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Un policía de profesión que tiene el oficio de hacer reír a los niños


Por John Acosta

Al contrario de la mayoría de los niños de su edad, William Murillo nunca soñó con ser policía. Ni siquiera le quedó tiempo para acariciar la posibilidad de un futuro esperanzador. Su infancia se le quedó a retazos por los vericuetos de la geografía colombiana, durante un recorrido interminable que inició en el instante mismo en que su madre se vio sola ante el mundo, sin un marido que le ayudara a sostener los siete hijos que le habían quedado después de su fracaso matrimonial.

William Murillo Zamora tenía apenas cinco años. Y le tocó, entonces, abandonar al Tuluá, municipio del departamento del Valle, ubicado en el suroriente de Colombia,  que lo vio nacer para acompañar a su vieja en ese viaje sin destino. La costa norte fue la región en donde perduraron más tiempo. Su madre había montado un restaurante en Becerril, un pueblo del departamento del Cesar, en donde empezaba a insinuarse la fiebre algodonera. Hasta el día en que ella descubrió que sus hijos se estaban quedando ignorantes. Entonces, la nostalgia la hizo regresar al Valle de sus entrañas para quedarse en Cartago.

William Murillo era ya un adolescente. A los 14 años pudo reiniciar por fin sus estudios esquivos. Siempre fue el número uno en la clase. Pero las precarias condiciones en que se encontraban lo obligaron a retirarse del colegio después de que terminó el cuarto año de bachillerato. Quería ayudar en el sostenimiento de la casa porque era el único hombre del hogar. Empezó a tocar puertas buscando trabajo: no se las abrieron en ninguna parte. No hubo remedio: aunque todos los que lo conocían le aconsejaban que siguiera estudiando, William Murillo se fue a prestar el servicio militar.

Le tocó en la conflictiva región Magdalena Medio del país. Estuvo en medio del ruido de los motores fuera de borda de los comandos anfibios, siempre alertas a repeler la inminente emboscada de algún grupo armado ilegal. Fueron muchas las horas de insomnio que le tocó pasar, acostado dentro de las calientes carpas de campaña, regadas en la soledad del monte, martirizado no tanto por el temor de un ataque imprevisto, como por los sueños de ser ingeniero o de pertenecer algún día a los "marines" norteamericanos.

Tenía 20 años de edad cuando terminó en el Ejército Nacional. De nuevo se vio abocado a un mundo sin empleo, sin esperanzas, extirpador de sueños. Decidió seguir su carrera militar. De los lugares en que vivió durante su infancia viajera, le gustó la costa norte colombiana. Por eso, pidió que lo enviaran a la II Brigada en Barranquilla, próspera capital del departamento del Atlántico.

"Fui Ingeniero Militar. Pero no tenía nada, sólo mando, prestigio, poder. La familia estaba lejos. Me di cuenta que la Patria era una: mi casa y mi hogar, que la razón de vivir no era la guerra sino la paz. Entonces, me retiré del Ejército en 1991", contaría después. Era Cabo Primero.

Un Comandante le había conseguido un puesto de Supervisor de Vigilancia, en la central de abastos de Barranquilla, Corabastos. Unos policías, que habían sido compañeros de él en Tolemaida, durante su vida militar, lo convencieron para que se inscribiera en la Policía Nacional. "Vi que los sueldos no era malos y, sin tener vocación, decidí meterme", diría después enfundado en su uniforme verde oliva.

Cuando terminó el curso en la Escuela Antonio Nariño, de Barranquilla, en donde ocupó siempre los primeros lugares, tenía cuatro opciones para ir a ejercer su nueva profesión: los departamentos de Magdalena, Cesar, Córdoba y La Guajira. William Murillo habría querido trabajar en San Andrés, pero en esa época no hubo oportunidad. De modo que escogió a La Guajira.

Llegó a Riohacha, la capital de ese departamento, el primero de febrero de 1992. Después pasó a Maicao, en donde conoció a la mujer que más tarde sería su compañera de hogar: Jackeline Vergara. Con ella, y con su pequeña hija recién nacida, se trasladó a Urumita, en el sur de La Guajira. Al año de estar allá, regresó a la capital, Riohacha.

Se dio cuenta de que sus gastos iban a la par con su ingreso. "Me llegaba el sueldo y al poco quedaba sin cinco. Me dio, entonces, por hacer comercio". Por intermedio de la Policía, hizo un préstamo de 300 mil pesos y puso un restaurante en una esquina sin futuro. "Nadie apostaba un peso por ella: era un basurero". Restauré la casa, limpió el frente y registró el negocio con el nombre de Comidas Mely, en honor a su hija Melissa.

Le tocaba levantarse a las 4:00 de la madrugada para hacer las compras necesarias para el restaurante. A las 6:30 de la mañana estaba en la estación de policía. De 12:00 a 2:00 de la tarde, llegaba al negocio a supervisar las ventas. Y de 6:00 a 9:00 de la noche iba a revisar los libros de contabilidad. Esa maratónica jornada se vio premiada con los excelentes resultados. "Una cosa sí puedo asegurar: mis actividades personales nunca han interferido con el normal desarrollo de mi empleo oficial".

Su visión de comerciante lo llevó a otra actividad que daba mejores dividendos: el negocio del pescado. Le hacía falta capital para iniciar. Entonces, recibió uno de esos chismes oportunos que llegan en el momento justo: alguien le habló de la fundación que prestaba dinero con facilidades de pago en La Guajira. No quiso entrar a Grupos Solidarios porque necesitaba un préstamo más alto. Hizo el curso de microempresa y a principios de 1995 recibió su primer préstamo: un millón de pesos.  Ahora lleva pescado a los supermercados de Santa Marta y Valledupar. En La Guajira, las ventas han bajado. "Estamos luchando por subirlas. Estamos seguros que lo lograremos".
 
Actualmente, William Jaramillo se desempeña en la regional Guajira del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), como policía de menores. En su infancia, nunca soñó con ser policía: hoy es feliz trabajando con niños, metido ahí, dentro de ese uniforme verde oliva que tanto quiere. Y los menores lo ven como la proyección de sus sueños, como lo que ellos quieren ser cuando sean grandes.


 Publicado en el periódico Fundicar, número 4, julio de 1995

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