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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Hasta luego, Ernesto MacCausland


Durante un seminario de actualización en periodismo, patrocinado por
Cerrejón en Riohacha, nos volvimos encontrar con Ernesto MacCausland
Por John Acosta
¿Quién carajos soy yo para escribir “algo” sobre Ernesto MacCausland? La respuesta es sencilla: no soy nadie para eso. No conozco ni a su esposa, ni a sus hijas, ni soy amigo de sus grandes amigos, que tampoco sé quiénes son, aunque sé que los tiene, y bastante. Han pasado muchos meses desde la última vez que lo vi en vida. Me enteré de su muerte esta mañana, cuando encendí mi celular y leí el ping de una amiga mía con la fatídica noticia. Por supuesto, yo lo conocía personalmente. Y, obvio, él también a mí, pero, la verdad, hasta ahí: no puedo presumir ahora de posar como uno de sus grandes amigos.

No obstante, amo el periodismo narrativo. Me apasiona la crónica. Esas son dos (aunque, en realidad, es una) razones más que suficientes para poder manifestar, públicamente, mi tristeza por la partida para siempre de Ernesto. Así no fuera ni siquiera su conocido, ese hilo umbilical que nos unía, me da derecho para expresar mi impotencia ante la determinación ineludible del destino, que hoy lloramos.

Mi paso fugaz por El Heraldo, a finales de 1991, como redactor político, tampoco coincidió con la estadía de Ernesto en ese periódico.  Aunque parezca increíble, nuestro encuentro profesional  no se llevó a cabo en una empresa periodística, sino en una compañía minera.  Se trataba de la International Colombia Resources Corporation -Intercor-, filial de la Exxon, que operaba la mina de carbón El Cerrejón Zona Norte, donde me había ganado un contrato para investigar y redactar crónicas y reportajes sobre la historia de ese complejo carbonífero.

Era el año de 1992 y la empresa había contratado a Ernesto para que escribiera una crónica en el primer número de las seis revistas coleccionables (Intercor en sus manos, se llamó la publicación), en donde se propagarían las historias que dieron origen al complejo minero.  Concretamente, MacCausland debía escribir sobre uno de los operadores de equipo pesado, un guajiro pionero, que pasó de montar en burro a operar las enormes maquinarias con que se extraería el carbón.

Obviamente, Ernesto se lució. Escribió una obra maestra del periodismo narrativo: http://comarcaliteraria.blogspot.com/2012/11/fue-como-encontrar-una-mina-de-oro.html Recuerdo el día que se encerró con Esmelín Pérez, el personaje de su crónica, en una de las oficinas de la empresa minera. Yo los miraba a ambos a través del vidrio de la ventana.  MacCausland tomaba nota de las respuestas de Esmelín, en una libreta de hojas de bloc amarillo. Jamás se me olvidó esa enseñanza: la grabadora mata al cronista.

Después de eso, tuve esporádicos encuentros con Ernesto, que, generalmente, se daban en seminarios y no pasaban de un sincero apretón de mano y de una que otra frase de mamadera de gallo. No más.

Sin embargo, no puedo dejar pasar por alto en este escrito un enorme honor del cual fui objeto por parte de Ernesto. Disculpen que deje aflorar en mí, una vez más, el abominable sentimiento de vanidad, pero esta vez habla mucho de la sencillez que caracterizó a MacCausland. Sucedió recientemente, desde su cargo de Editor General de El Heraldo. Resulta que él y yo éramos “amigos” en Facebook. Una vez me llegó un mensaje privado de él pidiéndome mi número telefónico. Efectivamente, me llamó: era para que le diera clases de redacción periodística a una joven y talentosa economista que ingresaba a El Heraldo como reportera económica. También, a un lúcido escritor que llegaba a ese diario barranquillero como cronista. “Pero cobras, pasa la factura al periódico”, me insistió. Di las clases personalizadas en mis horas libres, pero nunca cobré.

Una vez fui yo quien lo llamó. “Ahora necesito pedirte un favor a ti”, le dije. Tenía un amigo paisa, gran académico, que quería conocer a Ernesto. MacCausland me abrió un espacio en su agenda y me puso una cita en su oficina, allá en el periódico. Mi amigo y yo llegamos 45 minutos retrasados a la cita. Casualmente, nos topamos con Ernesto en la puerta de salida del parqueadero: él iba en el carro de El Heraldo a cumplir un compromiso. Cuando nos vio, se bajó del vehículo. “Hey, llegaron súper tarde”, nos dijo. Tenía toda la razón. “Pero, qué carajos, vengan y los atiendo 15 minutos”, agregó. Se devolvió y nos atendió en su oficina.

Fue la última vez que lo vi y hablé con él. Hace más de dos años. Hasta luego, Ernesto. Nos veremos en un nuevo encuentro casual, esta vez en el más allá.