Ir al contenido principal

Así fueron los inicios del M-19 en la democracia

Por John Acosta


Y la tarima estaba montada. La gente llegaba. En grupos y solos. Una pareja de novios bajó de una buseta, se coló entre las personas y se ubicó en las barandas metálicas que habían colocado alrededor del escenario. Algunos prevenidos llevaron sus paraguas: el tiempo amenazaba con unos nubarrones negros que se la habían pasado todo el día dando vueltas en el cielo de Barranquilla. Nadie repartía banderas: cada uno llevaba la suya. Ni camisetas. Y, sin embargo, la gente llegaba.

Los tradicionales buses repletos de personas de todos los barrios de la ciudad, contratados siempre para transportar a los animadores fugaces de las manifestaciones políticas, no aparecieron por ningún lado. Un vendedor de «raspao» adornó las botellas que contenían las esencias de su producto con los tres colores del movimiento que esa noche proclamaba La candidatura de Gustavo Bell Lemus a la Gobernación del Atlántico: azul, blanco y rojo. Y en el centro, con letras negras, el nombre: “AD M-19".


Los grupos empezaron a corear los cantos y a ondear sus banderas tricolores. La avenida, cerrada por la multitud, no alcanzó para albergar a los asistentes: la amplitud del atrio de la Catedral Metropolitana sirvió de refuerzo esa noche de calor. Dos vendedores de butifarra se disputaban el derecho de acabar con las existencias del negocio: se paseaban entre la gente con sus racimos de bolitas de carne colgándoles en la barriga, mientras golpeaban el perol de aluminio con el cuchillo de sus andanzas. Las continuas ráfagas de viento refrescaban un poco el ambiente y se perdían luego con los gritos de los asistentes.


Hasta que se apagaron las luces de la tarima. Y en medio de los aplausos, un grupo musical hizo su aparición. Eran las siete. Las canciones salsómanas eran repetidas por la tribuna que tocaba las palmas con entusiasmo. Un hombre, que servía un vaso de peto caliente a un cliente casual, dejó el cucharón dentro de su balde. «Carajo, ese negro que canta me parece conocido», dijo sorprendido. «Claro, es que esa gente trabajó en Azúcar, le contestó el comprador, refiriéndose a la serie de televisión que se pasaba por esos días. Una pareja de enamorados aprovechaba la sombra clandestina de un árbol que custodiaba la silla más apartada de la plaza de la Paz. Al escuchar la melodía, los novios olvidaron sus tormentas pasionales y se internaron en la muchedumbre expectante.

El sabor a patria

El grupo terminó su presentación. Los aplausos y las vivas a los dirigentes del M-19 volvieron a su furor. Las notas del Himno Nacional de Colombia lograron el milagro de silenciar casi quince mil gargantas. Las personas que estaban sentadas en los peldaños de la escalera de la catedral, se pusieron de pie. Las banderas ondearon con más frenesí. Los globos inflados que tenían los tres colores del Movimiento y adornaban la parte superior de la tarima, se mecían con la brisa. Un sabor a Patria invadió el paladar de la noche.


Después del Himno, el elenco de la serie Azúcar volvió a aparecer para presentar una comedia. El público veía con atención. El señor de los chuzos estaba impresionado. «Esa gente es la verraquera», le dijo con emoción a una señora embarazada que tenía al lado. En las dos pantallas gigantes que estaban en los extremos delanteros de la tarima, apare¬cieron las imágenes de los líderes fallecimos del M-19 hablando de la paz de Colombia. Fueron los instantes de más emoción en la noche. Los ojos de muchos de los asistentes se humedecieron. El recuerdo y la añoranza del pasado formaron un nudo en la garganta de más de uno.


Y empezaron los discursos. Las luces de bengala adornaban de colorido la oscuridad del infinito. Un reflector potente alumbraba, desde la parte alta del escenario, los balcones repletos de curiosos de los dos edificios del frente y los cristales de la Catedral, como buscando cualquier indicio extraño que pudiera perturbar la alegría de esa noche. Las quince mil personas dejaban de prestar atención, por breves segundos, para seguir con curiosidad la intensa luz escudriñadora. Todos miraban maravillados cómo la persona que hablaba en la mitad del escenario aparecía simultáneamente en las dos pantallas gigantes.


Cuando el dirigente nariñense Carlos Albornoz se dirigía a la multitud con su verbo poético, una mujer que picaba hielo dentro de un recipiente lleno de gaseosas le preguntó a un periodista que si el que hablaba tan bonito era costeño. "Ese es cachaco, ¿no le escucha el hablado?", recibió de respuesta.

El sombrero de yarley

El último en hablar fue Antonio Navarro Wolf. Al verlo parado frente al micrófono, la novia del parque quedó sorprendida. «¡Huy!, lo veo más flaco que la vez pasada», dijo. Sin embargo, fue el más aplaudido de la noche: sus palabras eran interrumpidas a cada rato por las palmas y los vivas. El momento de mayor júbilo en su discurso fue cuando llamó al candidato a la Gobernación del Atlántico Gustavo Bell para colocarle el sombrero blanco, símbolo que recuerda a Carlos Pizarro. «Te nombro hoy, delante del pueblo de Barranquilla, el sherif para que acabes con todos los que han maltratado a este departa-mento», le dijo Navarro. Y llamó uno por uno a todos los candidatos del M-19. La tarima se llenó con los dirigentes e hizo recordar la foto de la valla publicitaria que promocionó la campaña de ese movimiento para la Asamblea Nacional Constituyente.

Ahí terminó el acto político. La gente empezó a retirarse. Algunos curiosos se quedaron para ver partir a Navarro y a su comitiva. Poco a poco desarmaban el escenario. Los niños cogían las bombas infladas. La avenida quedó sola. Ya el jefe máximo se había ido con su enjambre de escoltas. Todo volvía a su normalidad. Hasta que apareció Vera Grabe, la cabeza de lista al Senado por el M-19, caminando sola sin guardaespaldas, con su risa envolvente, dándoles la mano a las pocas personas que quedaban por ahí. Alguien la llamó desde un automóvil rojo. Ella subió. Bajó el vidrio de la puerta para sacar su mano. El carro arrancó. Vera Grabe sacó la cabeza para decir adiós.

Crónica publicada en el periódico El Heraldo, el lunes 9 de septiembre de 1999

Comentarios

Entradas populares de este blog

Bertha Mejía y “Lucía Arjona” sí son primas, pero en la vida real no fueron tan amigas como las muestra la novela Diomedes Díaz, el Cacique de La Junta

Por John Acosta
Hay que decirlo de una: sí es cierto que Bertha Mejía y “Lucía Arjona” (como la llaman en la novela Diomedes Díaz, el Cacique de La Junta) son primas también en la vida real, sí es cierto que ambas fueron mujeres de Diomedes Díaz y tuvieron hijos con él, pero lo que no es cierto es que ellas hayan sido tan amigas en su niñez y juventud, como lo muestra la citada novela. Reconozco una vez más que un dramatizado no tiene por qué ceñirse estrictamente a la realidad, pero me veo en la necesidad de aclarar públicamente unos puntos, como ya lo hice un texto anterior sobre El Mono Arjona en la novela (El Negro Acosta en la vida real) para ver si disminuye la romería de llamadas que recibo a diario para preguntarme sobre estos asuntos faranduleros. Hay otros datos en la obra televisiva, alrededor de estas dos mujeres, que tampoco concuerdan.

¿Por qué Arias fue a la cárcel y Santos a la Presidencia, si los "falsos positivos" fueron peores que Agro Ingreso Seguro?

Por John Acosta
Cualquiera sabe que es peor el escándalo de los “falsos positivos” que el de Agro Ingreso Seguro: ambos son una vergüenza, pero en el primero se atentó contra vidas y en el segundo no, aunque sí se robaron dinero de campesinos necesitados. Sin embargo, al momento de hacer justicia, el ministro responsable del primer caso fue premiado con la  Presidencia de la República y el ministro responsable del segundo, pagó dos años de cárcel ¿Qué hay de diferencia entre los dos titulares de esas carteras? Uno contaba (cuenta todavía) con el favorecimiento del diario El Tiempo y el otro no.

Diomedes Díaz nunca se robó a “Lucía Arjona” de una supuesta boda que jamás existió en la realidad

Por John Acosta
La enorme imaginación del libretista de la novela de Diomedes Díaz, me hizo romperme la promesa de no volver a escribir sobre las inconsistencias de este culebrón con la realidad. Supongo que la razón principal de sacrificar el enorme atractivo de la verdad, que en el caso del difunto artista de la música vallenata supera cualquier fantasía de dramaturgo televisivo, es que la programadora RCN quiere curarse en salud y salirle al paso a futuras demandas de los protagonistas reales con los que no llegó a ningún acuerdo económico para la realización de este remedo de biografía. O posibles demandas de los tantos escritores repentinos que corrieron a  publicar la historia de este cantante fallecido.