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Ante el cadáver de un guapo

Sí, ese era un valiente. Un hombre de verdad. Nunca antes había visto en mi vida a un tipo tan jodido. Ladrón o atracador. Secuestrador o extorsionista. Sea lo que sea, era, ante todo, un verraco. Es que había que verlo ahí, parado en plena tarde, con su pistola en mano, enfrentándose solo a los cinco policías del pueblo. Y no se rindió.


Yo lo vi todo, con mis propios ojos. Los uniformados llegaron a eso de las tres. Hacía un calor tremendo. Él debía estar acostado en una hamaca, debajo del palo de mango que tiene sembrado en el patio. En todo caso, los tipos llegaron y rodearon la casa. "Entrégate, hijo de puta, que estás perdido", le gritó uno de ellos. Él tuvo que levantarse enseguida. Se pondría los zapatos sin amarrárselos. Probablemente, se abotonó el pantalón. Y, quizás, se echó la camisa al hombro. "Vengan a cogerme si pueden, maricones de carajo", escuché que les dijo. Salió a la calle.

Y se armó la vaina. Inmediatamente los de la Ley empezaron a disparar sus rifles a diestra y siniestra. Él corrió hacia la corralera, que le quedaba ahí mismo, frente a la casa. Pero qué va, esos tipos no le pegan ni al mundo inflado. Las balas daban a todas partes, menos al objetivo. Yo fui la única persona que se atrevió a verlo todo, desde la ventana de mi rancho porque todo el mundo se encerró muerto de miedo. Y por eso, por estar de chismoso, casi me dan. A veces pienso que lo hicieron a propósito, para que no les hiciera pasar por la vergüenza pública de contarle, a todo el que se me diera la gana, que eran unos chambones de primera categoría. Fue, precisamente, por eso que me salvé, porque tampoco a mí me pudieron atinar.

Fue una balacera grandiosa. Me parecía estar viviendo en carne propia una película del oeste. Los policías siguieron al hombre hasta la corralera. No dejaron de disparar ni un instante. Él se escapó como pudo. En el portillo por donde salió, quedó un zapato ensangrentado. Le habían dado. Yo le alcancé a ver sangre únicamente en el trasero.

Sí, era un valiente, carajo. Ni aún herido se entregó. En esos casos es cuando a uno se le olvida quién es en verdad el individuo. Debe ser la solidaridad con el moribundo. O, tal vez, esa terquedad admirable con que enfrentaba al enemigo.

En todo caso, en esos momentos yo no lo vi como el maleante que fue a las tres de la mañana, junto a dos más de su misma calaña, a la bomba de gasolina. Le tocó la puerta a don Manuel dizque para que le despachara un pote de aceite. Y cuando el viejo abrió, le disparó a quemarropa. Los otros huyeron. Él se quedó en el pueblo, andando para arriba y para abajo, como si nada: para qué hablar pendejadas, pero era, por lo menos, un tipo desafiante. Es más: un desafiante desgraciado. Que me perdone que se lo diga así, sin respetar su cadáver. Pero era un desgraciado.

Tampoco me acordé que era el hombre que, sin más allá y sin más acá, mató a garrotazo limpio al señor Efraín Linares, quien venía montado en su caballo por la trocha que lleva a su finca, sólo para robarle cinco mil tristes pesos. Y seguía ahí, en la cantina, jugando billar como si nada. Para entonces, ya lo repudiaba: lo odié con todas las fuerzas del alma.

En esos instantes en que enfrentaba a la Policía, ni siquiera pasó por mi mente que venía huyendo de su
tierra, cuando la inteligencia militar descubrió que había sido él quien acorraló a los hacendados de la región. Haciéndose pasar por el supuesto comandante Roberto Arias, guerrillero asesinado por esos días, del Frente Camilista, perteneciente al Ejército de Liberación Nacional, consiguió intimidar a los ganaderos mediante cartas escritas a máquina con una ortografía horrorosa. Logró una buena tajada de dinero.

Pero qué va. Era un sinvergüenza completo, además. Así de fácil como se ganaba la plata, se la gastaba en un dos por tres. Llegaba a los prostíbulos, el muy miserable, y mandaba a cerrar. Él se quedaba adentro con todas las mujeres. Pagaba su cuenta y la de los que habían quedado adentro, como también lo que se había dejado de vender desde el instante mismo en que él ordenó que cerraran.

Sin embargo, yo no me acordé de esas vainas. No sé por qué diablos. Ahora pienso que por la verraquera del tipo. Que estaba fascinado por sus agallas. Porque no hay que negar, más que cualquier otra cosa, el hombre era un cojonudo. Un holgazán de mierda. Aún no entiendo qué hago aquí, parado frente a un muerto sin méritos.

Había que verlo cuando se metió al monte. Hizo tres o cuatro disparos. E hirió a dos de esos chambones. Cuando se vio perdido, quizás por el dolor de su llaga, tiró su pistola bien lejos, en la espesura del bosque. Como quien dice, que me cojan a mí, carajo, pero al arma no, porque es el símbolo de mi guerra. Miren la hora que es y todavía nadie ha podido encontrarla. Ni siquiera eso dejó el muy desgraciado: la pistola que tanto daño había hecho.

Sí, parecía una película. Una de esas de pistoleros. Aunque con armas modernas. Y el único espectador que se estaba comiendo todo el rollo era yo. Los demás eran una partida de cobardes que ni siquiera asomaron la cabeza. Se perdieron de ver a ese tipo en acción, enfrentándose a tiros con cinco agentes del orden bien armados. Repito: ladrón, secuestrador, extorsionista, lo que sea, era el antihéroe de la cinta. Aunque su fin no fue el mismo del de los guapos de esas de vaqueros. Fue completamente diferente.

Si lo sé yo, que me las pillé todas. Porque así digan en el pueblo que soy un chismoso de primera categoría, todos andan detrás de mí para averiguar qué y cómo fue lo único que sucedió. Y todavía hay unos que me dicen que me deje de andar metiendo en lo que no me importa y que me dedique a mi trabajo, es decir, a cavar pozos en busca de agua. Porque mientras otros buscan petróleo con maquinaria sofisticada, yo me quiebro el espinazo buscando agua bajo tierra, a pico y pala, para darles de beber a la gente. No hay un solo pozo en los patios de las casas de este pueblo, que no haya sido cavado por mí.

Carajo, me perdí. Me desvié en mi relato por andar parándoles bolas a los envidiosos de estas tierras. En qué iba. Ah, ya, sí: en la película de vaqueros.

Fue totalmente distinto el final de este protagonista. Y me pegué el viaje desde mi pueblo hasta acá, la mera cabecera municipal. Porque, carajo, de verdad que valía la pena venir a ver el cadáver de un guapo como ese tirado en la mitad de la morgue del cementerio central, rodeado de una partida de curiosos. Bueno, ni tan guapo. Porque al fin y al cabo está muerto. O quizás por eso está muerto: por guapo.

No murió enseguida: a esos cinco policías les dio miedo perseguir monte adentro a ese tipo. Claro, si había jodido a dos de ellos cuando él era el blanco perfecto en plena calle, cómo sería en el bosque, al amparo de los árboles. (Porque los tipos de la Ley no se dieron cuenta cuando él botó la pistola). Lo dejaron solo como a una fiera mal herida en la selva.

Yo aún no había visto al primer hombre que recorriera más de cinco kilómetros, atravesando una diez cercas de alambre de púa, entre potreros sucios, con un pie descalzo, sin camisa, con los calzoncillos hechos ripio, y con la cintura atravesada por una bala capaz de derribar al más fuerte de los bueyes. Es para asombrarse: en el pueblo no han logrado salir del estupor. Dicen que iba drogado. Puede ser cierto: cualquier cosa se puede esperar de una alimaña como esa.

Hasta que no pudo más. Se recostó en el tronco de un palo de mango. Ahí, jadeante, sin emitir ni el más mínimo quejido, lo encontraron dos de los trabajadores de la finca a donde había llegado. Fueron los primeros en darse cuenta de la gravedad de la herida. El proyectil le penetró por la comisura superior de las nalgas y salió por delante, volándole el miembro viril por completo, con testículos y todo.

El ladrón o el atracador o el extorsionista o el secuestrador o todo eso junto, sacó la cartera de un bolsillo del pantalón, que lo llevaba en la mano. "Tomen. Ahí hay diez mil pesos, una pulsera y un cordón de oro. Pueden quedarse con todo si me hacen uno de estos dos favores: o terminan de matarme a piedra o a garrote ahora mismo, o, si no tienen las suficientes agallas para hacerlo, me sacan de aquí y me llevan allá a las montañas esas, donde pueda fallecer tranquilo", le dijo a los jornaleros.

- Prefiero mil veces cualesquiera de esas dos cosas, a pasar por la humillación de morir en manos de cinco idiotas capaces de errar a una pared a un metro de distancia.- agregó.

Ni lo mataron los obreros. Ni falleció en las montañas. Ni cayó bajo los disparos de los policías. Según me contaron en la finca esa misma noche, donde son amigos míos desde hace cinco meses, pues allá cavé dos pozos, los dos trabajadores no tuvieron tiempo de resolver nada. El motor encendido del carro que acababa de llegar a la casa, a unos seiscientos metros del potrero donde estaba el herido, no les permitió hacerlo. Eran los del organismo ese de seguridad del Estado.

Se bajaron como locos, metralletas en mano. Preguntaban a gritos. Fueron hasta el palo de mango. Y lo cogieron. Lo montaron a empujones. Pero esa fiera que ahora está ahí sin vida, ni se quejaba con los golpes que le propinaban los agentes de seguridad. Arrancaron y se fueron como alma que lleva el diablo. A los cinco minutos se escucharon en la hacienda los tres disparos. "Listo, no va más", dijeron los trabajadores casi en coro.

Cuando los de seguridad del Estado pasaron por el pueblo, iban a toda mecha. Yo apenas vi el polvo que levantaba el campero, me dije: "Ahí lo llevan, carajo. Estoy seguro que mañana lo exponen en el cementerio central”. Me prometí venir a verlo hoy en la mañana. Por eso, madrugué. Por eso, pagué el pasaje. Por eso, estoy aquí. Porque se lo merece, carajo. A pesar de lo que fue en vida, se lo merece. Porque este desgraciado era, sobretodo, un guapo. Me importa un rábano lo que puedan pensar de mí. Dizque hago apología al machismo, dizque resalto el delito. Qué diablos. Por eso no me dolió pagar las cuatro velas que tiene prendidas. Reconozco que lo odié por sus fechorías. Pero cuando lo vi guapeando, las vainas cambiaron. Eso sólo lo hacen los bravos.

Y este hombre era más que eso: también era un bueno para nada. Ahora que lo pienso bien, quizás lo que verdaderamente me motivó venir a verlo, muy dentro de mí, fue cerciorarme de que estaba muerto. Sí, para no seguir odiándolo, para dormir tranquilo. Porque ese tipo era capaz de cualquier cosa, carajo.

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