Por John Acosta
Mi abuela no podía dormir esa noche. Se revolcaba de un lado a otro en su hamaca, se sentaba con sus pies colgando, se volvía a acostar con la cabeza ahora para otro lado. Me hacía el dormido para ahorrarle a ella la angustia que le causaba el hacerme preocupar por su insomnio. A veces, le sentía su chancleteo cuando iba hasta la sala a servirse un vaso de agua de la jarra que ella ponía en la mesa para no tener que salir a media noche hasta la cocina, que quedaba en la mitad del patio. La música entraba nítida por las soleras de la casa. Venía desde la Caseta Comunal, como llamábamos en La Junta, el pueblo del alma, el sitio amurallado donde se hacían las verbenas. Yo estaba seguro de que no era el concierto en vivo, que llegaba a todo timbal hasta el aposento, lo que la trasnochaba. Sabía, además, que hasta que no botara lo que la atragantaba, mi abuela no podría conciliar el sueño. Entonces, lo soltó, sin ningún pudor, en voz alta, pero para sí misma, pues los únicos que estábamos en casa éramos los dos y ella me hacía fundido. “No sé qué tanto le verán a un hombre que lo único que hace es gritar”, pudo decir, al fin, con rabia. Esa noche cantaba Diomedes Díaz (que, a propósito, el 22 de este mes cumple 12 años de su muerte) y mi abuela se refería a él. Con que era eso. Yo tenía diez años de edad. Diomedes tenía 18 y acababa de grabar su primer álbum musical.
De espantapájaros a cantante
Diomedes Díaz Maestre pasó de espantar pájaros en los maizales de su paisano, el juntero Teodoro Vega, allá en Potrerito, vereda cercana a La Junta, junto con su amigo de adolescencia José Ángel Hinojosa, mi primo, a ser mensajero en Radio Guatapurí, de Manuel Pineda Bastidas, en Valledupar: nuestro paisano Gustavo Eugenio “Geño” López era el mensajero en esa estación radial y, como el cobrador había renunciado, “fui hasta donde el señor Manuel Pineda Bastidas a pedirle que me ascendiera a cobrador. Y él me dijo que sí, pero que yo tenía que llevarle mi reemplazo como mensajero. Recomendé enseguida a Diomedes”, me contó Geño para La Calle. Al joven Diomdees, no le resultó difícil trabajar recogiendo cables y ajustando el sonido de los micrófonos de la afamada agrupación de Los Hermanos López. Hasta que grabó su primera Larga Duración con Náfer Durán en 1975. En 1976 grabó con ‘El Debe’ el LP Tres canciones, que está entre los éxitos de su carrera artística.
Y recibió su título de bachiller
El viernes 3 de diciembre de 1993, el entonces rector de la nueva institución educativa Hugues Manuel Lacouture, Denis Escrigas Bonilla, le entregó el diploma Honoris Causa a un hijo de La Junta, que se había vuelto famoso por componer e interpretar hermosas canciones del folclor vallenato. Diomedes Díaz Maestre recibió feliz ese grado del colegio. El jueves 2 de diciembre de 1993, el Bloque de Búsqueda dio de baja en el tejado de una casa de Medellín al hombre más buscado por las autoridades del mundo, cerrando así, el capítulo de una de las eras más sangrientas de Colombia. La muerte del narcotraficante Pablo Emilio Escobar Gaviria le dio varias vueltas al globo terráqueo y marginó para siempre la noticia del grado de bachiller de Diomedes Díaz.
El adolescente con voz de chivo
En realidad, la vieja Aba, como le decían por cariño a mi abuela en La Junta, no era la únicaque pensaba eso que dijo esa noche en su hamaca. Unos tres o cinco años antes, Diomedes cantaba en un conjunto vallenato compuesto por paisanos de su edad: ‘Piyayo’ tocaba la guacharaca; Cate Martínez, la caja; Martín Maestre, su tío, tocaba el acordeón. A ese conjunto le decían Los J J (Juventud Juntera). Aún recuerdo las cartulinas pegadas en las paredes de las casas junteras, donde, con crayones de colores, se escribían letreros para invitar a parrandas amenizadas por este conjunto. Se decía, entonces, que el joven Diomedes Díaz tenía una voz ronca, chillona, estridente. Tanto era así, que se había ganado el remoquete de “El Chivato”.
Diomedes supo de la vieja Aba en una concierto en Barranquilla
Mucho tiempo después, le pude contar a Diomedes Díaz lo que dijo mi abuela esa noche. Sucedió en Barranquilla. Fue en la etapa de mi paso fugaz por el diario El Heraldo, donde me tocaba redactar noticias políticas. Diomedes era ya un famoso cantante vallenato. Se había casado con una pariente mía, Patricia Acosta. Esa noche, él cantaba en la ciudad y un grupo de redactores nos fuimos a verlo, invitados por Patricia Escobar, que hacía la página de farándula. Nos sentamos en una mesa cerca a la tarima. Antes de subir a iniciar el show, Diomedes pasó a saludar a los periodistas. Cuando me tocó el turno, le mencioné rápidamente lo de mi abuela y él me abrazó. Fueron menos de tres minutos.
Publicada en el Semanario La Calle el 15 de diciembre de 2025
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