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19 ago 2011

Prólogo a Un corazón dentro del fusil

Hay segundad de que la cacofonía lo embarga en uno y otro lado de la balanza que nivela su criterio y su visión universal: la impaciencia y la impotencia confrontadas a la ciencia. Las primeras parecen emanar de la subordinación que le obliga su ámbito. En cambio, la sistematización, metodología y rigidez de los conocimientos lo desespera y le impide el progreso de su espíritu creador y espontáneo.

Acosta Rodríguez (1965- ) cristaliza sus inquietudes literarias a partir de las vivencias. De las propias y de las que puede rapar a otros que las dejan pasar inadvertidas. Construye recuerdos y sueños, que aún no deberían considerarse como frustrados, pero la proyección de las experiencias conducen a una conclusión concatenada que difícilmente puede desviar el curso del que él prevé.

17 ago 2011

Ante el cadáver de un guapo

Sí, ese era un valiente. Un hombre de verdad. Nunca antes había visto en mi vida a un tipo tan jodido. Ladrón o atracador. Secuestrador o extorsionista. Sea lo que sea, era, ante todo, un verraco. Es que había que verlo ahí, parado en plena tarde, con su pistola en mano, enfrentándose solo a los cinco policías del pueblo. Y no se rindió.

16 ago 2011

Entre enfermos y remedios

A tío Néstor,
con la vergüenza de haberle
robado su propia historia,
aunque mal contada.


Emilio Mendoza seguía sin entender: aquel hombre, de modales finos y uñas pintadas, había llegado de pronto a su casa para exigirle que dejara de hacer lo que todo el mundo en el pueblo, no sólo le pedía a gritos que hiciera, sino que, además, se lo agradecía infinitamente: recetar fórmulas.

Hasta ese día, Emilio no lo conocía personalmente. Sabía que hacía unos veinte días había llegado al pueblo. Se instaló en el puesto de salud. Y de inmediato, emprendió una tarea renovadora que le valió el reconocimiento de los moradores del caserío.

14 ago 2011

Carajo, ¿seré escritor?

Ahora sí: 
a los ratos felices que pasé en El Escondite, 
en la fría capital del país


Y toman ron. Y fuman cigarrillos. Y marihuana. Y aspiran perico. Y sus novias se besan y se acuestan con todos, sin reparos. Y se dejan crecer la barba y el bigote. Y a veces visten de saco y corbata. O chaquetas de gamuza: la misma vaina da. Y bailan, y gritan, y se abrazan borrachos. Y mezclan palabras refinadas con vulgaridades.

Llevo veinticinco años tratando de ser escritor. O poeta. O las dos cosas. Y hoy, cuando estaba completamente convencido de que lo estaba logrando, me doy cuenta de algo espantoso: no soy ni lo uno ni lo otro. Lo único que he conseguido, de los miles de requisitos que exige la moda para graduar de escritor, es tomar ron, bailar y andar con la vulgaridad a flor de labios. Eso y un insomnio jodido que me hunde en las profundidades de los pensamientos pendejos, mientras me revuelco desesperado en el colchón. Nada más.

12 ago 2011

Algo hay que hacer

Por John Acosta



Enrique Zuleta se despertó con el calor del techo de cinc, recalentado por el sol de las once. Se estiró hasta hacer traquear los huesos. Le dolía la cabeza. Bajó las piernas de su hamaca descolorida. Sintió el ardor de la botella vacía bajo los callos de sus pies. "Claro, volví a emborracharme con ron de caña", se dijo.


Se puso de pie. Los calzoncillos sin elástico se le cayeron enseguida. Los recuperó a la altura de los tobillos. Se los subió de nuevo, y les hizo un nudo para ajustarlos a su cintura. "Qué desgracia, ya ni eso tengo". Se puso el pantalón de poliéster desgastado que había dejado anoche sobre el único mueble que poseía: un asiento de cuero sin curtir. En medio de la penumbra del cuarto encerrado, llegó hasta el rincón donde tenía la tinaja. Sacó un pote de agua. Y al llevárselo a la boca, sintió un arañazo en un labio. Era un sapo.

11 ago 2011

Dora, la que echa la suerte

Por John Acosta

Aún recuerdo cuando esta casa era de barro. En la misma época en que mi madre bajaba al río con la ponchera de ropa sucia en la cabeza. Los niños correteábamos divertidos en las playas del riachuelo, mientras las viejas se comentaban los últimos chismes del pueblo, sentadas cada una en su piedra de lavar.

Era la casa sola, íntima. Con las puertas abiertas, como todas las del caserío, pero con el misterio familiar resguardado en sus cuatro paredes. No había baños, y teníamos que ir a defecar a la orilla del río, amparados por el abrigo clandestino de las gigantescas piedras. Armados, eso sí, de garrotes para espantar a los puercos callejeros y hambrientos que insistían en devorar nuestros desperdicios sin haber terminado todavía de expulsarlos.

9 ago 2011

Historia triste de un carnaval feliz

Mauricio Laverde estaba feliz. A esa hora del día tenía ya el triunfo asegurado. Y apenas había gastado la mitad de los millones que su familia recaudó para tal fin. La otra mitad era suya: ganaba por partida doble. De modo que tenía razones suficientes para sentirse el hombre más dichoso del universo. A los 26 años, se perfilaba como el primer alcalde de su municipio, la segunda ciudad en importancia de esa provincia caribeña, electo por voto popular.

Has vivido

"El hombre superior es impasible por naturaleza: poco le importa que le alaben o le censuren: no escucha más que la voz de su conciencia", Napoleón.

Por John Acosta


Ahí estás ahora, sentado en una silla del parque. En la misma silla de siempre. Con el cigarrillo sostenido por esa larga y huesuda mano derecha. Te lo llevas a la boca, aspiras profundo como queriéndote tragar, junto con el humo y de una vez por todas, la amargura y la agonía de cinco años de angustias. Arrugas los ojos, inspirándote en el inmenso placer que te produce aquella bocanada de aire. Y, protegido por la sombra agradable del palo de mango, recibiendo el azote invariable de esa brisa ardorosa, ves venir los recuerdos inclementes que golpean con salvajismo tu memoria, días tras días, años tras años.

8 ago 2011

El otro fotógrafo

Por John Acosta

El cadáver de Mauro permanecía tirado en el pavimento ardiente. Los curiosos, soportando el bochorno del sol caliente, miraban estupefactos el charco de sangre que envolvía el cuerpo sin vida de aquel hombre extraño. Jóvenes, con los uniformes mojados pegados a la piel y los rostros bañados de sudor, se habían volado de la escuela al enterarse del accidente. La bicicleta del muerto estaba a dos metros con los riñes torcidos. El Corregidor, acompañado de dos policías, medía acá y allá con un metro metálico. Eran las tres de la tarde.

Mauro Díaz se levantó ese día, como siempre, a las ocho de la mañana. Aturdido todavía por la pereza del sueño, se envolvió una toalla de colores llamativos sobre su cintura desnuda. Abrió la puerta de su cuarto oscuro y recibió el torrente de luz solar. Atravesó el patio hasta llegar a la ducha que estaba al aire libre, debajo de un palo de mango. Y se despojó de su trapo secador. Allí, en la sombra de ese árbol frondoso, a la vista de todo el que pasara por la calle y mirara por encima de la cerca de madera. Doña Isabel, la dueña de la casa donde Mauro tenía una pieza arrendada, con su pelo despeinado y sus piernas varicosas, atizaba el fogón de leña.

- ¡Carajo, Mauro, buenos días! Ya ni saluda - le dijo.
Mauro llegó al pueblo en un destartalado bus intermunicipal. Eran las tres de la tarde de un febrero hirviente. La carretera era entonces una línea de piedra por donde pasaban los carros dejando parte de sus tornillos. A las cinco de la tarde de ese mismo día, frente a la única droguería del caserío, en una casa de paredes altas y agrietadas, apareció un aviso de lata con unas letras góticas de color rojo: "Foto Imperio", se leía. Y más abajo, unas letras más pequeñas, de color negro, decían: "Propietario: Mauro Díaz". Diez años después, Mauro Díaz moriría exactamente en el mismo sitio donde se bajó del bus.

4 ago 2011

Esta no es vida

A
la abuela,
mi vieja del alma.


"A mí no me tomen foto, carajo. Que yo no soy burla
 de nadie, les he dicho"
Ustedes creen que esto pueda ser vida: una mujer que ha criado doce hijos, treinta y dos nietos y seis biznietos, y que tenga que pasar la vejez en medio de esta soledad, desamparada, y sin nadie en el mundo a quien quejarse, a quien decirle "Ve, dame tal remedio para tales males" o, simplemente, "Carajo, hijos de mierda, denme para comprar el arroz, que el único granito que había se me acabó la semana pasada".

Nada. Jesús, María y José, no, esta no es vida. Nada más fíjense en el vestidito que llevo puesto: ya no le cabe ni un remiendo más. Claro, es que las cosas tienen que acabarse de tanto darles uso. Antes ha durado mucho: todos los días del mundo me lo quito, lo lavo, lo pongo a secar al sol, y me lo vuelvo a poner. Pero, bueno, y entonces qué hago. Yo no me puedo quedar desnuda, y no tengo más.

Eso es lo que más me mortifica: que esos hijos no se acuerden que existe este pobre ser. A veces me pongo a pensar en eso y no lo creo. No me puede caber en la cabeza la idea de que puedan ser tan ingratos, sin espíritu, ni iniciativa. No son capaces siquiera de decir voy a hacer este mercadito, y se lo llevo a mamá o a esa porquería o a ese pobre animal, en fin, como quieran llamarme, que debe de estar con el ojo blanco, muriéndose del hambre. Y de dónde: si ellos quieren, precisamente, es verme muerta para salir de este estorbo. Y cuál estorbo: fuera que yo les importara en algo o los molestara en cualquier cosa. Es que yo para ellos soy nada, nada en el mundo.

9 may 2011

Un corazón dentro del fusil

Obra Love and Peace, de Vasiliy Myazin
Por John Acosta

A
Yonaides,
claro.

"Aquel que camina una
sola legua sin amor,
camina amortajado hacia
su propio funeral",
Walt Whitman.

1
Era un hombre. Hecho y derecho: un hombre de verdad. Iba a ser grande. Sería el apoyo y el sostén de su vida cuando ya estuviera marchita. Lo vio con los ojos inundados de lágrimas, no por el dolor del parto, sino por la felicidad de quien ha cumplido con el sagrado deber de entregar al mundo un nuevo ser. Le vio su cuerpecito frágil y ensangrentado, sus piernecitas encogidas, su cabecita larga. Sintió el eco fino de su llanto tierno retumbar en todos los rincones del cuarto. Le pareció una melodía celestial. La más hermosa canción de amor. Miró cuando abrió sus ojitos. Entonces, recibió su mensaje de gratitud.