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lunes, 22 de octubre de 2012

El confite que me marcó para siempre


Por John Acosta

Debió haber sido a las ocho de la noche, ya que después de esa hora era demasiado tarde para que un niño de esa edad anduviera por fuera de su casa; sin embargo, tuvo que haber sido pasada las siete, pues antes era imposible que comenzara un baile de esa magnitud en el pueblo. Lo cierto era que yo estaba ahí, impávido, de pie frente al puestecito de venta ambulante, viendo llegar a los compradores casuales, que querían provisionarse de lo necesario afuera, que era más barato, antes de entrar a la caseta comunal a disfrutar de la música en vivo del conjunto vallenato que esa noche amenizaba la verbena, donde, por supuesto, “lo necesario” era mucho más caro.

Es obvio suponer que en las caseticas de vendedores estacionarios no se podía expender licor, pues ese era un privilegio que solo se podían conceder  los organizadores de las fiestas.  De manera que “lo necesario” se limitaba a un paquete de cigarrillos, una cajita de fósforo y otra de chicle. En forma esporádica, aunque cada vez más frecuente, el vendedor devolvía al cliente ocasional un confite, como una manera de reponerle la moneda inexistente por el vuelto. Por más increíble que parezca, uno de esos insignificantes confites, tomados obligados y de mala gana por los consumidores  fortuitos, me marcó a mí para siempre. Recuerdo que yo era feliz yendo a la tienda de la señora Alicia Solano a hacerles los mandados a mi abuela, solo para recibir el confite que me daban de ñapa por el paquete de fideo, la libra de yuca y los dos huevos que le compraba.


No recuerdo cómo estaba vestido yo ese día. No creo que tuviese la pinta habitual de la que gozábamos los muchachos de entonces en La Junta de esa época: un pantaloncito corto, a pies descalzos y con el costillar al aire, pues estábamos en pleno Festival Folclórico del Fique.  Y eso ameritaba, por lo menos, un pantalón largo (aunque remendado), unos zapatos a los que el betún ya no alcanzaba a disimularles las peladuras causadas por el (ab)uso y la camisita lullida por haber sido lavada tantas veces en tantos festivales.  Es posible que, al cliente ese, le haya caído en gracia mi apariencia. O que se haya condolido de mi aspecto. La verdad es que jamás olvidaré el detalle que tuvo conmigo la última noche del festival.

Mi abuela debería estar en el quinto sueño allá en la casa. Y se despertaría como lo hacía siempre, cuando yo llegaba y empujaba la puerta de la calle, que mi vieja dejaba sin tranca y ajustada apenas con un asiento de cuero para que su pequeño nieto travieso entrara sin dificultad. “Ahora sí estoy yo bien jodida: trasnochándome esperando a un muchachito de diez años, que llega tarde al rancho como si fuera un viejo de 40”, me diría con su voz ronca por la despertada reciente. “¡Mañana sí es verdad que arreglaremos este asunto!”, remataría amenazante desde su hamaca, colgada en el único aposento. Y yo atravesaría la sala, iluminado apenas por el resquicio de luz que se colaría por la solera y que provendría del bombillo que desafiaría la oscuridad desde la pared externa de la casa. Me acostaría feliz, a pesar de la inminencia de un castigo anunciado, pues acabaría de recibir una muestra de ternura de un desconocido.

De eso, hace más de 40 años y sus destellos suelen iluminarme la memoria con alguna frecuencia, como la de anoche, cuando me fui a pie de la oficina a mi apartamento y me encontré con ese niño famélico, de pantaloncitos cortos, zapaticos sin media y la camisita lullida, abotonada y por fuera. Bajaba los tres escalones del sardinel de una panadería. Ignoro si estaba pidiendo pan: no creo, la verdad, pues la altivez de su humildad no podría permitírselo. Regresé casi medio siglo antes y me vi reflejado en ese niño, justo la noche aquella, en La Junta, mi pueblo del alma, y vi reflejado en mí al señor que compró el paquete de cigarrillos, la cajita de fósforo y las dos de chicle, antes de entrar a la caseta.  Yo cargaba dos confites que le llevaba a mis dos hijas menores, pero cuando mi mirada se encontró con la de ese infante fue como si me viera yo mismo 40 años atrás: tendí mi mano y le di el par de dulces al niño que me miraba. El pequeño me sonrió sorprendido, aunque yo seguí mi camino.

La noche del último día del Festival de mi pueblo, llegó un señor a comprar “lo necesario” en la casetica del vendedor ambulante en donde yo permanecía impertérrito, de pie. El cliente pagó y el mercader le devolvió los vueltos.  El hombre giró para retirarse, con las manos dispuestas a guardar las monedas en el bolsillo de su camisa, e irse a gozar las canciones del conjunto vallenato que ya bombardeaba las primeras melodías a los cuatro vientos. De repente, se detuvo. Devolvió la mano, con las monedas, de su bolsillo. Cogió un confite de la casetica del señor que le había vendido “lo necesario”, unos segundo antes, y lo pagó.

No recuerdo nada del aspecto físico de ese señor: ni su rostro, ni el color de su piel, ni su estatura, ni la forma en que iba vestido. Lo único que quedó grabado en mi memoria para siempre, fue la sencillez de su acto. Tengo claro que no era del pueblo, por supuesto: en esa época, todos nos conocíamos en La Junta. Debió haber sido uno de los muchos forasteros que suelen llegar a gozar de las festividades anuales.

Lo más probable es que muchos de los que lean este texto no les parecerá tan transcendental lo que sucedió. Y, quizás, hasta se decepcionen de lo leído, pero yo sí no quiero callar más ese recuerdo y quiero ponerlo a volar con la libertad del viento: el señor, sin conocerme y sin yo pedírselo, me dio el bendito confite.