1 oct 2026

El ataque contra Cielo Gnecco: la bajeza también da votos

Carlos Barbosa aparece frente a un celular mientras las reacciones digitales se multiplican;
al fondo, Cielo Gnecco permanece ajena al torbellino de redes. Composición editorial.

Por John Acosta

No hace falta querer políticamente a Cielo Gnecco para reconocerle una cosa elemental: el derecho a que la controversia sobre su vida pública se libre alrededor de hechos, decisiones, responsabilidades y actuaciones comprobables, no mediante la degradación personal. Eso debería ser obvio; sin embargo, en la contemporánea lógica política lo obvio empieza a parecer revolucionario. Carlos Barbosa publicó en sus redes sociales un carrusel contra Cielo Gnecco. Allí mezcla cuestionamientos políticos, referencias a procesos judiciales de miembros de esa familia y una representación gráfica que, en mi opinión, cruza una frontera innecesaria. No discuto aquí su derecho a cuestionar a los Gnecco. Muchísimo menos pretendo convertir a Cielo en una dirigente inmune a la crítica.

Lo que cuestiono es la forma. Porque una cosa es hacer oposición. Otra es degradar. Y una cosa es combatir políticamente a una mujer. Otra, muy distinta, es descubrir de repente que todas las banderas de respeto, inclusión, equidad y dignidad femenina pueden guardarse en una gaveta cuando la mujer que está al frente pertenece al bando contrario.

La mujer que no me gusta también es mujer

He escrito durante años sobre mujeres que se han abierto espacio en una sociedad nuestra todavía cargada de machismo. Cuando escribí sobre Karina Acosta, en 2023, recordé que Agustín Codazzi ha sido una tierra donde muchas mujeres han tenido que romper ataduras y enfrentar juicios sociales mucho más severos que los que normalmente soportamos los hombres; por eso, hay una idea que para mí no admite acomodos: La dignidad de una mujer no depende de que piense como yo.

No depende de que sea de izquierda. No depende de que sea de derecha. No depende de que me caiga bien. Ni siquiera depende de que yo apruebe su trayectoria política. Cielo Gnecco puede ser sometida al más severo escrutinio público. Se puede discutir su poder, sus alianzas, su influencia y todo episodio documentado de su historia política. Lo que no debería hacerse es utilizar la condición femenina como territorio disponible para la humillación. Porque ahí ya no estamos discutiendo política. Estamos discutiendo cultura.

El viejo problema de que todo vale

Hay otra razón por la cual este episodio me resulta particularmente incómodo. Hace doce años escribí en esta misma Comarca mis “Confesiones de un ex izquierdista redimido”. Allí conté que una de las razones de mi ruptura definitiva con aquella izquierda en la que milité fue, precisamente, el cuestionamiento al viejo dogma de “la combinación de todas las formas de lucha”. La expresión nació en otro contexto, naturalmente. Uno muchísimo más grave, relacionado con la lucha armada y la acción política.

No pretendo equiparar una publicación en Instagram con una guerra. Sería absurdo. Lo que sí encuentro es una semejanza en la lógica: la tentación de considerar válido cualquier instrumento si contribuye al objetivo político. Hace años también cuestioné lo que consideraba una indebida ideologización de los niños. En 2022 escribí sobre una niña de seis años que se declaraba petrista pese a crecer en una familia completamente antipetrista, y dirigí mi crítica hacia la influencia política que, según aquel relato, estaba recibiendo fuera de su casa.

El problema de fondo era exactamente el mismo: ¿Todo vale para conquistar una conciencia? Hoy la pregunta cambia apenas de escenario: ¿Todo vale para conseguir notoriedad?

El problema no es solo Barbosa

Un colega periodista me escribió después de que compartí el enlace de la noticia que publicamos en Noticias del Cesar: “Carlos Barbosa logró su cometido, que lo visibilizaran”. Y agregó algo todavía más incómodo: pocos saben quién es y, en una eventual aspiración a la Asamblea del Cesar, atacar al rival puede convertirse en un mecanismo para que empiecen a conocerlo.

No puedo afirmar que esa haya sido la intención de Barbosa. Sería atribuirle un propósito que solo él conoce, pero la hipótesis merece una reflexión. Porque las redes sociales construyeron un sistema perverso de recompensas. La ponderación casi nunca se vuelve viral. El argumento sereno no incendia WhatsApp. El matiz no produce una estampida de comentarios.

El agravio sí. La provocación sí. La humillación sí. Y entonces aparece una tragedia contemporánea de la política: la bajeza también produce alcance.

Nosotros también caemos en la trampa

Aquí tengo que hacer una confesión incómoda. Noticias del Cesar publicó el caso. Yo mismo participé en su investigación y contextualización; entonces, surge una pregunta que debemos hacernos quienes ejercemos este oficio: si una persona utiliza la provocación para hacerse visible, ¿los periodistas terminamos ayudándola cuando informamos sobre ella? La respuesta fácil sería callar, pero esa tampoco me satisface.

El silencio puede esconder un hecho de interés público; además, cuando la publicación ya circula, ignorarla no necesariamente la hace desaparecer. Creo que queda una sola salida digna: informar sin hacer propaganda del agravio. Contextualizar. Verificar. Preguntar. Y, sobre todo, no permitir que la provocación sustituya al debate.

No es una preocupación nueva en estas páginas. En 2014 escribí “Queremos propuestas, no agravios, señores Santos y Zuluaga”, precisamente porque aquella campaña presidencial se había convertido en un intercambio de golpes que desplazaba las ideas. Doce años después cambiaron los protagonistas. El estiércol digital sigue oliendo igual.

Y aquí aparece Alexandra Pineda

El asunto adquiere una dimensión adicional porque Carlos Barbosa ha sido identificado públicamente dentro del entorno político de Alexandra Pineda. La Silla Vacía lo incluyó en 2025 entre contratistas de la Agencia Nacional de Tierras que se movían políticamente alineados con Pineda. Ese antecedente permite hablar de cercanía política; no permite afirmar, sin evidencia adicional, que Barbosa integre actualmente su UTL.

Alexandra, además, llegó a la Cámara por el Pacto Histórico y ha hecho públicas posiciones en favor de una mayor participación política de las mujeres. Después de su elección habló de “dignificar a la mujer cesarense y darle el sitial que merece” y cuestionó que las mujeres fueran utilizadas simplemente para completar cuotas electorales.

Ahí existe una tensión que merece respuesta. No porque Alexandra sea responsable de cuanto publique una persona cercana a ella. No lo es por simple asociación, pero, precisamente, porque ha levantado esa bandera, resulta legítimo preguntarle cómo interpreta lo ocurrido y dónde coloca ella los límites de la confrontación política cuando la destinataria es una mujer.

Y no es el único episodio

Hace pocos días vivimos otra controversia en el Cesar. Luis Napoleón De Armas, padre de Lina De Armas, interventora del Hospital Rosario Pumarejo de López, lanzó señalamientos personales contra la senadora Claudia Margarita Zuleta después de las críticas que esta formuló a la gestión hospitalaria. En su propio pronunciamiento, De Armas introdujo además su identificación con el petrismo al afirmar que “ser petrista no es un pecado”.

Son casos distintos. No hay que mezclarlos artificialmente. Tampoco se puede convertir la conducta de dos hombres en prueba del comportamiento de todo un movimiento político; pero ambos episodios sí permiten formular una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando desde espacios que reivindican la defensa de las mujeres aparecen hombres que utilizan contra mujeres adversarias formas de confrontación que esos mismos sectores censurarían si provinieran del otro lado?

Esa pregunta merece una respuesta política. No una excusa.

No hay misoginia buena

Este es, quizás, el punto que más me interesa. El machismo no cambia de naturaleza según la camiseta de quien lo practica. La degradación de una mujer no se vuelve progresista porque la víctima pertenezca al establecimiento. Y una expresión cuestionable no se convierte en feminista porque quien la pronuncia vote por Petro. Las banderas sirven, precisamente, cuando resulta incómodo sostenerlas.

Defender la dignidad de una mujer que piensa como uno es fácil. Defender la dignidad de la adversaria es donde se sabe si aquello era un principio o, simplemente, propaganda. Y vuelvo, entonces, al comienzo: Cielo Gnecco no tiene que gustarme políticamente. Ni tiene que gustarle a Barbosa. Ni a Alexandra Pineda. Ni a nadie.

Pero, si existen cuestionamientos contra ella, que se formulen con documentos, argumentos, decisiones judiciales, cifras y responsabilidades verificables. Eso es política: lo otro puede generar likes. Puede producir comentarios. Puede convertir en tendencia a quien ayer pocos conocían. Puede, incluso, servir para comenzar una campaña, pero hacerse visible no es lo mismo que hacerse respetable. Y viralizar una bajeza tampoco la convierte en argumento.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Muchas gracias por su amable lectura; por favor, denos su opinión sobre el texto que acaba de leer. Muy amable de su parte