Luz Caicedo de Tono: bisabuela de Iván Duque

Sensibilidad y ternura de la dama ibaguereña: toda su actividad social la llevó a formar parte del liberalismo en el Tolima, y estuvo ad portas de llegar al Concejo, pero los celos de los políticos la privaron de coronar su gran ilusión: ser alcalde de Ibagué.

Ancestros ibaguereños, liberales, cartageneros y antioqueños de Iván Duque Márquez.

Luz Caicedo de Tono






















Por: Carlos Armando Blanco Botero
Fotos: Cortesía diario El Nuevo Día, de Ibagué

Cada tarde, la sala principal de la casa de Luz Caicedo de Tono, ubicada en el barrio Cádiz de Ibagué, se convierte en el salón de tertulia más exquisito de la ciudad.


Aflora entonces en su mente lúcida, la fascinación de los recuerdos en la finca de Chicoral, propiedad de sus abuelos Zacarías Caicedo Cuéllar y Enriqueta Montealegre, donde compartió con sus padres Gentil Caicedo Montealegre y Ana Joaquina Buenaventura Durán, sus tíos, primos, hermanos y amigos; mágicos días de infancia, juventud y madurez.
Aquella finca, convertida con el paso del tiempo en el Hotel Chicoral, fue el escenario ideal para que las familias Caicedo, Buenaventura, Melendro y Montealegre, emparentadas todas entre sí, liberaran su innata creatividad dándole vuelo a la música, al montaje de obras teatrales, permitiéndose el don de la palabra y la poesía.

A comienzos de siglo, a Chicoral se llegaba desde Ibagué luego de superar cabalgatas que se iniciaban a las 5 de la mañana, con tres y cuatro paradas en fincas y fondas camineras, que incluían tomada de jugo, tazones de chocolate, amasijos y quesillo fresco. Cuando correspondía el almuerzo, el sancocho era infaltable, así como la siesta. Ya sobre el ocaso del día, los viajeros arribaban a su Chicoral del alma.

Con motivo de la llegada del tren a Ibagué, a mediados de la primera
 década del siglo pasado, se organizaron diferentes actos, entre ellos, 
la representación de la “Religión bendiciendo las artes”. Hicieron 
parte de este cuadro, de izquierda a derecha, Matilde Lastra (tragedia),
 Maruja Grillo (poesía), Teodistes Sánchez (comedia), 
Tulia Buenaventura (religión), Luz Caicedo (pintura), 
Inés Buenaventura (música).
Luego, con la llegada del tren a Ibagué en 1921, los paseos se hicieron más ágiles y, menos tortuosos.   

 Amistades presidenciales

Y fue precisamente en Chicoral donde se hizo entrañable la amistad de las familias ibaguereñas con los gobernantes nacionales, especialmente liberales, que convirtieron la finca de los Caicedo en el sitio ideal para veranear y compartir el afecto y la gracia musical y artística de los raizales tolimenses.

Lucerito, como le dicen en confianza sus amigos, recuerda al general Uribe Uribe, de visita en su finca, contándoles cuentos de cuna a los niños, iniciada la noche.

Con el presidente Eduardo Santos y su esposa Lorencita Villegas de Santos la amistad fue perdurable, incluso, cuando los Santos descansaban en el Chicoral, llamaban a Lucerito a Ibagué, para que estuviera lista, pues en un par de horas pasarían por ella para irse de paseo con el gobernador Mariano Melendro y la primera dama.

En una ocasión, el presidente Santos, de visita oficial en nuestra ciudad, llegó al Club El Círculo donde le ofrecerían una cena especial. Lo primero que hizo fue preguntar dónde estaba Luz Caicedo, a lo que le respondieron que en la cocina, como responsable del banquete que se serviría.

Pues hasta allí se fueron el Presidente, Lorencita y un grupo de la comitiva, quienes compartieron con Lucerito largo tiempo de la gala.

Caso aparte fue la amistad con el presidente Darío Echandía y su esposa Emilia Arciniegas. Con ellos, el banquete era un suculento sancocho servido en casa de Luz Caicedo de Tono.

Con el maestro Echandía se disputaban el honor de saber quién quería más a Ibagué y al Tolima.

En una oportunidad, estando en los coros Tolima en Barranquilla, camino de Cuba, las autoridades le impidieron viajar a la isla, pues los calificaron de comunistas, a lo que Lucerito les contestó que comunistas no, sino liberales ortodoxos que no es lo mismo. Pero esas explicaciones no fueron suficientes.

De inmediato, Luz Caicedo de Tono llamó a Floro Saavedra y este a su vez a Darío Echandía, quien habló con el alto gobierno, desde donde se impartió la orden para permitirle la salida del país a toda la delegación tolimense, que con su música conquistó a los habaneros, en unas jornadas corales que aún no han sido superadas comenta Lucerito.
A quien nunca atendió como anfitriona de Ibagué y banquetera fue a Mariano Ospina Pérez y Berta Hernández de Ospina, incluso, aún se le corta la respiración cuando se le pregunta, pero descansa al decir con picardía que fue por aquello de que eran “goditos”.

Con los más necesitados

Luz Caicedo, en su juventud. 
Pero no se vaya a pensar que solos los seres prestigiosos fueron premiados con su amistad, por el contrario, si alguien se vio favorecido con los dones de su generosidad fueron los más necesitados.

Para ellos trabajó sin descanso, luego de recuperarse moral y anímicamente de su prematura viudez, pues Lucerito solo alcanzó a estar casada durante cuatro años y medio.
Entre sus campañas en pro del bienestar de la comunidad se recuerda la dotación de 14 cunas con todos los equipos del caso que realizó en el hospital San Rafael de Ibagué, por aquel entonces a cargo de una comunidad de religiosas.

Para alcanzar este objetivo, Lucerito montó la obra “Canción de cuna”, la cual presentó en el Teatro Tolima con un éxito tal, que medio Ibagué se quedó por fuera, añora Lucerito.

Otra de sus campañas la realizó con el Ministerio de Salud, entidad que envió un funcionario a la ciudad para implementar el programa “gota de leche”, funcionario que no fue recibido por el Alcalde, situación conocida por Luz Caicedo, quien se puso al frente de caso e hizo que la primera autoridad del municipio escuchara al señor, acción que se tradujo a los pocos días, en que las mujeres más humildes de la ciudad llevaran a sus pequeños todos los días a un salón a tomarse un tetero con leche por cuenta del Estado. Este programa se incorporó después a la “Casa del Niño”.

Fundó la Cruz Roja

Con el medico Plinio Rengifo, hace ya más de tres décadas, se dieron a la tarea de fundar la sede de la Cruz Roja de Ibagué, pues consideraban como ilógico que nuestra ciudad no contara con los servicios de esta entidad de orden mundial.

Hace un par de años, una dama vinculada a la sociedad ibaguereña se ufanó de haber sido ella la fundadora de la Cruz Roja de Ibagué, actitud que fue rechazada, no solo por Lucerito, sino por la comunidad en general, pero esto no pasa de ser algo anecdótico.
La iglesia también buscó a Luz Caicedo, para que con su poder de convocatoria se hicieran obras en beneficio de los creyentes.

En esta oportunidad montó la obra “Por un piojo”, la cual presentó en Cajamarca, ciudad hasta donde se desplazó un número importante de ibaguereños, que sumados a los lugareños, posibilitaron reunir los fondos necesarios para levantar, no solo los cimientos y columnas de la parroquia de Cajamarca, sino la casi totalidad de la iglesia, obra que recibió la bendición de monseñor Jáuregui, quien respaldó la Lucerito durante todo el proceso.

Amor por Ibagué

Con monseñor Jáuregui, Esther “Chatica” de Melendro, Amelia Melendro, un grupo de presos de la cárcel de Belén que realizaron el trabajo físico y unos ingenieros como diseñadores de la obra; se dieron a la tarea de rediseñar y reforestar el parque Galarza. Los concejales entraron en celo, se opusieron al proyecto e intentaron retirar lo hecho, a lo que Lucero les dijo: “Háganlo, tan solo inténtelo…”; no lo hicieron.

Con las damas antes mencionadas, Lucerito fundó la “Sociedad de Amor por Ibagué”, entidad de la que fue su primera presidenta.

Gracias a ellas, el mango de la Gobernación está en pie, pues un Alcalde mandó a tumbarlo, a lo que las señoras respondieron montando guardia durante tres días y 24 horas diarias, hasta que el Alcalde sintió vergüenza y desistió de su propósito.
Varios de los ocobos y cámbulos que hoy florecen en distintos lugares de la ciudad, son producto de sus jornadas de reforestación.

Toda su actividad social la llevó a formar parte del liberalismo en el Tolima, y estuvo ad portas de llegar al Concejo, pero los celos de los políticos la privaron de coronar su gran ilusión: Ser alcalde de Ibagué.

Sensibilidad artística

A sus 98 años de edad, con la plenitud de sus facultades a cuestas, Luz Caicedo Buenaventura reconoce que fue pésima estudiante, pero dotada de una sensibilidad innata para el teatro y la música.

Siendo apenas una niña, convertía en actos dramáticos los cuentos de Callejas, cuyo reparto integraba con sus primos. A las representaciones, llevadas a cabo en la casa paterna, asistían sus familiares y amigos cercanos, y desde ese entonces entendió cuál era su rumbo cultural en la sociedad.

Invitada por el maestro Alberto Castilla, recibió clases de violín, resultando alumna aventajada. Además interpretó con gracia la bandola y la guitarra. Años más tardes se desempeñó como secretaria del Conservatorio, y fue la anfitriona durante la inauguración de la sala Alberto Castilla de la misma institución. Hasta que las fuerzas se lo permitieron hizo parte de la junta directiva del ente musical, convirtiéndose en apoyo fundamental de la directora Amina Melendro de Pulecio.

El afecto

Dos generaciones con honda raigambre política. Luz Caicedo
Buenaventura y su bisnieto Iván Duque Márquez.
No fueron pocos los pretendientes que en Ibagué intentaron conquistar el corazón y la ternura de la bella joven Luz Caicedo Buenaventura, incluido el humanista Juan Lozano y Lozano, quien con sensibles poemas demostró el encanto que producía la niña ibaguereña.

En algunas estrofas de sus versos amorosos, Lozano y Lozano le poetizó a Lucerito: Lírica niña, fragante como un madrigal, de cabellos hechos de sol y miel, tienes la gracia peregrina, nostálgica y sentimental…

Pero el destino de su corazón estaba en otras tierras, más exactamente en Cartagena, a donde viajó a visitar a su hermana Sixta Tulia, casada con el capitán naval Manuel Ortiz Castillo.

Durante el viaje hacia la costa Atlántica, a bordo de un vapor que descendía por el río Magdalena, varias fueron las noches que al ritmo de su tiple cantaron los pasajeros.

Una vez en “La Heroica”, su hermana le presentó a Antonio Tono De La Espriella, con quien hubo empatía desde el primer momento, afecto que crecía con el paso de los días, situación que prolongó la estadía de Luz Caicedo en la ciudad, donde al cabo de un año contrajeron feliz matrimonio, unión de la que nacieron Stella y Antonio, pero para tristeza de Lucerito, su esposo falleció a los cuatro años y medio de casados, víctima de una peritonitis.

Lucero regresó con sus hijos al Tolima, nunca se volvió a casar, y todo el amor, ternura y reciedumbre que tenía para brindar, se lo entregó a su familia, a sus amigos, a su Ibagué del alma, a los más necesitados, de ahí que ella sea el estandarte más estimado de la sociedad ibaguereña.  
Julio 30 DE 2000
   
Nota: La crónica presentada acerca de la dama ibaguereña Luz Caicedo de Tono fue publicada en el periódico El Nuevo Día, de Ibagué, en julio 30 de 2000 y editada para el libro Facetas Ibaguereñas (Reminiscencias) de la misma casa editorial, días después.

Dicha publicación toma vigencia, como quiera que Luz Caicedo era bisabuela del candidato Iván Duque Márquez. Ella, casada con el cartagenero Antonio Tono De La Espriella, tuvo dos hijos: Stella y Antonio. A su vez, Stella Tono Caicedo casó con el también ibaguereño Hernando Márquez Arbeláez; abuelos de Iván, y padres de Juliana Márquez Tono, quien  se casaría con el antioqueño y reconocido hombre público Iván Duque Escobar, progenitores de Iván Duque Márquez.

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