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| Germán Vaegas Lobo, en pleno procedimiento |
Por John Acosta
Amarilis Calderón de Vargas sintió el azote de la indiferencia que la golpeó con fuerza en sus entrañas de madre ese día que llegó a su casa en Valledupar, procedente de New York, junto con su esposo. Apenas le abrieron la puerta de la casa, alguien tenía cargada a su pequeña María Claudia, la menor de sus tres hijos, de apenas ocho meses de nacida, y Amarilis quiso cargarla enseguida para recuperar los 15 días perdidos con su bebé, que se había quedado con la enfermera y con la abuela materna, por ese bendito viaje de vacaciones a norteamérica. Y, entonces, sucedió: la niña no reconoció a su mamá y le lanzó los brazos a su padre, el especialista en vías digestivas y endoscopista Germán Vargas Lobo. Ese detalle salvó a Amarilis de morir a los pocos días en el atentado con bomba al hotel Hilton, de Cartagena, donde, tristemente, falleció el hombre de su vida: el médico que sigue amando con el alma.
El ‘viejo’ del aeropuerto
La adolescente Amarilis llegó al aeropuerto de Valledupar con la intención de bailar en una comparsa que participaría en los carnavales de ese año. Venía de Medellín, a donde vivió nueve años porque su padre, Juan Daniel Calderón, se llevó a su familia para allá con la intención de que sus hijos estudiaran en excelentes colegios. Y, entre las personas que esperaban a allegados en la terminal aérea, vio a un señor que le galanteó con la mirada. “Ay, vee, ese señor es muy viejo para mí”, se dijo ella para sí misma. Era el médico Germán Vargas Lobo, que había llegado unos años antes (en 1973) a trabajar en el hospital de Valledupar. La joven estudiante de bachillerato se tranquilizó un poco cuando descubrió que el hombre que la cortejó momentos antes había ido a esperar ese día a su novia al aeropuerto.