Por Tomas Hagen
Si algo enseña la experiencia —maestra severa que no dicta lecciones en vano— es que las ciudades no se arruinan de súbito, sino por la sucesiva cesión de su carácter a manos cada vez menos firmes. Cartagena no ha sido excepción. Muchos estudiosos han querido explicar su decadencia como efecto natural del tránsito generacional en las casas principales, donde la primera generación funda, la segunda consolida y la tercera, confiada en la herencia, administra sin entender. A este fenómeno, que algunos doctos han denominado “herencia envenenada”, bien podría añadírsele un subtítulo más castizo: la cómoda presunción de mérito sin esfuerzo.
Lo cierto es que, mientras los descendientes se entretenían en pulir escudos y desempolvar retratos, otros —más aplicados y menos ruidosos— ocuparon los espacios de decisión. Así fue como el poder, que no tolera vacíos, se trasladó con naturalidad hacia manos más diligentes. Y los antiguos dueños del timón quedaron reducidos a pasajeros ilustres de una nave que ya no gobernaban.