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Bell cerró campaña a bordo de un helicóptero

Por John Acosta


El campero llegó al edificio de la calle 80 a las nueve de la mañana. Carlos Escobar, el coordinador de la campaña, fue hasta la portería para timbrar en uno de los apartamen¬tos. «Ya baja», dijo después de volver al carro. Hacía sol. El día empezaba a calentar. EL ruido de una aeronave invadió de pronto el sector. Era un helicóptero que repartía unos volantes desde el aire.

En la calle, la gente salía corriendo para coger su mensaje. Carlos Escobar sonreía satisfe¬cho: eran hojas que contenían un llamado de Gustavo Bell Lemus, candidato a la Gober¬nación del Atlántico. La figura del primer aspirante al cargo público del departamento apareció sonriente detrás de los cristales de la puerta del edificio. Saludó a sus compañeros de viaje y subió al carro.

Anoche había presidido una manifestación en Soledad, donde cerca de siete mil simpati¬zantes escucharon los pensamientos de los distintos movimientos que respaldan su candi¬datura. Y ese día, domingo 20 de octubre de 1991, se disponía a cerrar su campaña a bordo de un helicóptero.
El campero rojo, con los afiches de Bell pegados en las ventanillas, llegó al aeropuerto. Ahí estaba la misma aeronave que había repartido los volantes. La piloto, una paisa uniformada con su pantalón azul oscuro y su camisa blanca, se acercó a saludarlo. Hacía un calor insoportable. Gustavo Bell y sus acompañantes sudaban copiosamente.

El helicóptero estaba listo. Los técnicos de mantenimiento le habían pegado un cartel a cada lado y otro en la parte de abajo. En unas letras negras y pequeñas se leía el nombre del candidato, «Gustavo». En la línea inferior, unas letras grandes y rojas decían «Bell». Más abajo: «Gobernador". Todo estaba listo para arrancar. El candidato se sentó en una silla delantera, al lado de la piloto. Atrás, los tres periodistas. La mujer encendió el motor de la aeronave. Gustavo Bell la miró. Dejó entrever una sonrisa.

-En sus manos estará el futuro del Atlántico-dijo.

La piloto le devolvió la sonrisa, " Tranquilo", respondió. Y el aparato subió.

Santo Tomás: no se pudo
Los tripulantes miraban el paisaje. Las aguas del río Magdalena serpenteando por los extensos campos verdes. Las carreteras uniendo los pueblos, que vistos a esa altura parecían estar más cerca el uno del otro. Hasta que apareció el primer municipio de la gira: Santo Tomás.

La mujer que piloteaba el helicóptero preguntó por el lugar donde debían aterrizar. Carlos Rincón, el reportero gráfico de la campaña, señaló una cancha de fútbol. Al sobrevolar el lugar descubrieron que allí no era: unos aficionados jugaban un partido. A la izquierda, un grupo de simpatizantes agitaban unas banderas frente a la iglesia. «Allí sí es», dijo el candidato. La gente señalaba un pequeño lote que estaba diagonal a la ermita.

«Lo siento, pero ahí no podemos aterrizar», dijo la piloto. Tenía razón: los cables del alumbrado público hacían imposible una maniobra.

Gustavo Bell Lemus hizo una mueca de desencanto. Desde los patios de las casas las mujeres saludaban con el primer trapo que encontraban. El candidato a la Gobernación del Atlántico sacó una mano para responderles, mostrando tres de sus dedos que es su número en el tarjetón.

Los manifestantes de la iglesia agitaban desesperadamente sus banderas. Bell Lemus les hizo seña que fueran a la cancha de fútbol, pero no le entendieron. «Nos tocó irnos para Malambo», sentenció la piloto.


Malambo, una foto con Bell
No terminó de hablar cuando ya sobrevolaban el próximo municipio de la gira. En una cancha inmensa esperaba una multitud. El helicóptero empezó a descender. Los niños del pueblo hacían en tierra las mismas maniobras que hacía el aparato en el aire: corrían felices por las calles. Aterrizaron. La gente se abalanzó sobre la aeronave. Los voluntarios de la Defensa Civil trataban de impedir que los curiosos pudieran sufrir algún accidente con la hélice trasera. El calor de las once de la mañana era inmerso.

Bell Lemus se bajó. La gente lo aclamaba y lo abrazaba mientras él caminaba hacia el lugar de la manifestación. Los niños, saciada su curiosidad por el helicóptero, saludaban con sus manos al candidato. Desde las cantinas, a ambos lados de la calle, los hombres gritaban vivas.

Fachada de la iglesia de Malambo
Al llegar a la escuela donde sería el acto político, las mujeres se hacían tomar fotos al lado de Gustavo Bell: tres fotógrafos de oficio hacían su trabajo. Y las interesadas daban la dirección para que les llevaran las fotografías de sus recuerdos.

Un conjunto folklórico empezó a tocar. La gente gritó entonces en coro. «¡Que baile, que baile!», se escuchaba. Una rubia pueblerina lo sacó a bailar. Y junto al sonar de los tambores, las palmas de los asistentes amenizaban el ambiente. «Pobrecito: debe de estarse asando del calor», dijo una señora que trataba de buscar sombra pegada a la pared de la escuela.

Después de pronunciar su discurso, el aspirante a la Gobernación del Atlántico regresó al helicóptero. La piloto encendió de nuevo su aparato de volar. Y los tripulantes se alejaron a través del aire. La gira apenas empezaba. Todavía faltaban los municipios de Sabanalarga, Polonuevo, Baranoa, Puerto Colombia y Galapa. Lo mismo que los barrio Las Palmas y Santa María, de Barranquilla. Era un cierre de campaña desde lo alto.

Crónica publicada en el periódico El Heraldo, el lunes 21 de octubre de 1999.

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