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El último disparo de Año Nuevo

Por John Acosta


Carlos Rosellón Brlto no tenía nada programado para el 31 de diciembre de 1995. Trabajó hasta el medio día en los talleres de Mantenimiento de Camiones, de Intercor, en la mina de carbón de Cerrejón, en La Guajira colombiana. Llegó a su casa envuelto por ese hálito misterioso que cubre a todos los humanos el último día de cada año y se dio un baño tonificante que lo dejó como nuevo. Salió después de almuerzo, con la pinta "treintaiunera" y bien emperfumado, con la idea de encontrarse algún compañero de trabajo por la calle para despedir el año al compás de unos tragos. Luz Melvis, su mujer, lo vio alejarse y todavía no se explica cómo no tuvo el más leve presentimiento de que algo muy grave sucedería horas más tarde.

Carlos Rosellón no se encontró con ninguno de sus amigos de parranda en la ronda de inspección que hizo por toda Fonseca, el municipio de sus entrañas. Entonces, fue a la casa de su cuñado Felipe Amaya, el esposo de su hermana Luz Mary, a recordarle que pasara por él en la madrugada, después de las felicitaciones de Año Nuevo, para que lo llevara a Cañaverales, un corregimiento de San Juan del Cesar, de donde era oriundo y a donde acostumbraba ir siempre a darle el feliz año a sus padres. Ese año, sin embargo, el destino le tenía preparada una mala jugada.


Luz Melvis, su esposa, se sorprendió cuando lo vio regresar tan temprano a la casa: Carlos Rosellón había decidido pasar ese 31 en su hogar. Sacó los parlantes de su equipo de sonido a la terraza. Destapó la botella de Whisky que había comprado para la ocasión y se sentó a esperar las doce, tomándose unos tragos con su esposa y dos muchachos amigos que pasaron por allí. Poco antes de que el locutor de la emisora que tenían sintonizada anunciara la hora con que culminaría el año viejo y empezaría el nuevo, se escucharon los primeros disparos de júbilo en Fonseca. Fue cuando Carlos abrazó fuertemente a su esposa y le soltó al oído la frase de siempre, pero cargada con más emoción que nunca. "Feliz año, mija", le dijo.

Después vino el abrazo a los dos amigos que departieron con él esa noche de despedida. Hasta que la calle se convirtió en un hervidero de gente que repartía a diestra y siniestra el feliz año con todo el que se topara. La mayoría lloraba embriagada por la nostalgia del año que se iba y por la incertidumbre y los sueños que le despertaban los 365 nuevos días que acababan de empezar. Carlos Rosellón acostumbraba a realizarle hasta 3 descargas al revólver con salvoconducto que tiene en su casa. Esa noche, no hizo ni un solo tiro. Luz Melvis fue la que disparó varias veces al aire, siguiendo la costumbre ancestral de recibir el nuevo año con la bulla de los tiros. Definitivamente, no había ni un resquicio de razón para poder imaginar, entonces, la tragedia que vendría más tarde.

Después de que pasara el furor de las doce, llegó Evier Molina, el hermano de Luz Melvis, a dar el feliz año y se quedó bebiendo con la joven pareja. Al rato, Carlos Rosellón le invadió el desespero porque su cuñado Felipe Amaya no aparecía para ir a Cañaverales a felicitar a sus padres. Evier le prestó la camioneta Ford 350 para que Carlos fuera a buscar a Felipe. En la casa de Felipe Amaya, todavía no habían terminado de preparar la comida especial para la ocasión. Carlos decidió tomarse unos tragos en la casa de su hermana, la esposa de Felipe, mientras le daban el toque final a la cena atrasada. Pero no alcanzaron a comer porque se les hacía tarde: les sirvieron en unos platos desechables para que cenaran en el camino. Evier Molina se entusiasmó con la idea de ir a Cañaverales. Carlos Rosellón tuvo que convencerlo para que lo dejara conducir. "Tú estás muy tomado, Evier", le dijo. Felipe Amaya iba en su camioneta cuatro puertas con su esposa.

Cuando llegaron a la población de Conejo, todavía existían rezagos parranderos del año que acababa de diluirse entre tragos, música y disparos. Los cuatro viajeros se detuvieron en el pueblo unos diez minutos para dar el feliz año antes de partir. A las 05:00 de la mañana, eran pocos los que quedaban despiertos en Cañaverales. En la casa de Carlos se habían acostado. Felipe Amaya se bajó de su carro y fue a tocar la puerta. Carlos y Evier se fueron a la casa vecina, en donde todavía festejaban el estreno del nuevo año. La llegada de los dos amigos desterrados causó alegría entre los parranderos locales. Uno de ellos, Escalona, abrazó a Carlos Rosellón, le quitó el revólver, hizo varios cusparos al aire y se lo devolvió descargado. Evier Molina se entusiasmó más que nunca: sacó su arma y con tiros a lo alto respondió al espontáneo recibimiento del amigo. Después, bajó el revólver en la misma dirección donde estaba Carlos.

Carlos Rosellón sólo escuchó el último disparo: un mareo repentino lo dejó sin fuerzas y cayó. Reaccionó un poco cuando lo estaban subiendo en la cuatro puertas de Felipe Amaya para llevarlo de urgencia a San Juan del Cesar, que era el municipio del sur de La Guajira que tenía el mejor hospital. No recuerda más nada. El médico que lo atendió no se responsabilizó a operarlo. Después de ver la radiografía, el médico hizo una mueca de decepción que apagó por completo la débil llama de ánimo de quienes presenciaban esperanzados : "No aguanta", les dijo.

Recomendó que lo llevaran a Valledupar, la capital del vecino departamento del Cesar, en la ambulancia del hospital. "Aunque no creo que llegue vivo a Villanueva", remató en medio de la angustia de Matilde, la mamá de Carlos. Villanueva era el municipio siguiente, en la ruta hacia Valledupar.

Hoy, Carlos Rosellón se encuentra en una silla de ruedas. Los especialistas le dicen que pronto dejará de necesitar las sondas que utiliza para orinar. Lo que más recuerda de estos tiempos de pesadilla, fue la vez que regresó a su casa de Fonseca, cinco meses después de que saliera a darle el feliz año a sus padres en Cañaverales, y su hijo menor, que dejó de un año, no lo reconoció. De lo que sí está seguro es que no volverá a usar un arma en su vida. "De nada sirve", dice. Tiene razón: no puede haber nada más doloroso para un hombre que darle a su madre como saludo de año nuevo, la noticia de que su hijo está herido de muerte y, aunque no murió, sigue luchando para adaptarse a su nueva vida de paralítico, mientras lee los salmos en la biblia y demás libros de fortaleza espiritual que le prestan sus amigos.

Publicado en la revista Intercor 60 días, número 19, septiembre de 1996

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