Por John Acosta
El 3 de octubre de 2013 publiqué en esta misma Comarca Literaria un artículo cuyo título, releído casi trece años después, parece haber envejecido demasiado poco: ¡Quién podrá salvarnos del voraz apetito de los comparendos electrónicos en Barranquilla! No escribía entonces desde la teoría. Había ido a resolver el problema de una placa que se me perdió del carro y, cuando consulté mi situación ante Tránsito, me encontré con otra sorpresa: tenía cuatro comparendos electrónicos, dos en Barranquilla y dos en Puerto Colombia.
Uno de ellos me lo habían impuesto por quedar detenido sobre una cebra. Recordaba perfectamente lo sucedido. Había un trancón de los mil demonios; el semáforo cambió y preferí detenerme para no atravesarme a los carros que venían en el otro sentido. Un taxista, al verme, bajó el vidrio y me soltó una frase que todavía hoy resume buena parte de la discusión sobre estos sistemas:
—Muy amable de su parte, pero hubiera seguido porque la cámara no sabe de eso.
La cámara, efectivamente, no sabía. No sabía del trancón. No sabía que había preferido no cerrar el paso. No podía interpretar el contexto. Capturó una imagen y esa imagen terminó convertida en comparendo.
