22 ago 2018

A “Paragüita” le decían César: ecos del carnaval de Barranquilla

César Morales Mejía. Paragüita

Por Juan Carlos Escalante

Huyendo de mis padres carnavaleros, me topé con un señor que le decían “Paragua”o “Paragüita”. Lo curioso de esto es que también terminé siendo otro adicto al carnaval, en parte, gracias a ese extraño personaje.

Salsero y verbenero, casi rayando en la intolerancia con otros sonidos del Caribe colombiano, César Morales dirigía una comparsa llamada Las Marimondas del Barrio Abajo. Ya antes las había visto en medio de una Batalla de Flores; eran como mil personas en un éxtasis maravilloso, dando unos brincos y haciendo movimientos desajustados que arrancaban aplausos y gritos de euforia que se entremezclaban entre ese endulzante aroma a fécula de maíz triturada y chuzos de carne de dudosa procedencia, pero fascinante sabor.


Juan Carlos Escalante, el autor de esta crónica
Tenía una personalidad férrea, amante y defensor de la tradición, líder innato, le dicen los expertos. Para ese tiempo, hace más o menos veinte y tres años, ese señor dominaba a un grupo de jovencitos de habilidades especiales para hacer de la máscara de la marimonda un alucinante espectáculo. Ese fue uno de los legados más poderosos de ``Paragua”; convirtió a un personaje despreciable para muchos en un desorden ordenado lleno de colorido y energía. Los que saben de carnaval entienden que la marimonda no siempre fue una comparsa y que su atuendo fue transformado por César Morales Mejía, un bacán del barrio Abajo, que lo tocó la dicha de chocarse con la gente correcta en el momento preciso.

Durante el tiempo que hice parte de la comparsa, entendí que es cierto que “no es solo vestirse de marimonda sino los brincos que hay que dar...”. Que las recomendaciones eran las mismas, pero siempre actuales: “Ojo con la careta…de una agarrada de jopo no se ha muerto nadie, así que las niñas pilas con acercarse al público…el que se quede coge un taxi con aire que yo se lo pago allá en la vía 40…”. Cada inicio de Batalla de Flores o Gran Parada y, después, el Lunes de Comparsas era una tradición personal que era compartido como por quinientas marimondas que iban y venían, aunque muchos nos mantuvimos ahí, al pie del redoblante, a la sombra del sol ardiente en medio del canicular calor caribeño, tapado de pies a cabeza, pero feliz de la euforia que levantaba esa comparsa que siempre ha dado de qué hablar…

Paragüitas, la exalcaldesa Elsa Noguera y las marimondas del barrio Abajo
Vi nacer muchos de los movimientos que hacen célebre a la marimonda hoy, eran dados a luz en medio de una presentación, en medio de un paseo, en medio de una borrachera, a la sobra de un chiste, eran la creación de anónimos para el mundo, de conocidos en la comparsa, de mentes espontáneas que hacían de sus cuerpos un lenguaje de alegría y jocosidad; ahogados en desorden, de palabrotas constantes, de una imposibilidad educativa doctoral académica infinita pero de un sabor y una delicia caribe que ni en los mejores lenguajes se podrá llevar al papel…simplemente había que verlos enamorar miradas en muchos rincones de Colombia; por allá, a finales de los noventa y principios del nuevo milenio, las Marimondas del Barrio Abajo, gracias a personajes como León Caridi o el gran Samuel Tcherassi, se paseaban por media nación llevando una representación mágica de la alegría del carnaval de Barranquilla acompañadas, a veces, por danzas de tradición que solventaban ese personaje incompresible de morbo fálico y movimientos espontáneos que solo causaban risa y admiración.

Juan Carlos Escalante, con un grupo de compañeros marimondas
La repelencia era mi lenguaje, dentro de la máscara me burlé hasta del presidente, no respeté auditorio, los bailarines profesionales de otras compañías no entendía como un grupo de imberbes jóvenes desafiaran todas las reglas de la planimetría y el público explotara en aplausos, mientras detrás de nosotros estaba ese señor que fue testigo de cómo una sencilla idea de rescate de la tradición se convertía en un ícono nacional.

 Tantas anécdotas necesitarían un libro…personajes y bailadores desconocidos… reconocidos solo por su epíteto o por su nombre de pila…”Octavio, el anfibio” (Q.E.P.D), Octavio “el peluquero”, Jhon Watts, Clavito, El negro, Bocato, El ganso, La gansa, Los Bagres, Los Vásquez,  Wilson, Rafa, Luismy, Juanmi…Fercho, Julio, Chuchi, Emili, Maritza, La Gata Salvaje…etc, etc. Códigos y personajes que pocos reconocen y que seguro que los que bailan hoy día no saben quiénes son, pero los que estuvimos ahí en medio de todo los llevaremos en el corazón hasta que la conciencia nos alcance.

Paragüitas
Recuerdo plácidamente, que en medio de cada desfile, cada presentación, cada viaje le preguntaba a Cesar “Paragüita” Morales: -Mira, ¿a ti en qué momento se te ocurrió está locura? Y solo me respondía con esa sonrisa camuflada de alegría entre sus  lentes oscuros, me abrazaba y me decía “vuelve a la fila”. Y la alegría seguía,  era el momento en donde el fandango representativo de la Marimonda “La butaca” solía sonar mejor, se desbordaba la alegría, cada marimonda es única, cada solo de redoblante la oportunidad de expresar algo, amor, odio, respeto, amistad, alegría, es dejarse llevar por el golpe del tambor y la armonía de las trompetas, la pasividad asesina del trombón y el brillo de los platillos.

Ver ese monstruo llamado Vía 40, abrirse en la calle 80, es algo que pocos han experimentado, solo aquellos que hemos estado ahí, comprometidos con el folclor, enamorados de los sonidos del Caribe colombiano y animados por las voces de la gente exigiéndote que te tires al suelo y que brinques adornan nuestros recuerdos como focos de navidad en cada momento que suenan los tambores del Caribe.

Quiero expresar todo lo que es ser actor del carnaval, pero las palabras se quedan cortas ante tanto sentimiento. Agradecemos a César, ese señor que le decían “Paragüita” o “Paragua”, víctima del universo caribeño, adicto al carnaval, defensor y amante de su folclor. Que suenen las verbenas en su nombre, que suden los bailadores gozando sus saberes y que siga la tradición única forma de trascender en el mundo de la globalización. 

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