| La iglesia de La Junta, tierra del cacique Diomedes Díaz |
Por Luis Adolfo Payares
Dicen en los pueblos calientes
del Caribe que hay muchachos que no nacen del vientre de una mujer, sino del
eco de un acordeón, de ese soplo que hace el fuelle cuando salen las notas. A
uno de esos conocí yo, hace muchos años, en una iglesia pequeña donde el sol
entraba por las rendijas como si también quisiera persignarse. Le decían
Jhoncito, y era monaguillo desde antes de aprender a caminar, incluso antes de
amarrarse bien las sandalias.
Jhoncito tenía una rara costumbre: cada vez que sonaban las campanas de las seis, se quedaba mirando la puerta del templo como si esperara a alguien. No a un santo, ni a un difunto, ni a una novia escondida, sino a un hombre de voz recia y tristeza cantada, uno que todavía no había llegado, pero que ya parecía andar rondando en el aire como un presagio, como una brisa que jalona el destino.
La gente no entendía aquella
espera. El cura pensaba que el niño tenía distracciones del demonio, o que
padecía alguna enfermedad rara. Las beatas murmuraban que se le metían visiones
en la cabeza por dormir cerca de la sacristía. Pero Jhoncito sabía lo que
hacía. Decía que, algunas madrugadas, mientras cambiaba el agua de los floreros
del altar, oía un canto lejano que no venía del coro ni del viento, sino de más
allá de la polvareda de los caminos, donde las penas y las ánimas, aprenden a
volverse canción.
—Viene un hombre grande —decía el
muchacho—. No grande de tamaño, sino de destino.
Y como en los pueblos del Caribe
hasta las profecías brotan sudor, nadie le discutía demasiado.
Una tarde de agosto, cuando el
cielo estaba tan amarillo que parecía untado de yema de huevo, llegó al pueblo
una comitiva de músicos, curiosos y caminantes. El polvo se levantó detrás de
ellos como si el camino quisiera seguirlos oyendo. Al frente venía un cantor de
sonrisa cansada, sombrero ladeado y ojos de quien había visto el amor y la
desgracia sentados en la misma mesa. Cuando puso un pie en la plaza, los perros
dejaron de ladrar, las matas de cayena se estremecieron y una anciana que
llevaba treinta años sin hablar soltó, clarita, una sola frase:
—Ese es.
Era Diomedes Díaz.
Nadie supo bien por qué entró a la iglesia. Algunos dijeron que iba huyéndole al bullicio. Otros, que venía a cumplir una promesa vieja. Jhoncito, en cambio, no se sorprendió. Lo estaba esperando desde hacía siglos, aunque apenas tuviera doce años.
El monaguillo se acercó con la
bandeja del incienso entre las manos temblorosas. Diomedes lo miró como si ya
lo conociera de otra vida, o de una parranda anterior al mundo.
—¿Y tú quién eres? —le preguntó.
Jhoncito bajó la cabeza, pero
respondió con la firmeza de aquellos que son elegidos, no se sabe por quién:
—Soy el monaguillo que le cuida
los silencios, señor.
Dicen que Diomedes soltó una risa
tan profunda que hizo vibrar los vitrales. Luego se arrodilló frente al altar
mayor, cosa que nadie esperaba de un hombre tan hecho a las noches largas y a
las guitarras, parrandas y amanecidas. Cerró los ojos, y por un instante la
iglesia entera olió a tierra mojada, a tabaco, a vela derretida y a nostalgia.
Desde aquel día, cada vez que
Diomedes pasaba por el pueblo, entraba al templo aunque fuera un minuto. No
pedía agua bendita ni consejo; solo se sentaba al fondo, mientras Jhoncito
encendía una vela sin que nadie se lo ordenara. Entre los dos no hacían falta
muchas palabras. Uno traía la música que cargan los mortales; el otro, el
recogimiento de quienes aprenden a hablar con lo invisible.
Con el tiempo empezó a decirse
que las canciones de Diomedes sonaban distintas después de visitar aquella
iglesia. Que salían con un temblor más humano, como si les hubieran puesto una
oración por dentro. Y también se decía que Jhoncito, cuando balanceaba el
incensario en las misas, dejaba en el aire un compás secreto que solo entendían
los acordeoneros tristes.
Una noche de diciembre, mientras
el pueblo dormía entre chicharras y calor, Jhoncito desapareció. No hubo
llanto, ni búsqueda, ni rastro. Solo encontraron sus sandalias junto al altar y
una vela encendida que duró tres días sin consumirse. El cura dijo que aquello
era imposible. Pero en ese pueblo ya nadie discutía con los misterios.
Muchos años después, cuando
Diomedes cantaba y el público lloraba sin saber por qué, hubo quienes juraron
ver, detrás del brillo de las tarimas, a un muchachito vestido de monaguillo,
moviendo una campanilla diminuta al ritmo del vallenato. Y cada vez que eso
ocurría, la voz del cantante subía más limpia, más honda, como si alguien desde
el otro lado del mundo le estuviera acomodando el alma.
Por eso, en la costa todavía hay viejos que aseguran que Diomedes no cantó nunca solo. Que entre verso y verso lo acompañaba un monaguillo invisible, uno que había aprendido a servir misa y a cuidar canciones con la misma devoción. Contó una vez el gran cronista Ernesto Mcausland que en una de sus entrevistas al “Cacique de la Junta”, escuchó el tintineo de una campana, y pudo ver la imagen de un monaguillo al lado de Diomedez.
Y si alguna noche usted oye un
vallenato de Diomedes, mezclado con campanas de iglesia, no se asuste, puede
ser que Jhoncito siga por ahí, encendiendo velas, y regando incienso, para que
los acordeones no se apaguen y los cantores no se queden en la “oscurana”.
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