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jueves, 11 de julio de 2013

La Junta y Casacará, dos distinciones que me honran


Por John Acosta

Iglesia de Casacará, Cesar
Hace poco, llamé a mi mamá a su celular para preguntarle por la fecha de mi bautizo, ya que debía buscar mi partida de ese acto sacramental. “Fue el mismo año de tu nacimiento. Recuerdo que tu papá fue por ti a la casa y después te trajo bautizado”, me respondió. Tuvo lugar en Casacará, por supuesto, tierra donde ella me había dado a luz. La mañana en que hice esa llamada, recordé que debía hablar con mi madre para conocer su historia sobre la separación de nosotros dos, ocurrida cuando yo tendría cerca de tres años de haber nacido.
Me llevaron para La Junta, donde mi abuela materna se convertiría, desde entonces, en mi madre (Haga click aquí para conocer más sobre La Junta). Tengo hermosos recuerdos de mi estancia infantil en este otro pueblo del alma, donde hice la primaria en la escuela rural de varones. Regresé a Casacará a los nueve años de edad, a pasar vacaciones, como premio que me daba el esposo de una tía mía, de parte de padre, por haber tenido un buen rendimiento académico. En ese viaje, vi a mi mamá nuevamente; más bien, la conocí. La gran experiencia de ese viaje, fue que usé calzoncillos por primera vez, comprados por mi tío político en el mercado público de Codazzi.

Iglesia de La Junta
Fue una visita de pocos días, pues el tío que me trajo vivía realmente en la cabecera municipal, Codazzi.  En realidad, en este municipio residía la mayor parte de mis tíos y tías paternos, por lo que el regimiento de primos y primas de mi edad estaba acantonado allí. Eran los mismos que iban a pasar vacaciones a La Junta.  De modo que fui a Casacará por poco tiempo para regresar a terminar mis vacaciones en Codazzi.

Casacará y La Junta son poblaciones pequeñas que no alcanzan la categoría de municipio. El primero está ubicado en el departamento del Cesar y el segundo, en La Guajira. La Junta es un corregimiento del municipio de San Juan del Cesar  (el apellido es porque queda a orillas del río del mismo nombre, no porque quede en ese departamento) y Casacará, de Codazzi.

Balneario El Salto, en La Junta
La Junta está ubicada en un rincón de La Guajira; es decir, no pasa por ahí ninguna carretera nacional. Por Casacará, en cambio, pasa la carretera nacional, que, de Valledupar, capital del Cesar, conduce a Bucaramanga, capital de Santander, en el interior del país. La Junta se formó  por dos o tres hatos tan inmensos, que el ganado debía clasificarse según el color de las reses. Los dueños eran españoles aventureros que se arriesgaron por esos parajes en busca de sabanas para el pastoreo y se establecieron allí a mediados del siglo XVIII. Casacará es mucho más joven: se formó por inmigrantes colombianos que llegaron allí para buscar la forma de salir de sus miserias, a través de la fiebre del algodón que empezó a cultivarse en esas tierras. Mi papá, incluso, llegó de La Junta, atraído por esa aventura blanca.

Otra experiencia grata de esa primera salida de La Junta fue que no me oriné dormido en las noches. Una de las grandes luchas de mi abuela durante mi niñez juntera fue, precisamente, acudir a todo tipo de sortilegios para tratar de quitarme la manía de orinarme la hamaca.  La más frecuente era ponerme a apagar, antes de acostarme,  los tizones encendidos del fogón de leña con la inocencia de mi meado en vivo. La gran frustración de ella tuvo que haber sido no poder arrancarme esa obstinación inconsciente de levantarme en las mañanas empapado de mi propio orine.  Ella misma se orinó dormida hasta los 15 años (Haga click aquí para conocer más sobre mi abuela). Dos de mis hermanos paternos, nietos de ella también, claro, les pasó igual. Mi hija menor va por las mismas: tiene nueve años y debe colocarse pañales desechables para dormir. Cuando terminaron esas vacaciones y regresé a La Junta, lo primero que hice, al bajarme del carro, fue darle a mi abuela la gran noticia: “Ya no me orino”, le dije feliz. Sin embargo, esa noche y todas las siguientes volvió a suceder. En todo caso, le gané a mi vieja: el problema se erradicó de mí a los 13 años de edad.Haga click aquí para leer más sobre esa costumbre de orinarse la hamaca )

Planta de tratamiento de agua, en Casacará
Cuando terminé la primaria en La Junta, no habían construido todavía el colegio para continuar la secundaria. Entonces, me establecí en Casacará, donde yo había nacido y en donde estrenaban el Colegio Cooperativo Luis Giraldo (Haga click aquí para conocer más sobre la vida en este colegio). Tenía, precisamente, 13 años de edad. Fue un primer año difícil. Eran dos ambientes distintos, a pesar de ser caribeños ambos. La Junta era tradicionalista, unido, con una cultura monolítica. Casacará, en cambio, era una torre de babel. Los inmigrantes, que habían llegado de todas las regiones del país, seguían con la cultura propia de sus lejanas tierras. Yo, incluso, llegué con la mía, que chocaba con la de la mayoría de los jóvenes de mi edad, levantados en sus hogares con costumbres diferentes entre ellos.

Llegué precedido de una aureola de buen estudiante. Y estuve a punto de perder ese año. Hasta me expulsaron por una semana del colegio por indisciplinado. No veía la hora en que llegaran las vacaciones para volver a La Junta, donde gozaba del aprecio de todos. En Casacará era al revés: la mayoría de mis compañeros me mamaban gallo por todo, se reían de mis cosas, me ponían sobrenombres.  Pasé raspando ese año. Lo único positivo en ese primer período, fue que nunca me oriné en la casa de mi padre, que era donde yo vivía en Casarcará (Haga click aquí para conocer más sobre la vida con mi viejo). Tampoco lo hice en la casa de mi abuela, en mis vacaciones. Me sirvió esa experiencia para nunca más en mi vida volver a amanecer empapado en mi propio meado.


Al año siguiente, las cosas cambiaron radicalmente. Para empezar, el colegio dejó de ser cooperativo y fue departamentalizado; es decir, pasó de ser privado a público. Llegó una buena cantidad de profesores nuevos, recién licenciados en sus disciplinas. Además, mi proceso de asimilación avanzó rápidamente y los mismos compañeros que antes me molestaban eran ahora mis grandes amigos: cómplices en las pilatunas juveniles.  Incluso, volví a ser buen estudiante.

No creo que pueda haber adolescencia más feliz como la que yo pasé en Casacará: solo comparable con la niñez afortunada que viví en La Junta. Y no puede haber mayor orgullo para mí ahora, con casi medio siglo de existencia a cuestas, que las dos distinciones (inmerecidas, obvio, pues he sido yo quien se ha servido de la hospitalidad de estos pueblos del alma) otorgadas a mi persona por La Junta primero y por Casacará después.