Hay noticias que uno lee. Hay otras que, por alguna extraña circunstancia de la vida, terminan leyéndolo a uno. Esta mañana vi el nuevo pronunciamiento del presidente Abelardo De La Espriella sobre las multas de tránsito y tuve inevitablemente que pensar en mi carro. Sí. En mi carro.
Ese que lleva más de un año prácticamente confinado, mientras trato de desenredar una deuda por multas de tránsito que terminó en embargo y que ha convertido una cosa tan sencilla como sacar el automóvil a la calle en una especie de ejercicio de cálculo de riesgos. Hace apenas tres días conté aquí, en ¿Piensan ‘avionarme’ en Valledupar el dinero de las fotomultas?, otro capítulo de este viacrucis. Relaté que había entregado cerca de 2,4 millones de pesos a una oficina de tramitología de Valledupar para tratar de solucionar parte de la deuda.
Por eso, cuando leo que el presidente dice que una infracción de tránsito no puede terminar convertida en una “condena económica para una familia colombiana”, esta vez no tengo que hacer ningún esfuerzo intelectual para entender de qué está hablando. La frase me resulta demasiado familiar.
