El 1 de noviembre de 2025, Luis Ángel Muñoz de Aguas salió como cualquier otro día, sin saber que en cuestión de minutos su destino iba a cambiar. Un accidente lo dejó al borde de todo: del dolor, del miedo, de la incertidumbre… y de una decisión médica que suele marcar un antes y un después en cualquier vida: amputar o no amputar.
Cuando llegó al Hospital Rosario Pumarejo de López, en Valledupar, la situación era crítica. Su pierna izquierda estaba La pierna que no se fue: crónica de un accidente, una decisión médica y una fe que no se quebró.
A veces la vida no avisa. A veces solo cambia de rumbo.
Luis Ángel Muñoz de Aguas venía de manejar desde Bogotá. Horas de carretera, cansancio acumulado, la rutina del oficio. Cuando llegó a El Difícil, Magdalena, lo que seguía era descansar. Pero hubo otra llamada, otro encargo, una decisión que parece menor hasta que deja de serlo: su jefe le pidió que hiciera un viaje más, esta vez hacia Pueblo Bello, Cesar.Y Luis Ángel dijo que sí.
Ese “sí” lo puso, sin saberlo, en el lugar exacto donde todo iba a torcerse.
El accidente ocurrió allá, en Pueblo Bello. No fue en plena vía ni a alta velocidad. Fue en un instante casi invisible, de esos que no salen en los cálculos previos. Luis Ángel se había bajado del vehículo. Estaba detrás. Su compañero de viaje no lo sabía.
El vehículo fue en reversa.
Y lo que vino después fue seco, brutal, definitivo: el impacto lo lanzó a una cuneta. Su pie izquierdo quedó triturado.
A partir de ahí, el tiempo deja de medirse igual. Todo ocurre rápido y lento al mismo tiempo: el dolor, la urgencia, la carrera por llegar a un hospital. Y luego, el momento que nadie quiere escuchar pero que siempre está en la mesa cuando el daño es severo:
¿Se puede salvar la pierna?
Cuando llegó al Hospital Rosario Pumarejo de López, en Valledupar, la respuesta no era clara. La amputación no era una hipótesis lejana; era una posibilidad concreta.Pero alguien decidió intentar.
No es una decisión menor. Implica riesgo, conocimiento, experiencia… y una dosis de convicción que no siempre se puede explicar en términos clínicos. Un equipo médico asumió el reto de salvar lo que parecía perdido.
Y lo logró.
Meses después, ya de pie, con la pierna que estuvo a punto de no estar, Luis Ángel no reconstruye la historia desde el accidente, sino desde el sentido.
“A veces Dios le pone a uno una barrera…”, dice. Y no lo dice desde la queja, sino desde la interpretación. Para él, lo ocurrido no es solo un hecho trágico, sino una forma —dura, inesperada— de ser detenido.
“De pronto te está evitando algo más adelante”.
En su relato no hay rabia. Hay una especie de aceptación reflexiva, como si el accidente hubiera abierto una pregunta más grande sobre el rumbo, sobre las decisiones, sobre la fragilidad de lo cotidiano.
Habla de agradecer antes de salir de casa. De aferrarse. De entender que incluso los momentos más abruptos pueden tener un propósito.
Pero en esa lectura espiritual también hay nombres concretos.
“Muy agradecido con el cuerpo médico… con los anestesiólogos, con todos”, dice. Y en esa frase hay algo más que cortesía: hay la conciencia de que su historia pudo haber sido otra.
Que pudo no estar contando esto.
Que pudo estar aprendiendo a vivir sin una parte de su cuerpo.
La historia de Luis Ángel fue contada durante la rendición de cuentas del hospital. No era el punto central del informe, pero terminó siéndolo. Porque ninguna cifra compite con una vida que vuelve a sostenerse.
El agente especial interventor, Anselmo Hoyos, no buscó tecnicismos para describirlo: “Es un milagro”, dijo.
Y quizá lo sea. O quizá sea, también, el resultado de muchas cosas ocurriendo al mismo tiempo: fe, conocimiento, decisión, oportunidad.
En un hospital intervenido, con deudas, retos y procesos en curso, esa historia tiene un peso distinto. Porque no habla de lo que falta, sino de lo que, a pesar de todo, funciona.
De lo que responde.
De lo que no se rinde.
Luis Ángel hoy camina con la misma pierna que una vez estuvo a punto de perder. Pero no es el mismo.
Hay accidentes que quitan. Y hay accidentes que, de una forma extraña, también devuelven.
A él le devolvieron la pierna.
Y con ella, la posibilidad de seguir su camino… esta vez, sabiendo que cualquier trayecto —por largo que parezca— puede cambiar en un instante.
Y entendió, al volver a ponerse de pie, que no todos los caminos se pierden: algunos simplemente obligan a empezar distinto
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