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miércoles, 21 de noviembre de 2012

Fue como encontrar una mina de oro


(Como un homenaje al gran cronista que hoy partió para siempre, Comarca Literaria publica, por primera vez, un texto que no es escrito por el autor de este blog, y del cual hace referencia en este link: http://comarcaliteraria.blogspot.com/2012/11/hasta-luego-ernesto-maccausland.html )
Por Ernesto McCausland Sojo

Aquel día de San Rafael Arcángel, Esmelín Pérez ama­neció con un guayabo clínico que no le permitía levantarse de la cama. Ignoraba que era el gran día de su vida.

Días atrás, había aparecido en el pueblo de Albania, Fabio Esteban Barrera, un antioqueño alto y locuaz que sorprendió a todo el mundo con sus cono­cimientos de música vallenata. Era representante de la firma que muy pronto iniciaría la extracción de carbón en las adyacentes e inexploradas minas de El Cerrejón. El antioqueño le entregó a Esmelín un formu­lario para trabajar en la Mina. Esmelín, que acababa de termi­nar su bachillerato, no tomó muy en serio la propuesta. ''Llené el formulario así como quién no quiere la cosa", cuen­ta hoy Esmelín, cuya aspiración era más bien seguir estu­dios de Agronomía en la Uni­versidad de Córdoba. Pero allí no lo habían aceptado.
Jamás en su vida Esmelín había visto un pedazo de carbón. "¡Qué iba a pensar yo que iban a llenar todo esto de máquinas!", cuenta hoy.
La noche anterior, víspera de San Rafael, la pequeña pobla­ción de Albania estuvo de fies­ta. Hubo acordeón de la buena, ríos de whiskie importado y almas delirantes hasta el ama­necer. Esmelín, fiestero como buen guajiro, se sumó a aquel jolgorio desbocado y esa maña­na de octubre estaba pagando las consecuencias.
Hacia el mediodía, cuando su guayabo hervía en medio del calor agobiante, fueron a bus­carlo; fueron a avisarle que lo habían seleccionado para tra­bajar en la mina. Pero lo encon­traron tirado en la cama, en un estado tan lamentable, que no le avisaron nada. Hasta ese momento, y sin saberlo, Esme­lín estaba quedando por fuera del grupo de bachilleres pione­ros que iniciarían la explota­ción.
Años más tarde, en 1991, en el Cerrejón habían de extraerse trece millones y medio de tone­ladas en un año. Con Esmelín a bordo, desde luego, porque dos días después de las fiestas de San Rafael, cuando el guayabo hubo desaparecido, se fue para el Campamento, dijo que esta­ba dispuesto a trabajar, juró que no volvería a emborracharse y finalmente fue aceptado en el nuevo proyecto.

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 Hoy día, Esmelín Pérez trabaja en coordinación, anda en una camioneta rondando el deno­minado "hueco" de la mina y tiene fama entre sus compañe­ros de ser un magnífico trabaja­dor. "Es un teso manejando cualquier máquina", dice Nor­man Daza, que también hace parte de aquel grupo de pioneros.
Pero en 1983, cuando empezó a trabajar, Esmelín no tenía ni idea de cómo funcionaba nada. Al grupo de aprendices le en­tregaron diez tractores D9L para que practicaran y les asignaron instructores norteamericanos para que los enseñaran. Pero la cosa no fue fácil. "La verdad es que yo a esos gringos no les entendía nada", cuenta hoy Esmelín. Por eso, el primer día que le soltaron uno de los diez tractores, Esmelín trató de tumbar un árbol gigantesco y éste se le vino encima, reven­tando los vidrios y causándole graves daños al tractor. Usados y abusados por el grupo de aprendices, los diez tractores quedaron muy pronto inservi­bles. Pero para algo sirvieron. Aquellos tractores fueron he­rramientas claves para la labor de descapote que los 50 pione­ros iniciaron en enero de 1983, no solo con maquinaria de ese tipo, sino con picos, palas, machetes o la herramienta bási­ca de la naturaleza: las manos peladas.

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El alemán Max Schmeling fue un campeón mundial de los pesos pesados que en un me­morable combate en 1936 noqueó a la gran leyenda del boxeo: A "El Bombardero de De­troit", el inigualable Joe Louis, quien sufrió así la primera de­rrota de su vida. Entusiasmado con la contundencia de aquel gigante del ring, Hitler lo con­virtió en un ejemplo de sus teorías sobre la supremacía aria, hasta que el mismo Louis tomó venganza y lo derrotó en 1938, reventándole dos costillas y avergonzando mundialmente a Hitler.
Esmelín Pérez no se parece en nada a Max Schmeling. No es alto y es moreno oscuro, como su padre, don Loreto Pérez. Por eso, Esmelín no alcanza a ex­plicarse por qué su padre le puso ese nombre. Esmelín sabe que fue por Schmelin. Única­mente.
Pero así ha sido siempre don Loreto, obstinado, impredecible. Fabio Esteban Barrera conoció a Esmelín cuando tra­taba de comprarle a don Loreto sus tierras para el proyecto de El Cerrejón. Don Loreto jamás quiso vender ni ha querido hasta el sol de hoy.
Loreto Pérez es oriundo de Albania, así como sus padres, abuelos y bisabuelos, que vi­vieron en esa población cuando quedaba en otro lugar. Al fin y al cabo, Albania hace parte de ese gran departamento mágico de La Guajira, donde hay pobla­ciones que desaparecen un día de un lugar y aparecen luego en otro.
Esmelín Pérez creció entre Albania y la población de Remedios, donde vivía su tía Ana Lucía Asís. La primera gran lección de prudencia en la vida la recibió a los diez años, precisamente en la casa de su tía. Estaba cocinándose en una olla gigantesca un sancocho de conejo y Esmelín trató de ro­barse una presa. La olla le cayó encima y los quemones le sir­vieron como lección.

Hoy día, Esmelín sabe perfec­tamente que las cosas se ganan con trabajo. Así se lo hizo saber en una ocasión al periodista José Fernández Gómez. Un grupo de empleados de Intercor fue invitado al programa de Fer­nández Gómez en la televisión nacional y Esmelín fue selec­cionado. Cuando el periodista español le preguntó que por qué trabajaba en la mina, la res­puesta que disparó Esmelín aún es recordada con risotadas en­tre sus compañeros. "Por el cururu", dijo. Lo cual, en cas­tellano puro, no es otra cosa que ''por el dinero".

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De aquel escuadrón de cincuen­ta pioneros aún queda más de la mitad, repartidos entre Caci­ques, Conquistadores, Tesos y Fuetes, los cuatro grandes gru­pos de trabajadores. Muchos de ellos, como Esmelín, tienen res­ponsabilidades muy delicadas en la operación de un proyecto colosal, que les demanda cono­cimientos, concentración y dedicación a sus operarios.
Pero en enero de 1983, cuando fueron contratados para que iniciaran el proceso de monta­je, llegaron al primer campa­mento sin la más mínima idea de lo que el destino tenía para ellos.
Duraron tres meses en el pe­queño ''Campamento de Taba­co" recibiendo extensas char­las, viendo películas y matando el aburrimiento con fogosos partidos de fútbol. Luego, co­menzaron el proceso de desca­pote en el territorio de la mina, para lo cual los llevaban y tra­ían diariamente en una busetica.
No obstante, a pesar de lo in­tensivo del entrenamiento, a pesar de que ya les habían ense­ñado todos los módulos de aprendizaje, a pesar de que destruyeron los diez tractores D9L que les llevaron para el entrenamiento, a pesar de que teóricamente sabían todo lo que necesitaban saber, la sorpresa fue mayúscula cuando una tar­de de agosto de 1983 encontra­ron el primer manto de carbón.
''A nosotros nos habían expli­cado ya, que el carbón venía en mantos", cuenta Esmelín. "Pero la verdad es que uno nunca alcanza a imaginárselo así. No sé por qué. Pero yo pensaba que venía sopladito".
El hallazgo del primer yaci­miento de carbón causó revue­lo entre el grupo de pioneros. ''Fue como encontrar una mina de oro", cuenta Julián Brito. Como si se tratara de un hallaz­go sagrado, los trabajadores dejaron el manto intacto. Es decir, no hubo explotación inmediata. Sólo recogieron algunos pedazos para llevárse­los a sus familias, en sus pue­blos. Así, para esa época, las casas de los pioneros fueron escenarios de una romería de vecinos que acudían maravilla­dos a contemplar la exótica piedra negra que surgía de su tierra.
Fue un día inolvidable para ellos. Aquel primer hallazgo hizo palpable la realidad de que aquellos suelos y subsuelos de "El Cerrejón" estaban reple­tos de carbón, confirmando un descubrimiento que se había hecho decenas de años atrás.

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Desde aquel día inolvidable en que encontraron carbón por primera vez mucho ha sucedi­do. Hoy, diez años después, el Cerrejón es una de las minas a cielo abierto más importantes del mundo, dotada de grandes comodidades y avances tecno­lógicos.
Esmelín Pérez vive con su familia en Albania. Ya tiene casa propia y aspira a comprar­se una finquita muy pronto para ser ganadero como su padre. Pero eso no será por ahora, afir­ma, mientras contempla con ojos maravillados el gran "hueco" de carbón, "Por ahora hay mucho carbón que sacar".
Publicado en la revista Intercor en sus manos, número 1, febrero de 1992