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Mi carisma me sacó del proletariado


Por John Acosta

Arlem Alvarado no esperaba que la entrevista fuera esa tarde. Cuando llegamos con el andamiaje de cámara fotográfica, grabadora, papel y lápiz, se sorprendió. "Ay, y yo en esta facha", dijo. Estaba en su tienda, acomodando unas bolsas de arroz sobre los estantes de un armario de madera. "Déjenme ir un momentico a cambiarme". Y salió.

La calle estaba sola. En la esquina unos hombres jugaban billar amparados en la sombra de una terraza. El sol era interrumpido por las nubes que surcaban el cielo gris. Sin embargo, en la tierra hacía calor. El suelo permanecía húmedo por el aguacero que cayó el día anterior.


Ubaldo Ramírez, el marido de Arlem, se quedó en el negocio mientras ella fue a cambiarse. "¿Se toman algo?", preguntó. Le respondimos que no, que muchas gracias. "Una cervecita, aunque sea", insistió. "Bueno, entonces una gaseosa", pedimos. Arlem regresó a los 20 minutos. Y, sentados en la enramada que está al lado de su tienda, nos contó su historia.

Llegó a Albania, municipio del departamento de La Guajira, hace once años. Atraída por la fiebre del carbón, dejó a su Chimichagua natal, un pueblo ardiente del sur del departamento del Cesar, para venir a buscar mejores horizontes en tierras desconocidas para ella.

“Trabajé en oficios varios con la Morrison, la empresa que contrataron para construir el complejo carbonífero de Cerrejón. Vivía sola en una habitación que arrendé en el pueblo. A los cuatro años de estar laborando, conocí al hombre que hoy es mi marido. Ubaldo trabajaba en una empresa contratista de fumigación. Hoy tenemos un hijo de 13 años. Se llama Ever Darío y hace quinto de primaria".

"Bueno, después dejé de trabajar allí adentro y duré mucho tiempo trayendo calzado de Bucaramanga. Entonces, vi que era mejor negociar con víveres que con otra mercancía porque un par de zapatos le dura meses a quien lo compra; en cambio, la comida hay que comprarla todos los días".

"Hace dos años se me presentó la oportunidad de poner un negocio. Resulta que la señora Francisca Usurriaga tenía una tienda. Ella se fue para Maicao y me convenció para que yo aceptara quedarme con la colmena. Se llevó todo: sólo me dejó el local".

"Entonces, me hice conocer en un depósito de Maicao. Yo tenía unos ahorros de 400 mil pesos. Y en el depósito me hicieron un crédito por 300 mil. Antes yo trabajaba con capital pequeño: la liquidación y una platica que me dio mi marido. Fue cuando llegó a Albania el programa de de la fundación que hace préstamos a personas que, como yo, no tenemos lo que llaman vida crediticia. Nos hicieron reuniones. Hice el curso. El primer préstamo fue de 60 mil pesos. Ahora voy en 800 mil".

"Esa fundación me ha servido de mucho. Más que todo para llevar las cuentas del negocio. Cada seis meses, hago un balance. Yo empecé con un enfriador alquilado: pagaba 200 mil pesos por el arriendo. El 3 de diciembre de 1993 saqué mi propio enfriador. Y la cuota inicial la pagué con el primer préstamo".

"Yo siempre he tenido el 'carisma' de trabajar independiente. Incluso, Ubaldo Pérez, mi marido, también tiene ya sus propios equipos de fumigación. Pero el deseo de superación ha sido la parte fundamental de todo mi negocio".

Publicado en el periódico Fundicar, número 4, julio de 1995




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