Por John Acosta
La onda explosiva destruyó hasta el antiguo trapiche en donde los trabajadores molían la caña dulce. El ruido ensordecedor se diseminó por toda la zona, tropezó con los cerros adyacentes y se elevó por el aire junto con los miles de trozos humanos que volaron entre la madera y el barro de las paredes. Al final, sangre esparcida, árboles gigantescos sacados de raíces. Desolación total. Y ni un gramo de pólvora.
No es una escena de las múltiples bombas del narcotráfico, cuyas destructoras ondas expansivas tratan de someter a la patria a los requerimientos caprichosos de los delincuentes. Ni de las bombas con que el Estado colombiano combate los campamentos de los armados ilegales. Tampoco es producto de la fantasía violenta de Hollywood. Es un ejemplo extraído de la historia que muestra el poder exterminador de la pólvora.
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