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Isolina pudo comprar su máquina de coser nueva


Por John Acosta

Isolina Teresa López de Daza comenzó a vivir su destino desde muy temprano. Distracción era un pueblo de calles ardientes y sin pavimentar, por donde corrían felices los niños que jugaban el chusaleco, la lleva y el escondío. Isolina comenzó su primaria en la Escuela Oficial de Niñas, que en esa época era de doble jornada, hasta que un chofer de camión, hechizado por los encantos físicos de aquella adolescente recién entrada al exclusivo mundo de las mujeres hermosas, se dio a la tarea de rescatarla para siempre del universo infantil del juego de muñecas: no perdía ocasión para enamorarla.

Aprovechaba cuando iba a la tienda a comprar las doce onzas de queso para la cena o los tres centavos de aceite para el almuerzo o el cuarto de panela para endulzar el café con leche del desayuno. O las tardes aquellas en que Isolina bajaba al río a recoger la ropa limpia que ella y su madre habían dejado tendida sobre el playón, desde la mañana, para que el sol la secara. O las seis veces al día, cuando ella iba y regresaba de la escuela, en la mañana, al medio día y al atardecer, con su cuaderno de 100 hojas rayadas, el otro de 100 cuadriculadas, el de 50 para caligrafía, y el lápiz negro y el rojo para títulos y para resaltar los signos de matemáticas y geometría, todos metidos en el bolso de tela que su madre le había cosido.

Entonces, él se esculcaba el alma para rebuscar los piropos más originales de camionero enamorado y se los soltaba todos, sin consideración alguna, con la esperanza de doblegar el reciente espíritu de mujer que habitaba en aquella jovencita. Tanta galantería y tanta insistencia hicieron que Isolina López terminara por rendirse de amor ante el hombre que la cortejaba.

A los 17 años de edad, Isolina Teresa se casó. Tenía la expectativa de iniciar una nueva vida, en donde ella sería ama y señora de su propio hogar. Pero a los seis años de casada quedó sola y con tres hijos para mantener: el esposo falleció en un accidente de tránsito. De aquel día fatídico hacen ya 30 años. Isolina lo recuerda como si fuera ayer porque en ese momento se inició su guerra a muerte con el mundo.

Sus padres la respaldaron en esos tiempos difíciles. "Ellos no tenían mucho que ofrecer, pero el apoyo fue grande", recordaría ella después, con la satisfacción de haber podido con la responsabilidad que el destino le echó encima. Isolina Teresa López de Daza debía escoger, entonces, cualquiera de las dos actividades destinadas para las viudas de la época que, como ella, escasamente habían llegado a cuarto año de primaria: lavar ropa ajena o dedicarse a coser. Ella se inclinó por lo segundo, guiada por el mismo espíritu de modista que había abrazado ya a muchos de sus ancestros.

Por esa época, no existía en Distracción, que apenas era un corregimiento enclaustrado a orillas del río Ranchería, en el sur del departamento de La Guajira, un sitio organizado para esa actividad y la gente debía ir hasta Fonseca, la cabecera muncipal, para mandar a coser su ropa. Isolina López comenzó con una vieja máquina que Carmen Solano de López, su madre, utilizaba para salir de apuros con los remiendos ocasionales que salían en la casa.

Isolina empezó como debía: chamboneando con los vestidos que le hacía a sus cuatro hermanas y pegándoles las cremalleras a los pantalones de sus cinco hermanos. Ella era la segunda de los diez y esa posición jerárquica la condujo directo al timón con que sus padres llevaban las riendas del hogar: los ayudó a criar a todos.

 Una de sus hermanas, que ya era profesora en Distracción, le regaló una máquina de segunda, más nueva que la de la señora Carmen Solano, y que había conseguido comprarla por 360 pesos. Entonces, Isolina López descubrió que aquello podía ser negocio y se dispuso a sacar adelante a sus hijos con el pedaleo de su vida.

No pudo evitarlo. A Isolina se le incrustó entre ceja y ceja un sueño de modista principiante: comprar una máquina de coser nueva. A pesar de que mucha gente del pueblo acudía a su casa a mandar hacer su ropa, a ella nunca le alcanzaba para realizar su anhelo.

Motivada por esa exigencia insatisfecha de su espíritu, Isolina López decidió buscar otros horizontes que le ayudaran con sus ingresos de modista de pueblo: mezcló su oficio con los viajes a Venezuela, en busca de mercancía para vender en Colombia. Visitó, de puerta en puerta, todos los pueblos de La Guajira para ofrecer sus productos baratos. Hasta que cuatro años después se dio cuenta de su triste realidad: tampoco así le alcanzó para comprar su máquina nueva. Han pasado ya 20 años desde el día en que tomó la determinación de dejar de ser mercadora y dedicarse solo a coser.

Hace 18 años, procedente de Bogotá, la lejana capital del país, se instaló en la región la Academia Nacional de Corte y Confección. Isolina López todavía recuerda las orejas rojas y los brazos de camarón asoleado de los profesores Miguel Ángel y Lucy, andinos acostumbrados al frío de los páramos, que pasaban todos los días por Fonseca a dictar allí sus clases, atosigados por la inclemencia del sol guajiro.

Isolina pagó 30 pesos por cada clase, de un curso que se inició en febrero y terminó en junio del mismo año y que le dio a ella la oportunidad que no había tenido nunca: estudiar por fuera. "Eran apenas unos diez minutos que se echaba uno en esa época desde Distracción hasta Fonseca, pero por fin tomaba yo lecciones fuera del pueblo", dice ahora. Por eso, no le importaba soportar el polvo de la carretera, que todavía estaba sin pavimentar.

Fue, precisamente, mediante ese curso que ella aprendió a coser con metro: antes cada cliente llevaba la muestra, que era siempre la pinta dominguera por ser la prenda con las mejores medidas. Entusiasmada con la nueva forma de coser, Isolina López pagó gustosa los 10 pesos que le costaba cada guía. Y ansió más que nunca su máquina nueva.

Hasta que en 1987 una amiga le contó que en Fonseca se había establecido una fundación "que hacía préstamos módicos". Ese mismo año, su vieja máquina sacó la mano: necesitaba un repuesto que Isolina no lo encontraba por ninguna parte. De manera que Isolina López fue hasta allá. "En ese tiempo, en la fundación dictaba el curso de microempresa el señor Jorge Parodi. Me dijo que si reunía un grupo en Distracción, él venía hasta acá a dictarnos el curso", recuerda ella.

Isolina reunió a 22 personas. Todos hicieron el curso. Y la modista de Distracción pudo, por fin, comprar su nueva máquina de coser con el primer préstamo que le hizo la fundación para el desarrollo industrial, comercial y artesanal de La Guajira. "Mire cómo son las cosas de la vida: el mismo día que me trajeron la máquina, llegó un joven del Ecuador con el repuesto de la máquina vieja". También lo compró, lo mismo que la vitrina para mostrar las telas de sus costuras.

Isolina está ahora en el programa de Grupos Solidarios de la fundación. Ya tiene dos hijos casados y dos solteros. "El menor fue un regalo que me hizo Dios para que me acompañara ahora. Dentro de poco, termina su bachillerato. Y le voy a dar la carrera que él escoja". Los demás terminaron la secundaria. "Y no dejo de tenderle la mano a mis nietos. Por eso, viviré eternamente agradecida con la fundación".



Publicado en el periódico Fundicar, número 3, abril de 1995

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