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2 ago 2011

El Placer de una maestra de vereda

Por John Acosta

Desde el primer día en que llegó a su propio pueblo a oficiar como maestra, Mábel Esther Vega Montano recibió el azote de la discriminación. «Qué puede saber la negrita de María», supo que dijo una señora del caserío. Y ella, la hija de la señora María, se propuso trabajar duro y parejo para demostrarle a la incredulidad de sus paisanos que sí se podía ser profesor, aunque se naciera en una vereda tan apartada del mundo como El Placer.

Había hecho hasta tercero de primaria entre el enjambre de muchachos asustados que se aglutinaban en un solo salón para recibir las clases de una maestra que debía repartir el día entre los oficios de su casa y enseñar un ratico a los niños de primero, otro a los de segundo y otro a los de tercero, en una maratón admirable para una profesora que ni siquiera había iniciado el bachillerato. El Placer era una vereda de ocho casas de barro y techo de paja, regadas entre las lomas que están en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

La crónica y el Nuevo País

(Fragmentos de la conferencia sobre Nuevo Periodismo para un Nuevo País, dictada por Juan Gossaín en Riohacha, el 3 de agosto de 1991, durante el seminario Actualización en Radio, Prensa y Televisión)

Esta mañana se dijo aquí, anticipándose a lo que yo iba a decir, que dentro de este panorama del Nuevo País y del nuevo periodismo y del nuevo periodista colombiano, se ha ido perdiendo la crónica en los periódicos. Esa crónica sabrosa, de ambiente, en la que se mezclan rasgos literarios con hechos periodísticos. Yo debo decir que lo que ha desaparecido es la crónica, pero no los cronistas. Me aterra pensar que los periódicos están eliminando al cronista. La respuesta que le dan a uno siempre es "se acabaron los cronistas".

1 ago 2011

No tengo lápiz

Por John Acosta

Son las seis y media de la mañana. El sol fonsequero se ha levantado a cubrir el municipio con su brillo intenso. Ni una sola nube en el cielo: otro día más de calor. Ada Luz espera un carro parada ahí, en la avenida principal del municipio de Fonseca, en el departamento de La Guajira. Viene un taxi de los que viajan a San Juan del Cesar. Le extiende la mano. Nada. No se detuvo: iba con el cupo lleno. Cinco minutos más. Y pasa un bus. El ayudante se para en la puerta. «¿Para dónde va?», le pregunta. Ella teme que no la recojan. «Para adelante», responde. Y se sube.

Fútbol al calor

Por John Acosta

La calle estaba recién pavimentada. Los muchachos recogieron con pala la arena que los contratistas del municipio habían echado para fraguar el concreto. Eran las 2:00 de la tarde de un día caluroso. A esa hora, el sol había aparecido con toda la intensidad después de una mañana nublada que mantuvo amenazado a todo el mundo con la inminencia de un aguacero que nunca llegó.

Los muchachos habían estado planeando el partido desde muy temprano, pero el amago constante de la lluvia hizo posponer el juego a cada rato. El sol salió en el momento que empezaron a hacer toques de calentamiento con el balón en la calle de siempre. Las interrupciones por el tráfico de vehículos obligaron a buscar una alternativa diferente a la de aquel sitio. Fue entonces cuando surgió la idea salvadora.

28 jul 2011

El mundo, después del incendio

Por John Acosta

El crepitar incesante de las llamas se entrelazaba en el ambiente con los gritos desesperados de las niñas que estaban dentro del rancho encendido. El fuego devoraba sin compasión los leños resecos que componían las paredes de la casa. Una pequeña de tres años corría casi muerta del pavor alrededor de la vivienda que ardía, buscando algún resquicio por donde entrar y ayudar a sus dos hermanitas. No encontró cómo porque la candela estaba regada por todas partes. La rapidez mental de su inocencia permitió que la iluminara la idea de salir a buscar ayuda en la soledad del desierto de la Alta Guajira. Después de dar vueltas en medio de su angustia, se encontró con un indígena que pasaba lejos de allí. El hombre se compadeció del llanto de la pequeña Einma Newball y corrió con ella hasta la ranchería. Era demasiado tarde: ya no quedaba nada. La niña, asfixiada por su propia impotencia, se desmayó.

26 jul 2011

Punta Gallina, un esplendor natural en La Guajira

Por John Acosta

Un hombre desenreda su red, sentado sobre una roca a la orilla del mar. Está concentrado en su oración mitológica de pescador creyente. Unos doscientos metros más allá, una cabra busca refugio bajo la sombra protectora de una lancha que se encuentra fuera del agua. Al fondo, la proyección del sol de las 10:00 de la mañana da un color plateado, al mar quieto.

Una pequeña, agradecida con el mundo por haberle regalado la libertad de vivir feliz en la soledad del desierto, que le permite andar por esas tierras con su cuerpecito frágil de niña dichosa, cubierto apenas por una pantaletica, mira al viejo que desenreda la red: dos generaciones diferentes, dos géneros opuestos y una sola raza: la altiva wayúu, capaz de enfrentar la crudeza de aquella tierra árida y sin más fortuna que la poesía derramada en su paisaje.

Cerro Pintao sí tiene doliente

Por John Acosta

No está pintado: es real. Su nombre obedece a la coloración especial que toman las rocas sedimentarias que lo conforman. Quien tiene el privilegio de sentarse, extasiado por la extraña felicidad que irradia el espíritu, al ser testigo de un nuevo amanecer, tomándose una humeante totuma de café desde el patio de su casa en San Juan del Cesar, en Villanueva, en El Molino o en Urumita, sin camisa y calzado con guaireñas, puede ser testigo de lo que sucede allá, a 3.450 metros de altura: el amarillo intenso se cierne sobre el último páramo de la cordillera Oriental, a medida que los rayos solares van apareciendo.

Al medio día, cuando el sol está colgado en la mitad del cielo, las personas, bañadas en sudor y desesperadas por un calor agravado con el plato de sopa hirviente que acabaron de tomar, tienen que salir al patio en busca de auxilio bajo la sombra de los palos porque dentro de sus casas el ventilador de techo sopla un aire caliente, ven allá arriba, en la Serranía del Perijá, un azul grisáceo que resplandece en el páramo más septentrional de Suramérica.

La Junta, un querido rincón en La Guajira

Por John Acosta
Fotografías: Fabián Acosta

Balneario El Salto, en La Junta
El esclavo de Mamá Niña volvió a nacer ese día. A pesar del odio reprimido, alimentado por su condición ancestral de ser inferior, el negro le agradeció en silencio a su ama el que le hubiere perdonado la vida. La Junta estaba formada, entonces, por dos o tres hatos tan inmensos, que el ganado debía clasificarse según el color de las reses. Los dueños eran españoles aventureros que se arriesgaron por esos parajes en busca de sabanas para el pastoreo y se establecieron allí a mediados del siglo XVIII.

3 feb 2011

El Niño Dios, desde la hamaca

Por John Acosta

Esa noche, Aura Elisa Mendoza de Acosta (la vieja Aba) no pudo dormir. Desde que despidió la última visita rutinaria que le hacían sus vecinos, todos los días después de la cena, para reírse con anotaciones chistosas, ella empezó a preguntarse qué iba a ser si su hijo Alcides de Jesús no aparecía con los juguetes. Después de ponerle la tranca a la puerta de la calle, se paró frente al viejo cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que colgaba en una de las paredes de barro de la sala, se llevó las manos a la cabeza en señal de súplica, miró fijamente a la imagen religiosa y desahogó con una sola frase el tormento espiritual que sentía en ese momento.

- Pobres mis muchachitos - dijo -. Dios mío, ayúdame.

Así fueron los inicios del M-19 en la democracia

Por John Acosta


La tarima estaba montada. La gente llegaba en grupos y solos. Una pareja de novios bajó de una buseta, se coló entre las personas y se ubicó en las barandas metálicas que habían puesto alrededor del escenario. Algunos prevenidos llevaron sus paraguas: el tiempo amenazaba con unos nubarrones negros que se la habían pasado todo el día dando vueltas en el cielo de Barranquilla. Nadie repartía banderas: cada uno llevaba la suya. Ni camisetas. Y, sin embargo, la gente llegaba.

Los tradicionales buses repletos de personas de todos los barrios de la ciudad, contratados siempre para transportar a los animadores fugaces de las manifestaciones políticas, no aparecieron por ningún lado. Un vendedor de «raspao» adornó las botellas que contenían las esencias de su producto con los tres colores del movimiento que esa noche proclamaba la candidatura de Gustavo Bell Lemus a la Gobernación del Atlántico: azul, blanco y rojo. Y en el centro, con letras negras, el nombre: “AD M-19".

Alicia Barros: cómo se forja una líder wayuu

Por John Acosta


Alicia Barros Velásquez, líder wayuu

La pequeña Alicia Barros Velásquez aprendió a tejer para hacerle honor a su carácter indomable: porque le dio la gana. Había quedado huérfana a los cinco años de edad y su hermana mayor se hizo cargo de ella para criarla con el rigor de las leyes indígenas. Desde que nació, Alicia vivió en la ranchería ware-waraw y muchas veces dejó de ir a jugar con las demás niñas para quedarse viendo, con un interés inusual para su corta edad, la maestría con que las mujeres del lugar tejían sus corotos de uso. Su imaginación infantil no le permitió percatarse, entonces, de lo mucho que le costaría a ella aprender a realizar esos trabajos artesanales.

La Luna dio a luz en La Guajira

Por John Acosta



Tenía razón el Jefe de Alberto Girado Caballero: si no se ponía las pilas, su trabajador recién llegado no le duraría mucho. No soportaría la soledad de un campamento tan distante del bullicio citadino a que el nuevo empleado estaba acostumbrado y se iría en poco tiempo. El «patrón» debía de hacer algo urgente para poder retenerlo. Se empeñó, entonces, en buscarle novia a Alberto Girado para que se amañara en aquel lugar solitario. Esa determinación le causaría el dolor de cabeza más largo de su vida porque no contó con que su trabajador de estreno tenía un corazón sediento de amor, capaz de sucumbir enseguida ante los remezones que le propinara la actitud hogareña de una dama bonita.

Bell cerró campaña a bordo de un helicóptero

Por John Acosta


Gustavo Bell Lemus
El campero llegó al edificio de la calle 80 a las nueve de la mañana. Carlos Escobar, el coordinador de la campaña, fue hasta la portería para timbrar en uno de los apartamen¬tos. «Ya baja», dijo después de volver al carro. Hacía sol. El día empezaba a calentar. EL ruido de una aeronave invadió de pronto el sector. Era un helicóptero que repartía unos volantes desde el aire.

En la calle, la gente salía corriendo para coger su mensaje. Carlos Escobar sonreía satisfe¬cho: eran hojas que contenían un llamado de Gustavo Bell Lemus, candidato a la Gober¬nación del Atlántico. La figura del primer aspirante al cargo público del departamento apareció sonriente detrás de los cristales de la puerta del edificio. Saludó a sus compañeros de viaje y subió al carro.

1 feb 2011

La gota fría en Navidad

Por John Acosta

El Niño Dios se tardó 16 años para cumplirle los deseos al pequeño Emiliano Antonio Zuleta Baquero. El muchacho había nacido el 11 de enero de 1911 en la entonces remota y desconocida aldea de La Jagua del Pilar, una población perdida entre la exótica vegetación de las estribaciones de la Serranía del Perijá, en una época en donde no existían las tiendas y los cerdos valían por su contenido de manteca, mas no por la carne que tenían. El pequeño tuvo que esperar más de década y media para obtener lo que sería el encanto su vida: un acordeón.

Recuerdos navideños de una infancia feliz

Por John Acosta


La noche se anunciaba con el sonido de los animales montunos. La mancha negra se desprendía de las ventanas, de las puertas y de cualquier hendija para esparcirse por la inmensidad del campo.
En la casa, los niños esperaban impacientes el paso de los minutos. Todos rodeaban el arbolito de Navidad con su base llena de regalos. Así, juntos y en compañía de los grandes no se asustaban con sus propias sombras.

Además, esa noche los cuentos del abuelo no fueron sobre brujos o aparecidos. Sino sobre el Ni¬ño Dios. Eran las 11:45 de la noche del 24 de diciembre.

El niño Juan Guillermo Ángel Mejía era el más impaciente para que llegaran las 12:00. Un diminuto paquete, envuelto en papel de regalo, tenía una tarjeta con su nombre. ¿Qué podría ser aquello tan pequeño? ¿Por qué los paquetes de sus primos eran más grandes? ¿Qué había hecho él para que lo castigaran con un regalo tan pequeño como ese? ¿Acaso ese año no se había portado bien, precisamente para merecer un gran regalo? Miró el enorne reloj de cuerda que estaba en la pared. Nada: todavía no eran las 12:00.

En Colombia, sería mejor nacer adultos

(Tomada de El Mundo.com)
Por John Acosta


Jaime Orlando Popayán salió a comprar carne. La brisa helada que bajaba de vez en cuando de lo alto del cerro donde está incrustado el barrio, mermaba el encanto de aquella tarde soleada. No era la primera vez que hacía un mandado.

Las circunstancias trágicas de la vida se encargarían de que fuera la última.

Elizabeth de Popayán, su madre, lo vio salir con la alegría de costumbre. Le acababan de entregar el billete con el que debía comprar la carne. "Cuidado con los carros", le dijo. Se lo decía siempre. "Bueno", era lo único que podía responderle un niño de nueve años a su mamá protectora. Eran las dos de la tarde.

En Pereira, detrás del brillo de un par de zapatos

Por John Acosta


El cepillo pasaba una y otra vez. En cada ir y venir dejaba el brillo de los 54 años de experiencia. El resplandor aparecía poco a poco, como un milagro de orfebrería en medio de la rapidez del tiempo. Hasta que parecía un espejo de cuero, por más increíble que sonara.

Venía entonces el golpecito en la suela: lánguido, casi imperceptible. No por falta de ánimo, sino por prudencia. Aparecía enseguida el billete de quinientos pesos. Podría ser de mil. Pero ese era de quinientos.