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Soy profesora por devoción y negociante por oficio


Por John Acosta

Siempre era así. Su hermano venía ocasionalmente de Medellín con las últimas modas de la fábrica textil de la capital de Antioquia. Trabajaba en esa empresa antioqueña y, cada vez que tenía la oportunidad, le traía a Juana Isabel Brito Molina, la hermana consentida, mercancía para que ella pudiera complementar con esas ganancias su frágil sueldo de profesora.

Cuando lo veían bajar del taxi con las dos o tres cajas de ropa nueva, abrumado por el calor al que ya se había desacostumbrado, irrumpían en manada a la casa. Llenaban la sala, miraban con avidez las prendas olorosas a nuevo y se medían en los cuartos las que creían les quedaban más bonitas. Hasta que Juana Isabel Brito Molina tomaba de nuevo las riendas de su negocio fluctuante y ponía orden a la euforia de sus clientes. Agarraba su libreta de apuntes y anotaba los nombres de quienes fiaban la mercancía.

Al día siguiente, bien temprano, tomaba las prendas dejadas por el torbellino de gente de la jornada anterior y, con el cabello bien peinado y todavía mojado, las llevaba al Colegio Parroquial, donde ejerce como profesora desde 1973. Entonces, aprovechaba los veinte minutos del recreo o cualquier hora libre para venderles a sus compañeros de trabajo la ropa que su hermano le había traído de Medellín.

La ropa que quedaba, después de las correrías de negociante hábil, la guardaba en su closet en espera de cualquier ocasión feliz en que un cliente apurado llegara en busca de la pinta apropiada para una fiesta especial: un quinceañero o un bautizo o una primera comunión o un matrimonio. Entonces, ella sacaba la amalgama de su muestrario textil y lo desplegaba ante el nuevo cliente. Cuando se cumplía el plazo estipulado, Juana Isabel Brito Molina llegaba al medio día a su casa con su sombrilla abierta que le protegía del candente sol y con el olor eterno de tiza metido en su alma. Se quitaba su indumentaria de maestra y se reconfortaba con el almuerzo que su madre le había preparado. Hacía la siesta de rigor aletargada con el ruido del ventilador de techo que giraba incesante sobre la cama.

Después de una hora, se levantaba para pegarse el refrescante baño de rutina en la alberca del lavadero que estaba al fondo del patio. Y salía a la calle como nueva, con su parasol bendito y su libreta para cobrar las cuotas vencidas de sus clientes.

Un negocio floreciente

El negocio fue creciendo. "El número de clientes se incrementó en forma notable", explicaría Juana Isabel Brito Molina algún tiempo después. "Pero nos dimos cuenta de que para la magnitud del oficio, no podíamos seguirlo manejando de esa forma". Se hacía necesario montar un local. "Debía ser cerca de la casa porque no podíamos darnos el lujo de pagarle a una persona para que lo atendiera".

Lo encontraron en la misma casa. Era un cuarto que daba a la calle. Mediante un crédito con la Caja Agraria, que era el banco oficial con que el gobierno de su país prestaba para los finqueros, cambiaron la ventana por una puerta amplia de garaje: adecuaron el local. Compraron unos exhibidores metálicos y Juana Isabel Brito Molina montó su negocio en forma. En las mañanas laborales, mientras ella dictaba sus clases, su mamá o cualquiera de sus hermanas atendían el pequeño almacén. En la tarde, después de su siesta habitual, Juana Isabel se ponía al frente de su negocio.

El único problema que encontró al decidir tomar el cuarto como local fue que doña Celinda Molina, su mamá, estaba amañada con su alcoba. "Todavía es la hora y no ha habido ningún poder humano o sobrenatural que la logre convencer de cambiar de pieza para dormir", contaría la hija después.

Todas las noches, doña Celinda Molina cuelga su hamaca y se acuesta a dormir en el almacén. "Yo le tomo del pelo diciéndole que me he encontrado una buena celadora. Pero, de todas formas, me da miedo: con tantas cosas que pasan en este país uno nunca sabe, se forma un tiroteo a media noche en la mitad de la calle y ojalá Dios nunca lo quiera, una bala puede penetrar con facilidad el portón metálico y sucede lo peor. Sin embargo, mi mamá sigue con su tema".

Juana Isabel Brito Molina nació en San Juan del Cesar, Guajira. Y nunca ha salido por mucho tiempo de su tierra. Ni siquiera para estudiar. Hizo la primaria en su pueblo. Terminó el bachillerato en la Normal de Señoritas de ese municipio. Ahí le nació su vocación de profesora. Esa ha sido siempre su profesión, incluso, aún después de haberle picado la avispa del negocio con aquella primera ropa que le traía su hermano de Medellín.

Consciente de que el sur de La Guajira es tierra fértil, Juana Isabel estudió Administración Agrícola y Ciencias Contables en el Instituto de Formación Técnica Profesional, de San Juan del Cesar. Sin embargo, tampoco ha puesto en práctica esa profesión: ha seguido siempre como maestra rasa. Como una profesora negociante. Porque desde la primera pez que su hermano trajo las primeras prendas, ella ha saboreado con creces los resultados de sus esfuerzos de comerciante primípara. Tanto, que vio cómo al local instalado le hacían falta otros productos. "Estaba desaprovechando la oportunidad de la gente que llegaba a vitrinear", contaría después.

Necesitaba más recursos económicos para montar lo que ella había soñado desde que se inició en ese negocio: una boutique con todas las de la ley. Dios escuchó sus ruegos. Se enteró de la existencia de una fundación que fomenta el desarrollo comercial, artesanal e industrial de La Guajira. "Fui a allá. Expuse las intenciones con mi pequeño almacén y me escucharon", recuerda.

Le hicieron su préstamo. "Compré más vitrinas. Pude introducir nuevos productos. Renové el surtido de la mercancía textil. Ahora sí poseo mi capital de trabajo, ya no dependo de lo que me envía mi hermano de Medellín", expresó con orgullo. Hasta le alcanzó para comprar la pintura con la que mandó a pintar en la pared de su negocio, el nombre que había ideado desde mucho tiempo atrás: Boutique Siempre de Moda.

Ahora tiene su almacén organizado. "Llevo mis libros de ingresos y egresos. Me va muy bien, gracias a Dios". Aún así, Juana Isabel Brito Molina sigue fiel a su primer trabajo: continúa dando sus clases por la mañana en el Colegio Parroquial, "pero la satisfacción más grande la tengo diariamente en las tardes: porque es cuando puedo atender yo misma mi propio negocio”.



Publicado en el periódico Fundicar, número 1, agosto de 1994

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