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Recuerdos navideños de una infancia feliz

Por John Acosta


La noche se anunciaba con el sonido de los animales montunos. La mancha negra se desprendía de las ventanas, de las puertas y de cualquier hendija para esparcirse por la inmensidad del campo.
En la casa, los niños esperaban impacientes el paso de los minutos. Todos rodeaban el arbolito de Navidad con su base llena de regalos. Así, juntos y en compañía de los grandes no se asustaban con sus propias sombras.

Además, esa noche los cuentos del abuelo no fueron sobre brujos o aparecidos. Sino sobre el Ni¬ño Dios. Eran las 11:45 de la noche del 24 de diciembre.

El niño Juan Guillermo Ángel Mejía era el más impaciente para que llegaran las 12:00. Un diminuto paquete, envuelto en papel de regalo, tenía una tarjeta con su nombre. ¿Qué podría ser aquello tan pequeño? ¿Por qué los paquetes de sus primos eran más grandes? ¿Qué había hecho él para que lo castigaran con un regalo tan pequeño como ese? ¿Acaso ese año no se había portado bien, precisamente para merecer un gran regalo? Miró el enorne reloj de cuerda que estaba en la pared. Nada: todavía no eran las 12:00.

La llama de la lámpara de petróleo se estaba extinguiendo. La abuela cogió el candil, le quitó la tapa y le vertió querosén. La luz de la llama volvió a llenar la sala con el esplendor de su luz recién renovada. Satisfecha, la abuela colocó de nuevo la lámpara en su sitio.

El niño Juan Guillermo vivía intensamente las vacaciones de fin de año. Desde que salía de Pereira, en el viejo camión «Ford» de su abuelo, envuelto en la felicidad inmensa del jolgorio infantil de sus primos, hasta que debía regresar a los salones de la escuela a deletrear las frases de la cartilla Alegría de leer.

Siempre iban a la finca del abuelo, en la vereda de Gaitán. Con el viaje de colchones buscados a la carrera en todas partes, con las provisiones de comida compradas en las tiendas de la ciudad y con la vieja nevera de petróleo que llevaban y traían en todas las vacaciones.

El ahora senador de Colombia Juan Guillermo Ángel Mejía nunca olvidará las atolladas inclementes del camioncito del abuelo en los barrizales de la trocha que los llevaba a la finca y que les hacía bajar la nevera, los colchones y las compras para que fuera más fácil empujar el viejo «Ford» y que después tenían que volver a subir cuando ya habían logrado sacar el carro al otro lado. Tampoco podrá borrar jamás de su mente las pinchadas tremendas a pleno sol o bajo la desgracia de un aguacero sin consideración.

La llegada a la finca. Otra vez la bajada de la nevera, y de los colchones y de los víveres. El regreso del camión a Pereira por los otros primos que no cupieron en el primer viaje. Ni en el segundo. Y quienes, seguramente, padecían las mismas peripecias de quienes llegaron en el primer viaje. Pero nada importaba: era Navidad. Y, además, ahí estaba esa otra vida, misteriosa y descontaminada, que sólo brindaba la finca del abuelo.

Las caminatas por el monte espeso, las bañadas en la quebrada de aguas cristalinas. Reco¬ger cuanta mata rara se encontrara en la montaña incólume para adornar el pesebre. Hacer muñecos de barro que imitaban a humildes pastores de ovejas y a abnegados reyes magos y a la virgen María y a San José. Turnarse en las noches para poder dormir, pues había más gente que colchones regados por toda la casa. Pero los niños peleaban por el turno de vigía porque era más agradable escuchar las historias del abuelo que perder el tiempo en la inconsciencia del sueño.

Los adultos que se quedaban despiertos mataban el tiempo contando historias fantásticas y de terror, mientras les llegaba el turno para dormir. Pero ninguna de esas emociones, que eran infinitas y casi insuperables, se podía comparar con la del 24 de diciembre, a las 11:55 de la noche, cuando contaban cada uno de los segundos que pasaban hasta llegar a las doce en punto. Entonces todos abrían los regalos.
Esa noche, la impaciencia del niño Juan Guillermo Ángel Mejía crecía con el transcurrir de cada milésima de segundo. Hasta que el hombrecito de bronce del reloj de pared golpeó doce veces la campanita que lo acompañaba en esa vida eterna, encerrada entre los cristales relucientes de aquella reliquia de familia. Todos se lanzaron a coger el paquete que tenía impreso el nombre de cada uno.

Después de tanto esperar, lleno de curiosidad por lo que contenía aquel paquetico insignificante, cuando le llegó el momento ansiado, el niño Juan Guillermo Ángel Mejía vaciló en coger el suyo, temeroso de la desilusión que se iba llevar con aquel regalo sin gloria. Hasta que un instante de decisión desenfrenada lo hizo abrir el envoltorio de sus tormentos. Y Juan Guillermo no pudo creer en ese momento que un intrascendente paquetico pudiera guardar tanta dicha para el niño inquieto que habita en su ser. Era un reloj "Mido". El primer reloj de su vida. El regalo más recordado del mundo.

Para un niño de siete años, lucir un reloj, cualquier reloj, en la muñeca de su mano izquierda era sentirse como un adulto consagrado. Pero una marca tan fina, era, cierta¬mente (palabra que volvería famosa un copartidario y paisano suyo mucho tiempo después, desde las esferas del poder), más que eso. Era in-des-crip-ti-ble.

Juan Guillermo miró la oscuridad a través de los barrotes de madera de la ventana tratando de ubicar al Niño Dios entre la espesa mancha negra de la noche, pero supuso que ya debía estar en otro sitio haciendo feliz a otros niños con el regalo de sus encantos. «Gracias», le alcanzó a murmurar.

Crónica publicada el jueves 23 de de diciembre de 1993, en el periódico La Tarde, de Pereira.

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