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El otro fotógrafo

Por John Acosta

El cadáver de Mauro permanecía tirado en el pavimento ardiente. Los curiosos, soportando el bochorno del sol caliente, miraban estupefactos el charco de sangre que envolvía el cuerpo sin vida de aquel hombre extraño. Jóvenes, con los uniformes mojados pegados a la piel y los rostros bañados de sudor, se habían volado de la escuela al enterarse del accidente. La bicicleta del muerto estaba a dos metros con los riñes torcidos. El Corregidor, acompañado de dos policías, medía acá y allá con un metro metálico. Eran las tres de la tarde.

Mauro Díaz se levantó ese día, como siempre, a las ocho de la mañana. Aturdido todavía por la pereza del sueño, se envolvió una toalla de colores llamativos sobre su cintura desnuda. Abrió la puerta de su cuarto oscuro y recibió el torrente de luz solar. Atravesó el patio hasta llegar a la ducha que estaba al aire libre, debajo de un palo de mango. Y se despojó de su trapo secador. Allí, en la sombra de ese árbol frondoso, a la vista de todo el que pasara por la calle y mirara por encima de la cerca de madera. Doña Isabel, la dueña de la casa donde Mauro tenía una pieza arrendada, con su pelo despeinado y sus piernas varicosas, atizaba el fogón de leña.

- ¡Carajo, Mauro, buenos días! Ya ni saluda - le dijo.
Mauro llegó al pueblo en un destartalado bus intermunicipal. Eran las tres de la tarde de un febrero hirviente. La carretera era entonces una línea de piedra por donde pasaban los carros dejando parte de sus tornillos. A las cinco de la tarde de ese mismo día, frente a la única droguería del caserío, en una casa de paredes altas y agrietadas, apareció un aviso de lata con unas letras góticas de color rojo: "Foto Imperio", se leía. Y más abajo, unas letras más pequeñas, de color negro, decían: "Propietario: Mauro Díaz". Diez años después, Mauro Díaz moriría exactamente en el mismo sitio donde se bajó del bus.

Y murió como nadie en el pueblo se imaginó jamás: en el pavimento, con la cabeza aplastada por una llanta trasera de un tractor. Era inconcebible que un hombre como el fotógrafo, misterioso sí, pero demasiado precavido en su andar de ciclista solitario, pereciera, precisamente, en un accidente tan absurdo. Tanto era así, que cuando el tumulto de muchachos despavoridos se dirigió por la Calle del Embudo, gritando a los cuatro vientos "¡Mauro está muerto, Mauro está muerto!", hasta la casa de doña Isabel, ésta se paró en la puerta de la calle y se puso las manos en la cabeza.

- ¡Claro, lo mató la cerveza! - gritó.
Fue lo único que se le ocurrió decir en medio de la confusión. Y, sin embargo, no era una afirmación fortuita. Aunque nunca nadie lo había visto borracho, Mauro era uno de los hombres que más cerveza tomaba en el pueblo. Desde la mañana, cuando salía en su bicicleta con su pelo embadurnado de brillantina y su antiguo estuche de fotógrafo colgando en el hombro izquierdo, saludando de paso a las jovencitas que salían con sus ollas de agua a regar el frente de sus casas para que la brisa no levantara polvo, hasta la media noche, cuando lo único que se escuchaba era el estruendo inquietante producido por el silencio nocturno.

Tomaba en todas las cantinas. Pero en ninguna bebía de seguido más de una cerveza: "La obligación me llama en otros sitios", decía. Quizás era ese el secreto para no emborracharse: todo el líquido fermentado que consumía lo sudaba, hasta más no poder, por cada uno de sus poros, mientras manejaba su bicicleta en las sofocantes calles, abrazado por un sol asfixiante. Tampoco se sentaba a beber en torno a una mesa, como los demás, sino que se paraba frente al mostrador con la botella en una mano y se secaba el sudor con el pulgar de la otra.

Alguna vez le dijo a alguien que él no era cervecero por vicio, sino por mandato de su oficio. "A nadie le gusta tomarse más fotos que a un borracho", argumentaba. Decía que el hecho de llegar a una cantina y tomarse una cerveza, era el pretexto para que los borrachos le pidieran fotografiarlos. Podía ser cierto. En un pueblo donde los bautizos y la Primera Comunión se hacían anualmente, y donde los matrimonios y las fiestas de los quince años eran escasos, los únicos sitios seguros para el negocio de fotógrafo eran las cantinas, donde los hombres se retrataban mostrando orgullosos, sobre una mesa al aire libre, las botellas vacías, para adornar las paredes de bahareque de sus casas con la foto de sus parrandas.


Lo único diferente que hizo Mauro Díaz el día de su muerte fue entregar una foto en su casa. Ya se había bañado y estaba encerrado en su cuarto, cuando doña Isabel golpeó la puerta. "Vea, Mauro, lo busca una muchacha", dijo. Mauro salió todavía en chanclas, con su pantalón puesto, sin camisa, y con la toalla húmeda colgada de su cuello. Era la primera vez que alguien iba hasta la casa a buscar un trabajo, pues la gente prefería parar a Mauro en la mitad de la calle, o esperar que él, como era lo habitual, llevara la mercancía, en su bicicleta, hasta la vivienda del cliente. Al ver a la joven, Mauro comprendió de inmediato: era una de las muchachas del pueblo que se iban en manadas hacia la lejana y fría Bogotá a trabajar como empleadas domésticas en las mansiones de las familias ricas de la capital del país y que regresaban anualmente, en navidad, con un petulante aire de civilización, para enloquecer los corazones de cuanto muchacho se les atravesaba. "Ah, carajo: Te vas hoy", le dijo Mauro con serenidad. Sacó del cuarto una bolsa de papel repleta de fotos recientes. "Yo quiero verlas todas", le propuso la joven con una sonrisa de picardía. Mauro le dio la espalda en el acto y empezó a repasar el manojo de fotografías, una por una, buscando la requerida.


- Estas vainas son íntimas y no las ve sino el dueño cuando las vaya a sacar - dijo.

El Corregidor había terminado de medir. Los policías recogían el metro mientras retiraban a la gente que se agolpaba sudorosa en torno al cadáver de Mauro Díaz. Los buses intermunicipales que pasaban por la carretera, se paraban para que los pasajeros miraran a través de las ventanillas. El Corregidor se puso frente al cuerpo inerte. Sacó el pañuelo para limpiarse el sudor. Miró intensamente la cabeza deformada de Mauro. Exhaló un suspiro largo y profundo.

- El pobre: hoy me había saludado cinco veces - dijo.

Los que alcanzaron a escucharlo sabían que el Corregidor no había mentido. Era la reputación bien ganada por Mauro en el pueblo: un hombre saludador. Si diez veces pasaba por una casa, igual número de veces saludada a sus dueños. Y saludaba también a todo el que encontrara en la calle. Cuando llegaba a las cantinas iba de mesa en mesa estrechando la mano a todos, conociera o no conociera, antes de pedir la cerveza: una vez pasaba por la Calle del Algodón, luchando no sólo contra el calcinante sol del medio día, sino también contra la arena inclemente que le atollaba su bicicleta. Pasó frente a un par de ancianos que se echaban frescos con un abanico de mano, sentados bajo un palo de mango. Mauro los vio y saludó: "Adiós al viejito". Al caminar cien metros se dio cuenta de su error: se devolvió más acalorado que de costumbre y se paró de nuevo frente a los viejos.

- Y a la viejita también - dijo.

No se lo perdonó nunca. Y para tratar de compensar aquello, le hizo instalar a su bicicleta un cornetín con una vejiga de caucho - No volvió a abrir la boca para saludar a nadie: bastaba con apretar la vejiga y el pito del cornetín saludaba de un solo quejido a cualquier grupo de personas. Ya no faltaba sino levantar el cadáver. El señor Néstor, el dueño de la droguería, ofreció su campero para trasladar el cuerpo. "¿Y a donde lo van a llevar?", preguntó alguien. Era una pregunta razonable.

En los diez años de permanencia en el pueblo, Mauro no mencionó nunca ningún familiar. (Tal vez porque nadie le preguntó). Y tampoco se conocía en el caserío a alguien afín, capaz de hacer el gasto, no únicamente del entierro, sino también de las nueve noches de velorio. Sólo se le conoció una novia que terminó con él hacía ya tres años, pues se aburrió de las visitas de un hombre, todas las noches a las siete en punto, que permanecía callado durante los 15 minutos exactos de la visita, frente a la puerta de la casa, sin bajarse siquiera de su bicicleta, con un estuche de fotógrafo sobre las piernas. "En mi vida no he tenido sino dos novias: mi bicicleta y mi cámara", fue su consuelo en aquella oportunidad. Doña Isabel había llegado antes de la pregunta, ahogada por aquella temperatura bochornosa, en medio de la estampida de muchachos.

- ¿En dónde más lo van a velar?: en mi casa, carajo, que también fue la casa del difunto - respondió.

Los curiosos no se sorprendieron. No era la primera vez que doña Isabel mostraba esa firmeza de carácter en relación con Mauro Díaz. El fotógrafo, a los seis años y medio de haber aparecido, salió de la casa a pie, como siempre que iba a Valledupar, capital de la provincia, para mandar a revelar los rollos. Llegó hasta la carretera, como llamaban en el pueblo a la calle central, por donde pasaban los buses de rutas nacionales. Lo vieron subir a un carro y no se supo más de él hasta ocho meses después.

Mauro Díaz había dejado atrás una serie de deudas que se hicieron evidentes tres meses antes de su reaparición, cuando sus clientes, juntos con la dueña del restaurante y los propietarios de cantinas, se presentaron el mismo día a la vivienda de doña Isabel para exigirle que les permitiera entrar a la pieza de Mauro con el fin de confiscar todos sus bienes. A doña Isabel le parecía imprudente actuar de esa forma, pues su inquilino había dado muestras de honestidad y si no regresaba aún era, quizás, porque algún inconveniente imprevisto se lo había impedido. Así se los hizo saber.

- Además, él no me ha entregado llaves, por lo tanto este sigue siendo su cuarto. Y sólo pasando sobre mi cadáver podrán abrir esa puerta - enfatizó.


Acordaron esperar a que se completara el año. No fue necesario: Mauro Díaz llegó antes del tiempo fijado, por los días en que estaban pavimentando la carretera. Se presentó tal y como era él: serio, saludando a todo el mundo, con una caja llena de trabajos realizados. Los entregó uno por uno y pagó todas sus deudas. Sólo cambió en un aspecto: pagaba de contado las comidas en el restaurante, la cerveza en las cantinas, y no volvió a recibir dinero adelantado por sus fotografías.


El Corregidor dio la orden de levantamiento. Los dos policías subieron el cuerpo de Mauro al carro del señor Néstor. El campero arrancó y se alejó de aquel lugar funesto, seguido de una muchedumbre desconcertada todavía. El sitio fatal quedó desolado. Precisamente por eso, nadie se percató del tipo alto y delgado que se bajó de un bus nuevo.

La contextura del señor contrastaba con la figura baja y gorda de quien antes se llamó Mauro Díaz. El hombre llevaba un reluciente estuche de fotógrafo colgado en el hombro derecho y una maleta de cuero. Así recorrería las calles ardientes del pueblo: a pie, con una cachucha azul sobre su cabeza gacha, sin saludar a nadie, parándose frente a las cantinas, despreciando las cervezas ofrecidas, esperando que un borracho nostálgico lo llamara para fotografiarse. Eran las tres y veinte de la tarde.

El único que lo vio, sin mirarlo, fue Evaristo, el encargado de las mesas en los billares "El Profe". Pero su mirada no era de curiosidad. Era la mirada perdida de una persona entregada a sus meditaciones: Evaristo no podía aceptar la realidad de un hombre que se había despedido de él hacía menos de media hora, y, ahora, estaba tirado sin vida sobre una mesa, esperando el ataúd pagado por el pueblo con sus donaciones. Y menos aún: Mauro Díaz murió en un ridículo accidente de tránsito. Si el mismo Evaristo había visto cómo el fotógrafo duraba hasta cinco o diez minutos parado en la orilla de la carretera, esperando a que pasara cualquier vehículo lejano para atreverse a cruzar. Esa tarde llegó al billar como lo hacía a cada rato. Saludó a los jugadores y a los mirones habituales que se apilonaban alrededor de la mesa para recibir del ganador de cada partido el símbolo del triunfo: una cerveza helada. Mauro pidió su cerveza. Se la tomó parado frente al mostrador. La pagó y salió. Evaristo lo siguió hasta la puerta. Ambos arrugaron la cara: el sol pegaba de frente. Mauro montó en su bicicleta y se alejó. "Nos estamos viendo, hermano", dijo. "Bien", le respondió Evaristo. Fue todo lo que hablaron: nada.


Y enseguida sucedió todo: el fotógrafo vio al tractor que venía y quiso orillarse un poco para darle la vía. Tropezó con el maldito perro negro que olfateaba el orín de una perra en celo. Y cayó. La máquina venía demasiado encima como para evitar lo peor. Una llanta delantera pasó sobre el pecho de Mauro. En fracciones de segundos, el fotógrafo intentó incorporarse. Fue cuando Evaristo vio aquellos ojos vidriosos posarse sobre los suyos. Pero fue una visión fugaz: una de las ruedas traseras pisó la cabeza de Mauro Díaz, el fotógrafo. Evaristo no pudo más. Dio media vuelta y quedó frente a los jugadores de billar.


- ¡Mierda, lo mataron! - gritó.

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