Buscar este blog

martes, 1 de febrero de 2011

La gota fría en Navidad

Por John Acosta

El Niño Dios se tardó 16 años para cumplirle los deseos al pequeño Emiliano Antonio Zuleta Baquero. El muchacho había nacido el 11 de enero de 1911 en la entonces remota y desconocida aldea de La Jagua del Pilar, una población perdida entre la exótica vegetación de las estribaciones de la Serranía del Perijá, en una época en donde no existían las tiendas y los cerdos valían por su contenido de manteca, mas no por la carne que tenían. El pequeño tuvo que esperar más de década y media para obtener lo que sería el encanto su vida: un acordeón.



La vieja Sara, su madre, se lo llevó para Valledupar cuando el niño Emiliano cumplió los cinco años. Después del extenuante viaje de 8 horas a pie, Emiliano Antonio tuvo que quedarse a viivir en la casa de la muy distinguida señora Conchita Ustáriz para cumplir con una de sagradas normas establecidas por el destino de entonces: los muchachos de los pueblos debían ir a trabajar a la casa de los ricos para realizar labores domésticas y recibir, como retribución, la enseñanza de buenas costumbres.
El pequeño Emiliano Antonio empezó por ir hasta el río a traer agua en barriles, botar todas las mañanas la ceniza del fogón, que siempre estaba en el suelo, y encender las velas cebo para que iluminaran la casa en la penumbra de la noche. Valledupar era un pueblo con dos barrios, El Cerezo y El Cañaguate, donde todavía no conocían los fósforos.

El fogón debía prenderse una sola vez en el día. El niño Emiliano lo hacía en la madrugada después de barrerle la ceniza con la escoba de matas silvestres que él mismo fabricaba, cogía la mecha de algodón que encendía con las chispas de la piedra negra o piedra de candela que raspaba con un pedazo de hierro. Entonces, prendía las astillas resecas que él cogía mientras cortaba la leña y, cuando la llama empezaba a crepitar de alegría en medio del frío de las cuatro, metía al fogón los trozos de palos rojos, que era como le gustaban a la señora Conchita para que no echaran mucho humo. Los tizones debían permanecer con sus brazas rojas hasta el anochecer, para poder prender con él las velas de cebo.

Eran oficios de muchachos. Ellos vivían tan ocupados durante todo el año, que nunca tenían tiempo para pedirle al Niño Dios un regalo. Además, la vida era tan nueva, que el Divino Niño no tenía tanta variedad de juguetes para ofrecer. Los días avanzaban con tal rapidez que nadie se acordaba de inventar cosas para entretener a los niños. Es que no había para qué: ellos vivían muy concentrados en sus labores cotidianas como para pensar en recrear fantasías con sus juegos infantiles. Toda la gente tenía que ocupar el tiempo en terminar de construir el mundo que apenas iniciaba. Y los pequeños vivían atareados en ayudar a los adultos para darle forma, entre todos, a los detalles de la vida porque la existencia aún era muy nueva. Es decir, hacer ollas de barro para el arroz o cazuelas para cuajar las arepas, jarros de arcilla para el café, cucharas de totumo para tomar la sopa y paletas de palo para menear el sancocho. Todavía nadie conocía la plata porque no se necesitaba: todo lo proporcionaba la naturaleza. Los ricos lo eran porque tenían más tierras y ganados pero no porque tuvieran dinero en efectivo, ni aparatos raros.

El Niño Dios apenas se insinuaba los 24 de diciembre al anochecer, cuando los padres o los patrones, según el caso, les advertían a los muchachos que si no se dormían rápido no le pondrían regalos. Entonces, el pequeño Emiliano Antonio se acostaba en los colchones rellenos de hojas secas que colocaban sobre pequeñas trojas de palos incrustadas en suelo y que servían de cama. Y empezaba a luchar contra el insomnio infernal que invadía por la curiosidad de ver llegar al Niño Dios. Se despertaba en la madrugada, después de haberse dormido sin saber cómo, con el trompo de madera bien pulido y el cáñamo para bailarlo colocados al lado de una de las cuatro estacas de la cama.

Se levantaba más feliz que nunca. Se olvidaba del fogón y su ceniza, de las arepas cuajadas y de todo lo que significaba oficio para ir a bailar trompo en la mitad de la calle polvorienta, junto con los otros muchachos de su edad que también mostraban felices el mismo regalo del Niño Dios. Hasta que llegó por esos lugares un pito parecido a la violina y que sonaba como un acordeón. Quizás era fabricado al otro lado del mar y había llegado a Puerto Colombia y al muelle de Riohacha, que eran las dos partes por donde entraba el mundo a Colombia.

Emiliano Antonio siempre quiso tener uno. Pero se cansó de ir a la finca Los Corazones en burro a cortarle leña de brasil, un árbol espinoso que se daba en la región, a la señora Conchita y regresó a La Jagua del Pilar con el primer par de botines de su vida, que había dejado por viejo el hijo de la señora Conchita. Llegó hecho un niño civilizado: el único en el pueblo que dejó de usar abarcas. Y con la felicidad de reencontrarse con su mundo de cazador primitivo: atrapaba a sus presas en las trampas que hacía con varas resistentes. La posibilidad de tener un pito de los últimos que habían llegado a Valledupar era casi nula en un pueblo tan remoto como La Jagua del Pilar. De modo que resolvió dejarla a buena del Niño Dios.

Hasta que cumplió los 16. Su tío Francisco Salas, un ermitaño que vivía en su finca enfrascado en extraerle alguna melodía a tres acordeones que tenía, era su esperanza. “El pobre: nunca pudo aprender a tocarlas porque era muy bruto", recordaría Emiliano Antonio 70 años después, sentado en un asiento de cuero y con la pausa segura de la ancianidad. El joven Emiliano Zuleta Baquero fue hasta la finca de su tío y, cansado de esperar el aguinaldo que tanto deseaba, se robó uno de los acordeones.

Cogió el más viejo para minimizar el daño. Y bajó en burro hasta El Plan, un caserío cercano a la serranía, tratando de sacarle al acordeón las notas que su tío no pudo. La distancia del recorrido no fue suficiente para aprender a ejecutar el aparato hurtado. Cuando llegó al pueblo, tuvo que dejar el instrumento musical en la casa de una amiga de la familia, que le juró mantener el secreto hasta que él pudiera defenderse con un merengue. «Así evité los dos seguros castigos: el de la vieja Sara y el de mi tío".

Todos los días iba a la casa de la amiga a tratar de aprender a tocar el acordeón. Esas ausencias diarias y prolongadas fueron inquietando a la vieja Sara, su madre. Cuando Emiliano Antonio ya no encontraba excusa de su repertorio de mentiras para saciar el sartén de preguntas de su vieja, el Niño Dios lo premió no sólo con la facultad de tocar mejor que el tío, sino que le dio la inspiración necesaria para componer el primer merengue de su vida con el que debía llegar a donde Francisco Salas.

Entonces, subió hasta la finca de su tío a tratar de contentarlo con la canción que acababa componerle. Llegó muy temprano, con el color rojizo del sol agonizante perdiéndose entre los matorrales lejanos. Tuvo que esperar, escondido entre los arbustos, a que el viejo se acostara para poder dedicarle la serenata que los estaba quemando por dentro. Sueño, el perro del tío, olfateó la presencia de Emiliano Antonio y corrió jadeante y moviendo la cola hacia el escondite del joven a saludarlo. El compositor novato lo agarró por el pescuezo para que el animal no regresara a alertar a Francisco Salas sobre la llegada del sobrino.
Hasta que, por fin, Emiliano Antonio vio que la luz de la vela dejó de aparecer por las hendijas de la pared de barro. Se acercó sigiloso a la ventana fabricada con el tronco de un viejo árbol y, sin pensarlo dos veces, inundó la atmósfera de la noche reciente con las notas inspiradas del acordeón robado. Con la primera estrofa tuvo el tío Francisco para claudicar:


Le vivo rogando a Dios
que me perdone mi tío
por culpa del acordeón
que yo me llevé escondío

El viejo abrió la puerta perdido de la felicidad porque el sobrino logró en poco tiempo lo que él no había podido en toda la vida: tocar bien el acordeón. No se conformó con darle al pariente un abrazo de orgullo que le hizo crujir los huesos, sino que al día siguiente, después de una noche de parranda, le cambió el acordeón viejo por el más nuevo sin saber que el mundo entero se lo agradecería mucho tiempo más tarde, cuando La Gota Fría, de Emiliano Antonio Zuleta Baquero, sonara en los cuatro puntos cardinales del planeta.

Crónica publicada en la revista Rumbo Norte, edición número 21, de diciembre de 1996