Buscar este blog

martes, 16 de agosto de 2011

Entre enfermos y remedios

A tío Néstor,
con la vergüenza de haberle
robado su propia historia,
aunque mal contada.


Emilio Mendoza seguía sin entender: aquel hombre, de modales finos y uñas pintadas, había llegado de pronto a su casa para exigirle que dejara de hacer lo que todo el mundo en el pueblo, no sólo le pedía a gritos que hiciera, sino que, además, se lo agradecía infinitamente: recetar fórmulas.

Hasta ese día, Emilio no lo conocía personalmente. Sabía que hacía unos veinte días había llegado al pueblo. Se instaló en el puesto de salud. Y de inmediato, emprendió una tarea renovadora que le valió el reconocimiento de los moradores del caserío.

Hizo limpiar la maleza que rodeaba al puesto de salud. Puso a trabajar en serio a Francisca, la legendaria enfermera de los casajuneros, que lo único que había hecho en muchos años de servicio era ir a la propia casa del paciente a ponerle un suero vitamínico recetado por Emilio Mendoza, o suturar las heridas de las personas que el mismo Emilio le remitía por no tener en su droguería los implementos necesarios para coser una cortada.

Fue a la cabecera municipal, y en un solo día consiguió del alcalde una partida para ampliar y pintar el puesto. En ese mismo viaje, logró, del director del hospital municipal, una autorización para que le entregaran seis camas viejas que las tenían arrumadas en la bodega del centro hospitalario. "Siquiera, carajo, hay alguien que haga algo por este pueblo", decía Emilio Mendoza cuando un visitante casual le contaba las cosas del hombre flaco y de bigote bien cuidado.


Era un médico recién salido de la universidad que lo habían mandado a Casajun para que hiciera un año rural en un pueblo donde algunos habitantes seguían creyendo todavía en los curanderos para alejar las enfermedades.


A los quince días de su llegada, el profesional de la medicina no había sido solicitado sino por un paciente. Una mujer que, con su vestido blanco hecho de tela liviana y sus chanclas de caucho, se le notaba a leguas su salud rebosante de bienestar. Llegó impulsada por la curiosidad maliciosa de un perro en olfateo. Apenas vio su figura envuelta en la claridad meridiana de su consultorio, el joven universitario supo que aquella señora no padecía nada. Sin embargo, se propuso satisfacer sus deseos de conocer los secretos de una consulta médica.

Sacó una hoja y llamó a Francisca para que copiara los datos. Le preguntó el nombre de ella y el de sus padres, el estado civil, número de hijos, enfermedades anteriores. Se abstuvo de preguntarle por el tipo de sangre, porque sabía de sobra que nadie en ese pueblo se había hecho nunca un examen de esa clase.

La puso a respirar profundo mientras le auscultaba el pecho desnudo con su estetoscopio. Le abrió los párpados con los dedos índice y pulgar de su mano zurda, para alumbrarle los ojos con su linterna especial. Le tomó la presión con el termómetro en la boca. Le bajó la lengua con su espátula para mirarle la garganta. Micaela seguía silenciosa cada paso de aquel ritual científico, escudriñando los movimientos del médico con su mirada de cabra rabiosa. El doctor lo hacía todo con una malicia bien calculada. En realidad, no lo hacía con la fiebre de un principiante, sino con la certeza de que Micaela correría la voz del prodigio que había vivido en el puesto de salud, y, entonces, la gente de Casajun iría a hacerse reconocer por él.

Le salió el tiro por la culata. Micaela contó, efectivamente, los pormenores de aquella consulta insólita. Aunque logró en los casajuneros el efecto contrario: era inconcebible que todo un universitario se valiera de tantos aparatos raros para diagnosticar una simple jaqueca. Lo mejor era ir donde el señor Emilio, quien ni siquiera había hecho el bachillerato, y no era sino contarle qué se sentía para mandarle enseguida el remedio eficaz.

- Vea usted, tanta vaina para la misma vaina - resumió Micaela.

De modo que cuando el doctor tomó la decisión de ir a la casa de Emilio Mendoza a exigirle que no siguiera recetando fórmulas, tenía sobrada razón para hacerlo. Era una ardiente mañana de julio. El boticario se acababa de bañar y estaba dentro de la droguería, revisando un pedido que le había llegado el día anterior. Aún tenía la camisa desabotonada, por lo que se podía ver su gruesa cadena de oro colgándole del cuello. "Buenos días, señor Emilio", sintió que le dijeron. "Buenos días", contestó él sin levantar la vista, como lo hacía siempre que comparaba la lista de drogas pedidas con la caja llena de medicamentos. "A la orden", agregó todavía sin inmutarse.

- Mi nombre es Carlos Sabaraín. Soy el médico del puesto de salud.

Emilio Mendoza se quitó las gafas que se ponía únicamente para leer, y cubrió al hombre elegante con su mirada inquisidora. "Carajo, con que este es el famoso médico", pensó. Se acercó y le tendió la mano desde el otro lado de la vitrina. "Mucho gusto, hombre", dijo. Entonces, se paró en la puerta que une a la farmacia con el resto de la casa y llamó a su mujer para que atendiera la botica. Recibió la visita en la sala.

El doctor Carlos Sabaraín le explicó sin rodeos el por qué estaba allí. Y Emilio Mendoza no entendía cómo le podían pedir que renunciara de la noche a la mañana de lo único que había aprendido a hacer por gusto, y que había hecho, además, sin ningún interés durante más de veinte años. Era cierto: muchas veces, en ese lapso, le tocaron las persianas de vidrio de su ventana matrimonial a deshoras de la noche para que atendiera a un enfermo grave, y él, no únicamente se levantaba manso y atento, sino que además reconocía al paciente y le recetaba su remedio. Y no lo hacía para vender sus drogas, pues en varias ocasiones formuló medicinas que no había en su droguería, y el interesado tenía que ir a comprarlas a la cabecera municipal.

No había derecho. Emilio Mendoza llegó a Casajun cuando el pueblo apenas nacía, treinta años atrás. Por los días en que había hecho su aparición un hombre que venía de la lejana provincia de Antioquia. Traía un camión viejo atascado de ropa y granos. En un sólo día organizó una tienda que lo sostendría a él, a su mujer y a sus hijos durante veintiocho años: después se marcharía para siempre del caserío.

Al día siguiente de su llegada, el tendero salió a recorrer las calles de Casajun en su carro sin gloria para anunciar sus productos, todos americanos, en medio de la algarabía de niños descalzos y sin camisas que corrían felices detrás del automotor, y de perros hediondos que latían, con toda la fuerza de sus pulmones, a las llantas desgastadas. El resultado no se hizo esperar: decenas de personas iban a comprar a diario el plátano y el arroz americanos, lo mismo que el calzoncillo y el pantalón, también americanos. Don Pedro García no se cansaba de repetir nunca a sus clientes la misma frase cuando les entregaba la mercancía envuelta: "Lo felicito. Ha hecho una gran compra. Esto es americano, americano puro, traído directamente de Estados Unidos".

A los diez días, el comerciante de Antioquia dejó de llamarse "don Pedro" a secas. No quedó una persona en el pueblo que no lo llamara por el apodo que mejor le encajó en su vida: El Americano. Para ese tiempo, el negocio se había vuelto tan próspero que fue necesario buscar un ayudante. Nunca antes cayó tan oportuno el joven Emilio Mendoza. Y ningún otro hubiera desempeñado ese trabajo mejor que él.

Duró dos años y medio leyendo novelas de vaqueros, mientras atendía la miscelánea de El Americano. Hubiera durado mucho más, si no pasa por allí un droguero que iba de pueblo en pueblo con un maletín de cuero negro ofreciendo medicamentos milagrosos. Emilio Mendoza estaba concentrado en sus lecturas habituales, cuando una voz desconocida chocó estrepitosamente contra los estantes de la tienda:


- Le tengo el secreto eficaz para que pueda leerse tres libros de esos diarios, sin que su cerebro se resienta.


Emilio Mendoza se asustó. Conocía perfectamente el modo de hablar de cada uno de los habitantes de Casajun, como para darse cuenta enseguida de que aquel era un extraño. Pero cuando su mirada iluminó a la figura delgada, empapada de sudor, sosteniendo en el brazo izquierdo cinco frascos pegados al pecho y con una maleta pequeña en la mano derecha, el susto se convirtió repentinamente en compasión. Movido por ese impulso, Emilio cerró el libro y se puso de pie con rapidez.

- Siéntese ligero, porque usted se va a desmayar - dijo.

El hombre sonrió. "Más bien acérquese, que le voy a mostrar unas cuestiones que le interesan", dijo. Colocó las botellas sobre el mostrador. Le habló de muchas infecciones y microbios y cómo combatirlos a través de esa gama de productos científicos que él llevaba. "La ciencia y las enfermedades avanzan en forma paralela", dijo. "Claro, que ellas siempre llevan la delantera". Le informó con detalles de los últimos hallazgos en esa materia, de los grandes laboratorios que se disputaban en el mundo el honor de entregarle a la humanidad un bienestar sanitario, de los sabios que habían dejado el legado de sus descubrimientos. Emilio Mendoza escuchaba con atención, interrumpiendo apenas para atender a cualquier cliente imprevisto.

- O es usted un verdadero embustero o es un sabelotodo - dijo.

"Si es esto último, le pido el favor de explicarme su método". El droguero sacó, entonces, un diccionario de medicina del fondo de su maletín: "Se lo regalo, con él aprende lo indispensable".

Fue el comienzo. No sólo lo leyó todo, sino que adquirió otros más modernos en la capital de la provincia. Ya para entonces, tenía una plata ahorrada y convenció a El Americano para que le prestara el resto para montar una droguería. "Tienes que combinarla con un granero, o sino te mueres de hambre. Bien sabes tú que la gente no sabe de esas cosas. Aquí prefieren ir donde la señora Manuela", le advirtió el antioqueño.

Pareció una profecía. Si no hubiese sido por los alimentos de rutina que se vendían, el negocio del droguista hubiera quebrado. Pero Emilio Mendoza no estaba dispuesto a quedar sentenciado a ser un simple dueño de tienda. Sabía perfectamente que el meollo del problema era, en efecto, la señora Manuela. Tenía que buscar la forma de enfrentarla.

Fue hasta su casa. Amparada por la sombra de una enramada que protegía del calor a la puerta de enfrente, una mujer trataba de sacarle los piojos a su hijo de ocho años. Emilio le interrumpió para preguntarle por la señora que curaba con rezos. La mujer le dijo que siguiera al patio trasero, pues allá estaba atendiendo a un paciente que acababan de llevar. El boticario entró. Se turbó por un instante al sentir las miradas cargadas de piedad de los muchos santos recortados de almanaques viejos que colgaban en las paredes de la sala. Siguió por el pasillo en medio de perros flacos que le salían al paso moviendo el rabo amablemente. Llegó la puerta del patio. Entonces, la vio.

Era una vieja gorda que ya no tenía el cabello blanco por la cana, sino amarilloso por los años. Estaba en un asiento de cuero sin curtir, con un niño de meses en las piernas. Le tocaba, con sus manos ásperas, pero con una ternura indescriptible, la cabecita sin pelo, los bracitos frágiles, el pechito acelerado. "Esta criatura está ardiendo en fiebre", dijo.

Le diagnosticó mal de ojos. Alguien en la familia, según explicó la señora Manuela, tiene una mirada muy fuerte, quedó encantado con el muchachito, y entonces, sin ninguna intención, le hizo daño. “Debe ser un bebé muy hermoso”, comentó. Era ciega de nacimiento. "Bueno, todos los niños son lindos", agregó.

Le dijo a la madre que consiguiera un par de machetes oxidados y lo pusiera a calentar en cruz bajo el sol del medio día. Que después le colocara uno en el ombligo y el otro en la altura de los pulmones, mientras le rezaba cinco Padres Nuestros. Que repitiera esto durante tres días consecutivos, al cabo de los cuales debía darle un baño con agua bendita. "Después de eso, me lo vuelve a traer". Le devolvió el hijo. "Tómelo, puede tocarlo: ya le quité la fiebre", dijo.

- ¿Qué le debo?
- Eso queda a opción suya: deme lo que quiera.


Emilio Mendoza, que había permanecido en silencio viéndolo todo parado en la puerta, salió. Esperó a la señora con el bebé, dos casas más adelante. Miró al pequeño. "¿Qué tiene?". La mujer reconoció en él al dueño del granero, donde iba todos los días a comprar el arroz. "Vómito, fiebre y diarrea", le respondió. "Todo lo que come, lo vota enseguida".


- Llévelo a mi casa que yo se lo curo gratis y sin tantas pendejadas.

Le regaló las drogas necesarias. No fue indispensable repetirlo dos veces. A partir de entonces, la droguería fue mejor negocio que la tienda. Y la gente lo buscaba donde estuviera, hasta en las cantinas cuando se iba de parranda con los amigos de su generación, para que él atendiera sus males físicos.

No, no había derecho. Bastante había luchado para llegar a donde estaba. Carlos Sabaraín, el médico titulado, insistía en su tesis. Argumentaba que él no haría competencia en las ventas, pues, de todas formas, esa era la única botica del pueblo, y todos los pacientes saldrían, del puesto de salud, directos a donde Emilio con la respectiva fórmula en la mano. "Lo único que le pido es que me deje poner en práctica mis conocimientos profesionales", dijo.


El droguero lo miró. Quiso sentir lástima por él, pero recordó que no le había ido tan mal con las mujeres. En veinte días, Sabaraín había batido el récord de novias en el pueblo, ya que las jovencitas se morían de las ganas de estar a su lado, para mostrarlo ante sus contrincantes como el más preciado trofeo ganado en las duras batallas del amor. Emilio Mendoza se incorporó de su silla. Se pasó los dedos de la mano derecha por el bigote recién teñido de negro. Colocó el pocillo, donde se había tomado un tinto, sobre la mesita de centro. Miró fijamente al médico.


- No sea pendejo, carajo. Yo convencí a la gente para que dejara de ir a donde la señora Manuela, convénzala usted ahora para que no venga a mí - dijo.