Por John Acosta
La mochila de fique llegaba amarrada en los cachos traseros de la angarilla, colgando al lado de la anca del burro. Los colores de la cabuya se veían opaco por la humedad que brotaba del contenido: mi niñez, alborotada por el evento distinto de ese día, esperaba ansioso a que mi primo Beto bajara del animal y desenvolviera esa mochila enmudecida para que mamá (la vieja Aba) nos repartiera a cada uno la porción de frutas silvestres que la primavera traía para todos. ‘nariz’, guayabita de perro, peregüétano, en fin; sin embargo, la más apetecida para mí era la rebiacana: es una bolita de pulpa jugosa color morado brillante que tiñe de ese color la boca y los dedos de quien la come. Esta frutica recibe indistintamente el nombre de rebiacana y también el de queriquita. En algunas regiones se conoce con el nombre de luangarrote”, la define Consuelo Araújonoguera, La Cacica, en su libro Lexicón del Valle de Upar.
Más de medio siglo después de esa mañana sublime, se me volvió la boca agua al abrir el grupo de WhatsApp de mi familia paterna y me encuentro de entrada con la foto de más de 15 rebiacanas, rebosantes de madurez, sobre una mano abierta. “No me pidan porque no son mías”, remató Beto (sí, el que llegaba en burro con la mochila de frutas) y remataba la frase con un emoticón de tristeza. “¿Eso es candunga, Beto?”, le preguntó, desde Medellín, tía Tey. “Rebiacana”, corrigió Beto en formas de respuesta. Y aclaró: “Eso lo mandó un hijo de Goyo Gutiérrez en otro grupo juntero”. Y, entonces, tía Tey, compungida por la nostalgia que la abruma a cada rato en la lejanía de esa ciudad enclavada en una de las montañas de los Andes, dejó salir sus recuerdos: “Ay, vee: años sin ver rebiacana. Lo mismo con la candunga”.