10 jul 2012

Así quedó el cementerio del nuevo Oreganal

El traslado de los muertos hizo parte del proceso de reasentamiento de la comunidad de Oreganal, en el departamento de La Guajira

Vida cotidiana en el parque del nuevo Oreganal, comunidad reasentada por la dinámica de la minería del carbón

Ya la comunidad de Oreganal tiene más de 12 años de estar reasentada en su nuevo sitio. Los frondosos árboles del parque hacen parte de la cotidianidad del pueblo reciente.

Reasentamiento de Oreganal. Habla Ruth Caldera

El proceso de negociación para el reasentamiento de Oreganal inició en 1991 entre la empresa minera colombiana Carbones del Caribe y la comunidad, teniendo como garantes a la parte oficial: alcaldía, gobernación y entes descentralizados. Hoy, la comunidad reasentada camina de la mano con las empresas asociadas en Carbones del Cerrejón. La líder Ruth Caldera (sobrina de Bertha Caldera, la de la famosa canción) habla del antes y del ahora de ese reasentamiento

9 jul 2012

El porqué seguí con mi tarjeta de crédito Olímpica

Por John Acosta

Me he equivocado muchísimas veces, pues,  afortunadamente, mi fragilidad de humano sale a flote con mucha frecuencia. No obstante, la fortaleza humana aparece casi enseguida y me pone frente al espejo de la dura realidad de seres inermes, pero valientes: me toca reconocer mi propio error. No han sido pocas las oportunidades que he contado con la satisfacción de que la persona o la institución que padeció mi falla, me dé una segunda oportunidad para enmendar mi acción: en las ocasiones que ha pasado, lo he agradecido con la profundidad que remueve mis entrañas. Por eso, cada vez que el uso de la razón me lo permite, soy consecuente cuando el destino me ha puesto en la orilla opuesta; es decir, cuando es a mí a quien me ha tocado sufrir disparates de otros, no dudo ni un instante en dar otro chance, si así es solicitado. Jesús de Nazareth lo enseñó de otra manera: hay que poner la otra mejilla.

23 jun 2012

Ser macho no es llevar un arma en la pretina


Por John Acosta

La primera imagen que tengo en mi memoria de un muerto a tiros sucedió en La Junta, al sur de La Guajira. Eran las ocho de la mañana y el pueblo había amanecido con una agitación inusual porque en la orilla del río alguien quemó el carro de un habitante conocido y le disparó a quemarropa al hijo más querido de una familia humilde. Yo era, entonces, un niño famélico y lombriciento que se levantaba, todos los días, directo a la cocina a sentarse en la piedra que estaba en un rincón, desde donde veía a mi abuela amasando el maíz para las arepas y bollos del desayuno.

21 jun 2012

Sí hay una Guajira solidaria, afortunadamente


Por John Acosta

La Guajira era sólo un pedazo de tierra que se adentraba al mar como escudriñando, en el vaivén de las olas, los misteriosos mensajes de otros mundos lejanos. Y habitada por gente estupefacta que no lograba responderse todavía qué se había hecho el pasado inmediato de una riqueza efímera, pero ruidosa, que la mantuvo en un estado de éxtasis esquizofrénico. La producción y comercialización de marihuana había pasado como una ráfaga de viento que los mantuvo a todos en el vilo de la opulencia desbordada. Fue una especie de máscara carnavalesca que representó la comedia real de una felicidad sin límites: los envolvió en un limbo de fantasías alcanzables en donde creyeron permanecer hasta más allá de la eternidad.

17 jun 2012

Día del Padre: un digno ejemplo de él


Por John Acosta

Acababa de recibir otro regaño de su mamá, Miriam Aragón Villa. La razón, la misma de siempre: el trago y las mujeres. De modo que con semejante guayabo encima, Francisco Antonio Sánchez no presintió que el hecho de contestar el teléfono por casualidad le significaría la redención de su vida parrandera. Ese fin de semana había llegado a Barrancabermeja, municipio petrolero del departamento de Santander, dispuesto a embalsamarse de amor familiar en la casa materna.

Feliz día, papá

Papá, mi querido viejo: hoy yo soy más viejo que tú, pues ya sobrepasé la edad en la que te detuviste, hace ya más de 20 años. Quedé como una cometa sin rabo: dando tumbos, pero tomé el valor que siempre me inculcaste para sobreponerme a la tristeza de tu partida. 

16 jun 2012

El porqué devolví mi tarjeta de crédito Olímpica


Por John Acosta

Hace un año, tomé la decisión de entregar todas las tarjetas bancarias que poseía y me quedé solo con la Tarjeta de Crédito Olímpica (TCO). La razón era que yo no le compraría a ningún supermercado diferente a Sao u Olímpica, pues es el único con capital 100% colombiano y yo le quiero comprar a mi país.  Se me hinchó el orgullo nacionalista: saqué pecho y lo hice.  Adicional a eso, como si lo anterior fuera poco, Sao y Olímpica son orgullos costeños.  Recuerdo que en mi época de estudiante en la lejana y fría Bogotá, la capital de Colombia, yo iba a una Olímpica y conseguía los productos de mi tierra. Esas eran razones más que suficientes para quedarme solo con la TCO.

14 jun 2012

Las Farc atentaron contra a la vía férrea de El Cerrejón


Un comando de las Farc dinamitó el tren de transporte de carbón de la mina de El Cerrejón, una de las más grandes del mundo, en el departamento caribeño de La Guajira, el 2 de mayo de 2002. Los insurgentes detonaron el artefacto a unos 100 kilómetros de Riohacha, provocando el descarrilamiento de catorce vagones del tren, que transportaba 5.000 toneladas del mineral hacia la terminal caribeña de exportación de Puerto Bolívar. Ninguno de los operarios del tren resultó herido en el atentado, que paralizó la línea férrea y comenzó a ser reparada de inmediato.

13 jun 2012

Historia cotidiana de una cena desafortunada


Por John Acosta

Los perros miraban con ansia el trozo de carne que Aura tenía en sus manos. La mujer estaba sentada en un asiento de cuero, recostado en la pared de barro rústico de la cocina, abriendo la carne que había comprado esa mañana en el matadero del pueblo. El cuchillo perdía el filo por momentos y Aura lo rastrillaba en la piedra de amolar que tenía a su lado para esos casos de emergencia, y continuaba con su labor feliz de cocinera sin sueldo.

Oreganal: ¿primer pueblo reasentado en Colombia?



Continúa en firme la investigación, desarrollada por dos profesores de la universidad Autónoma del Caribe (John Acosta y Anuar Saad) y patrocinada en su totalidad por Cerrejón, sobre la historia del proceso de reasentamiento de Oreganal, población del departamento de La Guajira, que tuvo que ser reubicada por la dinámica propia de la producción minera en gran escala.

7 jun 2012

La Ley 100: ¿negocio para las EPS?


Por John Acosta

Carmen se agarraba deses­perada de la cabecera metá­lica de la cama de mi abuela. Una de las mujeres le ungía algo en la frente con un trapo. Otra le agarraba las piernas tensas. "Ay, Dios mío", se quejaba ella con la voz entrecortada. "No seas cobarde, carajo: puja más es lo que debes hacer", recibía como respuesta. Hasta que su mirada, que buscaba con ansiedad un punto de apoyo en el espacio del cuarto, se topó de repente con mi rostro pálido y estupefacto. "¡Saquen a ese muchacho!", gritó restablecida por un instante en que el dolor paró.

5 jun 2012

Reasentamiento de Oreganal: arrancó la investigación para el libro sobre la historia de este proceso


Carbones del Cerrejón Limited, "Cerrejón", consideró viable la Oferta presentada por los comunicadores sociales  John Javier Acosta Rodríguez y Anuar Elías Saad Saad,  profesores de tiempo completo del programa de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Autónoma del Caribe, para la ejecución de un trabajo de investigación de carácter cualitativo sobre el impacto social de los procesos de reasentamiento y post-reasentamiento de la comunidad de Oreganal, localizada en el municipio de Barrancas, departamento de La Guajira.

3 jun 2012

La historia de la pólvora se escribe con estragos

Por John Acosta 

La onda explosiva destruyó hasta el antiguo trapiche en donde los trabajadores molían la caña dulce. El ruido ensordecedor se diseminó por toda la zona, tropezó con los cerros adyacentes y se elevó por el aire junto con los miles de trozos humanos que volaron entre la madera y el barro de las paredes. Al final, sangre esparcida, árboles gigantescos sacados de raíces. Desolación total. Y ni un gramo de pólvora.

No es una escena de las múltiples bombas del narcotráfico, cuyas destructoras ondas expansivas tratan de someter a la patria a los requeri­mientos caprichosos de los delincuentes. Ni de las bombas con que el Estado colombiano combate los campamentos de los armados ilegales. Tampoco es producto de la fantasía violenta de Hollywood. Es un ejemplo extraído de la historia que muestra el poder exterminador de la pólvora. 

2 jun 2012

Préstamos blandos a pequeñas unidades productivas: pagar, paga


Por John Acosta

Cada semana, la vieja Aba mandaba a su nieto a la tienda de la señora Fanny a buscar fiado las cinco libras de arroz en el pote de lata en el que seis años atrás vinieron las galletas de soda, la caneca con los cinco litros de aceite vegetal, la barra de jabón para la­var los chismes y la otra para la ropa, los cuatro plátanos verdes y los dos maduros del almuerzo, y el galón de petróleo para prender la lámpara en las noches y encender el fogón en las madruga­das. En la mochila de fique que el pequeño llevaba ter­ciada en su hombro iz­quierdo para echar las compras, estaba la libreta de hojas de cuadernos en desuso que la vieja cosía para que la dueña de la tienda anotara en él la mis­ma cuenta de su libro de deudores.

22 may 2012

El primer guajiro que operó un tren en su tierra



Por John Acosta

El tren estaba cargado. La suave y persistente brisa mañanera se contoneaba con libertad por el espacio, lleno de luz, de la atmósfera guajira. Traía consigo el ruido lejano de la maquinaria pesada que laboraba en el área de la mina. El sol había salido sin dificultad detrás de las últimas ramificaciones de la Serranía del Perijá. Y se alzaba impetuoso, sin que ninguna nube interrumpiera su andar monárquico. Eran un poco más de las seis.

16 may 2012

Un guajiro que anda, con pasos seguros, por los caminos de la vida


Por John Acosta

Los estudiantes caminaban en fila india. Adelante iba la banda de guerra del cole­gio con las bastoneras más hermosas que había concebido el mundo hasta entonces. Habían sido escogidas entre las jovencitas del quinto y sexto año de bachillerato, no tanto por su rendimiento acadé­mico como por la magia estética de sus bellezas. La calle estaba sin pavimento. Los perros, asomados en las rendijas de la cerca de sus casas, miraban asustados el polvo que levantaban los pies de aquella marcha estudiantil.

14 may 2012

La persistencia tiene sabor a miel


Por John Acosta

Ena Luz Aguilar Arizmendi probó la hiel del fracaso cuando tuvo su primer negocio. Había puesto todo su empeño en la culminación de uno de sus grandes anhelos, un taller de confección. Como pudo, se metió en 1983 en el compromiso de unas máquinas y contrató a tres ope­rarías para que la ayudaran. Al año tuvo que desistir de su terquedad de seguir manteniendo un negocio que no le daba ganancias.

10 may 2012

Un aventurero que tiene mucha madera


Por John Acosta

Reconoce que tiene un espíritu aven­turero capaz de emprender las empresas más locas y salir airoso de ellas. Así re­corrió al país palmo a palmo cuando era miembro de la Asociación de Artesanos del Atlántico, pero nunca pudo contra la nostalgia visceral que le carcomía el alma cada vez que estaba lejos de su casa: le tocaba regresar a su tierra, dejando atrás la gloria que empezaba a sonreírle en re­giones lejanas para atender el llamado de la mamitis aguda que le azotaba el cora­zón. De modo que tuvo que terminar clau­dicando sus deseos de conocer el mundo para montar su negocio de muebles en Barranquilla a mediados de los años 70.

3 may 2012

Para atender a su tienda ha nacido


Por John Acosta


Luz Esther Mendinueta Osorio todavía guarda la pri­mera factura de las compras que hizo para montar su tien­da: es por 300 mil pesos y está fechada el 20 de octubre de 1994. Las realizó con el primer préstamo que le aprobó la fundación que le prestaba a personas que, come ella, no tenían acceso a los bancos. Le facilitaron 150 mil pesos. Ramón Torres Marulanda, su marido, que todavía no acababa de re­ponerse de la sorpresiva determi­nación de su mujer, tuvo que dejar la cadena de oro empe­ñada en el depósito de víveres para que le fiaran los 150 mil pesos restantes, mientras la fundación le aprobaba el segundo préstamo a Luz Esther.

26 abr 2012

Un estudiante pobre que no le dio la gana de marcharle a la violencia


Por John Acosta

Todavía recuerda su viaje incierto a Pereira, la capital del remoto departamento de Risaralda, enclavado en el corazón de los Andes colombianos. Había salido de Riohacha, capital del caribeño departamento de La Guajira, con 170 mil pesos en el bolsillo y su alma preñada de sueños. Se fue por Medellín. A sus 17 años, no conocía sino hasta Montería: "Iba a ciegas", diría después. Cuando llegó a la terminal de transporte de la ciudad cafetera, se sintió el hombre más solo del mundo. Al subirse al primer taxi que encontró, el conductor lo vio por el espejo y tuvo que darse cuenta de la cara de angustia porque le preguntó para dónde iba con voz de lástima. No sabía qué responderle, pero debía hablar enseguida. "Para el centro", fue lo único que se le ocurrió decir.

23 abr 2012

La juntera que se graduó de licenciada


Por John Acosta

Era la primera de la fila de elegantes mujeres que estaban sentadas frente a la tarima del Centro de Con­venciones Anas Maí, de Riohacha, capital del departamento de La Guajira. Había llegado de La Junta, su remoto pueblo del sur de La Guajira, a recibir, junto con sus 21 compañeros, el cartón que la acreditaba como licenciada en Educación Básica Primaria. Para ella, era la culmina­ción de desvelos y apuros por entre intrincados y pe­dregosos caminos en motocicleta, en burro o a pie para llevarles educación a los niños de las veredas apartadas, que se perdían entre las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

20 abr 2012

Las muñecas de trapo se quedaron sin sus vestiditos


Por John Acosta

Rosa Edith González está loca por comprarse una fileteadora. Su pasión por la modistería no se le apareció de improviso. Por el contrario: todavía recuerda cuando llegaba de la escuela pública con su uniforme de cuadros y su bolso kaki cargado de cuadernos ra­yados de 100 hojas, y, al en­trar a la casa, la primera imagen con que se topaba era la de su madre refun­fuñando con su vieja má­quina de coser.

18 abr 2012

Historia del Cerrejón (Última parte): Hechos sobresalientes en la historia del proceso


Por John Acosta
1975

Octubre: El gobierno colombiano invitó a 17 firmas para que participaran en le licitación que abrió para la explotación de las 38 mil hectáreas que componen a la Zona B o Zona Norte de los carbones de Cerrejón. Sólo cinco firmas se presentaron. Y de ellas, únicamente tres cumplieron todos los requisitos exigidos.
 
La International Colombia Resources Corporation -Intercor-, filial de la Exxon, fue la escogida. Su oferta de regalías duplicó a la compañía que le seguía.



1976

Junio: El gobierno nacional adjudicó a Intercor la explotación de la Zona Norte de El Cerrejón.

12 abr 2012

Historia del Cerrejón (9): Así penetró Cerrejón en el mercado mundial del carbón



Por John Acosta

El 27 de diciembre de 1984 arribó a La Florida el buque La Guajira, transportando 26 mil toneladas de carbón procedentes de La Guajira. Era el primer embarque que se hacía del mineral producido en El Cerrejón Zona Norte. Y era el ingreso de Colombia al grupo de países abastecedores de carbón.
Ese primer embarque no se hizo a través de Puerto Bolívar. Ni se transportó hasta el mar en el ferrocarril. Puerto Zúñiga, un muelle carbonífero de la compañía colombiana Prodeco, ubicado cerca al aeropuerto Simón Bolívar de la ciudad de Santa Marta, es el que ostenta el trofeo de ser el puerto donde se enviaron al mundo las primeras toneladas de carbón extraídas en la Zona Norte. El mineral fue llevado hasta Puerto Zúñiga en camiones de 35 toneladas de capacidad.

Historia del Cerrejón (8): Así fue el proceso de exportaciones anticipadas en el Cerrejón


Por John Acosta
Una mujer wayuu estaba colgando su ropa sobre la cerca de yotojoro del corral de chivos. Su marido afilaba el machete en la piedra especial que tenía debajo del palo de trupillo, sembrado en el frente del rancho. Una anciana gorda lavaba los platos sucios del desayuno, sentada en la mitad del patio. Tres niños correteaban a pleno sol una pollina por los alrededores de la ranchería.

27 mar 2012

Historia del Cerrejón (7): Así se construyó el único ferrocarril de trocha ancha de Colombia


Por John Acosta

Ubicación del Cerrejón
Eran las diez de la mañana. El campero había llegado a la ranchería después de su transitar tortuoso por las trochas intrincadas y resecas de la alta Guajira. Los negociadores de tierra estaban acostumbrados ya a enfrentar la dureza del clima árido de la región. Y al paisaje de trupillos y cactus que se levantaba entre los arenales brillantes de esa tierra desértica. El polvo, el calor y la brisa seca eran los fieles compañeros de entonces. En invierno eran los zancudos, el barro y las atolladas inmisericordes que los hacía amanecer en medio de la soledad tenebrosa de algún monte casual. Así se adquirieron las tierras de la mina, de la carretera y del puerto.

Historia del Cerrejón (6) Los silos, una curiosa historia en cifras


Por John Acosta

Ahí están. Erguidos e imponentes. Desafiando los vientos que merodean con insistencia. Con una altura de 72 metros, forman parte del sistema de manejo de carbón de la mina, cuya construcción se terminó en el último trimestre de 1984. Se trata de los silos.

Cuatrocientos hombres se necesitaron para levantar las dos torres gemelas que se alcanzan a ver desde cualquier punto del área de la Mina. Estructuras de alambre y de hierro, vigas de acero, talleres de carpintería, decenas de metros cúbicos de concreto. Polvo, sol, ruido de maquinaria, pliegos de planos. Ese fue el ambiente de trabajo que se vivió en las 24 horas diarias de labores.

También hubo lluvias. Pocas, pero quedaron grabadas para siempre en las personas que participaron de aquellas titánicas jornadas: la intensidad de los aguaceros provocó más de un estrago en la etapa de construcción. Rafael Rangel, un ingeniero eléctrico que estuvo de lleno en los trabajos de levantamiento de los silos y que ahora es un codueño de una de las empresas contratistas que le sirven a Cerrejón, nunca olvidará un caso insólito, increíble de verdad, que presenció en una de esas arduas batallas de construcción.

Historia del Cerrejón (5): La carretera Mina-Puerto Bolívar: una vía para el progreso


Por John Acosta

La cuchilla del buldócer D-6 se movilizaba imponente sobre el ardiente suelo guajiro. Un chivo extraviado miraba con sus orejas paradas, desde la parte alta de una loma de arena, el avance de fuerza de esa máquina prodigiosa. El polvo, levantado por el andar majestuoso de ese monstruo mecánico, se esfumaba entre la brisa seca de la región. Tres pequeños wayuu observaban admirados cómo caían los trupillos y cardones para darle paso a aquel aparato extraño.

Detrás iba quedando, limpio y majestuoso, un hilo blanco de cinco metros de ancho que los niños pisaban envueltos en el derroche de alegría propio de la infancia que galopea libremente por la inocencia de los campos. Era el primer vestigio de una carretera que se desprendía debajo de las llantas de oruga de aquel buldócer para convertirse en la recta del futuro promisorio de una región abandonada a su propia suerte. Ese sería el inicio de la arteria terrestre que se instauró como el medio de transporte de equipos, materiales y recursos para construir la infraestructura del complejo carbonífero más grande de Suramérica.

25 mar 2012

Historia del Cerrejón (4): Comiendo chivo y queso de cabra en Puerto Bolívar


Por John Acosta

Dibujo de Javier COVO Torres
Eduardo Gutiérrez llegó a Media Luna cuando sus moradores todavía miraban pasar los barcos contrabandistas sin ninguna esperanza. Lo único que existía en el sector eran las rancherías regadas por los arenales del desierto. Allá fue a parar el grupo de hombres encargado de realizar los trabajos en el mar. Todas las mañanas debían levantarse temprano. Se bañaban debajo de un trupillo, al aire libre. Desayunaban con los alimentos típicos de la región. Y enfrentaban las aguas saladas montados en los remolcadores.

Historia del Cerrejón (3): Puerto Bolívar, la sorpresa de su hallazgo


Por John Acosta

Media Luna era un caserío de indígenas condenado a ver pasar los años  en los barcos de contrabandistas que transitaban por el canal  natural de aguas profundas, originado desde el océano hacia Bahía Portete por los designios sagrados de la naturaleza. Sus habitantes estaban destinados a dejar transcurrir los días en el sopor del sol tropical, acostados en un chinchorro bajo la sombra de su enramada de yotojoro (especie de madera que tiene el cardón por dentro y que los indígenas guajiros utilizan en el cercado de sus corrales y en el techo de sus viviendas), mientras la embarcación cruzaba con su carga de mercancías.

Historia del complejo carbonífero Cerrejón (2): Así fue la etapa de exploración


Por John Acosta

Era de madrugada. Los primeros cantos de los pájaros silvestres invadieron el campamento. Una brisa seca y fría inundaba el ambiente. Detrás de la serranía, el cielo era rojizo: iba a salir el sol. A lo lejos se escuchaba el bramido de los terneros encerrados en los corrales: estaban ordeñando las vacas. Por las rendijas de las ventanas de las barracas se escapaban rayos de las luces recién encendidas.

Los más madrugadores estaban metidos ya en los baños. Los demás, se desperezaban en sus camas. Pacho, el cocinero chino que los tenía cautivados a todos por su destreza en las artes culinarias y por su jerga de oriental novato, había preparado el desayuno.

A las siete salieron. Con sus cascos de ingenieros y sus botas de mineros en potencia. A esa hora, el sol empezaba a calentar. El cielo estaba más despejado que nunca. Y la brisa perdía poco a poco su capacidad de enfriamiento.

Historia del complejo carbonífero Cerrejón (1): Así llegaban los pioneros a La Guajira


Por John Acosta

Aspecto del campamento de Tabaco. Al fondo, la pista de aterrizaje,
 con el avión que viajaba los jueves Bogotá-Tabaco-Bogotá
Hacía mucho frío. La brisa helada de esa mañana glacial ponía a temblar a cualquiera. A esa hora, el ambiente en el aeropuerto era como la atmósfera de esa ciudad: siempre gris. La gente llegaba atrasada. Se bajaba del taxi a toda prisa. Confirmaba su tiquete y entregaba su equipaje. Sólo entonces sonreía feliz: no la había dejado el avión.

Mujeres con sus abrigos de paño y sus caras recién maquilladas. Hombres con sus sacos y corbatas o sus chaquetas de cuero fino. Policías caminando con sus manos enlazadas hacia atrás, entumidos por el frío. Maleteros con sus uniformes de porteros de taberna y sus carros de tubo ofreciendo sus servicios. Y la voz de la dama que anunciaba, por los altoparlantes invisibles, la salida y llegada del último vuelo, con la característica de siempre: nadie entendía qué decía.

23 mar 2012

La última carrera de cangrejo fue por un pan


Por John Acosta

Duraban hasta ocho horas metidos en el mar. El de ese día, había sido el ejemplar más grande que cogía el niño Robinson José. Lo que él ni los demás niños llegaron a pensar, entonces, era que sería el último cangrejo que Robinson cazara en su vida. En la carrera de cangrejos que los muchachos acostumbraban a realizar a diario en la playa, los animales de Robinson José casi siempre ganaban. Era obvio que ese día, con semejante ejemplar tan grande, no tenía por qué ser distinto. Ya los otros niños habían cazados sus cangrejos. En medio de gritos de jolgorio, empezaron la competencia. Poco a poco, la torpeza y la grasa del gran cangrejo de Robinson José lo fueron dejando relegado hasta quedar completamente atrás. Fue la última carrera de cangrejo que Robinson José Pérez Ruiz perdió en su vida.

17 mar 2012

El Cantor de Fonseca es un carpintero feliz


Por John Acosta

Nací en Fonseca, en el departamento de La Guajira, el 22 de febrero de 1944. Aquí mismo hice la primaria y llegué hasta tercero de bachillerato. Por ese entonces, andaba con mi mamá p'arriba y p'abajo. Hasta que en 1966 me fui pa' Venezuela, por plena vía, con permiso fronterizo y todo. Allá me quedé hasta el 69. Trabajé duro y parejo en una finca.

Recuerdo que manejaba un tractor. Pero me vine otra vez pa' Fonseca. Llegué a atender un negocio de billares que mi papá había alquilado. Ahí tuve un fracaso, problemas de peleas que no vale la pena mencionar ahora. Entonces, me tocó irme pa' Caracolicito.

Me fui comprometido con Mariela Figueroa, la mujer que hoy en día es mi esposa. Allá la cosa se puso tesa. Vi que no era mi medio. Y regresé a Caracas. Después, con el tiempo, cuando ya estuve más o menos ubicado, se fue Mariela. Se llevó a las dos niñas que nos habían nacido: Maríena y María Nella.

11 mar 2012

Mi vieja compuso un verso para la vida


Por John Acosta

Los muchachos traían la algarabía de siempre. Allá arriba, en el firmamento, la luna brillaba en todo su esplendor. Las nubes de polvo que levantaba el camión, en su andar tortuoso por la carretera sin pavimento, se posaban en los montículos que estaban a los lados de la vía. Esa noche, la gente estaba más feliz que de costumbre porque les había ido bien en los campos algodoneros. Eran las nueve pasaditas. Y la mayoría de los pasajeros venía sin almorzar todavía.

Sin embargo, estaban contentos. No sólo era lo habitual después de que regresaban del trabajo, sino que, además, ese día no llovió y el carro pudo bajar sin atollarse en los barriales que se formaban. Antes de llegar al Batallón, algunas de las mujeres que venían en el camión les advirtieron a los muchachos que se callaran, pero ellos siguieron con su gritería de adolescentes.

9 mar 2012

La ranchería Aulaulia, de los wayuu, ha cambiado


Por John Acosta

Por eso, siempre van a la granja. El tío Efraín es el que más trabaja la tierra.   El pequeño Jean Carlos lo ve desde la sombra de un palo de corazón fino. Así, con sus pantaloncitos cortos, sus costillas al aire y sus pies descalzos, Jean Carlos acompaña a Teresa Ipuana, su madre, cuando en las tardes ella pasa por los cultivos y arranca un tallo de cebolla larga o una berenjena o un ají, en fin, lo que está dispuesto para la comida de la noche.

En la ranchería Aulaulia, todos los sembrados están bonitos. El único problema que deben afrontar es el de los pájaros ociosos: no pueden ver que un pimentón está rojo porque vuelan a comérselo. Alexandra Navarrete, coordinadora del programa de ayuda a los indígenas de la fundación que hace préstamos a estas comunidades indígenas, espera solucionarlo con un gavilán disecado que pondrá en la mitad de la huerta. Con los ajíes no se meten: las aves le tienen pánico al picante.

6 mar 2012

Las artesanías de Colombia tienen un sello en La Guajira

Por John Acosta

El frente del negocio de María del Carmen Castaño tiene piso nuevo. Se lo construyó su marido hace poco. Por eso, hubo que regresar al día siguiente para tomarle las fotos: toda la mercancía estaba guardada adentro. Pero la entrevista sí se hizo esa tarde. María del Carmen estaba haciendo la siesta. Sugey Alcira, su hija, la despertó para que atendiera la visita que acababa de llegar.

Empezó hablando poco. Después, sí se soltó. De vez en cuando se interrumpía para preguntarle a Eulises Díaz algún detalle que había olvidado. Su marido detenía su oficio momentáneo de albañil novato y le añadía a la historia los remiendos que se le quedaban a la esposa.

Llegaron a Riohacha en 1990. Se habían venido de Barranquilla en busca de la ayuda que les ofreció un hermano que Eulises tiene en la Asociación de Artesanos de La Guajira. No tuvo más remedio que ponerse a ayudar al hermano en los menesteres de aquel quehacer de paciencia. María del Carmen Castaño también empezó a trabajar con otro cuñado suyo para poder levantar el sustento diario. Ambos, María y Eulises, soñaban con laborar juntos en un negocio propio. Ya tenían dos hijos para sostener y esa situación de incertidumbre los atormentaba todas las noches, cuando podían compartir, por fin, después de una larga jornada, las penas y desdichas de no tener nada.

4 mar 2012

Mi carisma me sacó del proletariado


Por John Acosta

Arlem Alvarado no esperaba que la entrevista fuera esa tarde. Cuando llegamos con el andamiaje de cámara fotográfica, grabadora, papel y lápiz, se sorprendió. "Ay, y yo en esta facha", dijo. Estaba en su tienda, acomodando unas bolsas de arroz sobre los estantes de un armario de madera. "Déjenme ir un momentico a cambiarme". Y salió.

La calle estaba sola. En la esquina unos hombres jugaban billar amparados en la sombra de una terraza. El sol era interrumpido por las nubes que surcaban el cielo gris. Sin embargo, en la tierra hacía calor. El suelo permanecía húmedo por el aguacero que cayó el día anterior.

26 feb 2012

Dios quiera que llueva en la ranchería


Por John Acosta

El sol parecía un gran bombillo intermitente que pendía de la mitad del cielo. Una nube gigante y oscura surcó el espacio aéreo, tapó de nuevo, por unos cuantos segundos, los rayos solares y desapareció después en el horizonte lejano. Luego, pasó otra y otra: ninguna se detenía. Sin embargo, la amenaza de un aguacero permanecía latente. En el tercer hilo del alambre de púa que cercaba aquel pedazo de tierra desértico, un pajarito inquieto, llamado "Sangre e Toro" por su color rojo, cantaba con insistencia. Una lagartija se arrastró con soltura sobre la arena reseca. Hacía calor. En realidad, cada nubarrón que pasaba mitigaba un poco el bochorno de las dos de la tarde.

Más allá, debajo de la pequeña enramada del vivero, Francisco Ipuana inspeccionaba los alrededores de la granja con su mirada de preocupación. Hacía muchos días que no llovía y, aunque siempre regaban los sembrados, la tierra necesitaba con urgencia el agua de lluvia. Afuera, una anciana indígena lavaba unos trapitos al lado de la alberca que les construyó alguna fundación de beneficencia. Quizás eran sus nietos, pero niños en todo caso, los que disfrutaban con el baño. La inocencia de sus escasos cinco u ocho años no les permitía imaginarse siquiera lo valiosa que era para sus padres la escasa agua que lograba succionar el molino de viento en la aridez del suelo.

21 feb 2012

Maicao atrapó al tapicero aventurero

Por John Acosta

Fueron días terribles.  Llenos de soledad, de sol, de brisa, de polvo, de ansiedad. Lo peor de pasar por situaciones difíciles, es, precisamente, el momento en que se viven. Porque, después, queda el orgullo inmenso de haberlas superado a todas y la satisfacción de poder mostrarlas a los hijos como el más grande trofeo ganado en las duras batallas de la vida.

De aquel palo de trupío no queda nada. Sólo los recuerdos perversos se asoman a la mente, de vez en cuando, por la ventana siniestra de ese pasado cruel. Hernando Edgar Hernández Atehortúa lo sabe. Y, por qué no decirlo, siente nostalgia por el palo que le cobijó la vida durante los tiempos duros en que él tuvo la osadía de lanzarse a construir su propio sueño: trabajar para sí mismo.

Maicao ya era, entonces, la aldea persa que se cocinaba a fuego lento bajo el calor de negocios de toda índole, en el departamento de La Guajira. Hernando Hernández había llegado allí por la misma razón que los centenares de colombianos que arriman diariamente a ese municipio fronterizo: de compras. Su intención, como la de todos, era regresarse el mismo día. No se regresó nunca.