24 jul 2012
10 jul 2012
Así quedó el cementerio del nuevo Oreganal
Vida cotidiana en el parque del nuevo Oreganal, comunidad reasentada por la dinámica de la minería del carbón
Reasentamiento de Oreganal. Habla Ruth Caldera
9 jul 2012
El porqué seguí con mi tarjeta de crédito Olímpica
Por John Acosta
Me he equivocado muchísimas veces, pues, afortunadamente, mi fragilidad de humano sale a flote con mucha frecuencia. No obstante, la fortaleza humana aparece casi enseguida y me pone frente al espejo de la dura realidad de seres inermes, pero valientes: me toca reconocer mi propio error. No han sido pocas las oportunidades que he contado con la satisfacción de que la persona o la institución que padeció mi falla, me dé una segunda oportunidad para enmendar mi acción: en las ocasiones que ha pasado, lo he agradecido con la profundidad que remueve mis entrañas. Por eso, cada vez que el uso de la razón me lo permite, soy consecuente cuando el destino me ha puesto en la orilla opuesta; es decir, cuando es a mí a quien me ha tocado sufrir disparates de otros, no dudo ni un instante en dar otro chance, si así es solicitado. Jesús de Nazareth lo enseñó de otra manera: hay que poner la otra mejilla.
Me he equivocado muchísimas veces, pues, afortunadamente, mi fragilidad de humano sale a flote con mucha frecuencia. No obstante, la fortaleza humana aparece casi enseguida y me pone frente al espejo de la dura realidad de seres inermes, pero valientes: me toca reconocer mi propio error. No han sido pocas las oportunidades que he contado con la satisfacción de que la persona o la institución que padeció mi falla, me dé una segunda oportunidad para enmendar mi acción: en las ocasiones que ha pasado, lo he agradecido con la profundidad que remueve mis entrañas. Por eso, cada vez que el uso de la razón me lo permite, soy consecuente cuando el destino me ha puesto en la orilla opuesta; es decir, cuando es a mí a quien me ha tocado sufrir disparates de otros, no dudo ni un instante en dar otro chance, si así es solicitado. Jesús de Nazareth lo enseñó de otra manera: hay que poner la otra mejilla.23 jun 2012
Ser macho no es llevar un arma en la pretina
Por John Acosta
La primera imagen que tengo en mi memoria
de un muerto a tiros sucedió en La Junta, al sur de La Guajira. Eran las ocho
de la mañana y el pueblo había amanecido con una agitación inusual porque en la
orilla del río alguien quemó el carro de un habitante conocido y le disparó a
quemarropa al hijo más querido de una familia humilde. Yo era, entonces, un niño famélico y lombriciento que se
levantaba, todos los días, directo a la cocina a sentarse en la piedra que
estaba en un rincón, desde donde veía a mi abuela amasando el maíz para las
arepas y bollos del desayuno.
21 jun 2012
Sí hay una Guajira solidaria, afortunadamente
Por John Acosta
La Guajira era sólo un
pedazo de tierra que se adentraba al mar como escudriñando, en el vaivén de las
olas, los misteriosos mensajes de otros mundos lejanos. Y habitada por gente
estupefacta que no lograba responderse todavía qué se había hecho el pasado
inmediato de una riqueza efímera, pero ruidosa, que la mantuvo en un estado de
éxtasis esquizofrénico. La producción y comercialización de marihuana había
pasado como una ráfaga de viento que los mantuvo a todos en el vilo de la
opulencia desbordada. Fue una especie de máscara carnavalesca que representó la
comedia real de una felicidad sin límites: los envolvió en un limbo de
fantasías alcanzables en donde creyeron permanecer hasta más allá de la
eternidad.
18 jun 2012
17 jun 2012
Día del Padre: un digno ejemplo de él
Por John Acosta
Acababa
de recibir otro regaño de su mamá, Miriam Aragón Villa. La razón, la misma de
siempre: el trago y las mujeres. De modo que con semejante guayabo encima,
Francisco Antonio Sánchez no presintió que el hecho de contestar el teléfono
por casualidad le significaría la redención de su vida parrandera. Ese fin de
semana había llegado a Barrancabermeja, municipio petrolero del departamento de Santander, dispuesto
a embalsamarse de amor familiar en la casa materna.
16 jun 2012
El porqué devolví mi tarjeta de crédito Olímpica
Por John Acosta
Hace un año, tomé la decisión de entregar todas las tarjetas bancarias que poseía y me quedé solo con la Tarjeta de Crédito Olímpica (TCO). La razón era que yo no le compraría a ningún supermercado diferente a Sao u Olímpica, pues es el único con capital 100% colombiano y yo le quiero comprar a mi país. Se me hinchó el orgullo nacionalista: saqué pecho y lo hice. Adicional a eso, como si lo anterior fuera poco, Sao y Olímpica son orgullos costeños. Recuerdo que en mi época de estudiante en la lejana y fría Bogotá, la capital de Colombia, yo iba a una Olímpica y conseguía los productos de mi tierra. Esas eran razones más que suficientes para quedarme solo con la TCO.
14 jun 2012
Las Farc atentaron contra a la vía férrea de El Cerrejón
Un comando de las Farc dinamitó el tren de transporte de carbón de la mina de El Cerrejón, una de las más grandes del mundo, en el departamento caribeño de La Guajira, el 2 de mayo de 2002. Los insurgentes detonaron el artefacto a unos 100 kilómetros de Riohacha, provocando el descarrilamiento de catorce vagones del tren, que transportaba 5.000 toneladas del mineral hacia la terminal caribeña de exportación de Puerto Bolívar. Ninguno de los operarios del tren resultó herido en el atentado, que paralizó la línea férrea y comenzó a ser reparada de inmediato.
13 jun 2012
Historia cotidiana de una cena desafortunada
Por John Acosta
Los perros miraban con ansia el trozo de carne
que Aura tenía en sus manos. La mujer estaba sentada en un asiento de cuero, recostado
en la pared de barro rústico de la cocina, abriendo la carne que había comprado
esa mañana en el matadero del pueblo. El cuchillo perdía el filo por momentos y
Aura lo rastrillaba en la piedra de amolar que tenía a su lado para esos casos
de emergencia, y continuaba con su labor feliz de cocinera sin sueldo.
Oreganal: ¿primer pueblo reasentado en Colombia?
Continúa en firme la investigación, desarrollada por dos profesores de la universidad Autónoma del Caribe (John Acosta y Anuar Saad) y patrocinada en su totalidad por Cerrejón, sobre la historia del proceso de reasentamiento de Oreganal, población del departamento de La Guajira, que tuvo que ser reubicada por la dinámica propia de la producción minera en gran escala.
7 jun 2012
La Ley 100: ¿negocio para las EPS?
Por John Acosta
Carmen se agarraba desesperada de la
cabecera metálica de la cama de mi abuela. Una de las mujeres le ungía algo en
la frente con un trapo. Otra le agarraba las piernas tensas. "Ay, Dios mío", se quejaba ella con la
voz entrecortada. "No seas cobarde, carajo: puja más es lo que debes
hacer", recibía como respuesta. Hasta que su mirada, que buscaba con
ansiedad un punto de apoyo en el espacio del cuarto, se topó de repente con mi
rostro pálido y estupefacto. "¡Saquen a ese muchacho!", gritó
restablecida por un instante en que el dolor paró.
5 jun 2012
Reasentamiento de Oreganal: arrancó la investigación para el libro sobre la historia de este proceso
Carbones del Cerrejón Limited,
"Cerrejón", consideró viable la Oferta presentada por los comunicadores sociales John Javier Acosta Rodríguez y Anuar Elías
Saad Saad, profesores
de tiempo completo del programa de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Autónoma
del Caribe, para la ejecución de un trabajo de investigación de carácter cualitativo sobre el impacto social de los
procesos de reasentamiento y post-reasentamiento de la comunidad
de Oreganal, localizada en el municipio de Barrancas, departamento de
La Guajira.
3 jun 2012
La historia de la pólvora se escribe con estragos
Por John Acosta
La onda explosiva destruyó hasta el antiguo trapiche en donde los trabajadores molían la caña dulce. El ruido ensordecedor se diseminó por toda la zona, tropezó con los cerros adyacentes y se elevó por el aire junto con los miles de trozos humanos que volaron entre la madera y el barro de las paredes. Al final, sangre esparcida, árboles gigantescos sacados de raíces. Desolación total. Y ni un gramo de pólvora.
No es una escena de las múltiples bombas del narcotráfico, cuyas destructoras ondas expansivas tratan de someter a la patria a los requerimientos caprichosos de los delincuentes. Ni de las bombas con que el Estado colombiano combate los campamentos de los armados ilegales. Tampoco es producto de la fantasía violenta de Hollywood. Es un ejemplo extraído de la historia que muestra el poder exterminador de la pólvora.
2 jun 2012
Préstamos blandos a pequeñas unidades productivas: pagar, paga
Por John Acosta
Cada semana, la vieja Aba mandaba a su nieto a
la tienda de la señora Fanny a buscar fiado las cinco libras de arroz en el pote de lata en el que seis años atrás vinieron
las galletas de soda, la caneca con los cinco litros de aceite vegetal, la
barra de jabón para lavar los chismes y la otra para la ropa, los cuatro
plátanos verdes y los dos maduros del almuerzo, y el galón de petróleo para
prender la lámpara en las noches y encender el fogón en las madrugadas. En la
mochila de fique que el pequeño llevaba terciada en su hombro izquierdo para
echar las compras, estaba la libreta de hojas de cuadernos en desuso que la
vieja cosía para que la dueña de la tienda anotara en él la misma cuenta de su
libro de deudores.
22 may 2012
El primer guajiro que operó un tren en su tierra
Por John Acosta
El tren estaba cargado. La suave y
persistente brisa mañanera se contoneaba con libertad por el espacio, lleno de luz, de la atmósfera guajira. Traía consigo
el ruido lejano de la maquinaria pesada que laboraba en el área de la mina. El
sol había salido sin dificultad detrás de las últimas ramificaciones de la
Serranía del Perijá. Y se alzaba impetuoso, sin que ninguna nube interrumpiera
su andar monárquico. Eran un poco más de las seis.
16 may 2012
Un guajiro que anda, con pasos seguros, por los caminos de la vida
Por John Acosta
Los estudiantes caminaban en fila india.
Adelante iba la banda de guerra del colegio con las bastoneras más hermosas
que había concebido el mundo hasta entonces. Habían sido escogidas entre las
jovencitas del quinto y sexto año de bachillerato, no tanto por su rendimiento
académico como por la magia estética de sus bellezas. La calle estaba sin
pavimento. Los perros, asomados en las rendijas de la cerca de sus casas, miraban
asustados el polvo que levantaban los pies de aquella marcha estudiantil.
14 may 2012
La persistencia tiene sabor a miel
Por John Acosta
Ena Luz Aguilar Arizmendi probó la hiel del fracaso cuando tuvo su primer
negocio. Había puesto todo su empeño en la culminación de uno de sus grandes
anhelos, un taller de confección. Como pudo, se metió en 1983 en el compromiso de
unas máquinas y contrató a tres operarías para que la ayudaran. Al año tuvo
que desistir de su terquedad de seguir manteniendo un negocio que no le daba
ganancias.
10 may 2012
Un aventurero que tiene mucha madera
Por John Acosta
Reconoce que tiene un espíritu aventurero
capaz de emprender las empresas más locas y salir airoso de ellas. Así recorrió
al país palmo a palmo cuando era miembro de la Asociación de Artesanos del
Atlántico, pero nunca pudo contra la nostalgia visceral que le carcomía el alma
cada vez que estaba lejos de su casa: le tocaba regresar a su tierra, dejando
atrás la gloria que empezaba a sonreírle en regiones lejanas para atender el
llamado de la mamitis aguda que le azotaba el corazón. De modo que tuvo que
terminar claudicando sus deseos de conocer el mundo para montar su negocio de
muebles en Barranquilla a mediados de los años 70.
3 may 2012
Para atender a su tienda ha nacido
Por John Acosta
Luz Esther Mendinueta Osorio todavía guarda
la primera factura de las compras que hizo para montar su tienda: es por 300
mil pesos y está fechada el 20 de octubre de 1994. Las realizó con el primer
préstamo que le aprobó la fundación que le
prestaba a personas que, come ella, no tenían acceso a los bancos. Le facilitaron
150 mil pesos. Ramón Torres Marulanda,
su marido, que todavía no acababa de reponerse de la sorpresiva determinación de su mujer,
tuvo que dejar la cadena de oro empeñada en el depósito de víveres para que le
fiaran los 150 mil pesos restantes, mientras la fundación le aprobaba el segundo préstamo a Luz Esther.
26 abr 2012
Un estudiante pobre que no le dio la gana de marcharle a la violencia
Por John Acosta
Todavía recuerda su viaje incierto a
Pereira, la capital del remoto departamento de
Risaralda, enclavado en el corazón de los Andes colombianos. Había salido de Riohacha, capital del caribeño
departamento de La Guajira, con 170 mil pesos en el bolsillo y su alma preñada de sueños. Se fue
por Medellín. A sus 17 años, no conocía sino hasta Montería:
"Iba a ciegas", diría después. Cuando llegó a la terminal de transporte de la ciudad
cafetera, se sintió el hombre más
solo del mundo. Al subirse al primer taxi que encontró, el conductor lo vio por
el espejo y tuvo que darse cuenta de la cara de angustia porque le preguntó
para dónde iba con voz de lástima. No sabía qué responderle, pero debía hablar
enseguida. "Para el centro", fue lo único que se le ocurrió decir.23 abr 2012
La juntera que se graduó de licenciada
Por John Acosta
Era la primera de la fila de elegantes
mujeres que estaban sentadas frente a la tarima del Centro de Convenciones
Anas Maí, de Riohacha, capital del departamento de La
Guajira. Había llegado de La
Junta, su remoto pueblo del sur de La Guajira, a recibir, junto con sus 21 compañeros, el
cartón que la acreditaba como licenciada en Educación Básica Primaria. Para ella, era la culminación de desvelos y apuros
por entre intrincados y pedregosos caminos en motocicleta, en burro o a pie para llevarles
educación a los niños de las veredas apartadas, que se perdían entre las estribaciones de la
Sierra Nevada de Santa Marta.
20 abr 2012
Las muñecas de trapo se quedaron sin sus vestiditos
Por John Acosta
Rosa Edith González está loca por
comprarse una fileteadora. Su pasión por la modistería no se le apareció de
improviso. Por el contrario: todavía recuerda cuando llegaba de la escuela
pública con su uniforme de cuadros y su bolso kaki cargado de cuadernos rayados
de 100 hojas, y, al entrar a la casa, la primera imagen con que se topaba era
la de su madre refunfuñando con su vieja máquina de coser.
18 abr 2012
Historia del Cerrejón (Última parte): Hechos sobresalientes en la historia del proceso
Por John Acosta
1975
Octubre: El gobierno colombiano invitó a 17 firmas para que participaran en le licitación que abrió para la explotación de las 38 mil hectáreas que componen a la Zona B o Zona Norte de los carbones de Cerrejón. Sólo cinco firmas se presentaron. Y de ellas, únicamente tres cumplieron todos los requisitos exigidos.
La International Colombia Resources Corporation -Intercor-, filial de la Exxon, fue la escogida. Su oferta de regalías duplicó a la compañía que le seguía.
1976
Junio: El gobierno nacional adjudicó a Intercor la explotación de la Zona Norte de El Cerrejón.
12 abr 2012
Historia del Cerrejón (9): Así penetró Cerrejón en el mercado mundial del carbón
Por John Acosta
El 27 de diciembre de 1984 arribó a La Florida el buque La Guajira, transportando 26 mil toneladas de carbón procedentes de La Guajira. Era el primer embarque que se hacía del mineral producido en El Cerrejón Zona Norte. Y era el ingreso de Colombia al grupo de países abastecedores de carbón.
Ese primer embarque no se hizo a través de Puerto Bolívar. Ni se transportó hasta el mar en el ferrocarril. Puerto Zúñiga, un muelle carbonífero de la compañía colombiana Prodeco, ubicado cerca al aeropuerto Simón Bolívar de la ciudad de Santa Marta, es el que ostenta el trofeo de ser el puerto donde se enviaron al mundo las primeras toneladas de carbón extraídas en la Zona Norte. El mineral fue llevado hasta Puerto Zúñiga en camiones de 35 toneladas de capacidad.
Historia del Cerrejón (8): Así fue el proceso de exportaciones anticipadas en el Cerrejón
Por John Acosta
Una mujer wayuu estaba colgando su ropa sobre la cerca de yotojoro del corral de chivos. Su marido afilaba el machete en la piedra especial que tenía debajo del palo de trupillo, sembrado en el frente del rancho. Una anciana gorda lavaba los platos sucios del desayuno, sentada en la mitad del patio. Tres niños correteaban a pleno sol una pollina por los alrededores de la ranchería.
27 mar 2012
Historia del Cerrejón (7): Así se construyó el único ferrocarril de trocha ancha de Colombia
Por John Acosta
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| Ubicación del Cerrejón |
Historia del Cerrejón (6) Los silos, una curiosa historia en cifras
Por John Acosta
Ahí están. Erguidos e imponentes. Desafiando los vientos que merodean con insistencia. Con una altura de 72 metros, forman parte del sistema de manejo de carbón de la mina, cuya construcción se terminó en el último trimestre de 1984. Se trata de los silos.
Cuatrocientos hombres se necesitaron para levantar las dos torres gemelas que se alcanzan a ver desde cualquier punto del área de la Mina. Estructuras de alambre y de hierro, vigas de acero, talleres de carpintería, decenas de metros cúbicos de concreto. Polvo, sol, ruido de maquinaria, pliegos de planos. Ese fue el ambiente de trabajo que se vivió en las 24 horas diarias de labores.
También hubo lluvias. Pocas, pero quedaron grabadas para siempre en las personas que participaron de aquellas titánicas jornadas: la intensidad de los aguaceros provocó más de un estrago en la etapa de construcción. Rafael Rangel, un ingeniero eléctrico que estuvo de lleno en los trabajos de levantamiento de los silos y que ahora es un codueño de una de las empresas contratistas que le sirven a Cerrejón, nunca olvidará un caso insólito, increíble de verdad, que presenció en una de esas arduas batallas de construcción.
Historia del Cerrejón (5): La carretera Mina-Puerto Bolívar: una vía para el progreso
Por John Acosta
La cuchilla del buldócer D-6 se movilizaba imponente sobre el ardiente suelo guajiro. Un chivo extraviado miraba con sus orejas paradas, desde la parte alta de una loma de arena, el avance de fuerza de esa máquina prodigiosa. El polvo, levantado por el andar majestuoso de ese monstruo mecánico, se esfumaba entre la brisa seca de la región. Tres pequeños wayuu observaban admirados cómo caían los trupillos y cardones para darle paso a aquel aparato extraño.
Detrás iba quedando, limpio y majestuoso, un hilo blanco de cinco metros de ancho que los niños pisaban envueltos en el derroche de alegría propio de la infancia que galopea libremente por la inocencia de los campos. Era el primer vestigio de una carretera que se desprendía debajo de las llantas de oruga de aquel buldócer para convertirse en la recta del futuro promisorio de una región abandonada a su propia suerte. Ese sería el inicio de la arteria terrestre que se instauró como el medio de transporte de equipos, materiales y recursos para construir la infraestructura del complejo carbonífero más grande de Suramérica.
25 mar 2012
Historia del Cerrejón (4): Comiendo chivo y queso de cabra en Puerto Bolívar
Por John Acosta
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| Dibujo de Javier COVO Torres |
Historia del Cerrejón (3): Puerto Bolívar, la sorpresa de su hallazgo
Por John Acosta
Media Luna era un caserío de indígenas condenado a ver pasar los años en los barcos de contrabandistas que transitaban por el canal natural de aguas profundas, originado desde el océano hacia Bahía Portete por los designios sagrados de la naturaleza. Sus habitantes estaban destinados a dejar transcurrir los días en el sopor del sol tropical, acostados en un chinchorro bajo la sombra de su enramada de yotojoro (especie de madera que tiene el cardón por dentro y que los indígenas guajiros utilizan en el cercado de sus corrales y en el techo de sus viviendas), mientras la embarcación cruzaba con su carga de mercancías.Historia del complejo carbonífero Cerrejón (2): Así fue la etapa de exploración
Por John Acosta
Era de madrugada. Los primeros cantos de los pájaros silvestres invadieron el campamento. Una brisa seca y fría inundaba el ambiente. Detrás de la serranía, el cielo era rojizo: iba a salir el sol. A lo lejos se escuchaba el bramido de los terneros encerrados en los corrales: estaban ordeñando las vacas. Por las rendijas de las ventanas de las barracas se escapaban rayos de las luces recién encendidas.
Los más madrugadores estaban metidos ya en los baños. Los demás, se desperezaban en sus camas. Pacho, el cocinero chino que los tenía cautivados a todos por su destreza en las artes culinarias y por su jerga de oriental novato, había preparado el desayuno.
A las siete salieron. Con sus cascos de ingenieros y sus botas de mineros en potencia. A esa hora, el sol empezaba a calentar. El cielo estaba más despejado que nunca. Y la brisa perdía poco a poco su capacidad de enfriamiento.
Historia del complejo carbonífero Cerrejón (1): Así llegaban los pioneros a La Guajira
Por John Acosta
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| Aspecto del campamento de Tabaco. Al fondo, la pista de aterrizaje, con el avión que viajaba los jueves Bogotá-Tabaco-Bogotá |
Hacía mucho frío. La brisa helada de esa mañana glacial ponía a temblar a cualquiera. A esa hora, el ambiente en el aeropuerto era como la atmósfera de esa ciudad: siempre gris. La gente llegaba atrasada. Se bajaba del taxi a toda prisa. Confirmaba su tiquete y entregaba su equipaje. Sólo entonces sonreía feliz: no la había dejado el avión.
Mujeres con sus abrigos de paño y sus caras recién maquilladas. Hombres con sus sacos y corbatas o sus chaquetas de cuero fino. Policías caminando con sus manos enlazadas hacia atrás, entumidos por el frío. Maleteros con sus uniformes de porteros de taberna y sus carros de tubo ofreciendo sus servicios. Y la voz de la dama que anunciaba, por los altoparlantes invisibles, la salida y llegada del último vuelo, con la característica de siempre: nadie entendía qué decía.
23 mar 2012
La última carrera de cangrejo fue por un pan
Por John Acosta
Duraban hasta ocho horas metidos en el mar. El de ese día, había sido el ejemplar más grande que cogía el niño Robinson José. Lo que él ni los demás niños llegaron a pensar, entonces, era que sería el último cangrejo que Robinson cazara en su vida. En la carrera de cangrejos que los muchachos acostumbraban a realizar a diario en la playa, los animales de Robinson José casi siempre ganaban. Era obvio que ese día, con semejante ejemplar tan grande, no tenía por qué ser distinto. Ya los otros niños habían cazados sus cangrejos. En medio de gritos de jolgorio, empezaron la competencia. Poco a poco, la torpeza y la grasa del gran cangrejo de Robinson José lo fueron dejando relegado hasta quedar completamente atrás. Fue la última carrera de cangrejo que Robinson José Pérez Ruiz perdió en su vida.22 mar 2012
17 mar 2012
El Cantor de Fonseca es un carpintero feliz
Por John Acosta
Nací en Fonseca, en el departamento de La Guajira, el 22 de febrero de 1944. Aquí mismo hice la primaria y llegué hasta tercero de bachillerato. Por ese entonces, andaba con mi mamá p'arriba y p'abajo. Hasta que en 1966 me fui pa' Venezuela, por plena vía, con permiso fronterizo y todo. Allá me quedé hasta el 69. Trabajé duro y parejo en una finca.
Recuerdo que manejaba un tractor. Pero me vine otra vez pa' Fonseca. Llegué a atender un negocio de billares que mi papá había alquilado. Ahí tuve un fracaso, problemas de peleas que no vale la pena mencionar ahora. Entonces, me tocó irme pa' Caracolicito.
Me fui comprometido con Mariela Figueroa, la mujer que hoy en día es mi esposa. Allá la cosa se puso tesa. Vi que no era mi medio. Y regresé a Caracas. Después, con el tiempo, cuando ya estuve más o menos ubicado, se fue Mariela. Se llevó a las dos niñas que nos habían nacido: Maríena y María Nella.
11 mar 2012
Mi vieja compuso un verso para la vida
Por John Acosta
Los muchachos traían la algarabía de siempre. Allá arriba, en el firmamento, la luna brillaba en todo su esplendor. Las nubes de polvo que levantaba el camión, en su andar tortuoso por la carretera sin pavimento, se posaban en los montículos que estaban a los lados de la vía. Esa noche, la gente estaba más feliz que de costumbre porque les había ido bien en los campos algodoneros. Eran las nueve pasaditas. Y la mayoría de los pasajeros venía sin almorzar todavía.
Sin embargo, estaban contentos. No sólo era lo habitual después de que regresaban del trabajo, sino que, además, ese día no llovió y el carro pudo bajar sin atollarse en los barriales que se formaban. Antes de llegar al Batallón, algunas de las mujeres que venían en el camión les advirtieron a los muchachos que se callaran, pero ellos siguieron con su gritería de adolescentes.
9 mar 2012
La ranchería Aulaulia, de los wayuu, ha cambiado
Por John Acosta
Por eso, siempre van a la granja. El tío Efraín es el que más trabaja la tierra. El pequeño Jean Carlos lo ve desde la sombra de un palo de corazón fino. Así, con sus pantaloncitos cortos, sus costillas al aire y sus pies descalzos, Jean Carlos acompaña a Teresa Ipuana, su madre, cuando en las tardes ella pasa por los cultivos y arranca un tallo de cebolla larga o una berenjena o un ají, en fin, lo que está dispuesto para la comida de la noche.
En la ranchería Aulaulia, todos los sembrados están bonitos. El único problema que deben afrontar es el de los pájaros ociosos: no pueden ver que un pimentón está rojo porque vuelan a comérselo. Alexandra Navarrete, coordinadora del programa de ayuda a los indígenas de la fundación que hace préstamos a estas comunidades indígenas, espera solucionarlo con un gavilán disecado que pondrá en la mitad de la huerta. Con los ajíes no se meten: las aves le tienen pánico al picante.
6 mar 2012
Las artesanías de Colombia tienen un sello en La Guajira
Por John Acosta
El frente del negocio de María del Carmen Castaño tiene piso nuevo. Se lo construyó su marido hace poco. Por eso, hubo que regresar al día siguiente para tomarle las fotos: toda la mercancía estaba guardada adentro. Pero la entrevista sí se hizo esa tarde. María del Carmen estaba haciendo la siesta. Sugey Alcira, su hija, la despertó para que atendiera la visita que acababa de llegar.
El frente del negocio de María del Carmen Castaño tiene piso nuevo. Se lo construyó su marido hace poco. Por eso, hubo que regresar al día siguiente para tomarle las fotos: toda la mercancía estaba guardada adentro. Pero la entrevista sí se hizo esa tarde. María del Carmen estaba haciendo la siesta. Sugey Alcira, su hija, la despertó para que atendiera la visita que acababa de llegar.
Empezó hablando poco. Después, sí se soltó. De vez en cuando se interrumpía para preguntarle a Eulises Díaz algún detalle que había olvidado. Su marido detenía su oficio momentáneo de albañil novato y le añadía a la historia los remiendos que se le quedaban a la esposa.
Llegaron a Riohacha en 1990. Se habían venido de Barranquilla en busca de la ayuda que les ofreció un hermano que Eulises tiene en la Asociación de Artesanos de La Guajira. No tuvo más remedio que ponerse a ayudar al hermano en los menesteres de aquel quehacer de paciencia. María del Carmen Castaño también empezó a trabajar con otro cuñado suyo para poder levantar el sustento diario. Ambos, María y Eulises, soñaban con laborar juntos en un negocio propio. Ya tenían dos hijos para sostener y esa situación de incertidumbre los atormentaba todas las noches, cuando podían compartir, por fin, después de una larga jornada, las penas y desdichas de no tener nada.
4 mar 2012
Mi carisma me sacó del proletariado
Por John Acosta
Arlem Alvarado no esperaba que la entrevista fuera esa tarde. Cuando llegamos con el andamiaje de cámara fotográfica, grabadora, papel y lápiz, se sorprendió. "Ay, y yo en esta facha", dijo. Estaba en su tienda, acomodando unas bolsas de arroz sobre los estantes de un armario de madera. "Déjenme ir un momentico a cambiarme". Y salió.
La calle estaba sola. En la esquina unos hombres jugaban billar amparados en la sombra de una terraza. El sol era interrumpido por las nubes que surcaban el cielo gris. Sin embargo, en la tierra hacía calor. El suelo permanecía húmedo por el aguacero que cayó el día anterior.
26 feb 2012
Dios quiera que llueva en la ranchería
Por John Acosta
El sol parecía un gran bombillo intermitente que pendía de la mitad del cielo. Una nube gigante y oscura surcó el espacio aéreo, tapó de nuevo, por unos cuantos segundos, los rayos solares y desapareció después en el horizonte lejano. Luego, pasó otra y otra: ninguna se detenía. Sin embargo, la amenaza de un aguacero permanecía latente. En el tercer hilo del alambre de púa que cercaba aquel pedazo de tierra desértico, un pajarito inquieto, llamado "Sangre e Toro" por su color rojo, cantaba con insistencia. Una lagartija se arrastró con soltura sobre la arena reseca. Hacía calor. En realidad, cada nubarrón que pasaba mitigaba un poco el bochorno de las dos de la tarde.
Más allá, debajo de la pequeña enramada del vivero, Francisco Ipuana inspeccionaba los alrededores de la granja con su mirada de preocupación. Hacía muchos días que no llovía y, aunque siempre regaban los sembrados, la tierra necesitaba con urgencia el agua de lluvia. Afuera, una anciana indígena lavaba unos trapitos al lado de la alberca que les construyó alguna fundación de beneficencia. Quizás eran sus nietos, pero niños en todo caso, los que disfrutaban con el baño. La inocencia de sus escasos cinco u ocho años no les permitía imaginarse siquiera lo valiosa que era para sus padres la escasa agua que lograba succionar el molino de viento en la aridez del suelo.
21 feb 2012
Maicao atrapó al tapicero aventurero
Por John Acosta
Fueron días terribles. Llenos de soledad, de sol, de brisa, de polvo, de ansiedad. Lo peor de pasar por situaciones difíciles, es, precisamente, el momento en que se viven. Porque, después, queda el orgullo inmenso de haberlas superado a todas y la satisfacción de poder mostrarlas a los hijos como el más grande trofeo ganado en las duras batallas de la vida.
Fueron días terribles. Llenos de soledad, de sol, de brisa, de polvo, de ansiedad. Lo peor de pasar por situaciones difíciles, es, precisamente, el momento en que se viven. Porque, después, queda el orgullo inmenso de haberlas superado a todas y la satisfacción de poder mostrarlas a los hijos como el más grande trofeo ganado en las duras batallas de la vida.
De aquel palo de trupío no queda nada. Sólo los recuerdos perversos se asoman a la mente, de vez en cuando, por la ventana siniestra de ese pasado cruel. Hernando Edgar Hernández Atehortúa lo sabe. Y, por qué no decirlo, siente nostalgia por el palo que le cobijó la vida durante los tiempos duros en que él tuvo la osadía de lanzarse a construir su propio sueño: trabajar para sí mismo.
Maicao ya era, entonces, la aldea persa que se cocinaba a fuego lento bajo el calor de negocios de toda índole, en el departamento de La Guajira. Hernando Hernández había llegado allí por la misma razón que los centenares de colombianos que arriman diariamente a ese municipio fronterizo: de compras. Su intención, como la de todos, era regresarse el mismo día. No se regresó nunca.
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