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Fabiola Remedios amasa la vida para que los demás coman el pan


Por John Acosta

Es una casa antigua. Está ubicada en la Riohacha vieja, de calles angostas. A través de la ventana grande que da al frente, se ve la vitrina con los panes exóticos. No es una panadería cualquiera. Tampoco lo es la dueña: Fabiola Remedios Weber manifiesta a los cuatro vientos que ella es naturista por excelencia. Es riohachera de pura cepa. Y si se metió al negocio de los panes integrales fue porque al llegar a su tierra, después de tres años de trabajar con la gente de un barrio de invasión en el lejano departamento del Caquetá, se encontró completamente desubicada. No encontró trabajo. Sus ahorros se fueron acabando poco a poco.


"Entonces, me inventé la granola", cuenta. Desde hacía tiempo, ella quería crear algo distinto. Por esa época, conoció a unos naturistas que le enseñaron a deshidratar alimentos. Consiguió ajonjolí, coco, maní, germen de trigo, salvado, avena y se dispuso a sacar su producto rico en fibras.

Una amiga que tenía en El Carmen de Bolívar, municipio del departamento de Bolívar (del Caribe colombiano, como lo es también su propio departamento, pero bastante retirado de su Guajira del alma), empezó a surtirla de miel de abeja. "La pobre: me la mandaba desde allá, tan lejos", recuerda ahora. Fabiola Remedios Weber dejó atrás todos los prejuicios sociales que la atormentaron hasta ese momento: se olvidó, incluso, de que tenía una carrera universitaria encima y salió a los pueblos de la Guajira a rebuscarse la vida con la venta de sus productos.

Todavía recuerda los viajes eternos por las carreteras polvorientas, las largas caminatas por las calles pedregosas de aquellos pueblos hirvientes, el palabrerío que usaba al principio para convencer a los primeros clientes sobre la necesidad de una dieta con alimentos de fibra; aunque después, con el pasar del tiempo, tenía que soportar satisfecha los reclamos de esa misma gente porque ella se había demorado en regresar con su andamiaje de productos alimenticios.

Aún quedan muchos amigos de aquellas jornadas de sol y polvo, diseminados por todo el departamento. Es apenas natural: ella duraba hasta cinco y seis días de pueblo en pueblo vendiendo su granola y su miel. Abrazada al bochorno del trópico, de casa en casa, tomando un vaso de agua de tinaja para calmar la sed y un pocillo de tinto para mitigar el cansancio.

Fabiola Remedios no nació en esos trotes. Hija única de una familia tradicionalista, a los siete años fue a estudiar primaria por un año en Bogotá, la distante capital del país, a donde solo iban a estudiar los hijos de padres pudientes. Allá vivió con su abuela. De ese primer impacto, el cambio brusco de un pueblo ardiente a orillas del Caribe por una ciudad gris y fría encaramada en los Andes, no recuerda ahora mayor cosa.

En cambio, sí tiene presente cuando volvieron a arrancarla a los 13 años de su Riohacha querida para internarla en un colegio de la capital del país. Nunca, como entonces, añoró tanto las vacaciones de fin de año para venirse corriendo a su ciudad natal. Encerrada en las cuatro paredes frías de un internado, recordaba con nostalgia la inmensidad del mar, la brisa constante que le azotaba su rostro de adolescente, las amigas del barrio, la señora Cándida y la señora Mauricia, que eran sus vecinas de siempre. Las vacaciones de mitad de año las aprovechaba para aceptar las invitaciones que le hacían sus compañeras de otras regiones del país. Así conoció a gran parte de Colombia.
 
Desde muy joven, Fabiola Remedios sintió vocación por las humanidades. Por eso, cuando terminó su bachillerato, decidió estudiar Trabajo Social. Hace 18 años que culminó su carrera y todavía no se ha graduado: en el último semestre de universidad decidió casarse con un cartagenero (de la ciudad del Hay Festival) que iba a pasar vacaciones a Bogotá.

Pasados siete años, se quedó sola en la mitad del mundo y con los pequeños hijos para mantener. Entonces, tomó la determinación de montar un carro de perros y salchichas frente al edificio de la, entonces, estatal empresa colombiana de telecomunicaciones, Telecom, en Riohacha: fue el primer negocio de ese tipo que instalaron en el sector. Le iba bien. Hasta que una amiga del Caquetá, que fue compañera de infortunios en aquellas correrías de complicidad del internado, la convenció para que se fuera hasta Florencia, la capital de ese departamento, a montar un negocio allá. Viajó con la plata de la venta del carro de perros.

Nunca montaron el negocio. El dinero que había llevado se le acabó. Afortunadamente, pudo colocarse como Coordinadora del Programa de Mejoramiento de Vivienda que el Plan Nacional de Rehabilitación implementó en la urbanización Las Malvinas, "el mayor barrio de invasión de Florencia", dice.  (A raíz de la guerra entre Argentina e Inglaterra por las islas Malvinas, en el año de 1982, en el Atlántico sur, no hay una sola capital colombiana que no tenga un barrio de invasión con ese nombre, tal vez como protesta de los pobres del país porque el presidente de la época convirtió a la nación en el único país suramericano que apoyó a Gran Bretaña). Fabiola Remedios duró tres años allá.

Volvió a Riohacha. Se encontró completamente sola y desamparada en su propia ciudad. Pero la granola y la miel la recuperaron de ese abismo de abandono en que se vio inmersa. De tanto recorrer los pueblos de La Guajira vendiendo sus productos, Fabiola Remedios Weber empezó a soñar con la idea de abrir un local, en donde la gente pudiera llegar a comprar sus alimentos. "Pero tenía que meterle otro producto. Entonces, pensé en los panes integrales", recuerda.

Ya tenía el sitio para ubicar el negocio: la vieja casona de sus ancestros. Le faltaba el dinero para comprar el ajonjolí al por mayor. "Ingresé al programa de Grupos Solidarios de la fundación que en La Guajira hace préstamos a personas como yo. Ahora, puedo comprar también la miel al por mayor".
Lleva cuatro años vinculada a esa fundación. "Abrí la panadería con el primer préstamo. También compré el horno y el amasador. Es que cuando uno se propone a realizar algo, las cosas le salen bien". La rara vez en que las ventas del día le dejan algún saldo de pan en las vitrinas, sale a venderlo como en los viejos tiempos de sus correrías pueblerinas. "La filosofía es mantener siempre las vitrinas llenas, pero de panes nuevos".


Publicado en el periódico Fundicar, número 3, abril de 1995

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