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Una líder indígena que antepone la vida al terror

Por John Acosta


Alicia Barros Velásquez, líder wayuu

La pequeña Alicia Barros Velásquez aprendió a tejer para hacerle honor a su carácter indomable: porque le dio la gana. Había quedado huérfana a los cinco años de edad y su hermana mayor se hizo cargo de ella para criarla con el rigor de las leyes indígenas. Desde que nació, Alicia vivió en la ranchería ware-waraw y muchas veces dejó de ir a jugar con las demás niñas para quedarse viendo, con un interés inusual para su corta edad, la maestría con que las mujeres del lugar tejían sus corotos de uso. Su imaginación infantil no le permitió percatarse, entonces, de lo mucho que le costaría a ella aprender a realizar esos trabajos artesanales.
Alicia Barros haciendo lo que le gusta

Su madre murió con la fama propia de su estirpe de ser una de las más cotizadas tejedoras de la región. Su hermana, en cambio, mostró poco interés por los trabajos manuales y se había hecho el propósito de acabar de raíz con la costumbre ancestral de las mujeres de su familia, que era matar el día tejiendo lo necesario para la casa. Apenas pasaron las nueve noches del velorio intenso, la hermana mayor recogió los hilos y todos los implementos del oficio que dejó la mamá, los guardó en las mochilas inmensas y las colgó en los tirantes del techo de paja, como era la usanza de la época.


La pequeña Alicia duraba horas contemplando desde el piso sin cemento los colores vivos de las mochilas que colgaban. Agobiada por la impotencia, salía con sus amiguitas de ranchería a recoger el barro de la laguna natural que se formaba cerca de allí con los aguaceros escasos. Elaboraban muñequitos de arcilla que ponían a tostar bajo el fuego del sol guajiro. Entonces, se iban a jugar en sus propias rancherías que ellas fabricaban en miniatura en el monte para administrarlas como se les antojara, al fervor de sus fantasías de niñas felices.
Rodeada de sus sobrinos y una de sus primas

Cuando cumplió los ocho años, Alicia Barros se vio con fuerzas para enfrentar a su hermana: le pidió que le diera los hilos de su madre porque ella quería aprender a tejer. La hermana, ofuscada por el atrevimiento de la niña, la paró en seco de una. «No, señorita: eso es para botarlo», le dijo. De modo que Alicia no tuvo más remedio que asirse a su propio carácter.

Aprovechó una de las salidas de la hermana, que se iba siempre a pastorear su rebaño entre la libertad del monte virgen. Había cogido por costumbre dejar a Alicia bajo la custodia de la señora Senobia, una indígena bonachona que se encariñó con la niña. La pequeña Alicia Barrios no desperdició aquella oportunidad. Le pidió a la señora Senobia que le enseñara a tejer. «Búsqueme el hilo, mijita», le propuso la señora.


No lo pensó dos veces. Colocó un asiento de cuero para alcanzar una de las mochilas que tendía de la tirante. Alzó con toda la fuerza de su orgullo el bojote de sus desvelos. Y el peso del caparazón de fique la tumbó sobre la múcura que estaba llena de agua en el horcón del cuarto: cayó hecha pedazos. Alicia quedó petrificada por el terror; eso le significaba una muenda segura y ella conocía muy bien la mano decidida de su hermana. Se repuso de inmediato, ungida por la certeza de que ya no había nada qué hacer. Entonces, rebuscó como loca los hilos apetecidos entre los trastos de la mochila. Encontró tres rollos: uno azul turquí, otro morado y el rojo quemado. «Me van a pegar, pero con gusto», se dijo. Y le llevó los hilos a la señora Senobia.


La vieja amiga de su madre le dijo a Alicia Barros que sólo le hacía falta el horcón para montar su telar. Alicia no se amilanó ante el nuevo requerimiento. Le pidió a Bolichito, el indígena que llevaba la leña a la ranchería, que le cortara un horcón para tejer. «De premio te doy unos tabacos», le dijo. «¿Cuántos?», preguntó Bolichito. «Usted no tenga qué ver con eso: los que le pueda robar a mi hermana», respondió la pequeña.


Cuando regresó a su casa se encontró con la realidad de los pedazos de tinaja regados por el piso sin cemento. No pudo evitarlo, su miedo de niña fue superior a su carácter recio: la traicionó el llanto. Su tío la encontró bañada en lágrimas y ella tuvo que contarle por qué lloraba. El tío, que ya había notado en la sobrina el espíritu indomable de su hermana muerta, se apiadó de Alicia. Al rato, volvió con una múcura igual a la quebrada y la colocó en el mismo sitio donde estaba la otra. Así, Alicia Barros se salvó de los pencazos que le propinaría su hermana.


Bolichito llegó con el mejor horcón que encontró entre los trupillos de la tierra árida. «Hágame el trabajo completo», le señaló Alicia, repuesta de su susto, «entiérrelo en donde mi hermana no lo encuentre nunca». Le pagó con los diez tabacos que pudo cogerle a su hermana. La señora Senobia echó su telar y pudo enseñarle a Alicia Barros Velásquez la primera puntada de su vida, ahí, en la mitad del monte, envuelta por la brisa cotidiana que mitigaba los horrores del sol de siempre. Muchos años más tarde, esa obstinación por el tejido sería la que sacaría a sus primas de los apuros de sobrellevar un hogar sin hombres.


Así empezó para la niña su nuevo mundo de escondijos. La fiebre por el nuevo arte recién aprendido la sumió en un éxtasis profundo que no le daba lugar a nada distinto a tejer. En la mañana, después del desayuno, lavaba los chismes con un interés inusitado y se iba a saciar sus ansias dándole vida a los hilos recobrados. Lo mismo hacía al medio día, después del almuerzo, y en la noche, lo único que le permitiría dormir eran las ganas de que amaneciera rápido para ir a tejer. Antes de llegar al telar, empezaba a dar vueltas por los alrededores para que el que se atreviera a seguirla se perdiera en los laberintos de sus huellas de niña: siempre salía hacia el lugar donde ella y sus amiguitas armaban las historias de su imaginación infantil para que creyeran que iba a jugar.



Nunca le contó su secreto a las demás niñas por temor a que la delataran. Empezó a criar los pollitos que le regalaban para venderlos hechos gallinas y encargar los hilos faltantes a Maicao. La hermana empezó a sospechar que la pequeña andaba en algo raro. Alicia Barros, confiada en que ya no la descubrirían, descuidó sus precauciones iniciales. Hasta que la hermana la pilló en sus andanzas de tejedora novata: se ganó la tunda más grande de su vida.

Pero valió la pena. Cuando la mandaron a realizar su quinto año de primaria en el internado indígena de Aremasain, Alicia Bolaños pudo darle rienda suelta a su creación sin límites. Todavía recuerda el día que se fue. Ella le había dicho al tío consentidor que quería terminar su primaria, y él no vaciló un instante para complacerla. Había hecho primero y segundo, en un solo año, en el internado de Uribia, y tercero y cuarto en Manaure, en medio de las visitas familiares de los fines de semana.
La ida hacia Aremasain fue diferente. Desde que empezó a empacar se dio cuenta de que iba a durar un año sin ver más caras que las que iba a conocer en su encierro académico. Por esa época, La Guajira seguía siendo el lugar más olvidado del mundo y el transporte de un lugar a otro, se convertía en travesías interminables que se hacían a lomo de caballería. Alicia Barros viajó ese día con la mujer de su tío. Se fueron en una mula briosa que el tío preparó con esmero para aquella ocasión especial.

La escapada del encierro



En Aremasain, Alicia Barros aprendió a tejer tapetes, cubre lechos, manteles. «De todo», contaría después. El padre Reginaldo, director del internado, iba a Riohacha a vender las obras artesanales de sus alumnas. «Éramos cuatro chinchorreras», recordaría Alicia más tarde. Cada chinchorro costaba 500 pesos y cuando recibían la plata se iban a Riohacha con el padre Reginaldo, en una vieja volqueta que pasaba por allí, a comprar todo lo que se les antojara.


Alicia Barros llevaba jabón de olor para el baño, peinetas para lucirlas en su cabello, espejos para hacerse acompañar por su propia imagen en las noches solitarias, y hasta un velillo que le llegaba a los hombros para entrar a la iglesia luciendo la moda de la época.

No recibió una sola visita durante el año académico. Sus compañeras, por el contrario, eran visitadas por sus padres y les llevaban lo que producían en la ranchería. Alicia Barros y tres compañeras más, que tampoco podían esperar a nadie por la lejanía en que se encontraban, perdían el tiempo tratando de consolarse la una con la otra porque ninguna estaba con ánimo: terminaban llorando las cuatro. «Nunca, como en ese entonces, me hizo tanta falta mi mamá», confesaría Alicia después. Como si eso fuera poco, la comida del internado la tenía aburrida. En el desayuno comía bollo con chicha; en el almuerzo, maíz sancochado; y en la cena, bollo con agua de panela. «Uno medio respiraba los jueves porque nos daban un arroz boludo con carne salada».


Habían dividido al grupo de internas en dos. Las que atendían las cosechas de maíz, fríjol y yuca y las que tejían. Alicia Barros y sus tres compañeras de infortunios esperaban con ansia las vacaciones de noviembre para poder regresar al mundo mágico de sus rancherías. La hermana superiora les dañó el encanto con una noticia desalentadora: ninguna podía salir sino hasta finales de enero.


Las de los cultivos no podían irse hasta que no recogieran la cosecha que sembraron en agosto y las demás debían tejer los hilos que quedaban en los telares. Alicia Barros se arriesgó a pedir un permiso para ir a visitar a su familia. «Les juro que a la semana estoy de regreso», les dijo. De nada sirvió su palabra de india. Le negaron el permiso con el argumento de que nadie garantizaba que no se quedara en la ranchería para siempre.
Entonces, empezó a planear su fuga en las noches de desasosiego. Se entristeció más cuando descubrió que en una huida así debía salir sin nada. La idea de dejar la maleta con todos los chécheres que había comprado en Riohacha a punta de tejidos, la sobrecogió y no pudo pensar más. Al día siguiente les contó a sus tres compañeras de soledad con la certeza absoluta de que podía contar con sus silencios sin reservas. Eran ellas: Rosario Aguilar, Dionisia y Rosinia. «Me voy contigo», le dijo Rosario. «Yo también», siguió Rosinia. «Y yo», terminó Dionisia.

El día señalado fue el sábado, que era cuando debían ir a tender la ropa en los alambres de la cerca. Las cuatro sacaron sus trapos a las 6:00 de la mañana en el sitio más apartado, cerca al rancho del viejo Moscote, un indígena ermitaño que tenían de vecino. Fueron al comedor a desayunar bien para soportar la dura jornada que les esperaba. Alicia Barros entró a la despensa y se robó dos panelas. «Lo único que no puedo dejar es la vieja hamaca que fue de mi abuela», le había dicho a sus compañeras. La envolvió en una manta y salió al patio.


Pateó la pelota con que jugaban las internas más pequeñas y se topó con sus tres amigas en el rancho del viejo Moscote. Le contaron el plan al anciano, mientras Alicia le entregaba una panela. «Tome para que no le diga a las hermanas por dónde cogimos y borra las huellas para que nadie nos siga», le dijo. Entonces, el hombre soltó la lengua. Dijo que era mejor que se fueran porque esas monjas las tenían como esclavas y ellas no merecían eso porque a leguas se veía que eran de buena familia, que él no diría nada así no le dieran panela y que perdieran cuidado porque él no dejaría ni un solo rastro de la huida.

«Este tipo nos sapea apenas demos la espalda», le secreteó Alicia Barros a Rosario Aguilar. Hicieron que el viejo Moscote las acompañara un buen trecho, ellas adelante, corriendo como cabras y él atrás, trotando como chivato viejo: tenía la panela de su pago en la mochila de fique que llevaba terciada en su hombro derecho. A la media hora de camino, se desgajó el primer aguacero del invierno que azotó a La Guajira a finales de 1954. Las cuatro mujeres lo recibieron felices porque el agua borró las huellas de su fuga.

A las 6:00 de la tarde tenían hambre, después de un día de camino. La sed la calmaban con el agua cristalina de los arroyitos que formaba la lluvia sobre la arena desértica. Habían perdido tiempo al tropezarse con un arroyo crecido, al que no se atrevieron a cruzar hasta que no bajara la corriente: a cada rato una de ellas se metía al agua para ir midiendo el nivel hasta que comprobaron que ya podían pasar a la otra orilla sin el peligro de ser arrastradas.


Llegaron a una ranchería, rodeadas por los últimos vestigios de la claridad del día agonizante. Una adolescente de 15 años calló con autoridad sorprendente a la jauría que ladraba a las recién llegadas. Estaba sola porque la familia había asistido a un velorio para cumplir con el deber sagrado de dar el pésame.


Las cuatro mujeres no pudieron encontrar a una cómplice más fiel en su escapada. La joven las hizo resucitar a su mundo indígena con la comida que les brindó: queso fresco de leche de cabra con fríjol verde sancochado. Las cuatro mujeres sintieron las delicias del regreso sentadas en los chinchorros que colgaban en la enramada al aire libre.
Fue la primera noche de felicidad que pasó Alicia Barros, desde el día que partió de su casa, once meses atrás. Se durmieron tarde contándole a la dueña de casa los pormenores de su vida de internas. A las 6:00 de la mañana del día siguiente, arrancaron de nuevo con un buen pedazo de queso y mazorcas que les empacó con esmero la joven de quince años. Llegaron a la ranchería de Rosario Aguilar con la luz de la luna que se colaba entre las nubes del invierno. Ya para esas alturas del camino a Alicia le habían empezado a preocu¬par los dos regaños que recibiría en su casa: el de la hermana recia y el de su tío adorable.

Los familiares de Rosario mandaron a las tres jovencitas en burro, acompañadas de un adolescente que no volvió a crecer desde ese día: se quedó enano para siempre. «Ahí está todavía, lleno de arrugas y del tamaño de un niño», dice Alicia ahora. De nada le sirvió a Alicia la estrategia de soltar el llanto apenas llegó a su casa. Su hermana la reprendió como nunca y la mandó hasta donde estaba el tío, convencida de que él iba a seguir con la retahíla de un regaño eterno. No fue así. El tío se llenó de felicidad cuando la vio. «Hubieras esperado dos días más porque yo ya estaba preparando las bestias para mandar por ti», le dijo mientras la abrazaba.

Enamorados por montón


Alicia Barros Velásquez había heredado los ojos verdes de su padre arijuna, como llama el wayúu al no indígena. Eso, sumado a las curvas perfectas de sus piernas, a la armonía de sus caderas de pato, a la imponencia de su busto enloquecedor y a la estrechez de su cintura, es decir, su cuerpo de reina, que se insinuaba con la luz a través de su manta de india, enloquecía a los hombres que llegaban a la ranchería.

Ella los despreciaba a todos por igual. Una vez le tiró el tinto caliente a un hombre del interior del país, amigo de su tío, que se atrevió a agarrarle las manos mientras le recibía el pocillo ardiente. «¡No gusto de cachacos!», le gritó en su lengua nativa. Otro día dejó sin comida a uno de sus visitantes asiduos: «A mí no me enamora ningún desdentado», le dijo. La mayoría de sus amigas salían embarazadas después de retozar de amor durante los inviernos con los muchachos buenos mozos que bajaban a la laguna a bañar a sus caballos. Tampoco Alicia Barros sucumbió ante las embestidas de aquellas locuras pasionales.

En uno de sus arranques imprevistos, se fue para Venezuela con unas primas. Allá le horrorizaron las atrocidades del dictador Pérez Jiménez y regresó a la ranchería a hacer lo único que le interesaba en la vida: tejer. Pero ya había flechado en forma encarnizada y sin proponérselo a un arijuna venezolano que se vino de su país a buscar el amor de su vida a este lado de la frontera. Con él tuvo sus once hijos: siete mujeres y cuatro hombres.


Ahora vive en Maicao y su único desvelo es conseguir lo que sea para el bienestar de su gente, que vive en la ranchería de su alma. Con el mismo furor con que aprendió a tejer, le consiguió los ciento diez votos a un político del partido diferente al suyo, necesarios para que les construyeran una escuela a los niños de su raza. «Mis copartidarios me trataron de pastelera, pero los muchachitos ya no tienen que espantar a los animales de las sombras para recibir la educación debajo de los palos», dice orgullosa.


Su vehemencia la llevó a una Fundación para el desarrollo de La Guajira, patrocinada por dos empresas mineras, a solicitar que se implantara el programa de artesanías en su ranchería. A Alicia se le retorcía el alma al ver a sus primas cargadas de hijos con la esperanza trunca de que sus maridos les dieran para la comida. «Lo que quería era que ellas pudieran valerse por sí mismas mediante sus propios negocios», dice.

Al poco tiempo, llegó la instructora de la Fundación y Alicia organizó el grupo de trabajo con los mismos bríos con que planeó la fuga del internado. Sus primas muestran hoy los tejidos que venden, gracias a los préstamos que se les hizo para la compra de hilos.

Su felicidad se deja traslucir a través de sus ojos claros, que no han perdido su brillo a pesar del paso del tiempo. Es fácil darse cuenta de que Alicia Barros no se arrepentirá jamás de haberse atrevido a dar la primera puntada de su vida para conservar hasta el fin del mundo la costumbre ancestral de su estirpe: hacer los mejores tejidos de la región.

Crónica publicada en la revista Lámpara, edición número 130, de 1996.

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