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Lo único que le entendí a Martín Elías fue cuando interpretó canciones de su padre, Diomedes Díaz

Por John Acosta

Confieso que me vine a enterar de que existían unos nuevos intérpretes de música vallenata, cuando los medios de comunicación registraron con gran despliegue la muerte de Kaleth Morales, ocurrida en un accidente de carretera el 24 de agosto de 2005. Recuerdo que, entonces, me asombré yo mismo de que no tuviera ni la más mínima idea de quién era ese joven cuya muerte generara tanto eco en la gran prensa colombiana. Embaído como estaba con la música de lo que yo consideraba los cuatro grandes del vallenato (Diomedes Díaz, Los Hermanos Zuleta, Jorge Oñate y Los Betos, pues ya Rafael Orozco había sido asesinado), apenas sí miraba, cuando pasaba rápidamente los canales de televisión con el control, unos aparecidos que se presentaban en las tarimas ambulantes de El show de las Estrellas, de Jorge Barón Televisión: me burlaba de esas baladas y rancheras con acordeón, que no tenían nada qué ver con el vallenato verdadero. Sí me extrañaba ver, en medio de la rapidez con que buscaba en la programación algo que me entretuviera, cómo el público asistente coreaba con entusiasmo lo que el joven cantante interpretaba. “Ahí están pintados los cachacos: definitivamente, no saben nada de vallenatos”, me decía mientras seguía en búsqueda del canal que me atrapara.


Kaleth Morales
Hasta que la muerte de Kaleth Morales me hizo caer en la cuenta de que ya existía en el vallenato algo que llamaban la “Nueva Ola”. Y fue cuando aparecieron, en el escenario de mi mente, los nombres propios de los aparecidos que yo veía en el zapping desesperado con que buscaba entretenerme en mi casa: Silvestre Dangond, Felipe Peláez, Peter Manjarrés, Jorge Celedón, Martín Elías y Luifer Cuello.

Rafael Orozco e Israel Romero
En honor a la verdad, el vallenato romántico lo inició Rafael Orozco con su conjunto El Binomio de Oro. Recuerdo que, en mi juventud, yo le decía a mis congéneres que jamás escuchaba esa música porque la balada y la ranchera no se tocaban con acordeón. Hoy por hoy, en la reverberación de mi medio siglo de existencia, ya disfruto de las canciones grabadas por el desaparecido Rafael Orozco: supongo que la nostalgia de mis remotos años mozo me hacen emocionar con lo que no digería en esa bella época. Lo que sí es cierto es que, dadas las circunstancias de la Nueva Ola, es mil veces mejor el vallenato romántico del difunto Rafael Orozco al remedo de vallenato con que los nuevos intérpretes ganan adeptos entre la muchachada de ahora.

Los juglares vallenatos
Hay, sin embargo, un temor que me asalta. En una crónica conté cómo, en contra de lo que sentíamos los muchachos de la época, mi abuela no gustaba de la música del entonces joven cantante Diomedes Díaz (Click aquí para leer crónica de mi abuela criticando a Diomdes Díaz). Supongo que mi vieja comparaba lo que en ese entonces proponía Diomedes Díaz musicalmente con lo que ella había disfrutado desde joven: Alejo Durán, Enrique Díaz, el viejo Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, Juancho Polo Valencia, Rafael Escalona. Me pregunto si hoy, los que pasamos los cincuenta años de edad no estamos cometiendo con los cantantes de la Nueva Ola la misma injusticia que cometía la vieja Aba con los jóvenes cantantes vallenatos de ese tiempo.

Los clásicos
¿Hay en el vallenato una ruptura musical por época? Lo cierto es que el pasado domingo 5 de junio fui invitado a un evento de un colegio privado de Barranquilla: la atracción final era la presentación de Martín Elías. Yo soy un hincha furibundo de la música del llamado El Cacique de La Junta, el ya fallecido Diomedes Díaz. Y decía, a pecho afuera, que el único cantante de la Nueva Ola que medio soportaba era a Martín Elías, precisamente, porque era hijo de Diomedes. No obstante, la tarde que cantó en el colegio no le entendí “ni jota”. Pensé que era un problema de los ingenieros de sonido, que le habían subido el volumen a los instrumentos musicales en detrimento de la voz de Martín Elías, pero recordé que hace dos años, en ese mismo sitio, le había correspondido presentarse a Silvestre Dangond y también con él me pasó lo mismo: no le entendí absolutamente nada.


Nueva Ola
De manera que esas dos experiencias me habían hecho concluir que los “nuevos oleros” son más instrumentalistas que cantantes. Claro, esa bulla musical los hace brincar en toda la tarima y el público joven se enloquece con las locuras que hace el cantante en la tarima. Lo único que me salvó la tarde en que escuché por primera vez en vivo a Martín Elías, fue cuando el muchacho cantó varias canciones de su padre: ahí sí las entendí a todas, letra por letra. ¿Acaso los oídos míos están tan envejecidos que solo procesan el vallenato tradicional? Me volví acordar la noche aquella en que mi abuela criticaba en el aposento en que dormíamos la voz de El Cacique, que, venida de la caseta comunal en donde se presentaba en vivo, entraba por la solera de la casa.

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