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11 may 2025

Tradiciones de la vieja Aba, la mamá de los Acosta en La Junta

Por John Acosta 

Aura Elisa Mendoza Acosta (la vieja Aba) profirió la sentencia con tal determinación que su nieto, el pequeño John Javier, no tuvo duda esa noche de que se cumpliría a cabalidad: “Mañana, apenas te levantes, te doy tu muenda por callejero”, le dijo la abuela. “Estas no son horas para que un niño ande dando lidia por ahí, como si no tuviera doliente”, agregó con ira. “Vaya a acostarse, carajo”, finalizó, mientras trancaba la puerta que daba hacia la vía destapada. El pequeño se durmió con la preocupación por los chancletazos que recibiría al despuntar el día; por eso, apenas se despertó, se bajó de la hamaca enseguida, obnubilado por el veredicto reciente que pesaba en su contra: tanto, que sus pies se mojaron en el hilo de su propia orina que se secaba en el piso, pues olvidó el lastre nocturno que habría de perseguirlo todas las madrugadas hasta los 15 años de edad. 

Somnoliento por la levantada rápida, atravesó la cortina que separaba la sala del cuarto y salió por la puerta del patio. Quería salir de una vez de la condena de anoche. Muerto del susto, parado en el sardinel, vio a la abuela que barría con su escoba de ramas verdes. Cuando lo vio, ella tiró el escobajo a un lado y se le abalanzó al niño. Como lo hacía siempre, cada vez que sus travesuras infantiles merecían un castigo de esa magnitud, él no salió corriendo para huir de lo inevitable, sino que se quedó petrificado, en espera de los primeros sandaliazos de caucho. Y, entonces, su alma ingenua pasó del infierno al paraíso en un santiamén. “Feliz cumpleaños, hijo de mi corazón”, le dijo la vieja amada al tiempo que lo abrazaba y se lo comía a besos. Más de medio siglo después, lo disímil de esa escena seguía intacta en la memoria de sus entrañas. 

23 sept 2024

Medio siglo después, Soño revivió en Bruno

Por John Acosta 

La primera (y, quizás, única) vez que habló del perro de su infancia, lo hizo a los 40 años. Fue en Barranquilla, cuando dos estudiantes universitarias de su clase de redacción, le preguntaron si le gustaba las mascotas. “No me disgustan, la verdad”, respondió, en ese momento; entonces, ellas fueron más directas y le preguntaron si alguna vez él había tenido un perro. “Sí, claro: cuando era niño”, volvió a contestar. “¿Y cómo se llamaba?”, insistieron las dos aprendices. Y el profesor no pudo evitar remontarse a los albores de su vida, allá en La Junta, donde había sido criado por su abuela paterna. No encontró, en los recovecos de su memoria, mayores episodios al lado de ese animalito que olvidó por completo en el transcurrir de su existencia.

18 jun 2024

Eduardo Zedán Acosta, el artista que dibuja las costumbres de Codazzi

Por John Acosta

El matrimonio de Eduardo de Jesús Zedán Acosta e Iris Rocío Gómez Joiro auguraba todo para no durar nada: estaba destinado al fracaso. Esa noche del 12 de diciembre de 1980, Iris Gómez se quitó el vestido y se encerró a llorar en su cuarto porque no entendía por qué la vida le conspiraba para que no se casara ese día con su amado Eduardo. El apocalíptico aguacero que se desgajó esa tarde sobre Codazzi sobrepasó la hora destinada para el inicio de la boda y se extendió 120 minutos más allá. Lo peor era que el sacerdote José Joaquín Jiménez Gaviria no aparecía por ninguna parte y los invitados habían desafiado las torrenciales aguas que caían y esperaban ya dentro de la iglesia.  Ante la ausencia del cura, los más allegados recomendaban decidirse pronto por algunas de las dos únicas opciones que quedaban: irse a casar en alguna de las poblaciones más cercanas, que, de todas formas, quedaban lejos: San Diego (hacia el norte) o Becerril (hacia el sur). La novia no quiso ninguna y se despojó de su ajuar matrimonial; definitivamente, la futura esposa no podría descubrir e impulsar el talentoso pintor que yacía oculto en el impaciente novio que sentía ahí, encajado en su vestido de saco y corbata, cerca al atrio, cómo cada segundo se demoraba una eternidad en pasar.

9 oct 2023

Karina Acosta, la concejal que Codazzi necesita

Karina Acosta Tapia
Por John Acosta

Karina Acosta pertenece al grupo de mujeres irreverentes, frenteras, no sumisas a los convencionalismos sociales. Rompen esas ataduras que tratan de asfixiar a las rebeldes (responsables y dedicadas, sí, pero desde la libertad y fortaleza del interior de su espíritu). Hacen añicos la torre de marfil que tratan de moldearlas para seguir un libreto que les agrada a los demás, pero les aplasta sus sueños y aspiraciones; entonces,  para ser ellas, generalmente, ceden al principio y, cuando la fuerza de los hechos le muestran que si continúan así mueren por dentro, hacen volar en mil pedazos esa urna opresora y se dedican a ser ellas y demostrarles a la sociedad que, permitiendo aflorar esa esencia real que las define verdaderamente, son más útiles al mundo porque son sinceras.

Karina Acosta es la penúltima de una familia de cuatro hermanos, tres de ellos hombres: Carlos Elías, José Alfredo y Julio Miguel; es decir, única mujer; además, nacida y levantada en Agustín Codazzi, ubicado en una zona abonada por lustro para ser tierra machista, donde, al nacer mujer, se corre el enorme riesgo de mancillar el honor de una estirpe, si cae rendida ante el galanteo convincente de la masculinidad orgullosa y se deja seducir por la pasión desbordada del hombre enloquecido por la belleza y el carácter de la joven rebelde. Le pasó exactamente a ella: quedó embarazada siendo aún adolescente y terminando su último año de secundaria. Y no por un joven con quien compartían los mismos gustos generacionales, sino por un adulto que le llevaba varios años. “Sé que esta es una de las problemáticas más frecuentes aquí, en nuestro municipio”, dice ahora, siendo madre de tres hijos.

24 abr 2022

Tío Jose: la nobleza en pasta

Por John Acosta

Tío Jose me regaló la flauta que yo quería en diciembre de 1975.  Y, ese mismo día, me la robó un muchacho más grande que yo. El instrumento de pasta lo expendían en la droguería que Héctor Paz tenía en el cuarto de la esquina que Jorge Zedán, el esposo de tía Vila (Elvira Mercedes), le había arrendado de su enorme casa esquinera. Apenas me bajé del bus a conocer a Codazzi, vi la flauta en la vitrina y me gustó. Tenía menos de 10 años de edad y Omar Hernández, el esposo de tía Tey (María Esther), me dio ese viaje de La Junta, La Guajira, (donde me criaba la vieja Aba, mi abuela) a Codazzi como regalo por haber sido el primero de la clase del segundo de primaria que acababa de culminar. Tío Jose trabajaba en Cofrasu (Colombo-Franco-Suizo), un enorme taller de maquinaria pesada. Apenas recibí la flauta, me puse a tocarla con mi primo Fabio en el muro que quedaba donde tía Tey, pegado a Cofrasu. Y el muchacho apareció ahí: me pidió el aparato musical prestado dos veces; se lo prestaba y me lo devolvía; mi inocencia de entonces me impidió inferir que me estaba cebando. A la tercera prestada, salió corriendo con mi flauta y se perdió entre el monte de la pista de aterrizaje de avionetas de fumigación que quedaba al costado de Cofrasu. Fabio y yo salimos detrás a perseguirlo, pero se nos perdió entre el follaje espeso. Tío Jose nunca me recriminó por haber perdido su regalo.

6 dic 2021

Jordan Acosta: elegido Consejero Municipal de Juventud en la tierra del Cacique de La Junta

 

Por John Acosta

Su padre murió de una penosa enfermedad, siendo empleado de Cerrejón. Y a la tragedia por la pérdida de ese ser querido, hubo que sumarle otra adicional: su abuelo paterno no ha podido superar la partida eterna delhijo y entró en una profunda depresión que lo mantiene encerrado en lahabitación del primogénito fallecido, allá en La Junta. El joven Jordan Acosta Vega no se ha amilanado nunca ante las duras pruebas que le ha puesto el destino: se hizo bachiller normalista en San del Cesar, cabecera municipal de su pueblo del alma, La Junta; ingeniero de minas, en Valledupar. Y acaba de obtener una distinción que lo llena de orgullo, a él y a su familia: ha sido elegido, por votación popular, como Consejero Municipal de Juventud por el municipio donde culminó su secundaria.

11 oct 2021

“Beto”, la droguería que no se aprovechó de la pandemia

 

Norberto Duarte Acosta, propietario de
Beto Droguería, 1 y 2

Por John Acosta

Fue, por supuesto, una inocentada de niño grande. Y la vieja Aba (Aura Elisa Mendoza de Acosta, nuestra abuela) lo sabía, pero no podía dejar pasar por alto ese acto indelicado sin dejar una lección (como debía hacerse en La Junta –el pueblo delalma- de entonces) a los tres nietos que ella criaba en esos momentos. Se quitó su pantufla derecha de caucho, le propinó sus buenos chancletazos y lo amarró en uno de los colgaderos de hamaca que estaban en la sala de la casa. Lo soltó una o dos horas después de cantaleta filosófica sobre la decencia, la honestidad y las sanas costumbres: justo para que mi primo Beto (Nolberto Duarte Acosta) cogiera su burro y se fuera para Fundación (Funda, la finca familiar) a apartar los terneros y a ayudar a tío Ito (Manuel Nicolás AcostaMendoza) en el ordeño de las vacas en la madrugada siguiente para regresarse en la mañana con la leche y la yuca sacada por él al morir la tarde anterior: se cambiaba, desayunaba y se iba a la Escuela Rural de Varones de La Junta, donde cursaba su primaria. El delito: haber cogido, sin consultar, 20 centavos de una de las gavetas de la máquina de coser, donde la abuela guardaba el dinero de su oficio de costurera, para comprar confites en el recreo.

24 ago 2021

El Tone: recuerdos de mi complicidad con el abuelo

Luis Miguel Acosta Acosta, el Tone
Por John Acosta

Fuimos cómplices en la corta vida que conllevamos, siendo yo un niño y él, un anciano ya. En las mañanitas, le llevaba el cepillo dental con su porción de crema aplicada, el jarro de agua y la ponchera de peltre; entonces, él se sentaba en su hamaca, se ponía la ponchera en los muslos de sus piernas, tomaba el cepillo con la mano derecha y el jarro con la izquierda. Y se lavaba los dientes ahí, en medio de la penumbra del aposento que compartíamos todos, iluminados apenas por la luz del sol naciente que se colaba entre las soleras y las hendijas de la ventana de la calle y la puerta del patio: ambas cerradas todavía.

16 jul 2021

El día en que la Virgen del Carmen le devolvió el carro robado a mi papá


En primer plano, la Virgen María; y, al fondo, la iglesia
 de La Junta, en La Guajira
Por John Acosta

Mi primo Omar había cumplido el compromiso diario de llevar los estudiantes al ingenio, a unos cinco kilómetros del pueblo (por la vía hacia Bucaramanga) y se disponía a rebuscarse con las carreras habituales en el casco urbano de Codazzi. “Ahí me hacía lo de la gasolina del carro”, me contó más de 40 años después. En esas andaba, transitando por la vía principal (carrera 16) y, por el hotel Acapulco, le salieron dos tipos y le pidieron que les hiciera una carrera hasta el, entonces, nuevo barrio La Antillana. Ambos se subieron adelante, pues, en esa época, la silla delantera de los carros era larga, como un sofá de sala, y cabían tres personas en ese puesto. Cuando llegaron al destino, el que se había sentado en la mitad sacó una pistola del maletín negro que cargaba y encañonó a mi primo por las costillas derechas. “Esto es un atraco: siga por la trocha a Verdecia, como si nada”, le dijeron.

2 jul 2021

El tío Migue que la muerte no me dejó conocer

Por John Acosta

Lo asesinaron dos años antes de que yo naciera. Y la imagen sobre él, que me ha acompañado desde niño, fue una que me contó la vieja Aba (Aura Elisa, su madre y mi abuela), cuando yo tenía unos ocho años: Beto (Nolberto Duarte Acosta, su nieto), con apenas tres años de edad, cogió la poncherita de plástico que mamá Aba ponía debajo del tinajero para parar las gotas de agua que pudieran salir, se fue caminando hasta donde estaba ella, destrozada por la pérdida de su hijo, y empezó a untarle los pies con su manito mojada en el perol para que mamá dejara de llorar, mientras el cadáver de tío Migue (Miguel Luis Acosta Mendoza) yacía en su ataúd. Esa escena tierna e inocente, sucedida en La Junta, el terruño del alma,  es lo único que me ha quedado grabado del tío que no alcancé a conocer. Beto me contó después otra anécdota de ese momento triste, que mamá Aba le había contado a él: al ver que las palmaditas con agua en los pies no le funcionaban, el inocente Beto buscó el plato de fique de la mochila que la vieja Aba tejía esa semana y se la llevó a ella, con la aguja y el rollo de cabuya. 58 años después de ese hecho trágico, los hermanos vivientes de tío Migue recordaron en el grupo de WhatsApp de la familia ese tormento espiritual que los ha martirizado por décadas.

20 may 2019

Tío Fano, el único profesional entre 12 hermanos

Afranio José Acosta Mendoza, tío Fano

Por John Acosta

Entré al aposento y vi a tío Fano dormitando en la cama de mi abuela. Para no despertarlo, me acerqué con cuidado al estante en forma de L, en donde estaban los cinco baúles de madera: abrí el preciso y encontré lo que buscaba. Destapé la cajetilla de betún y miré su contenido por breves segundos. La voz de tío Fano, detrás de mí, me sacó del ostracismo en el que había caído en esos instantes porque, como suponía que el hermano de mi papá estaba dormido, me creía solo en el cuarto. “Sí, señor, tiene razón. Su betún no está por donde usted lo dejó porque yo me tomé el atrevimiento de embetunar mis zapatos con él. En todo caso, lo felicito: se parece a mí: yo también sé por dónde dejo mis cosas”, me dijo.

Yo tendría apenas unos diez años y, para entonces, tío Fano se había convertido en la admiración de todos, pues era el único de sus once hermanos que se había atrevido a desafiar al destino, al salir de La Junta, el pueblo del alma, al interior del país a arañarle a la vida una carrera profesional. De hecho, ese día estaba recostado en la cama porque apenas había llegado hacía dos días a pasar vacaciones, después de cerca de 30 horas de viaje. De modo que compararme con él, era el más grande elogio que yo podía recibir, pues todo el enjambre de primos míos quería ser como tío Fano.

6 dic 2017

El origen de los Acosta en La Junta y algunos aspectos históricos sobre esta población

Dos vistas aéreas de La Junta (fotos cortesía de Fabián Acosta)

Por Afranio Acosta Mendoza

No se tiene conocimiento de la fecha exacta de fundación de La Junta. Se cree que fue a partir de 1700 y sus primeros moradores fueron las familias Acosta, Maestre y Daza, todas de origen español.

Entre las anécdotas de la época, una de ellas cuenta que doña Isabel Acosta, una rica hacendada del caserío, tenía tanto ganado que podía vender hasta cien novillos de un mismo color y del que el comprador escogiera.

En el último decenio correspondiente a la primera mitad del siglo XIX (diecinueve), residían en La Junta, además de los descendientes de los primeros moradores del pueblo a partir de 1700, varias familias también de origen español, como los Cuello, los Gutiérrez, los Hinojosa, los Sarmiento, los Romero y los antepasados de los Sierra, estos últimos moradores del caseríos a partir de la segunda mitad del siglo XIX.

13 oct 2017

El amor le ganó la partida al calor costeño

Por John Acosta

Luis Felipe Pinzón estaba a punto de renunciar al sentimiento más grande que él había experimentado en su corazón por una mujer: el calor insoportable que envuelve a los pueblos y ciudades del Caribe colombiano le estaban ganado la partida a ese amor que él acunó con alegría y esperanza en la mitad de su pecho. Llegó a la población de Codazzi, en el departamento del Cesar, a más de 20 horas en carro de su tierra natal, con la decisión irrenunciable de hacer vida en común con la mujer que le removió hasta las fibras más apartadas de su alma: Karina Acosta Tapia. Cuando pisó por primera vez tierra codacense, sintió de una el golpe certero que le propinó en su cuerpo la altísima temperatura que consume a fuego lento la tranquilidad de los visitantes de esta próspera comarca de la música vallenata en guitarra. Luis Felipe llegaba de Ibagué, una ciudad andina con una temperatura promedio de 24°C: ahora tenía que soportar calores hasta de 35°C. Afortunadamente, a miles de kilómetros de allí, un joven profesional de Codazzi observó cómo en Florida (Estados Unidos), la gente usaba en verano un sistema de aspersión para mejorar el clima en restaurantes abiertos y parques temáticos. José Alfredo Acosta Tapia no dudó un instante en pensar que esa podría ser la oportunidad para que en la costa norte de Colombia se pudiera disfrutar de un clima confortable y a muy bajo costo: no se imaginó, entonces, que esa idea fabulosa fue la determinante para que su cuñado Luis Felipe Pinzón pudiera hacer que su amor profundo le ganara la partida al
intenso calor de Codazzi.

19 jun 2017

Oda para que tío Ito vuelva a ser el de antes

Por John Acosta

Carmen y tío Ito, en sus viejas época
 de enamorados
Yo sentía el cosquilleo en mi cabeza y abría los ojos somnolientos aún por la desadormecida reciente y veía la claridad tenue de la linterna, que intentaba inundar la sala con su luz amarillenta por las pilas viejas: era tío Ito que me despertaba, como de costumbre, con la yema de sus dedos como escarbando entre mi cabello ensortijado. Mientras él prendía la lámpara de querosén que colgaba en la parte superior del umbral de la puerta que comunicaba las dos únicas habitaciones de la casa de barro, yo me estiraba en mi hamaca para tratar de alejar rápidamente los últimos vestigios de flojera que me quedaban por el despertar abrupto. Me sentaba con los pies colgantes y me ponía los zapatos que dejaba en la noche debajo de la dormilona colgante. Tío Ito destrancaba la puerta del patio, que era el tronco partido a lo largo por la mitad de lo que fue un grueso árbol, y el frío de la madrugada se acentuaba dentro de la vivienda artesanal. Después de descolgar mi hamaca,  iba trastabillando hasta la tinaja que estaba en un rincón y sacaba el agua en una totuma para lavarme la cara y enjuagarme la boca en el patio. Todo eso me llega a la mente hoy, más de cuarenta años después, cuando tío Ito no es ni la seña de lo que fue, a pesar de que todavía le quedan fuerzas físicas de sobra para volver a ser el toro de lidia que todos admirábamos.

21 mar 2017

Tía Ñuñe, la santa no canonizada de los Acosta

María Nurys Acosta Mendoza, tía Ñuñe
Por John Acosta @Joacoro

Doblábamos la esquina que queda cerca de la casa de tía Ñuñe, cuando mi papá lanzó la expresión que yo siempre había sentido, desde muchos años atrás, en lo más profundo de mi alma: “Esa mujer es un ángel de Dios”, dijo. Se refería a su hermana María Nurys Acosta Mendoza, por supuesto, que acabábamos de dejar en la puerta de la calle de su casa, adonde salió a despedirnos. Eso hace más de 30 años, poco antes de que mi padre falleciera. Y hoy sé que esa misma impresión la tenían mis otros tíos; incluso, tío Néstor, que falleció hace poco, me dijo en un paseo que estuvimos en el municipio de Manaure: “Esa mujer era una Santa en vida”, mientras me mostraba la casa donde vivió tía Ñuñe con su esposo.

A propósito de este texto, llamé a tío Jose (así, sin tilde en la e, como llamamos en el Caribe colombiano a los José) a su celular y le pedí que me describiera a tía Ñuñe, su hermana: “un alma bendita de Dios. Pura abnegación. Dedicada a su hogar”, me dijo. También llamé al menor de todos, tío Jorge: “era la más noble de mis hermanas, un mujer callada, recta, era puro sentimiento”. No podía dejar de marcarle al único profesional de todos ellos, tío Fano, ingeniero agrónomo: “era una mujer virtuosa, muy dedicada a su hogar, que amaba su vida, prudente, sufrida. Valiente para afrontar las duras embestidas del destino, las contingencias de la vida. Era, prácticamente, una santa”. Tío Ito es el callado de todos ellos: reservado, tímido, fue el único que se quedó en La Junta, el pueblo natal y no salió a buscar una mejor vida en otros lugares. Cuando le hice la misma petición por teléfono, no vaciló un instante en responder: “era una mujer buenísima, calmada. Una mujer de su casa. Sí, claro, era una santa”.

11 feb 2017

El Pluma Blanca dejó a los Acosta solos por siempre

Tío Néstor (q.e.p.d.), ahora y antes
Por John Acosta
Me sorprendió la noticia de su muerte. Tenía unos cinco meses de estar luchando contra la terquedad de algunos de sus órganos, los cuales se negaban aceptar que él no estaba viejo. Supe, incluso, que se agravó en la última semana de su vida. Estuvo en la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) de una clínica de Valledupar, la capital del Departamento del Cesar (así, sin tilde en la e). La noche en que lo ingresaron, esperábamos lo peor. Todos sus sobrinos, hijos, primos y hermanos, que vivían en la ciudad, aguardaron en las afueras del recinto hospitalario los reportes médicos. Quienes vivíamos lejos de la ciudad, leíamos tristes, en el grupo de whatsapp de la familia, los informes de quienes estaban cerca. Yo lo había visitado en su casa una semana antes y me contagié de su optimismo y de la cantidad de planes que él tenía para el futuro.
Siempre disfrutaba al lado de su madre, hermanos, sobrinos y cuñados
Hoy se cumplen las nueve noches de su partida final. Los que viven cerca asistirán a la misa y, luego, acompañarán a su esposa y a sus hijos en la que fue su casa. Fue bastante gente a su sepelio: personas de sus dos pueblos del alma, La Junta, donde nació y pasó su niñez y adolescencia, y Casacará, donde vivió la mayor parte de su vida. A las cuatro y media de la tarde del martes de la semana pasada, sus órganos enfermos pudieron más que su férrea voluntad de vivir. Yo, ocupado con los vaivenes cotidianos de la inminente entrada a clases de los estudiantes en la querida universidad donde trabajo, no había leído los últimos mensajes en el grupo de la familia. Hasta que una hora después me llamó mi prima Arlett a contarme. No lo esperaba todavía, insisto.

10 abr 2016

…Y Diomedes Díaz no le grabó la canción a mi primo Ricardo Zedán

Diomedes Díaz y Ricardo Zedán
Por John Acosta

Mi primo Ricardo Rafael Zedán Acosta siempre vivió con la obsesión de que una de sus canciones tenía que ser grabada por Diomedes Díaz. Y no escatimó ningún esfuerzo para lograrlo. Sin embargo, a mi primo Ricardo le faltaba el factor principal para lograr ese propósito: jamás en su vida se ha tomado ni una gota de licor, tampoco ha probado una sola bocanada de ningún vicio, ni siquiera de cigarrillo. Fue lo único que no hizo para cumplir su sueño de escuchar una de sus canciones en la garganta del llamado Cacique de La Junta. Junto con la muerte del famoso cantante vallenato, murió también esa ilusión inconclusa de mi primo.

Cuando aún no habíamos alcanzado la pubertad, mi primo Ricardo Rafael Zedán Acosta entraba primero a la cantina, ubicaba la mesa en donde había más hombres tomando cerveza, aguardiente o ron, que era lo único que se tomaba entonces, y los abordaba sin rodeos: “Miren, yo canto y él recita poemas”, les decía mientras me señalaba. Los señores de la mesa, encantados por el atrevimiento del niño de apenas diez años, respondían casi al unísono: “Buenos, entonces, cante, pues”. Enseguida, mi primo Ricardo cerraba sus ojitos y cantaba a todo pulmón dos o tres composiciones de Diomedes Díaz, de quien se sabía todas sus canciones, en medio de la admiración de aquellos bebedores casuales. Desde que escuchaba la primera melodía, el cantinero le bajaba el volumen al tocadiscos y los clientes de las otras mesas podían disfrutar de la gracia interpretativa de mi primo. En medio de los aplausos, el pequeño Ricardo iniciaba el siguiente canto, también de Diomedes, por supuesto, y los volvía a callar a todos. Cuando ya terminaba la última, les decía: “Ahora mi primo les va a declamar”. Y yo los ponía a llorar con el poema Por qué no tomo más, al estilo del Indio Duarte, de las pampas argentinas.

3 ene 2016

Eduardo Zedán Acosta, el pincel costumbrista codacense que está por encima de los colores partidistas de su tierra

Eduardo Zedán Acosta, sentado en medio de su hija, su nuera y su nieta. Su
esposa Iris los observa y su hijo Brian lo respalda de pie
Por John Acosta

El primer recuerdo que tengo de él es, por supuesto, en La Junta. Allá vivíamos los tres primos montunos que la vieja Aba, la abuela, criaba junto a su esposo, El Tone, el abuelo. Y todas las vacaciones llegaban los primos del lejano y próspero municipio de Agustín Codazzi, en el vecino departamento del Cesar, así, sin tilde en la e. Venían los mayores que nosotros, como él, los de la edad de nosotros y los menores de nosotros. Era una romería bulliciosa que nos alegraba el espíritu rural de niños inocentes con sus decencias urbanas, pero nos partía el alma cuando ellos debían regresar a su tierra y nos dejaban huérfanos de sus aventuras.

Hasta hoy había pensado que él no debía firmar sus cuadros como los firma sino con el apelativo con que lo llamamos cariñosamente en la familia: Tato. Sin embargo, pensándolo bien, sus pinturas no son producto de las vivencias familiares; sus trazos recogen la cotidianidad de su tierra amada y debe firmarlos como lo conocen sus coterráneos: EZedán. La primera letra tímida de su nombre precede el apellido árabe reconocido en su pueblo. Se trata de Eduardo de Jesús Zedán Acosta, mi primo el pintor.

9 mar 2014

Confesiones de un ex izquierdista redimido

Álvaro Gómez Hurtado, asesinado
Por John Acosta

Alfonso López Michelsen
Los recuerdos brumosos que tengo de ese momento, me muestran un día claro, brillante, por lo que, supongo, fue en un medio día. Lo cierto es que entré a la sala de repente: venía del patio de hacer no sé qué cosa. Ahí estaban Aba, mi vieja del alma, la abuela gigante (a pesar de su pequeño tamaño), junto a otras personas, entre las que recuerdo a mi tío Néstor (Click aquí para leer un cuento sobre tío Néstor). Lo retengo a él, entre los cachivaches sin forma que pululan en mi mente de ese preciso instante, porque fue quien me lanzó la pregunta a quemarropa: “¿Usted qué es, sobrino: liberal o conservador”? Confieso, sin la más mínima pizca de vergüenza, que era la primera vez que escuchaba esas dos palabras políticas. Era La Junta, mi pueblo, de finales de 1973, donde hacía, apenas, una docena de años que había llegado la planta eléctrica, la que únicamente duraba encendida la hora exacta durante la cual emitían la novela de la televisión venezolana: de ocho a nueve de la noche; es decir, no tenía posibilidad de ver noticieros de tv, no llegaba ningún periódico y la única emisora que salía en los transistores de la población era una de Valledupar, capital mundial del vallenato, y, por supuesto, solo colocaban música vallenata (Click aquí para leer crónica sobre La Junta).

21 jul 2013

Mi hija Aura Elisa escribió su primer poema, dos años antes que yo

Por John Acosta

Con mi hija Aura Elisa, en su cumpleaños
No sé qué diablos hacía yo con ese libro de cuarto de primaria en las manos, si yo estaba en el primer año de la secundaria. Lo cierto es que apenas en ese momento me topé con ese texto que no leí o ignoré dos años atrás. Confieso que me marcó para siempre. En Casacará no había luz eléctrica y a los estudiantes nos tocaba apartar los avechuchos de las hojas de los cuadernos para que nos dejaran escribir. Uno le alzaba o le bajaba la mecha a la lámpara de petróleo, de acuerdo a la intensidad de la noche oscura. La imagen y la emoción de esa noche, volvió ahora a mi conciencia porque mi hija Aura Elisa tuvo el valor de mostrarme ayer su primer poema.