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martes, 26 de julio de 2011

Cerro Pintao sí tiene doliente

Por John Acosta

No está pintado: es real. Su nombre obedece a la coloración especial que toman las rocas sedimentarias que lo conforman. Quien tiene el privilegio de sentarse, extasiado por la extraña felicidad que irradia el espíritu, al ser testigo de un nuevo amanecer, tomándose una humeante totuma de café desde el patio de su casa en San Juan del Cesar, en Villanueva, en El Molino o en Urumita, sin camisa y calzado con guaireñas, puede ser testigo de lo que sucede allá, a 3.450 metros de altura: el amarillo intenso se cierne sobre el último páramo de la cordillera Oriental, a medida que los rayos solares van apareciendo.

Al medio día, cuando el sol está colgado en la mitad del cielo, las personas, bañadas en sudor y desesperadas por un calor agravado con el plato de sopa hirviente que acabaron de tomar, tienen que salir al patio en busca de auxilio bajo la sombra de los palos porque dentro de sus casas el ventilador de techo sopla un aire caliente, ven allá arriba, en la Serranía del Perijá, un azul grisáceo que resplandece en el páramo más septentrional de Suramérica.


Ya en la tarde, cuando la tierra parece tomar un segundo aire y La Guajira ha resucitado de la caldera de las doce, en el momento en que las señoras comienzan a quemar hojas verdes en los aposentos para alejar a los zancudos con el humo de las ramas vírgenes, alguien, con suficiente lucidez que se asome al patio trasero, podrá ver el anaranjado rojizo que cubre esa parte de la serranía.

Es Cerro Pintao. No podía el acerbo popular llamarlo de otra manera. Es un cinturón ecológico localizado en la Serranía del Perijá, al suroriente de La Guajira, nororiente del Cesar y occidente del estado Zulia (Venezuela). La parte colombiana tiene 25.000 hectáreas. Su nivel altimétrico más bajo está a los 1.600 metros sobre el nivel del mar.

La destrucción por el hombre

La humedad de Cerro Pintao lo ha convertido en una reserva hidrológica regional. Posee una variada y diversificada flora, agrupada en más de seis formaciones vegetales. En él cohabitan 420 especies de pájaros, lo que representa el 24% de las aves conocidas en Colombia, uno de los países más ricos en estas especies en el mundo. Su ecosistema está compuesto por bosques andinos, de niebla y páramos.

Es el origen de varias cuencas hidrográficas: allí nacen 18 ríos; 13 colombianos (en La Guajira y el Cesar) y cinco venezolanos. Después de la Sierra Nevada de Santa Marta, Cerro Pintao es la segunda fábrica natural de agua en esta región de la Costa Atlántica. Pero hoy, tanta esperanza ambiental se ha visto truncada por las acciones destructivas del hombre. Cerro Pintao es un gigante herido, es un enfermo en estado de agonía. Desde hace más de 40 años, cuando se inició su colonización, se talan y se queman sus bosques.

El 80% del área del Pintao, como cariñosamente lo llaman sus vecinos, está en proceso de degradación, un 15% se encuentra medianamente intervenido y solamente el 5% está en condiciones naturales intactas.

Renace la esperanza

La fiebre marimbera que sacudió a La Guajira en los años 70 fue devastadora para Cerro Pintao: su suelo era propicio para el cultivo de la hierba letal. Paradójicamente, ese terrible mal trajo una consecuencia positiva: la unión de estudiantes, campesinos y profesionales villanueveros con la firme decisión de controlar, hasta donde fuese posible, la primera catástrofe ecológica del Pintao.

En 1973 formaron el Equipo Interdisciplinario de Villanueva, La Guajira (Equivigua). Diez años después, Equivigua y Vanguardia Juvenil por la Paz Guajira conformaron un frente de investigación que bautizaron con un nombre de batalla: «Misión Pintao». Al poco tiempo, mostraron al mundo su trofeo: el primer estudio sobre el ecosistema de este cerro. En 1991, un grupo de ingenieros, biólogos, agrónomos, economistas, sociólogos y muchos de los profesionales que en sus épocas de estudiantes universitarios formaron Equivigua, decidieron constituirse en un ente jurídico para la recuperación, defensa y conservación del ecosistema de ese pedazo de tierra «al que tanto le hemos quitado, pero al que nada le hemos dado», como manifestó el biólogo Augusto Orsini. Así nació la Fundación Amigos del Pintao.

Y robándole esquirlas de tiempo a sus actividades profesionales, sacrificando muchas veces los rezagos de ratos libres que la vida les deja colar para compartirlos con la familia, estas personas han venido realizando actividades para lograr su objetivo: esculpir el sueño de que las futuras generaciones de macondianos del sur de La Guajira tengan por fin una segunda oportunidad sobre el corazón de la tierra y no queden como los Buendía de Cien años de Soledad.

Crónica publicada en la revista Rumbo Norte, número 10, diciembre de 1994