Por John Acosta
Fui a una reunión para hablar de seguridad y terminé pensando en el periodismo. La invitación había llegado desde la Gobernación del Cesar, la Policía Nacional y los gremios periodísticos. El propósito era conversar sobre el manejo de la información relacionada con seguridad y orden público, en momentos en que el sur del departamento vive una situación compleja por la presencia y las acciones de grupos armados ilegales.
Y sí, de eso se habló. Se habló de la necesidad de verificar antes de publicar. De no tragarnos entero cualquier comunicado que aparezca en redes sociales atribuido a un grupo armado. De consultar con las autoridades antes de convertir en noticia una información que puede ser falsa. También se habló de la respuesta institucional, de la Operación Urano, de refuerzos, de tecnología y de todo aquello que las autoridades consideran que no siempre recibe la misma atención que un ataque, un hostigamiento o un hecho violento.
Hasta ahí, más o menos, iba el libreto, pero, en algún momento, la reunión tomó otro camino. Y, francamente, me gustó mucho más ese camino.
Cuando aparecieron los demonios
La convocatoria estaba dirigida especialmente a quienes cubren la fuente judicial. Allí estaban varios de esos periodistas que llevan diez, doce, quince años metidos entre estaciones de Policía, Fiscalía, Medicina Legal, audiencias, capturas y escenas judiciales. Son colegas que han construido sus fuentes durante años y que, naturalmente, han creado también sus propios canales de comunicación; sin embargo, también llegaron periodistas más jóvenes. Y comenzaron a aparecer los reclamos.
Que existe un grupo de WhatsApp en el que están los periodistas judiciales tradicionales. Que hay otro canal de comunicación con la Policía. Que algunos sienten que entrar a esa fuente es difícil. Que hay quienes consideran que existe una especie de “rosca”. La palabra salió: Rosca. Y ahí empezó lo interesante.
Porque los veteranos tenían también sus argumentos. Muchos llevan años trabajando esa fuente, atendiendo llamadas a cualquier hora, corriendo detrás de una noticia mientras otros duermen y cultivando unas relaciones profesionales que no nacieron ayer. Los jóvenes, por su parte, quieren entrar. Quieren fuentes. Quieren oportunidades. Quieren que también les contesten el teléfono.
Y, entonces, aquello dejó de ser solamente una reunión para hablar sobre seguridad. Se convirtió, casi sin que nadie lo hubiera planeado, en una pequeña catarsis del periodismo cesarense.
Qué bueno que discutamos
A mí estas cosas no me asustan; al contrario: me parece sano que ocurran. Los gremios, las profesiones y hasta las familias suelen enfermarse más por las cosas que nunca se dicen que por aquellas que se discuten abiertamente; a veces, acumulamos molestias durante meses o años. Uno cree que fulano le cerró una puerta; fulano cree que uno habló mal de él; otro considera que existe favoritismo; alguien siente que nunca le dan oportunidad.
Y todos seguimos saludándonos: "¿Cómo estás?", "Muy bien". Mentira. Por dentro cargamos un zoológico completo de demonios; por eso, me gustó lo que ocurrió. Tal vez, la Gobernación no convocó aquella mesa para discutir las relaciones internas entre los periodistas. Seguramente, no estaba en el orden del día hablar de grupos de WhatsApp, veteranos, jóvenes o supuestas roscas, pero ocurrió.
Y nadie salió corriendo. La gobernadora Elvia Milena Sanjuan permitió la discusión, escuchó, intervino y, a mi juicio, moderó bien el encuentro. Los funcionarios dieron sus razones y los periodistas también expusieron las suyas. Eso vale. Y mucho. La verdad es que una cosa es invitar periodistas para presentarles estadísticas y otra bastante diferente es permitir que una conversación se salga del PowerPoint y termine tocando asuntos incómodos.
La reunión posterior fue resumida oficialmente por la Gobernación como un espacio para compartir información y mantener un hilo comunicacional sobre lo que ocurre en el departamento. La noticia sobre lo sucedido quedó publicada en Noticias del Cesar, donde contamos también las discusiones sobre verificación, acceso a las fuentes y manejo de la información de seguridad; no obstante, esta columna no pretende volver a contar aquella noticia. Lo que me interesa es otra cosa.
Los veteranos también fuimos jóvenes
Yo no cubro habitualmente judiciales. Mi inclinación siempre ha sido más política; pero cuando en un territorio aparecen grupos armados ilegales, intervienen el Gobierno Nacional, la Gobernación, las Fuerzas Militares y la Policía, aquello deja de ser exclusivamente una noticia judicial. También hay política, administración pública y decisiones de Estado; por eso, fui al encuentro de este lunes.
Y mientras escuchaba la discusión entre los colegas veteranos y quienes están tratando de abrirse camino, pensé inevitablemente en algo: todos los veteranos alguna vez fuimos jóvenes buscando una puerta. Yo mismo he contado en Comarca Literaria cómo fueron mis primeros pasos por El Heraldo y La Tarde, y cómo terminé saliendo de ambos medios por desacuerdos alrededor del manejo político de la información. No fueron experiencias largas, pero sí dejaron marcas profundas en mi manera de entender este oficio. Muchos años después, regresé de lleno al periodismo desde el Semanario La Calle, rodeado paradójicamente de una sala de redacción llena de jóvenes. También he contado esa experiencia y lo extraño que puede resultar volver al oficio después de pasar tantos años enseñándoselo a otros.
Por eso entiendo los dos lados. Entiendo al periodista que lleva quince años construyendo una fuente y siente que ese trabajo no puede borrarse simplemente porque alguien nuevo llegó ayer; pero también entiendo al joven que pregunta: ¿Y yo cómo entro? El periodismo necesita experiencia, pero también necesita relevo. Y ninguna fuente debería convertirse en patrimonio hereditario de nadie.
Ojalá haya más mesas
La gobernadora anunció que estos espacios continuarán y que los gremios periodísticos tendrán participación en ese diálogo. Ojalá; sin embargo, yo agregaría algo. Que no se conviertan únicamente en reuniones entre directivos gremiales y funcionarios. Que, de vez en cuando, volvamos a sentarnos todos. Los veteranos. Los jóvenes. Los judiciales. Los políticos. Hasta los deportivos. Los de radio. Los de televisión. Los de portales. Los que llevan treinta años. Y los que apenas están aprendiendo dónde queda la puerta de la Fiscalía.
Porque los primeros encuentros seguramente serán incómodos. Saldrán reclamos. Aparecerán viejas molestias. Alguien recordará una llamada que nunca le contestaron. Otro sacará aquel episodio que tenía atravesado desde hace tres años. Perfecto. Que salgan. Para eso sirven estas reuniones.
En la primera podremos sacar diez demonios. En la segunda, quizá siete. En la tercera quedarán cuatro. Y si seguimos hablando, escuchando y discutiendo con respeto, tal vez llegue alguna reunión en la que ya no tengamos tantos demonios por expulsar: ese día, probablemente, hablaremos solamente de periodismo. Y habrá valido la pena haber empezado por los demonios.














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