Por
John Acosta
Confieso que solo veo fútbol
cuando juega la selección Colombia o cuando el Junior está en la final. Y si
van perdiendo el partido, apago el televisor o cambio de canal. Sí, ya sé: soy
un mal hincha. Tampoco veo la sección de Deportes (ni de Farándula, por supuesto)
en los noticieros, ni la leo en los periódicos. Hace muchos años que no veo una
pelea de boxeo. Así es: son las dos únicas competencias que alcanzan a llamar
mi atención. Una cosa sí es segura: ambas las disfrutaba mejor en la narración
de Édgar Perea. Es más, me acerqué a estas dos prácticas, quizás, por la
magistral manera con que El Campeón jugaba con los sentimientos de los hinchas;
sin embargo, debo admitir que hubo algo que me resintió muchísimo del gran
Édgar Perea: la traición que le pegó a lo que más sabe hacer para meterse a la
política. Ha pasado con escritores, cantantes, periodistas, en fin: cuando
dejan lo que han hecho con lujo de detalles para incursionar en un mundo ajeno
a ellos, no les sale bien.


El Campeón Édgar Perea era,
sin duda, una de las mejores opciones con que contaba el Partido Liberal para
hacer que la gente se olvidara de la pesadilla del 8.000 y revertiera sus votos
al candidato Serpa. El Campeón hizo bien la tarea: con su verbo encendido, no desperdiciaba
oportunidad para echarle agua sucia al candidato conservador, ya sea en un mitin
político, con tarima en el centro, o en la narración de un partido de fútbol o
en un programa en donde comentaba los deportes: no dejó su condición de periodista
deportivo, a pesar de que ahora era
candidato al Senado de la República; es decir, hizo la fatal mezcla de las dos circunstancias.
El 20 de julio de 1998, Édgar
Perea se posesionó como senador de Colombia, al haber sido elegido con 75.000
votos, una cantidad nada despreciable para un político nuevo. Serpa, no
obstante, perdió las elecciones ante el triunfante Pastrana: los votos no son
endosables en materia política. El 18 de julio de 2000, casi dos años después
de haberse posesionado como congresista, el Consejo de Estado despojó a Édgar
Perea de su investidura y le declaró su muerte política, en una votación de 14
magistrados contra nueve.

De
nada valieron los argumentos de El Campeón ante el Consejo de Estado, en el
sentido que él no había recibido remuneración alguna por su trabajo de narrador
y comentarista, mientras ejercía de congresista. Ganó la tesis de que la Constitución prohíbe a los
congresistas desempeñar cualquier cargo privado, mientras ejercen su labor
parlamentaria, sin importar si cobran por ello. A Édgar Perea lo
reemplazó su segundo renglón, el neurocirujano Dieb Nicolás Maloof, natural de
Barranquilla, pero de ascendencia libanés.
La buena noticia de todo esto,
es que los hinchas de Édgar Perea recuperamos a El Campeón en lo que sabe hacer
muy bien y lo había hecho por mucho tiempo: el periodismo deportivo.
Lamentablemente, anoche partió para su viaje de no retorno, ya no podremos
volverlo a recuperar en vida, pero sí quedará perenne en nuestra memoria.