba. Lo que pasa es que usted va ahora en donde la vieja Elvira y le dice que él era una mansa paloma, pero lo cierto es que ellos duraban tiempo bravos, sin dirigirse la palabra, por la infidelidad del viejo”, me comentó uno. “Claro, eso no lo vaya a escribir en las redes sociales”, me pidió. Otro me contó, incluso, que, cuando el señor Rafael estuvo enfermo, poco antes de morir, la señora Elvira no le hablaba por mujeriego. “Tuvo Diomedes que regañar a su mamá para que se reconciliara y no dejar que el viejo se fuera de este mundo con el disgusto de su mujer”, agregó.

Lo cierto es que una mañana de mediados de febrero de este año, fui a la casa de la vieja Elvira en Valledupar. La encontré desayunando en el patio, al lado de una de sus hijas, que tejía una mochila de fique. Yo había salido adolescente de La Junta a estudiar el bachillerato a Casacará, en el departamento del Cesar. Desde entonces, casi cuarenta años atrás, no veía a la madre de Diomedes personalmente. Tuve que explicarles quién era yo: uno de los tres nietos que crio la vieja Aba en La Junta. La vieja no musitó palabra alguna, pero la hija quedó menos prevenida. La señora de Franco Córdoba, amigo personal del viejo Rafa, estaba ese día de visita en la casa: Jorge, el hijo de ambos, había estudiado la primaria conmigo en La Junta. “Mire, todo lo que han dicho en esa novela de Rafa es mentira”, dijo ella en voz alta. Luego, se me acercó un poco y me dijo en voz baja: “Quizás echó sus canitas al aire por ahí, pero era normal en los hombres guajiros de la época”.

La dos imágenes de la pareja real muestran cierto distanciamiento
Luis Alfredo Sierra, “el hombre que sopla las F-100”, me dijo que él había escuchado que el viejo Rafa sí llevaba café a Maicao. “Incluso, me dijeron que eso era lo que lo había llevado a la ruina porque una vez la Aduana (lo que hoy es la Dian) le quitó un cargamento. Y, entonces, él dijo que para recuperarse iba a llevar una carga doble. Como que también la perdió”, narró Luis Alfredo.

Rafael María Díaz era hijo de Rafael Cataño, un señor de Villanueva, municipio del sur de La Guajira. Por ser bastardo, como llamaban en la época a los hijos fuera del matrimonio, tuvo que llevar el apellido de su madre, doña Avelina Díaz.


Recuerdo un chisme que me contaron, cuando Diomedes Díaz se llevó a sus padres y hermanos a vivir de Carrizal a Valledupar. La gente comentaba que habían tenido que contratar a un taxi para que se llevara al viejo Rafa a defecar en el monte, a las afueras de Valledupar, porque no había podido acostumbrarse al frío de una taza de inodoro. No he podido confirmar ni desmentir esa versión; sin embargo, no la veo tan descabellada, pues yo mismo, cuando llegada en vacaciones de Bogotá, donde hice mis estudios universitarios, apenas me bajaba del bus, saludaba de rapidez a la familia, iba al baño por la porción de papel higiénico necesaria y me iba a disfrutar de la clandestinidad del monte mientras defecaba plácidamente, lo que había añorado durante los cuatro meses del semestre académico en la gélida capital del país.

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