| La iglesia de La Junta, tierra del cacique Diomedes Díaz |
Por Luis Adolfo Payares
Dicen en los pueblos calientes
del Caribe que hay muchachos que no nacen del vientre de una mujer, sino del
eco de un acordeón, de ese soplo que hace el fuelle cuando salen las notas. A
uno de esos conocí yo, hace muchos años, en una iglesia pequeña donde el sol
entraba por las rendijas como si también quisiera persignarse. Le decían
Jhoncito, y era monaguillo desde antes de aprender a caminar, incluso antes de
amarrarse bien las sandalias.
Jhoncito tenía una rara costumbre: cada vez que sonaban las campanas de las seis, se quedaba mirando la puerta del templo como si esperara a alguien. No a un santo, ni a un difunto, ni a una novia escondida, sino a un hombre de voz recia y tristeza cantada, uno que todavía no había llegado, pero que ya parecía andar rondando en el aire como un presagio, como una brisa que jalona el destino.
