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La obsesión de un escultor

Por John Acosta

Desde que empezó su labor gratificante de creador solitario en La Guajira, a Manuel José Rincón Pico lo ha perseguido siempre un sueño: hacer una escultura grande para regalársela a cualquier población de la península. Y no se ha quedado con los brazos cruzados en espera de que las condiciones se le den como por arte de magia. Lo que pasa es que su locura de genio no le ha alcanzado todavía para convencer a la dirigencia cultural sobre sus nobles propósitos.

"Yo no pido ninguna contraprestación económica. Sólo que se me suministre el apoyo logístico para poder hacer las cosas. La satisfacción más grande para mí sería que, una vez concluida mi gran obra, la gente se acercara a reconocerla", dice. Entonces, se acomoda en su silla, mira fijamente al periodista y lanza su dardo certero con una sinceridad que convence: "Sólo con eso, gano más que cualquier cantidad de plata".


Empezó por hacer un gran proyecto que todavía carga doblado en su carpeta de emociones y que lo saca de allí únicamente para demostrar que es cierto. Realizó una maqueta con sus materiales de costumbre y se lo llevó todo al Gobernador de la época. "Recuerdo que al hombre le gustó. Lo iba a realizar en Riohacha. Pero la idea se dilató por politiquería: me cansé de tanto ir y venir a su despacho sin que volvieran a recibirme".


Después de eso, ha visitado alcaldías exponiendo su idea con la esperanza de realizar su gran sueño. "Pero no sé qué pasa". Con los anhelos truncados en Riohacha, se fue a vivir a Valledupar. "Desde aquí me queda más fácil viajar por los pueblos del sur de La Guajira". Su obsesión ahora está en Villanueva. "Una escultura inmensa en medio de la "Y" que está a la entrada del pueblo se vería hermosa", dice sonriente. Y fascinado con esa idea, Manuel José Rincón no puede evitar un suspiro largo y profundo cada vez que pasa por allí en los buses que lo traen a La Mina y mira el espacio justo para su obra a través de la ventanilla del termoking. "Algún día será", se dice entonces.

Lleva más de cinco años con ese deseo rondándole la cabeza. Sus amigos, que conocen la obsesión de Manuel José, le preguntan a cada rato cómo va la obra. Ya él no sabe cómo responderles. "Me da pena con ellos, pero persisto en eso". Y es que Manuel José Rincón ha participado en obras grandes. Todavía recuerda el montaje de una gran planta de combustibles en el Guainía, con unos tanques inmensos que le abrieron por siempre sus deseos de hacer cosas grandes. Por eso mismo, cuando leyó el aviso en el periódico de su natal Bucaramanga, Vanguardia Liberal, en el que decían que necesitaban técnicos eléctricos y mecánicos, él no vaciló en presentarse.

Tenía el presentimiento de que se trataba de algún proyecto enorme. Pero apenas entró al lugar de reclutamiento, en el hotel Chicamocha, sus esperanzas se desvanecieron. "Imagínese que de los aspirantes, el que menos alardeaba, hablaba de mantenimiento de aviones", recuerda. Eso para él, un mecánico industrial egresado del Sena, era inalcanzable. Sin embargo, los compañeros casuales de ese día lo convencieron para que se quedara. Presentó las pruebas, lo llamaron. "Y hasta el sol de hoy. Así entré a Intercor". En algún momento del pasado, Manuel José se vio recogiendo la chatarra que se desechaba en los talleres. Tuercas, tornillos, pedazos del metal que fuera y que hubiera caído en desuso con el pasar del tiempo. Se los pedía a la persona autorizada y se los llevaba a la habitación que había arrendado en Riohacha.

Entonces, aprovechaba la tranquilidad de su descanso y le daba rienda suelta a su imaginación sin límites. Empezó a realizar sus primeras esculturas, a participar en cuanta exposición organizaran en cualquier evento cultural y a soñar en grande con su obra inmensa. También hace cuadros en las diferentes técnicas que su creatividad se inventa. Pero no puede evitarlo: Ahora tiene en su cabeza el sitio exacto que está en la "Y" antes de entrar a Villanueva por Valledupar.

Publicada en la revistas Intercor 60 días, número 16, febrero de 1996

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