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El señor Navas, un joven de 91 años

Montado en su bestia, revisa los trabajos que hacen en su finca
Por John Acosta

El señor Navas (mi suegro) y yo acabábamos de entrar al corral, donde dos trabajadores ordeñaban las vacas. Sixta Tulia, una de sus hijas (la bacterióloga: le dicen La Doctora), ya estaba en la puerta que unía al cercado de los terneros del de sus madres. Cuando uno de los ordeñadores se lo solicitaba, ella entreabría  el portón y dejaba salir uno de los jóvenes animales para que fuera a amamantar a su progenitora. “¡Otro!”, le pedían los obreros del monte al terminar de sacarle la leche a la cuadrúpeda de turno. El sol comenzaba a calentar ya con una furia inusitada, como para recuperar la fuerza perdida con un temporal de lluvia que duró toda la tarde anterior y que apenas se manifestó en la prima noche con un leve aguacero. El señor Navas saludó como saludan los hombres rudos de finca: “¡Ajá!”, dijo. Y los dos empleados le contestaron de la misma forma. El suegro hizo dos o tres preguntas y volvió a salir. A su hija y a mí nos extrañó que se fuera tan rápido, pues la felicidad de él consistía, precisamente, en eso: la ganadería. Más tardamos Sixta y yo en salir del asombro, que el señor Navas en regresar con una soga, lista para enlazar, sostenido entre su hombro y brazo izquierdos.  “Ajá, ¿y usted piensa amarrar algún animal ahora?”, le pregunté alarmado. “Vaquero que se respeta no debe entrar nunca al corral sin su rejo”, me respondió.


En el corral, no pierde detalle de su ganado
El problema consistía en que quien ostentaba en ese momento esa arma de corralero orgulloso, no era un adolecente quinceañero sino un anciano de 91 años. Sin embargo, su espíritu juvenil se había quedado suspendido en el tiempo, desde el día aquel en que, a sus 12 años de edad, decidió marcharse de su casa paterna para siempre, para tratar de labrar una vida digna en otras tierras. Era el tercero de siete hermanos de una familia humilde de San Pedro, en el departamento de Sucre: “Ya nada más quedamos dos vivos”, me dice. Fue a parar a la casa de una tía que vivía en Corozal, también Sucre. Curiosamente, en esa época, la gente pobre del pueblo no vivía del fruto al que hace honor su nombre (del corozo), sino del coco. A los dos años de estar trepando palmeras para tumbar cocos, al joven Navas se le quebró un fruto de estos. Su tía lo regañó tan fuerte, que el rebelde muchacho no soportó el insulto y tuvo que largase también de esa casa.

El vaquero verdadero no deja el rejo para nada
Se dedicó, entonces, a darle rienda suelta a lo que le revolvía de felicidad a sus entrañas de andariego: el manteo de reses en las corralejas. Así conoció a casi toda la costa del Caribe colombiano: Montería, Sincelejo, Sincé, Magangué, San Jacinto, El Carmen, Plato, en fin. Su estadía en cada lugar duraba lo que se demora en iniciar las fiestas en otra población. Para poder sostenerse a sí mismo y cumplir con las necesidades básicas de cualquier ser humano, se dedicaba a jornalear de vaquero en las fincas. “Mantear no da para vivir de eso”, cuenta ahora. “Los billeticos que le tiran a uno desde las tribunas solo alcanza para costearse las parrandas en la misma feria”, concluye.

De esas jornadas peligrosas, de enfrentarse a una bestia de cachos puntiagudos y de ira incitada por el público enloquecido, que quería ver correr sangre, no del animal sino de los hombres que lo enfrentaban, solo le queda el recuerdo ingrato de una cornada en su nalga derecha. Sucedió en la población de Juan Arias, en el departamento de Bolívar, donde una hermana suya le atendió la convalecencia a la que lo sometieron los seis puntos que le cogieron a la herida. Antes y después de ese cruel suceso, los toros siempre lo cargaban y lo lanzaban por los aires, “pero no me cortaban”, concluye con orgullo. Ni siquiera el paso de las más de siete décadas transcurridas, han borrado la cicatriz, que se mantiene incólume en su trasero.

Él mismo sale a coger su mula al potrero abierto
Alcibiades Enrique Navas González, como es su nombre completo, llegó a El Difícil, en el departamento del Magdalena, a los 23 años de edad. Debía ser, por supuesto, un pueblo más de su correría de hombre mundano, pero el flechazo certero del amor hizo que se quedara ahí para siempre. Empezó a trabajar en la finca Punto Nuevo, de Meza Camargo, un hombre riquísimo que tenía vastas extensiones de tierra. El jornalero Navas debía llevar, junto con 20 hombres más, un lote de 200 reses de novillos en un viaje a pie de casi un mes de trocha, desde El Difícil hasta la Troja del Tigre, en el estado Zulia venezolano. Les pagaban, en ese entonces, cincuenta centavos por día, ¡toda una fortuna para un vaquero de la época!

Supervisando que los quesos se hagan como deben ser
A sus 91 años de edad, el señor Navas recuerda aquellas duras jornadas. “No usábamos calzoncillos para evitar las peladuras en esas partes y los pantalones eran anchos y de una tela muy delgada para que no nos pelaran el cuerpo. Los zapatos eran chinelas”. La Real Academia de la Lengua Española define ese calzado como  “sin talón, de suela ligera, y que por lo común solo se usa dentro de casa”. La comida la llevaban en jícaras, una especie de mochila de fique que cada uno traía terciada en sus hombros.  Hacían paradas nocturnas en corrales que alquilaban en el camino y dormían por turnos para vigilar el ganado. “Si se derrotaba un animal, antes de llegar a Valledupar, la capital del departamento del Cesar, había que ir a buscarlo, pero si se derrotaba en el departamento de La Guajira había que dejarlo porque nos decían que los indios nos comían con todo y novillo”, cuenta mi suegro. A veces, se encontraban de vez en cuando con algún camión trochero, que debía detenerse para que pasara las reses. “Entonces, algunos vaqueros aprovechaban el remolino del ganado para subirse a la carrocería y robarse cualquier mariconada que llevaran”.  El gusto era cuando pasaban por Valledupar. “Ahí hacíamos una parada obligatoria, le pedíamos al capataz, que viajaba con nosotros, una avance de nuestra paga y pasábamos la noche con las mujeres que no esperaban”. Una vez dejaron al señor Navas porque se había quedado dormido con la dama al lado y le tocó alcanzarlos, en medio del guayabo, unas tres horas después. “Pasábamos por pueblos de puro indígenas y cruzábamos el lago de Maracaibo en canoas y llegábamos a la Troja”, dice.

Consintiendo a los futuros novillos: el recuerdo de
los viejos tiempos de sus viajes a pie a Venezuela
Cuando regresaban a El Difícil, ya estaban las mujeres de la vida alegre esperando a los vaqueros para que se gastaran con ellas, la pequeña fortuna recién adquirida. Hasta que al señor Navas lo flechó el amor. Había sido, hasta entonces, un mujeriego empedernido, que aprovechaba su pinta de hombre rubio y de ojos azules, para llevarse a la cama a cuanta mujer le gustara. Pero hubo de conocer a Eloína del Socorro Paso para que, por primera vez en su vida, sintiera arder en su alma indomable la brasa al rojo vivo del amor y le quemara para siempre su orgullo de soltero sin escrúpulos pasionales.

“Fui a pedirla al monte, acompañado de dos padrinos que fueran capaces de doblegar el temible carácter del suegro”, recuerda. Se trataban de Saúl Farelo y Juan Baena, que ya trabajan duro para convertirse en los dos hombres más ricos de El Difícil.  “Fuimos en dos caballos y un mulo por un camino malo”. La había conocido cuando ella pasaba semanalmente, con sus hermanas, por la finca donde Alcibiades Navas era vaquero. Iban en bestias rumbo al pueblo, a comprar el mercado. Ellas se quedaban en El Difícil durante el fin de semana y regresaban el lunes de madrugada. El joven Navas pedía permiso a sus patrones y se iba a acompañarlas. Ahorró para comprar todo lo necesario en el vecino municipio de Plato, se casó con ella “y me la llevé para el monte, en la finca donde yo trabajaba”. Desde que la conoció, se prometió a sí mismo que solo trabajaría para ella y ahorró para comprarse su propia finca.

Un abrazo para la señora Eloína y para el señor Navas
Un tío de su amada Eloína, le vendió 100 hectáreas de tierra, a siete pesos la hectárea. Sus ahorros no le alcanzaban, pero su amigo Juan Baena le prestó el resto. A los dos años, vendió esa finca a 22 pesos la hectárea y compró 22 hectáreas de otra tierra mucho mejor, a 60 pesos la hectárea, que le vendió Antonio, el hermano mayor de la señora Eloína. Con el pasar de los años, les fue comprando a los cinco cuñados restantes. “El último pedazo se lo compré a Alicia Polo, a 500 pesos la hectárea. Y decidí parar ahí porque ya con eso me alcanzaba para educar a mis hijos, para tener el placer de darles a ellos lo que yo nunca tuve”. Hoy, todos son profesionales. Una hectárea de su finca puede costar ahora entre cuatro o cinco millones de pesos.

Esa mañana, después de que sus dos vaqueros terminaron de ordeñar las vacas, el señor Navas, a sus 91 años, salió al potrero a coger el mulo que lo llevaría a darle vuelta al cercado de su finca. Yo iba a su lado, tratando de sacarle con cautela la historia de su vida. “Ajá, y qué tanta jodía me preguntas tú, hombe”, me decía y me respondía a regañadientes. En realidad, solo quería que me confirmara datos que ya había averiguado por otras fuentes. Se bañó en el jagüey, ensilló su mulo, me ensilló el caballo y nos fuimos juntos. Él iba adelante, con el machete en la mano para cortar, desde su bestia,  las ramas de los árboles que le interrumpían el camino a cualquier jinete.


La tenacidad de esa vida dedicada al ganado, primero como jornalero raso, y, después, como finquero, es la que premiarán en la XII Feria ganadera de El Difícil, Magdalena.

Comentarios

  1. Excelente crónica, como todo lo que usted escribe. Así como el Señor Navas, hay muchas muchas historias de grandes hombres del campo que con humildad, trabajo y tesón, se han superado y su riqueza no son los bienes, sino la educación de sus hijos. Felicitaciones John, salud y vida para el Señor Navas y su familia.

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  2. Hace parte de nosotros como periodistas contar historias, aún más si son de este tipo. Que bonita crónica, muestra la berraquera y las ganas de echar para adelante que tienen las personas de El Difícil. El Sr. Navas, un ejemplo a seguir.

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