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martes, 26 de julio de 2011

La Junta, un querido rincón en La Guajira

Por John Acosta
Fotografías: Fabián Acosta

Balneario El Salto, en La Junta
El esclavo de Mamá Niña volvió a nacer ese día. A pesar del odio reprimido, alimentado por su condición ancestral de ser inferior, el negro le agradeció en silencio a su ama el que le hubiere perdonado la vida. La Junta estaba formada, entonces, por dos o tres hatos tan inmensos, que el ganado debía clasificarse según el color de las reses. Los dueños eran españoles aventureros que se arriesgaron por esos parajes en busca de sabanas para el pastoreo y se establecieron allí a mediados del siglo XVIII.


Ese día, Francisco Antonio Acosta salió de su hato con rumbo al lejano San Juan del Cesar. Pasó por donde su parienta Alejandrina Acosta, a la que todos llamaban Mamá Niña, para que ella le prestara un esclavo. Los dos hombres partieron en sus caballos a las seis de la mañana. Al poco tiempo de camino, la brisa le tumbó el sombrero a Francisco Antonio. El esclavo se bajó de su montura, recogió el sombrero y se lo entregó a su dueño. Tuvo que repetir esa operación cuatro veces consecutivas. A la quinta, ni se inmutó siquiera.

Francisco Antonio Acosta, contrariado por la actitud del esclavo, sacó su sable afilado. «O me recoges el sombrero o te parto en dos ahora mismo», dijo. El negro apretó fuerte las riendas de su caballo, clavó con ira de locos las espuelas sobre el vientre del animal y emprendió, a todo galope, el camino de regreso. Francisco Antonio lo siguió, blandiendo el arma cortante en su mano derecha.

Mamá Niña se acercó hasta la entrada de su hato, alarmada por el bullicio de esclavos que murmuraban en su lengua africana. En ese momento, Francisco Antonio Acosta frenó su caballo ante la mirada expectante de todos. «Te pago lo que sea por ese esclavo», se desahogó, mientras señalaba con desprecio al negro que no quiso recogerle el sombrero.

Mamá Niña miró a su pariente con la crudeza que la caracterizaba. « ¿Y para qué lo quieres con tanta urgencia?», le preguntó. Francisco Antonio Acosta, pálido todavía por la ira, tragó en seco. «Para partirlo en dos de un solo sablazo», respondió. Mamá Niña dio por terminado aquel acto cotidiano en La Junta de entonces con una frase redentora: «Entonces, te fregaste porque ese negro no está en venta».

Por una iglesia

Zoila Rosa Cataño de Sierra tenía en su casa un San Antonio de Padua. Ya para comienzos del siglo XX, La Junta había crecido tanto que se hacía necesario buscarle un santo patrono. El que tenía Zolia Rosa fue el ideal. El pueblo, que ya estaba formado por unas 20 casas de barro y techo de paja, no tenía iglesia: las mujeres debían conformarse con hacerle al santo de yeso hermosos altares de frutas en la casa de la dueña, todos los 11 de junio. Y en la tarde de ese día, lo sacaban a pasear por las calles sin formas del naciente caserío.

La procesión la presidía doña Zoila con su San Antonio en las manos. Las demás mujeres la seguían para acompañarla en los rezos y en los cantos celestiales, en medio de los estruendos de los cañonazos de pólvora. Hasta que Rosa Elvira Sierra, hija de doña Zoila, inició a mediados de los años 30 su campaña para construir la iglesia. En esa época, las escasas parejas que gozaban del privilegio de un matrimonio bendecido habían aprovechado las dos visitas del Obispo de Valledupar para casarse en masa. Pero los enamorados recientes vivían en unión libre.

Iglesia San Antonio de Padua, de La Junta
La iglesia fue una obra de todos. En las noches, alumbrados con mechones y lámparas de petróleo, los junteros se iban a escarbar la tierra en busca del barro para las paredes de su ermita. Las mujeres lo acarreaban en vasijas de peltre cargadas en la cabeza y los hombres adultos, en parihuelas. Los sobrevivientes de aquellos tiempos gloriosos aún recuerdan la fatídica noche en que Rudecindo, un joven de 20 años, cayó fulminado por un ataque cardíaco, en el momento en que alzaba una olla repleta de barro.

El día de la inauguración sucedió lo inevitable: al padre Manuel Antonio Dávila le tocó casar a más de diez parejas, cuyos hijos adolescentes habían ayudado a construir la iglesia. A los pocos días, el San Antonio de doña Zoila desapareció para siempre de su nueva morada. No hubo fuerza humana ni sobrenatural que diera con su paradero. El padre José Agustín, un sacerdote Jesuita, que deliraba de amor por La Junta, supo que una señora en Barranquilla le había prometido a Dios regalar una imagen al pueblo que más la necesitara, como pago al alivio de una enfermedad que la tenía al borde de la muerte. Así llegó a La Junta un San Antonio renovado que duró muchas generaciones, hasta que cayó en la entrada de la iglesia, luego de una larga procesión, y se hizo pedazos.

El prodigio del pueblo iluminado

El general Gustavo Rojas Pinilla creó en 1954 la Intendencia Nacional de La Guajira. Y con esa determinación, tomada a miles de kilómetros de distancia en la remota y fría Bogotá, La Junta pudo ascender a la categoría de corregimiento. El primer corregidor fue Leandro Sierra, inmortalizado, muchos años después, por el también juntero Diomedes Díaz con el remoquete de “el médico del pueblo”, que ya para entonces empezaba a hacer los primeros pinitos de médico sin título.

Pero ningún júbilo ha sido más duradero como el del día en que llegó al pueblo la planta eléctrica. El jueves 23 de marzo de 1961, a las 6:00 de la tarde, la gente salió de La Junta a subir hasta los cerros cercanos para saborear la felicidad de sentir por fin cómo se veía desde arriba el terruño iluminado. El espectáculo no podía ser más fantástico para unos pobladores que siempre habían soñado con el progreso de su tierra: toda clase de avechuchos nocturnos revoleteaban extrañados alrededor de los bombillos amarillentos que colgaban de los postes de madera.

La iglesia iluminada
Esa felicidad no pudo durar mucho: los profesionales de hoy se recuerdan todavía garabateando las primeras letras amparados apenas por la luz tenue de la lámpara de petróleo. Era una dificultad enorme conseguir cualquier repuesto de alguna pieza averiada de la ya vieja planta. Y el plantero, un hombre taciturno que el destino quiso que naciera bizco, había cogido por costumbre encender el aparato a las 8:00 y apagarlo a las 9:00, los 60 minutos exactos que duraba la novela de la televisión venezolana, que era la única señal sintonizada en los 12 televisores en blanco y negro que había en el pueblo. Por eso, la gente bautizaba la planta con el nombre del dramatizado de moda. Afortunadamente, la interconexión eléctrica llegó a principios de la década de los ochenta.

Una bonanza ilícita

Nadie se explica cómo llegó. La producción y comercialización de marihuana pasó como una ráfaga de viento que los mantuvo a todos en el vilo de la opulencia desbordada. Fue una especie de máscara carnavalesca que representó la comedia real de una felicidad sin límites: los envolvió en un limbo de fantasías alcanzables en donde creyeron permanecer hasta más allá de la eternidad.

Cuando llegó la interconexión, La Junta era habitada por gente estupefacta que no lograba responderse todavía qué se había hecho el pasado de una riqueza efímera, pero ruidosa, que la mantuvo en un estado de éxtasis esquizofrénico. Pero el ventarrón pasó y los devolvió a su mundo real de personas comunes y corrientes, enfrentadas ahora a los estragos causados por el vendaval de la bonanza maldita. Debían enfrentarse a la dura prueba que el destino les atravesaba como castigo, quizás, a los desmanes gloriosos de ese pasado reciente.

Hasta la mochila había perdido
 su encanto durante la bonanza
Quedaban los inmensos peladeros en el Cerro e Mecho y La Falda, los cerros en donde antes lucían sonrientes los bosques, que fueron devastados para darle paso a la locura desbordada de la mala hierba. Las tres o cuatro tiendas del pueblo lucían sus estantes atiborrados de productos que ya nadie compraba y con el dueño dormitando sobre el asiento de cuero, en el centro del negocio, arrullado por el ventilador eléctrico que daba vueltas en el techo, cansado de esperar el anhelado cliente que no llegaba. Ni llegaría nunca. Ya había pasado la bonanza del dinero fácil y ahora nadie quería volver a sembrar la yuca, el plátano y el arroz del sustento, ni ordeñar las vacas. Pero sí añoraban vivir inmersos en la felicidad humilde que les quitó la hierba maldita.

La gente permanecía a toda hora sentada en los parques o debajo de las sombras de los almendros y trupillos que estaban al frente de sus casas, tratando de ahogar sus penas en las profundidades de los recuerdos crueles del tiempo de la bonanza.

Solo quedaba eso. Y, gracias a Dios, la poesía. La misma que se metía por las soleras y por las rendijas de las casas con la brisa fresca y suave del amanecer para avisarle a los durmientes que empezaba un nuevo día; se descolgaba por los rojizos atardeceres en la lejanía del horizonte para deleitar las miradas turbias de la gente triste, se manifestaba en las figuras ensoñadoras que formaban las nubes en su deambular por el cielo: la poesía aparecía en todas partes hasta llenar a La Junta entera con el esplendor de su encanto. Fue la misma que inspiró a los hombres y mujeres emprendedoras a buscar la solución a la crisis que se vivía.

La esperanza de hoy

Bolívar Cuello resumió en una sola frase el cupo del carro. «No le cabe ni un recado», dijo. Regresaba de la esquina de la señora Alicia Solano, en donde esperó el carro de pasajeros de José Iván Acosta para mandar con él un mensaje oral a Valledupar. Eran las cinco y media de la mañana de un martes de mayo y la claridad del día empezaba ya a distinguir a las primeras mujeres que barrían por costumbre el frente de sus casas, todavía limpio por el aseo del día anterior.

Lejos quedaban los tiempos en que Joaquín (Quin) Sierra iba a la capital del Cesar en su carro, al que todos le decían El Mixto porque era mitad camión, con su carrocería de estaca, y mitad bus de escalera. Los pasajeros debían ir la tarde anterior hasta la casa de Quin para que él les guardara su puesto y pasara a recogerlos a las tres y media de la madrugada, pues el viaje debía ser por San Juan del Cesar, ya que el camino por Patillal todavía no era transitable para carros. Era un viaje de más de tres horas contra los diez minutos que se echa hoy José Iván por Patillal.

El fique volvió a ser la planta tradicional
en La Junta, después de la fatídica bonanza
El día en que Bolívar mandó el recado a Valledupar, había empezado mucho más temprano en La Junta, cuando los jóvenes que estudiaban en San Juan del Cesar alborotaron al mundo con sus energías de adolescentes en potencia, mientras esperaban el carro que los llevaría a la cabecera municipal. Y comenzó luego a declinar en el atardecer, justo en la casa de Carmen Mejía y Manuelito Acosta, donde acuden al encuentro casual las mismas personas de siempre para hablar de lo que se les ocurra, recostados en asientos de cuero, y dispuestos a devolverles el saludo a todo el que se atreva a pasar por esa calle.

Esa es La Junta de hoy. Gente trabajadora, orgullosa de haber sacudido a tiempo el somnífero de una bonanza marimbera que causó estragos en el devenir cotidiano de un pueblo capaz de llevar sobre su destino el hecho natural de que en sus sabanas se juntaran dos riachuelos: el San Francisco y el Santo Tomás; una cultura con la esperanza puesta en los hijos agradecidos que les ha tocado emigrar a otras tierras para poder ejercer una profesión esquiva.

Han sido depurados, ¡y de qué manera!, los tiempos aquellos en que los esclavos debían
tragarse su odio para agradecerle al amo el que les permitiera vivir.

Crónica publicada en la revista Rumbo Norte, número 13, julio de 1995