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martes, 12 de marzo de 2013

Camarones es una sinfonía natural en La Guajira


Por John Acosta
Burros y humanos: paisaje natural
Hasta el olor a salitre es una caricia para el gusto. Se campea por todos los rincones con la complicidad de la brisa. Ni siquiera el intenso sol logra apaciguarlo. La entonación, emanada por las olas marinas, parece ser un instrumento más de la orquesta de esa sinfonía natural, que hace volar el alma hacia lugares recónditos, pero bellos, para regresar al cuerpo purificada, libre de los tormentos del estrés contemporáneo. Los granos de arena de la playa, incluso, son halagos que rozan la piel de los pies y de la espalada, si nos acostamos sobre ella.

En el interior de los kioskos, la alegría
Y el mar. Inmenso, obvio. Sus múltiples colores, que varían con la posición del sol, se encargan de emitir la melodía para que los ojos humanos conozcan de entonación. Hasta el vuelo de las gaviotas y pelícanos pareciesen conspirar para que su sincronizada actividad le permita al espíritu regocijarse con el entorno. Esos cuatro burros, que se mezclan con la gente por instinto propio, no es que no quieran perderse del espectáculo: ellos hacen parte de él.

Los inmensos kioskos de palma sirven a la complicidad de quienes no pasaron la noche durmiendo y llegaron allí para pasar el guayabo o resaca, como lo llama la Real Academia de la Lengua Española. También se puede colgar hamacas, claro: así se disipa más rápido aquel malestar, no propiamente de culpa. Y ahí están los lugareños, desde la inocencia semidesnuda que deambula al aire libre, entre viejas construcciones de cemento sobre la arena, hasta quienes se sientan en sillas plásticas, amparados por la sombra de un techo de placa ondulada en una terraza colorida.

El hombre y la naturaleza
Es Camarones, por supuesto, una población enclavada a orillas del mar Caribe, en La Guajira colombiana. Es un corregimiento que pertenece al municipio de Riohacha, la capital del departamento. Allá se llega a través de la carretera Troncal del Caribe. Sus pobladores viven de la pesca, aunque algunos se dedican al cultivo de especies nativas, como la yuca, auyama y maíz. Indudablemente, su actividad económica principal es el turismo.

Ese domingo, alguien sufrió una intoxicación por una comida ingerida el día anterior en otro lugar. Enseguida, un nativo ofreció su carro para llevarlo hasta el puesto de salud del pueblo. Alguien se acordó, de repente, que los domingos y feriados no prestaban servicio médico. “No importa: vamos hasta la casa de Cecilia”, dijo el amable dueño del carro. Cecilia era la enfermera, cuyo único descanso lo tomaba ese día.

Los lugareños reposan
Cecilia salió de la cocina de su casa, donde apenas servía el almuerzo para su familia, y atendió el llamado de los recién llegados. Se acercó hasta el carro, con su indumentaria de hacendosa ama de casa. “Con lo único que se quita eso es con dextrosa para la deshidratación y acetaminofén para el dolor”, dijo. Dio las indicaciones de cómo llegar hasta una de las dos droguerías del caserío y no quiso recibir ni cinco centavos por la atención.

La verdad es que a uno le da una enorme desolación al comprobar que, a veces, los gringos tienen razón, cuando hacen las típicas escenas en sus películas de países tercermundistas, pero hubo que empujar el carro para que encendiera de nuevo.

Los flamencos rosados, otro día será
De nuevo, las anchas y extensas playas camaroneras: la magia de su encanto, la seducción de su coquetería natural. Y poner a disfrutar al único sentido que no había podido hacerlo: llegan a la mesa los deliciosos platos de la cocina del mar de Camarones. Con ellos, los lamentos de unos porque no pidieron el plato de los otros: la incomprensión humana. Cualquier turista llega a Camarones a conocer su Parque de Flora y Fauna de los Flamencos. Lamentablemente, ese día no hubo tiempo para eso. Sin duda, nos perdimos de completar la maravillosa experiencia de ese viaje a Camarones. Se hace necesario regresar, indudablemente.