11 mar 2024

En la emblemática ‘Cuatro Vías’ ofrecen el mejor friche guajiro

Adelaida Epinayú, en su negocio
Por John Acosta

Nunca olvida el almuerzo de ese día, no sólo porque fue la primera comida que hizo en su vida, sino porque, además, se la proveyó la madre naturaleza cuando ella, una niña de diez años, no tenía con qué acompañar el arroz blanco preparado en el fogón de leña de su ranchería. Siempre sucedía que su mamá se iba a trabajar a Venezuela y las provisiones de la casa se agotaban antes del regreso de la progenitora; entonces, la pequeña Adelaida Epinayú desplegaba la creatividad alimenticia de su mente infantil para rebuscar, en el aledaño monte árido, el sustento para ella y sus hermanos. Ese día inolvidable, preparó iguana desmechada. Y la chicha de maíz (cultivado en la ranchería) se la tomaron de cerrera porque el azúcar se acabó antes de lo previsto.


A pesar de la escasez, Adelaida fue feliz con el primer plato que cocinó. Ella es la cuarta de ocho hermanos, de los cuales seis son mujeres. Adelaida es la única que no sintió afición por el ancestral arte de tejer. Su madre cumplió con el sagrado deber de llamarla y sentarla a su lado para que aprendiera el milenario oficio de su tribu, pero fue en vano: Adelaida sólo tenía alma para elaborar alimentos. “Yo parecía una viejita buscando leña en el monte”, cuenta ahora, orgullosa, mientras atiende su emprendimiento de comida en Cuatro Vías. “La recogía, la amarraba y me la echaba a la cabeza”, recuerda.


No podía dedicarse a otra cosa para ayudar a criar a sus cuatro hijos, tres varones (de 19, 17 y 12 años) y su pequeña bebé de ocho meses de nacida. “Agradecida con mi Dios por haberme dado a mi niña”, interrumpe. Esa tozudez por el arte culinario frente a la determinación de su madre de inculcarle el manejo de la aguja y el hilo, es lo que le ha servido para llevar una vida feliz: ahora no sólo despliega todo su amor mientras cocina, sino que, además, gana dinero por ello.


Vive con el padre de sus hijos en Maicao. Él se gana la vida como mototaxista en la ciudad fronteriza de La Guajira y ella es, todos los días, su primera y última cliente: la lleva, desde la casa, a su negocio en Cuatro Vías, cerca de 18 kilómetros y medio de distancia. Llega a las 6 de la mañana y se regresa a las 6 de la tarde. No lleva el chivo con ella porque al señor a quien se lo compra en Maicao (a 14 mil pesos el kilo), se lo lleva él mismo o se lo envía en carro de pasajeros.


El marido lo conoció en los viajes que ella hacía, acompañando a su mamá, a Uribia y a Manaure, donde la madre repartía la mercancía (sombreros, cotizas, manillas, en fin) que traía de Venezuela. Maicao no ha sido ajeno a sus afectos: en la ciudad comercial estudió hasta primero de secundaria (sexto año). “Mi mamá no tuvo para darnos estudios a todos”, dice. 


Desde que llega a Cuatro Vías, Adelaida Epinayú se pone a “juntar” el fogón: barrerle la ceniza del día anterior, echarle astillas de leña seca, vaciarle un poco de queroseno y encenderle un fósforo. Ese olor de madero recién prendido, mezclado con el aroma incipiente del rocío mañanero, la transporta siempre a su niñez feliz en Warruntamana, su ranchería del alma.


Obviamente, en su negocio no puede faltar el plato emblemático de sus ancestros: el friche (Juriiche o Juriicha: aquello que se fríe). “El juriiche o friche se sirve acompañado de bollos y arepas en varios eventos sociales indígenas, que van desde la muestra de hospitalidad a una visita prestigiosa, reuniones para la solución de disputas interfamiliares hasta los rituales funerarios en donde solo puede consumirse la carne de animales domésticos. Puede acompañar esta preparación, si así lo desea, con un licor tradicional Wayúu”, explican Weildler Guerra (sociólogo de origen wayuu) y Tivi López en la revista Entornos.}


El friche o juriiche lleva carne de cabra u oveja con su sangre y sus vísceras, sal y aceite vegetal. Adelaida lo ofrece frito o asado; generalmente, sus clientes lo piden mixto. Parada ahí, frente a su fogón, con la parrilla llena de carne, arepa de queso y plátano maduro, Adelaida no puede evitar que sus recuerdos se vayan, a veces, a la pequeña cantidad de iguana desmechada con arroz blanco, la primera comida que cocinó en su vida.


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