14 feb 2012

Isolina pudo comprar su máquina de coser nueva


Por John Acosta

Isolina Teresa López de Daza comenzó a vivir su destino desde muy temprano. Distracción era un pueblo de calles ardientes y sin pavimentar, por donde corrían felices los niños que jugaban el chusaleco, la lleva y el escondío. Isolina comenzó su primaria en la Escuela Oficial de Niñas, que en esa época era de doble jornada, hasta que un chofer de camión, hechizado por los encantos físicos de aquella adolescente recién entrada al exclusivo mundo de las mujeres hermosas, se dio a la tarea de rescatarla para siempre del universo infantil del juego de muñecas: no perdía ocasión para enamorarla.

12 feb 2012

El sastre inicia su imperio


Por John Acosta


El sastre no había advertido la presencia del joven. Estaba concentrado en el oficio de su vieja máquina de manigueta. Azotado por el calor que se le metía a raudales por la puerta que daba a la calle, el hombre le pegaba la cremallera al primer pantalón del día. Tenía el clásico metro de tela colgado en el cuello. Sobre El Copey, municipio del departamento del Cesar, no asomaba ninguna nube que apaciguara en algo la intensidad de los rayos solares.

El joven no sabía si carraspear para hacerse notar o saludar o decir de una buena vez a qué había ido. No esperó más. Su decisión inquebrantable de buscarle horizonte a su vida, le dio las fuerzas suficientes para enfrentar aquella realidad momentánea, aunque decisiva. "Buenas", dijo. El sastre levantó la vista sin interrumpir su labor. "Sí, ¿a la orden?", dijo. Armando Sierra Gutiérrez no supo qué responder en ese momento. Sintió el recorrido lento que hizo la fría gota de sudor desde su cuello hasta donde termina su espalda.

Soy profesora por devoción y negociante por oficio


Por John Acosta

Siempre era así. Su hermano venía ocasionalmente de Medellín con las últimas modas de la fábrica textil de la capital de Antioquia. Trabajaba en esa empresa antioqueña y, cada vez que tenía la oportunidad, le traía a Juana Isabel Brito Molina, la hermana consentida, mercancía para que ella pudiera complementar con esas ganancias su frágil sueldo de profesora.

Cuando lo veían bajar del taxi con las dos o tres cajas de ropa nueva, abrumado por el calor al que ya se había desacostumbrado, irrumpían en manada a la casa. Llenaban la sala, miraban con avidez las prendas olorosas a nuevo y se medían en los cuartos las que creían les quedaban más bonitas. Hasta que Juana Isabel Brito Molina tomaba de nuevo las riendas de su negocio fluctuante y ponía orden a la euforia de sus clientes. Agarraba su libreta de apuntes y anotaba los nombres de quienes fiaban la mercancía.

10 feb 2012

La conocida del estudiante sí fue la esposa del profesional


Por John Acosta


Se conocieron en la universidad. Entre el murmullo de estudiantes que deambulaban por los pasillos afanados por llegar a tiempo al inicio de la clase del día o, simplemente, comentando las últimas incidencias del curso, mientras llegaba la hora de asistir a la próxima lección. O entre la humarada de cigarrillos lanzada al mundo académico por los clientes eternos de la cafetería universitaria.

Siempre se vieron así: de lejos. Cada uno con las ansias propias de sus sueños de adolescentes, ocupados con el trajín de una carrera que exigía dedicación desde antes de ejercerla: la odontología.

7 feb 2012

Mientras los pescados esperan en el patio


Por John Acosta

La entrevista fue corta. Cuando llegamos a la tienda, Vicente Gutiérrez atendía con afán a uno de sus clientes. Tenía prisa: en el patio lo esperaban dos docenas de pescado para escamar. Al ver las caras conocidas de los dos funcionarios de la Fundación que me acompañaban, sonrió. "Buenas", dijimos.

-Yo no estoy atrasado en ninguna cuota- dijo, en son de broma, antes de contestar el saludo.

Por fin encontré la felicidad


Por John Acosta
  

A los 14 años de edad, me fui de San Juan del Cesar, mi pueblo. Mi papá se mudó para El Molino, una población cercana, en busca de una tierra para poder cultivar el maicito y la yuquita. Con él, nos llevó a todos: a sus quince hijos y a mi mamá. Sumida, entonces, en el candor de mi adolescencia, jamás imaginé las muchas necesidades que me deparaba el destino.

En El Molino me puse a trabajar en una casa de familia. La pobreza de mis padres no permitió que ellos educaran a sus hijos. Y los hermanos mayores tuvimos que laborar en cuanto oficio decente nos saliera. La señora donde yo trabajaba me daba repasos de lectura en las cartillas con que sus hijos iban al colegio. Después, me puse a estudiar por mi cuenta. Con lo que me ganaba, colaboraba en el sostenimiento del hogar de mis padres y pagaba mis estudios. Creo que hice hasta segundo año elemental, no recuerdo exactamente. Pero en la escuela de la vida aprendí a sumar y a restar. Ahora saco cuentas de millones, cuando me llegan a la tienda.

31 ene 2012

Un domingo feliz, todos los días de la semana


Por John Acosta


Domingo Pino, en compañía de su esposa Beatriz y de sus hijos
Mariana Milena y el gran David  Hernando
EI profesor Pablo Antonio Pino Gómez leyó sin sorpresa el papel en manuscrito en el que el rector del colegio oficial Francisco José de Caldas le solicitaba el favor de que le informara al joven David Hernando Pino que fuera al colegio en una fecha establecida a recibir la distinción Andrés Bello, con la que el Ministerio de Educación Nacional premia a los estudiantes de cada departamento del país que obtengan el máximo puntaje en las pruebas del ICFES.

Otro tío hubiera saltado de la alegría al leer semejante noticia sobre su sobrino. Pero Pablo Antonio estaba acostumbrado a las felicitaciones de sus colegas profesores por la inteligencia de David Hernando. El muchacho le había entregado a su familia la satisfacción anual de ocupar siempre el primer puesto en su curso, desde que hizo su primer año en la Escuela 27 para Varones, en el barrio Rebolo. El mismo tío había sido profesor suyo de física y cálculo y no dejó de sorprenderse nunca con el rendimiento académico de David. El único sentimiento que experimentó, entonces, mientras se guardaba el papel doblado en el bolsillo de su camisa, fue el de tener la enorme felicidad de llevarle personalmente la gran noticia al sobrino de su orgullo.

30 ene 2012

Le robé al Divino Niño la plata para mi vicio


Por John Acosta



Infinidades de veces me vi llorando frente a la imagen del Divino Niño que tengo en mi casa. Le encendía la vela que permanecía al frente, echaba una o dos monedas en la alcancía de vidrio que mi mujer había colocado allí con el fin de recoger para el pago de las misas al Hijo de Dios, me santiguaba más esperanzado que nunca y le soltaba a Él, con todo el resto de fuerza que aún tenía mi alma enferma, la petición de siempre: 'Ayúdame a salir de esto, Señor", decía con los ojos inundados en lágrimas.

Vivo con la procesión de San Rafael en mis recuerdos


Por John Acosta

Para ella, las fiestas de San Rafael ya no son las mismas. "Antes venían los mejores acordeoneros", dice, con ese dejo nostálgico característico de los ancianos. Este año, la altura del nuevo parque no le permitía ver lo que pasaba al otro lado de la calle. Aunque, de todas maneras, no le Importaba mucho: sus pupilas habían sido cubiertas poco a poco por una mancha negra que le impedía mirar más allá de sus propios pesares. Imágenes borrosas, difusas, sombras que se movían, conocidas ya, más por su olor característico, que por su nitidez. Además, ese día tampoco le favorecía mucho el estado del tiempo: una tarde nublada, semioscura, con serias amenazas de caer un fuerte aguacero. Con el sol en pleno esplendor, se le facilitaba distinguir mejor las masas deformes que pasaban por su alrededor.

Ahí estaba ella, sin embargo, sentada en su mecedora de siempre, a un lado de la sala, frente a la puerta que da a la calle, con el trapo blanco amarrado en la tira de su refajo y que empezó a usar cuando sintió que sus ojos le lagrimeaban mucho. Sola en la casa, en medio del bullicio de la gente, que esperaba afuera de la iglesia a que sacaran el santo para la procesión.

Ya no somos alcohólicos



Por John Acosta

La avenida iniciaba su día con la misma rutina de siempre. Trabajadores apresurados que se amotinaban en la acera, con el cabello mojado por el baño reciente, a tratar de subirse en el primer bus urbano que les hiciera la caridad de detenerse para guindarse como pudieran en la puerta repleta de pasajeros. Voceadores de periódicos anunciando a gritos en los semáforos la noticia con que abrió la primera página el periódico local. Automóviles y camperos conducidos por empleados atrasados que buscaban la oportunidad de robarle el carril al auto del lado y la mezcla fascinante de olores de pefumes y colonias de todas las marcas, echada a las carreras en la alcoba, tres minutos antes de sentarse a desayunar a toda prisa. Era un lunes normal de trabajo.

Y, precisamente, en la acera estaba un hombre que trataba de disimular su borrachera de tres días (o de un mes, quizás de cuatro años) recostado al poste de concreto del alumbrado eléctrico. Con su barba de una semana y su camisa por fuera del pantalón sucio, se creía el dueño del mundo. El cigarrillo encendido estaba a punto de caérsele de los labios resecos por la intemperie de varias amanecidas. Desde ahí, sosteniéndose como podía sobre sus piernas temblorosas, descubrió en la acera del frente a dos hermosas mujeres que esperan con impaciencia el colectivo que las llevara al trabajo.

29 ene 2012

El aguinaldo llegó en verano


Por John Acosta

Ya el pequeño Lisandro Aplaya estaba acostumbrado a la misma cantaleta decembrina con que su padre lo mortificaba todos los años: "En esta navidad sí es cierto que el Niño Dios no se va a aparecer por aquí porque no tiene maneras". Y, sin embargo, en la mañana de todos los 25 de diciembre, Lisandro encontraba su aguinaldo debajo de la hamaca y sobre el piso sin cemento. Entonces lo cogía sobresaltado, aturdido todavía por el despertar reciente, buscaba afanosamente a Jesucristo bebé entre la claridad que se colaba por la solera del rancho con la esperanza de que el personaje divino se encontrara todavía por ahí, abría la puerta del patio y le entregaba a la inmensidad del monte humedecido todavía por el rocío mañanero, su felicidad sin límites.

Pero ese año, por primera vez, su padre no lo había mantenido en vilo con su acostumbrada frase de desaliento. Fue peor: el pequeño Lisandro Aplaya tuvo que deshacerse a la fuerza del candor y la inocencia de sus ocho años para poder entender la gravedad del asunto en el desencajado rostro de su progenitor.

Le torcí el pescuezo al destino


Por John Acosta


Aunque a cada rato el destino le demostraba lo contrario, Guillermo Enrique Zabaleta Cabarcas sabía de sobra que él no había nacido para quebrarse el espinazo en los duros jornales de las fincas ajenas. Desde que quedó huérfano de padre, a los 13 años de edad, se dedicó a trabajar en una parcela que su abuelo materno tenía en Turbaco, allá en el departamento de Bolívar. No le quedaba otro remedio: a duras penas había aprendido a medio leer y a medio escribir en los dos años de primaria que alcanzó a cursar. Desde muy temprano, supo que para poder subsistir había que arañar duro sobre la tierra. Y ahí, mientras tiraba machete abrazado al sol tropical, se dio cuenta de que no iba a pasar el resto de su vida metido en el monte.

Por esa época, a los pueblos de Bolívar llegaban agricultores de los departamentos del Cesar y sur de La Guajira para buscar cogedores de algodón. Guillermo Enrique se embarcó en una de esas expediciones de muchachos varados y vino a parar a Fonseca, en La Guajira. Después de esa cosecha, regresó a su tierra. Pero ya la magia de la provincia de los acordeones había penetrado en su espíritu. Y cada vez que volvía para enfrentar de nuevo el bochorno de los campos sembrados, algo nuevo le revelaba que su futuro estaba en La Guajira.

El carbón tiene su fiesta en Barrancas, La Guajira


Por John Acosta

Ese lunes presagiaba ser un día más de trabajo. El capataz José Nicolás Estrada llegó a los socavones con sus 19 trabajadores, dispuesto a seguir escarbando la tierra para extraer el carbón. Pero desde lejos divisaron el humo negro que provenía de la mina incipiente. Era el socavón número 4 que había ardido todo el fin de semana, desde que el viernes dejaron por descuido una vela encendida, antes de bajar hasta la natal Barrancas a gozar de las delicias del descanso merecido. Ese día, taparon la entrada con una carpa para que la falta de oxígeno ahogara el fuego y regresaron al día siguiente: un humo débil salía por la parte de arriba del túnel y José Nicolás se metió gateando para apagar en el fondo los últimos vestigios del incendio.

20 oct 2011

La alegría provinciana en la mina a cielo abierto más grande del mundo

Por John Acosta
Eran las tres de la tarde. Los junter0s no se reponían aún del sopor de esa hora del día. Había caído en aguacero a las once de la mañana. Pero el calor era superior a cualquier artificio de la naturaleza. Algunos burros trataban de pastar en las sabanas del pueblo. Las jovencitas, recién levantadas de la siesta obligatoria, se asomaban por las ventanas de sus casas. Miraban la soledad de la calle de arriba a abajo. Y se volvían a acostar esperando un rato más propicio para sentarse, arregladas, en el sardinel de sus viviendas. La última camioneta que llevaba pasajeros a San Juan del Cesar empezó a pitar por las calles. Tres visitantes casuales se subieron. La gente salía a las puertas a ver quién iba a viajar. Al pasar frente a su casa, José Jaime Daza Hinojosa chifló al chofer. La camioneta se detuvo. "¿Ya vas saliendo?", preguntó José Jaime. "Claro. Súbete", respondió el conductor. José Jaime vio a los tres pasajeros. Sabía que el carro no salía hasta que no estuviera con el cupo completo. "No, yo no me voy a emborrachar dando vueltas contigo. Cuando vuelvas a pasar me subo", dijo. "Entonces te vas a quedar", sentenció el chofer. José Jaime Daza Hinojosa se subió. La camioneta siguió levantando polvo por las calles. Recogió dos pasajeros más. Cruzó el río que divide al pueblo. Llegó a la casa de Chave Torres, la curandera que hace volver maridos escapados. Había una mujer de aspecto sombrío. Una de las hijas de Chave Torres salió a la puerta. "Todavía no han terminado de hacerle el trabajo a la señora. Date otra vueltica", dijo. La camioneta arrancó.

Parrandeé con Francisco El Hombre

Por John Acosta
Debían ser las diez de la mañana porque la sombra del palo de guayabo llegaba hasta la piedra de afilar. Sentado en la silla de estacas que tenía clavada en la pared del frente de su rancho de barro, Sebastián Demetrio Hernández limpiaba una vez más su querida escopeta. Casi medio siglo después de aquella mañana, acompañado por las ráfagas de recuerdos brumosos que lo sorprendían a cada rato en el reposo de sus 100 años de vida a punto de cumplir, don Sebastián habla del susto aquel como el más grande de su existencia.

La explosión se sintió por toda la península, no porque fuera de muchos kilos, sino porque el mundo guajiro estaba sin estreno y hasta las ondas propagadoras del ruido eran vírgenes. Sebastián Demetrio no podía controlar todavía el latir desesperado de su corazón asustado, cuando oyó la segunda y después la tercera. Su única reacción de supervivencia fue coger el burro, angarillarlo, terciarse la escopeta y salir a toda prisa hacia Los Remedios, el caserío más cercano a su parcela, porque no le daba la gana de quedarse y morir solo. “Déjate de alboroto, hombre. Esa es la Troco, que anda por ahí, buscando petróleo", le dijo alguien en el pueblo.

La letra, con sangre, no entra

Por John Acosta

Hacía calor. Por los calados del curso se escurrían los gritos de los estudiantes rezagados que se habían quedado en los pasillos después del timbre que anunció el final del recreo. El salón de Décimo grado estaba de espaldas al mar de Riohacha y los alumnos debían conformarse con el aire cálido que brotaba de los dos abanicos eléctricos que pendían del techo. Todos tenían el cuaderno de química abierto sobre sus pupitres. Querían aprenderse de memoria, en aquellos últimos segundos de desespero, lo que no les permitió la negligencia juvenil en los ocho días que tuvieron de plazo para prepararse antes de presentar la prueba decisoria del segundo bimestre académico.

Se lanzaban preguntas que corrían de un extremo al otro del aula de clases y que eran acaparadas en el aire por cualquier destinatario que las tropezaba. Entonces, salían las respuestas entrecortadas, envueltas en un "carajo, se me olvidó" o en un "espérate y me acuerdo". Hasta que un silencio repentino fue opacando, como una onda concéntrica, la bulla que reinaba en el ambiente. Los muchachos miraron hacia la puerta. Ahí, de pie, con la lista de estudiantes debajo de su brazo izquierdo, las dos manos ocupadas con las tres tizas nuevas y el borrador de tablero, estaba el profesor de química, mostrando, como siempre, su sonrisa intimatoria. Entró. Los muchachos lo siguieron con la mirada hasta que el hombre llegó a su escritorio de maestro. Abrió la lista y empezó a llamar, en orden alfabético, al estudiante de turno para que hiciera su ejercicio en el tablero.

Fabriqué mi propio carro

Por John Acosta

Isidro Antonio Romero Suárez tenía 12 años cuando se le ocurrió manejar un carro por primera vez en su vida. Su padre había cambiado la finquita de la familia por un viejo "volkswagen". Y el pequeño Isidro Antonio se levantaba todas las mañanas con las ansias de ver aquel aparato desafiante. Hasta que no aguantó más: convidó a su hermanito, Cenón José, que siempre lo acompañaba con admiración de niño en todas sus actividades, y arrancó en el automóvil sin más lecciones que las que le robaba en silencio al viejo Antonio Romero, cuando el hombre sacaba a pasear a sus dos hijos. Isidro Antonio y Cenón José pasearon felices por las polvorientas calles de El Molino. Cuando regresaron al hogar, el mayor de los hermanos descubrió en una puerta delantera del carro el rayón fatal. 

El último disparo de Año Nuevo

Por John Acosta


Carlos Rosellón Brlto no tenía nada programado para el 31 de diciembre de 1995. Trabajó hasta el medio día en los talleres de Mantenimiento de Camiones, de Intercor, en la mina de carbón de Cerrejón, en La Guajira colombiana. Llegó a su casa envuelto por ese hálito misterioso que cubre a todos los humanos el último día de cada año y se dio un baño tonificante que lo dejó como nuevo. Salió después de almuerzo, con la pinta "treintaiunera" y bien emperfumado, con la idea de encontrarse algún compañero de trabajo por la calle para despedir el año al compás de unos tragos. Luz Melvis, su mujer, lo vio alejarse y todavía no se explica cómo no tuvo el más leve presentimiento de que algo muy grave sucedería horas más tarde.

Carlos Rosellón no se encontró con ninguno de sus amigos de parranda en la ronda de inspección que hizo por toda Fonseca, el municipio de sus entrañas. Entonces, fue a la casa de su cuñado Felipe Amaya, el esposo de su hermana Luz Mary, a recordarle que pasara por él en la madrugada, después de las felicitaciones de Año Nuevo, para que lo llevara a Cañaverales, un corregimiento de San Juan del Cesar, de donde era oriundo y a donde acostumbraba ir siempre a darle el feliz año a sus padres. Ese año, sin embargo, el destino le tenía preparada una mala jugada.

Primo, préstame pa’l bus

Por John Acosta

Lo que más odió en su niñez fue lo que más tarde le dio para pagar su primer semestre en la universidad: la lectura. Y la detestó porque, desde el principio, lo suyo fueron los números y no las letras: cuando del corregimiento de Tigreras se fue para Riohacha a hacer su segundo de primaria, Alifredis Flórez López no sabía leer. En cambio, nadie le ganaba en suma, resta, multiplicación y división, las cuatro operaciones básicas de las matemáticas. Pero eso no le bastaba para enfrentarse al difícil mundo de la escolaridad de entonces.

El señor José, su padre, lo llevaba todos los lunes en la mañana a la casa de la abuela, en Riohacha, refundido entre las tinas de leche que el papá iba a vender a la capital de La Guajira, en la vieja camioneta de placas venezolanas. Y regresaba a Tigreras los viernes en la tarde, entre las canecas vacías, a someterse al suplicio de las lecciones que la señora Avis, su madre, le daba en la cartilla abecedario: fueron los peores fines de semana de su vida, donde el único respiro eran los cortos ratos en que se escapaba a jugar con los amiguitos del pueblo y sus cinco hermanos.

17 oct 2011

La vida, en un metro cuadrado

Por John Acosta
Los indígenas miraban los cuadros con incredulidad. No lo podían creer: era imposible que en esos pequeños espacios de un metro cuadrado, cupiese con tanta precisión y belleza su mundo de aridez y sol. Pero, era cierto. Ahí estaba plasmado sobre el papel: la ranchería, la arena, el sol, los chivos, el molino de viento y hasta podía sentirse sobre el rostro el azote constante de la brisa reseca.

Colgados sobre las paredes de la Casa de la Cultura Glicerio Pana, de Uribia, estaban expuestas las pinturas de David Hernández Martínez, un ingeniero químico que una vez salió de su Fonseca natal a estudiar Arquitectura en Barranquilla.

Corría el año 1979 y David estaba cansado de renovar a su grupo de amigos cada seis meses porque siempre ellos salían del pueblo a buscar un mejor futuro en las aulas de una universidad. En Barranquilla vivió en la casa de Mirna Barros, una prima que llevaba mercancía de Maicao. Mientras ella viajaba, David Hernández le cuidaba los hijos. Por esa misma época, un hermano del futuro pintor también estudiaba Arquitectura.

La obsesión de un escultor

Por John Acosta

Desde que empezó su labor gratificante de creador solitario en La Guajira, a Manuel José Rincón Pico lo ha perseguido siempre un sueño: hacer una escultura grande para regalársela a cualquier población de la península. Y no se ha quedado con los brazos cruzados en espera de que las condiciones se le den como por arte de magia. Lo que pasa es que su locura de genio no le ha alcanzado todavía para convencer a la dirigencia cultural sobre sus nobles propósitos.

"Yo no pido ninguna contraprestación económica. Sólo que se me suministre el apoyo logístico para poder hacer las cosas. La satisfacción más grande para mí sería que, una vez concluida mi gran obra, la gente se acercara a reconocerla", dice. Entonces, se acomoda en su silla, mira fijamente al periodista y lanza su dardo certero con una sinceridad que convence: "Sólo con eso, gano más que cualquier cantidad de plata".

Bajo el amparo de un nuevo hogar

Por John Acosta

La larga espera se evidencia de inmediato en su cabeza: tiene el cabello recogido en varias vueltas, sostenidas con ganchos. No obstante, ella lo reafirma con sus propias palabras. "Yo pensé que ya no iba a venir", dice. Lleva puestos unos shorts y una blusa roja. Sus dos hijos varones, cambiados ya para la ocasión, se asoman por la puerta de uno de los tres cuartos de la casa. "Acabo de venir de la esquina a donde fui a esperarlo para que no se perdiera", agrega con su sonrisa tímida de ama de casa feliz. Su hija menor entra a la sala por la puerta del patio. La señora Georgina García los presenta a todos. "Falta la mayor, que debe estar por ahí, en la casa de una amiga".

La luna engendró a su hijo entre los wayuu

Por John Acosta



Apenas lo vi bajar por primera vez del carro, descubrí que era un hombre alegre. Su sonrisa no reflejaba la timidez del novato que llega a enfrentar un mundo desconocido, sino la seguridad de quien desea ser amigo. Por esa época, ya me acercaba a los 75 años de estar lidiando con una vida difícil por estos parajes áridos de mi Guajira legendaria. En ese entonces, no me pasó por la cabeza que catorce años más tarde yo sería el gestor de una ceremonia que enmarcaría el sentir sincero de mis hermanos indígenas hacia ese señor que acababa de descender de su vehículo mostrando su dentadura brillante de hombre pacífico y a quien Raquel, mi sobrina, bautizó enseguida. "Kasukish", dijo ella. Y con ese nombre, que significa Cabeza Blanca, se quedó entre nosotros.

19 ago 2011

Prólogo a Un corazón dentro del fusil

Hay segundad de que la cacofonía lo embarga en uno y otro lado de la balanza que nivela su criterio y su visión universal: la impaciencia y la impotencia confrontadas a la ciencia. Las primeras parecen emanar de la subordinación que le obliga su ámbito. En cambio, la sistematización, metodología y rigidez de los conocimientos lo desespera y le impide el progreso de su espíritu creador y espontáneo.

Acosta Rodríguez (1965- ) cristaliza sus inquietudes literarias a partir de las vivencias. De las propias y de las que puede rapar a otros que las dejan pasar inadvertidas. Construye recuerdos y sueños, que aún no deberían considerarse como frustrados, pero la proyección de las experiencias conducen a una conclusión concatenada que difícilmente puede desviar el curso del que él prevé.

17 ago 2011

Ante el cadáver de un guapo

Sí, ese era un valiente. Un hombre de verdad. Nunca antes había visto en mi vida a un tipo tan jodido. Ladrón o atracador. Secuestrador o extorsionista. Sea lo que sea, era, ante todo, un verraco. Es que había que verlo ahí, parado en plena tarde, con su pistola en mano, enfrentándose solo a los cinco policías del pueblo. Y no se rindió.

16 ago 2011

Entre enfermos y remedios

A tío Néstor,
con la vergüenza de haberle
robado su propia historia,
aunque mal contada.


Emilio Mendoza seguía sin entender: aquel hombre, de modales finos y uñas pintadas, había llegado de pronto a su casa para exigirle que dejara de hacer lo que todo el mundo en el pueblo, no sólo le pedía a gritos que hiciera, sino que, además, se lo agradecía infinitamente: recetar fórmulas.

Hasta ese día, Emilio no lo conocía personalmente. Sabía que hacía unos veinte días había llegado al pueblo. Se instaló en el puesto de salud. Y de inmediato, emprendió una tarea renovadora que le valió el reconocimiento de los moradores del caserío.

14 ago 2011

Carajo, ¿seré escritor?

Ahora sí: 
a los ratos felices que pasé en El Escondite, 
en la fría capital del país


Y toman ron. Y fuman cigarrillos. Y marihuana. Y aspiran perico. Y sus novias se besan y se acuestan con todos, sin reparos. Y se dejan crecer la barba y el bigote. Y a veces visten de saco y corbata. O chaquetas de gamuza: la misma vaina da. Y bailan, y gritan, y se abrazan borrachos. Y mezclan palabras refinadas con vulgaridades.

Llevo veinticinco años tratando de ser escritor. O poeta. O las dos cosas. Y hoy, cuando estaba completamente convencido de que lo estaba logrando, me doy cuenta de algo espantoso: no soy ni lo uno ni lo otro. Lo único que he conseguido, de los miles de requisitos que exige la moda para graduar de escritor, es tomar ron, bailar y andar con la vulgaridad a flor de labios. Eso y un insomnio jodido que me hunde en las profundidades de los pensamientos pendejos, mientras me revuelco desesperado en el colchón. Nada más.

12 ago 2011

Algo hay que hacer

Por John Acosta



Enrique Zuleta se despertó con el calor del techo de cinc, recalentado por el sol de las once. Se estiró hasta hacer traquear los huesos. Le dolía la cabeza. Bajó las piernas de su hamaca descolorida. Sintió el ardor de la botella vacía bajo los callos de sus pies. "Claro, volví a emborracharme con ron de caña", se dijo.


Se puso de pie. Los calzoncillos sin elástico se le cayeron enseguida. Los recuperó a la altura de los tobillos. Se los subió de nuevo, y les hizo un nudo para ajustarlos a su cintura. "Qué desgracia, ya ni eso tengo". Se puso el pantalón de poliéster desgastado que había dejado anoche sobre el único mueble que poseía: un asiento de cuero sin curtir. En medio de la penumbra del cuarto encerrado, llegó hasta el rincón donde tenía la tinaja. Sacó un pote de agua. Y al llevárselo a la boca, sintió un arañazo en un labio. Era un sapo.

11 ago 2011

Dora, la que echa la suerte

Por John Acosta

Aún recuerdo cuando esta casa era de barro. En la misma época en que mi madre bajaba al río con la ponchera de ropa sucia en la cabeza. Los niños correteábamos divertidos en las playas del riachuelo, mientras las viejas se comentaban los últimos chismes del pueblo, sentadas cada una en su piedra de lavar.

Era la casa sola, íntima. Con las puertas abiertas, como todas las del caserío, pero con el misterio familiar resguardado en sus cuatro paredes. No había baños, y teníamos que ir a defecar a la orilla del río, amparados por el abrigo clandestino de las gigantescas piedras. Armados, eso sí, de garrotes para espantar a los puercos callejeros y hambrientos que insistían en devorar nuestros desperdicios sin haber terminado todavía de expulsarlos.

9 ago 2011

Historia triste de un carnaval feliz

Mauricio Laverde estaba feliz. A esa hora del día tenía ya el triunfo asegurado. Y apenas había gastado la mitad de los millones que su familia recaudó para tal fin. La otra mitad era suya: ganaba por partida doble. De modo que tenía razones suficientes para sentirse el hombre más dichoso del universo. A los 26 años, se perfilaba como el primer alcalde de su municipio, la segunda ciudad en importancia de esa provincia caribeña, electo por voto popular.

Has vivido

"El hombre superior es impasible por naturaleza: poco le importa que le alaben o le censuren: no escucha más que la voz de su conciencia", Napoleón.

Por John Acosta


Ahí estás ahora, sentado en una silla del parque. En la misma silla de siempre. Con el cigarrillo sostenido por esa larga y huesuda mano derecha. Te lo llevas a la boca, aspiras profundo como queriéndote tragar, junto con el humo y de una vez por todas, la amargura y la agonía de cinco años de angustias. Arrugas los ojos, inspirándote en el inmenso placer que te produce aquella bocanada de aire. Y, protegido por la sombra agradable del palo de mango, recibiendo el azote invariable de esa brisa ardorosa, ves venir los recuerdos inclementes que golpean con salvajismo tu memoria, días tras días, años tras años.

8 ago 2011

El otro fotógrafo

Por John Acosta

El cadáver de Mauro permanecía tirado en el pavimento ardiente. Los curiosos, soportando el bochorno del sol caliente, miraban estupefactos el charco de sangre que envolvía el cuerpo sin vida de aquel hombre extraño. Jóvenes, con los uniformes mojados pegados a la piel y los rostros bañados de sudor, se habían volado de la escuela al enterarse del accidente. La bicicleta del muerto estaba a dos metros con los riñes torcidos. El Corregidor, acompañado de dos policías, medía acá y allá con un metro metálico. Eran las tres de la tarde.

Mauro Díaz se levantó ese día, como siempre, a las ocho de la mañana. Aturdido todavía por la pereza del sueño, se envolvió una toalla de colores llamativos sobre su cintura desnuda. Abrió la puerta de su cuarto oscuro y recibió el torrente de luz solar. Atravesó el patio hasta llegar a la ducha que estaba al aire libre, debajo de un palo de mango. Y se despojó de su trapo secador. Allí, en la sombra de ese árbol frondoso, a la vista de todo el que pasara por la calle y mirara por encima de la cerca de madera. Doña Isabel, la dueña de la casa donde Mauro tenía una pieza arrendada, con su pelo despeinado y sus piernas varicosas, atizaba el fogón de leña.

- ¡Carajo, Mauro, buenos días! Ya ni saluda - le dijo.
Mauro llegó al pueblo en un destartalado bus intermunicipal. Eran las tres de la tarde de un febrero hirviente. La carretera era entonces una línea de piedra por donde pasaban los carros dejando parte de sus tornillos. A las cinco de la tarde de ese mismo día, frente a la única droguería del caserío, en una casa de paredes altas y agrietadas, apareció un aviso de lata con unas letras góticas de color rojo: "Foto Imperio", se leía. Y más abajo, unas letras más pequeñas, de color negro, decían: "Propietario: Mauro Díaz". Diez años después, Mauro Díaz moriría exactamente en el mismo sitio donde se bajó del bus.

4 ago 2011

La entrevista, paso a paso

Atención estudiantes de sexto semestre de Comunicación Social y Periodismo de la Universidad Autónoma del Caribe: pueden hacer sus aportes aquí sobre el documento basado en el libro La entrevista periodística. Intimidades de la conversación pública de la autoría de Jorge Halperín, Editorial Aguilar.

Esta no es vida

A
la abuela,
mi vieja del alma.


"A mí no me tomen foto, carajo. Que yo no soy burla
 de nadie, les he dicho"
Ustedes creen que esto pueda ser vida: una mujer que ha criado doce hijos, treinta y dos nietos y seis biznietos, y que tenga que pasar la vejez en medio de esta soledad, desamparada, y sin nadie en el mundo a quien quejarse, a quien decirle "Ve, dame tal remedio para tales males" o, simplemente, "Carajo, hijos de mierda, denme para comprar el arroz, que el único granito que había se me acabó la semana pasada".

Nada. Jesús, María y José, no, esta no es vida. Nada más fíjense en el vestidito que llevo puesto: ya no le cabe ni un remiendo más. Claro, es que las cosas tienen que acabarse de tanto darles uso. Antes ha durado mucho: todos los días del mundo me lo quito, lo lavo, lo pongo a secar al sol, y me lo vuelvo a poner. Pero, bueno, y entonces qué hago. Yo no me puedo quedar desnuda, y no tengo más.

Eso es lo que más me mortifica: que esos hijos no se acuerden que existe este pobre ser. A veces me pongo a pensar en eso y no lo creo. No me puede caber en la cabeza la idea de que puedan ser tan ingratos, sin espíritu, ni iniciativa. No son capaces siquiera de decir voy a hacer este mercadito, y se lo llevo a mamá o a esa porquería o a ese pobre animal, en fin, como quieran llamarme, que debe de estar con el ojo blanco, muriéndose del hambre. Y de dónde: si ellos quieren, precisamente, es verme muerta para salir de este estorbo. Y cuál estorbo: fuera que yo les importara en algo o los molestara en cualquier cosa. Es que yo para ellos soy nada, nada en el mundo.

2 ago 2011

El Placer de una maestra de vereda

Por John Acosta

Desde el primer día en que llegó a su propio pueblo a oficiar como maestra, Mábel Esther Vega Montano recibió el azote de la discriminación. «Qué puede saber la negrita de María», supo que dijo una señora del caserío. Y ella, la hija de la señora María, se propuso trabajar duro y parejo para demostrarle a la incredulidad de sus paisanos que sí se podía ser profesor, aunque se naciera en una vereda tan apartada del mundo como El Placer.

Había hecho hasta tercero de primaria entre el enjambre de muchachos asustados que se aglutinaban en un solo salón para recibir las clases de una maestra que debía repartir el día entre los oficios de su casa y enseñar un ratico a los niños de primero, otro a los de segundo y otro a los de tercero, en una maratón admirable para una profesora que ni siquiera había iniciado el bachillerato. El Placer era una vereda de ocho casas de barro y techo de paja, regadas entre las lomas que están en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.

La crónica y el Nuevo País

(Fragmentos de la conferencia sobre Nuevo Periodismo para un Nuevo País, dictada por Juan Gossaín en Riohacha, el 3 de agosto de 1991, durante el seminario Actualización en Radio, Prensa y Televisión)

Esta mañana se dijo aquí, anticipándose a lo que yo iba a decir, que dentro de este panorama del Nuevo País y del nuevo periodismo y del nuevo periodista colombiano, se ha ido perdiendo la crónica en los periódicos. Esa crónica sabrosa, de ambiente, en la que se mezclan rasgos literarios con hechos periodísticos. Yo debo decir que lo que ha desaparecido es la crónica, pero no los cronistas. Me aterra pensar que los periódicos están eliminando al cronista. La respuesta que le dan a uno siempre es "se acabaron los cronistas".

1 ago 2011

No tengo lápiz

Por John Acosta

Son las seis y media de la mañana. El sol fonsequero se ha levantado a cubrir el municipio con su brillo intenso. Ni una sola nube en el cielo: otro día más de calor. Ada Luz espera un carro parada ahí, en la avenida principal del municipio de Fonseca, en el departamento de La Guajira. Viene un taxi de los que viajan a San Juan del Cesar. Le extiende la mano. Nada. No se detuvo: iba con el cupo lleno. Cinco minutos más. Y pasa un bus. El ayudante se para en la puerta. «¿Para dónde va?», le pregunta. Ella teme que no la recojan. «Para adelante», responde. Y se sube.

Fútbol al calor

Por John Acosta

La calle estaba recién pavimentada. Los muchachos recogieron con pala la arena que los contratistas del municipio habían echado para fraguar el concreto. Eran las 2:00 de la tarde de un día caluroso. A esa hora, el sol había aparecido con toda la intensidad después de una mañana nublada que mantuvo amenazado a todo el mundo con la inminencia de un aguacero que nunca llegó.

Los muchachos habían estado planeando el partido desde muy temprano, pero el amago constante de la lluvia hizo posponer el juego a cada rato. El sol salió en el momento que empezaron a hacer toques de calentamiento con el balón en la calle de siempre. Las interrupciones por el tráfico de vehículos obligaron a buscar una alternativa diferente a la de aquel sitio. Fue entonces cuando surgió la idea salvadora.

28 jul 2011

El mundo, después del incendio

Por John Acosta

El crepitar incesante de las llamas se entrelazaba en el ambiente con los gritos desesperados de las niñas que estaban dentro del rancho encendido. El fuego devoraba sin compasión los leños resecos que componían las paredes de la casa. Una pequeña de tres años corría casi muerta del pavor alrededor de la vivienda que ardía, buscando algún resquicio por donde entrar y ayudar a sus dos hermanitas. No encontró cómo porque la candela estaba regada por todas partes. La rapidez mental de su inocencia permitió que la iluminara la idea de salir a buscar ayuda en la soledad del desierto de la Alta Guajira. Después de dar vueltas en medio de su angustia, se encontró con un indígena que pasaba lejos de allí. El hombre se compadeció del llanto de la pequeña Einma Newball y corrió con ella hasta la ranchería. Era demasiado tarde: ya no quedaba nada. La niña, asfixiada por su propia impotencia, se desmayó.

26 jul 2011

Punta Gallina, un esplendor natural en La Guajira

Por John Acosta

Un hombre desenreda su red, sentado sobre una roca a la orilla del mar. Está concentrado en su oración mitológica de pescador creyente. Unos doscientos metros más allá, una cabra busca refugio bajo la sombra protectora de una lancha que se encuentra fuera del agua. Al fondo, la proyección del sol de las 10:00 de la mañana da un color plateado, al mar quieto.

Una pequeña, agradecida con el mundo por haberle regalado la libertad de vivir feliz en la soledad del desierto, que le permite andar por esas tierras con su cuerpecito frágil de niña dichosa, cubierto apenas por una pantaletica, mira al viejo que desenreda la red: dos generaciones diferentes, dos géneros opuestos y una sola raza: la altiva wayúu, capaz de enfrentar la crudeza de aquella tierra árida y sin más fortuna que la poesía derramada en su paisaje.

Cerro Pintao sí tiene doliente

Por John Acosta

No está pintado: es real. Su nombre obedece a la coloración especial que toman las rocas sedimentarias que lo conforman. Quien tiene el privilegio de sentarse, extasiado por la extraña felicidad que irradia el espíritu, al ser testigo de un nuevo amanecer, tomándose una humeante totuma de café desde el patio de su casa en San Juan del Cesar, en Villanueva, en El Molino o en Urumita, sin camisa y calzado con guaireñas, puede ser testigo de lo que sucede allá, a 3.450 metros de altura: el amarillo intenso se cierne sobre el último páramo de la cordillera Oriental, a medida que los rayos solares van apareciendo.

Al medio día, cuando el sol está colgado en la mitad del cielo, las personas, bañadas en sudor y desesperadas por un calor agravado con el plato de sopa hirviente que acabaron de tomar, tienen que salir al patio en busca de auxilio bajo la sombra de los palos porque dentro de sus casas el ventilador de techo sopla un aire caliente, ven allá arriba, en la Serranía del Perijá, un azul grisáceo que resplandece en el páramo más septentrional de Suramérica.

La Junta, un querido rincón en La Guajira

Por John Acosta
Fotografías: Fabián Acosta

Balneario El Salto, en La Junta
El esclavo de Mamá Niña volvió a nacer ese día. A pesar del odio reprimido, alimentado por su condición ancestral de ser inferior, el negro le agradeció en silencio a su ama el que le hubiere perdonado la vida. La Junta estaba formada, entonces, por dos o tres hatos tan inmensos, que el ganado debía clasificarse según el color de las reses. Los dueños eran españoles aventureros que se arriesgaron por esos parajes en busca de sabanas para el pastoreo y se establecieron allí a mediados del siglo XVIII.

9 may 2011

Un corazón dentro del fusil

Obra Love and Peace, de Vasiliy Myazin
Por John Acosta

A
Yonaides,
claro.

"Aquel que camina una
sola legua sin amor,
camina amortajado hacia
su propio funeral",
Walt Whitman.

1
Era un hombre. Hecho y derecho: un hombre de verdad. Iba a ser grande. Sería el apoyo y el sostén de su vida cuando ya estuviera marchita. Lo vio con los ojos inundados de lágrimas, no por el dolor del parto, sino por la felicidad de quien ha cumplido con el sagrado deber de entregar al mundo un nuevo ser. Le vio su cuerpecito frágil y ensangrentado, sus piernecitas encogidas, su cabecita larga. Sintió el eco fino de su llanto tierno retumbar en todos los rincones del cuarto. Le pareció una melodía celestial. La más hermosa canción de amor. Miró cuando abrió sus ojitos. Entonces, recibió su mensaje de gratitud.

12 abr 2011

Riña estéril de un macho invertido

Por John Acosta


Poco después de cumplir su primer cuarto de siglo de existencia, Antonio María decidió ser marica. Su lucha por tratar de convertirse en el macho que debería comenzó con su adolescencia, cuando las necesidades fisiológicas propias de ese período lo obligaron a esconderse detrás del escaparate de su madre o a encerrarse en el baño de su casa para hacer que su parte varonil expulsara toda esa fuerza vital que se acumulaba en sus testículos.

12 mar 2011

Lengua y estilo del editorial

Atención estudiantes de sexto semestre de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Sergio Arboleda, sede de Santa Marta, consignen aquí sus comentarios sobre el artículo Lengua y estilo del editorial, del doctor Luis Alberto Hernando Cuadrado, Profesor Titular de Lengua Española
Facultad de Filología de la UCM. Deben ceñirse a los parámetros socializados en clases.

3 mar 2011

La noticia. Factores que la constituyen

Atención estudiantes de quinto semestre de Comunicación Social de la Universidad Autónoma del Caribe, aquí deben consignar sus comentarios sobre el capítulo 3 del libro Manual de estilo, de la autoría de la comunicadora Nubia Camacho ( por favor, haga click aquí para ir hasta el pdf del libro) . El mencionado capítulo se titula La noticia. factores que la constituyen. Deben ceñirse a los parámetros socializados en el correo electrónico que recibieron. Gracias por su atención

17 feb 2011

Características del lenguaje periodístico

Atención, estudiantes de quinto semestre de Comunicación Social-Periodismo de la Universidad Autónoma del Caribe: Después de leer el capítulo 2 del libro Manual de Estilo, de la autoría de Nubia Camacho Bustos, ( Haga click aquí para ir al pdf del libro) deben consignar sus comentarios aquí. El mencionado capítulo se titula Características del lenguaje periodístico. Los comentarios deben ceñirse a los parámetros socializados en clase.


16 feb 2011

Medios de comunicación en las organizaciones

Atención, estudiantes de noveno semestre de Comunicación Social-Periodismo, de la Universidad Autónoma del Caribe: aquí deben consignar sus comentarios sobre el capítulo 11 del libro La Comunicación en las organizaciones, de la autoría de Carlos Fernández Collado, publicado por Editorial Trillas, S. A. de C.V., México, D. F., en abril de 1995. El mencionado capítulo, titulado Medios de comunicación en las organizaciones, fue escrito por Roberto Hernández Sampieri. Los comentarios de los estudiantes deben ceñirse a los parámetros socializados en clase.

3 feb 2011

El Niño Dios, desde la hamaca

Por John Acosta

Esa noche, Aura Elisa Mendoza de Acosta (la vieja Aba) no pudo dormir. Desde que despidió la última visita rutinaria que le hacían sus vecinos, todos los días después de la cena, para reírse con anotaciones chistosas, ella empezó a preguntarse qué iba a ser si su hijo Alcides de Jesús no aparecía con los juguetes. Después de ponerle la tranca a la puerta de la calle, se paró frente al viejo cuadro del Sagrado Corazón de Jesús que colgaba en una de las paredes de barro de la sala, se llevó las manos a la cabeza en señal de súplica, miró fijamente a la imagen religiosa y desahogó con una sola frase el tormento espiritual que sentía en ese momento.

- Pobres mis muchachitos - dijo -. Dios mío, ayúdame.

Así fueron los inicios del M-19 en la democracia

Por John Acosta


La tarima estaba montada. La gente llegaba en grupos y solos. Una pareja de novios bajó de una buseta, se coló entre las personas y se ubicó en las barandas metálicas que habían puesto alrededor del escenario. Algunos prevenidos llevaron sus paraguas: el tiempo amenazaba con unos nubarrones negros que se la habían pasado todo el día dando vueltas en el cielo de Barranquilla. Nadie repartía banderas: cada uno llevaba la suya. Ni camisetas. Y, sin embargo, la gente llegaba.

Los tradicionales buses repletos de personas de todos los barrios de la ciudad, contratados siempre para transportar a los animadores fugaces de las manifestaciones políticas, no aparecieron por ningún lado. Un vendedor de «raspao» adornó las botellas que contenían las esencias de su producto con los tres colores del movimiento que esa noche proclamaba la candidatura de Gustavo Bell Lemus a la Gobernación del Atlántico: azul, blanco y rojo. Y en el centro, con letras negras, el nombre: “AD M-19".

Alicia Barros: cómo se forja una líder wayuu

Por John Acosta


Alicia Barros Velásquez, líder wayuu

La pequeña Alicia Barros Velásquez aprendió a tejer para hacerle honor a su carácter indomable: porque le dio la gana. Había quedado huérfana a los cinco años de edad y su hermana mayor se hizo cargo de ella para criarla con el rigor de las leyes indígenas. Desde que nació, Alicia vivió en la ranchería ware-waraw y muchas veces dejó de ir a jugar con las demás niñas para quedarse viendo, con un interés inusual para su corta edad, la maestría con que las mujeres del lugar tejían sus corotos de uso. Su imaginación infantil no le permitió percatarse, entonces, de lo mucho que le costaría a ella aprender a realizar esos trabajos artesanales.