Por
John Acosta
Por el bien del país, lo
primero que debe hacer el candidato que pierda las elecciones a la Presidencia
de la República es reconocer, públicamente, su derrota. Tiene que hacerlo con
la gallardía de un contrincante digno, sin respirar por la herida, sin mostrar
la amargura del fracaso. Y debe actuar con la urgencia debida para que se
empiecen a deponer los ánimos, exaltados a la enésima potencia por culpa de una
campaña de improperios, de verdades a medias, de mentiras, de señalamientos sin
pruebas, en fin ¡Qué bueno que ya estamos ad portas de que culmine esta
horrible noche en la que nos sumieron los estrategas políticos!

El candidato perdedor tiene
la obligación de ayudar a cicatrizar heridas, tiene la enorme responsabilidad
de allanar el camino para que regrese la reconciliación cotidiana a la calle, al
trabajo, a la casa. No se trata de unirse al ganador para que el unimismo nos
aniquile la diversidad. No, se trata de cesar los ataques, de bajar el tono, de
reconocer el triunfo del contrario, de no incentivar más el odio entre
compatriotas.
Uno quiere levantarse el
lunes 16 de junio y mirar el amanecer distinto: lleno de esperanza, de reiniciar
con energía la vida nacional, de abrazar a sus hijos, a su pareja, a sus
amigos, feliz de no percibir más el ambiente nauseabundo que terminó la noche
anterior. No le importará si su candidato ganó o perdió: para él, ganará el
país, sin importar qué candidato triunfó. Y gana el país porque se distensionan
las bravuras, retorna la tranquilidad, se despejan los nubarrones mentales que
obstaculizaron la claridad de las ideas.

Gracias a Dios, el esperado domingo
15 de junio está a la vuelta de la esquina. Ahora sí, a ocuparnos de los
asuntos habituales. Solo nos resta augurarle éxitos al ganador, así no sea por
el quien hayamos votado, porque si le va bien a él en su gobierno, le va bien
al país. Y así, ganamos todos.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Muchas gracias por su amable lectura; por favor, denos su opinión sobre el texto que acaba de leer. Muy amable de su parte